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quinta-feira, 27 de setembro de 2012

LA SANTA MISA COMO MEDIO DE SANTIFICACIÓN

Nociones previas
Recordemos en primer lugar algunas nociones dogmáticas.
1ª. La santa misa es sustancialmente el mismo sacrificio de la cruz, con todo su valor infinito: la misma Víctima, la misma oblación, el mismo Sacerdote principal. No hay entre ellos más que una diferencia accidental: el modo de realizarse (cruento en la cruz, incruento en el altar). Así lo declaró la Iglesia en el concilio Tridentino. (1)
2ª La santa misa, como verdadero sacrificio que es, rea­liza propísimamente las cuatro finalidades del mismo: ado­ración, reparación, petición y acción de gracias (D 948 y 950).
3ª El valor de la misa es en sí mismo rigurosamente in­finito. Pero sus efectos, en cuanto dependen de nosotros, no se nos aplican sino en la medida de nuestras disposiciones in­teriores.
Fines y efectos de la santa misa
La santa misa, como reproducción que es del sacrificio redentor, tiene los mismos fines y produce los mismos efectos que el sacrificio de la cruz. Son los mismos que los del sacrificio en general como acto supremo de religión, pero en grado incomparablemente superior. Helos aquí: Sigue leyendo

La liturgia es como asomarse del cielo a la tierra (entrevista a Guido Marini, maestro de ceremonias del Papa)


Mons. Guido Marini, a quien Benedicto XVI nombró Maestro de las Celebraciones Litúrgicas pontifícias el 1 de enero de 2007, explica en esta entrevista la importancia de la liturgia, la necesidad de una adecuada formación litúrgica y el sentido de algunos cambios en las celebraciones del Papa.
Monseñor, ¿por qué es importante la liturgia?
En la liturgia se hace presente de modo sacramental el misterio de nuestra salvación. Aquel que ha resucitado de la muerte, el Viviente, renueva el sacrificio redentor en virtud de la potencia del Espíritu Santo. De esa manera, mediante el rito litúrgico, el hoy de nuestra vida y de nuestra historia comienza a ser habitado por la eternidad de Dios y por su amor que salva. La liturgia es como el asomarse del cielo sobre la tierra, de modo que la tierra, el mundo de los hombres, es tocado en cierta manera por el cielo, el mundo de Dios, que es Verdad y es Amor.

¿Que conviene hacer, en su opinión, para estimular la participación de los fieles en la Santa Misa?
Se trata de ayudar a entender que la participación en la liturgia es, sobre todo, la entrada de nuestra vida en otra Vida, la de Dios. En el rito litúrgico celebramos una acción que nos precede, y que nos es donada para que se convierta en nuestra. Me refiero a la acción del Señor Jesús, que ofrece su vida al Padre para la salvación del mundo. Se participa activamente en la celebración litúrgica si uno se deja implicar en esta acción sagrada, si se abre al don de esta nueva Vida, que es amor y que realmente nos hace cada vez más cristianos o, en otras palabras, hijos en el Hijo, conformes con la voluntad de Dios.
En este sentido, participación significa conformación progresiva con el Señor Jesús, asimilación cada vez más fiel a aquello que San Pablo define como el “pensamiento de Cristo”.
La participación, además, requiere también una actividad dentro del rito litúrgico, según las precisas indicaciones de la Iglesia al respecto. Esta actividad es importante, no cabe duda. También porque es expresión de la diversidad y complementariedad de los miembros del Cuerpo de Cristo.
Sin embargo, no serviría de nada si no contribuyese a realizar aquel grado de participación que es la transformación de nuestra vida en Cristo, a partir del encuentro con el misterio celebrado.
Desde que asumió el encargo como Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias se han notado algunos cambios en las celebraciones del Papa…
Apenas me llegó la noticia de mi nombramiento como Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, me propuse ser en lo posible un servidor fiel del Santo Padre y de su vida litúrgica, esforzándome por colaborar para que la liturgia papal fuese lo más posible expresión de sus orientaciones y de sus indicaciones. La liturgia papal es la liturgia del Papa, ejemplo para la liturgia de toda la Iglesia, verdadero magisterio litúrgico ofrecido a todos. Por eso debe ser siempre la fiel expresión del pensamiento litúrgico del Papa.
Benedicto XVI utiliza desde hace algún tiempo ornamentos cada vez más diversos, y en un cierto sentido “vistosos”, que pertenecieron también a sus predecesores. ¿Por qué?
No diría precisamente “vistosos”. En realidad, el Santo Padre utiliza vestiduras litúrgicas que varían en el estilo, en función del tiempo litúrgico y de las particulares celebraciones. Así, en algunas circunstancias lleva ornamentos antiguos y en otras, ornamentos nuevos. El criterio que se intenta seguir es el de la belleza, porque la liturgia está llamada a expresar, también en el lenguaje humano de los signos, la belleza del misterio de Dios que es Amor. El minimalismo no es el lenguaje apropiado en el arte litúrgico. Como nos han enseñado también los santos, para el culto de Dios hay que reservar lo mejor. De aquí es de donde nace, entre otras cosas, la verdadera caridad y el amor hacia los hermanos. En cuanto al hecho de que utilice de cuando en cuando vestiduras litúrgicas que pertenecieron a sus predecesores, es simple y elocuentemente una señal de continuidad con la historia que nos precede, un aprecio por los “tesoros de familia”, que son patrimonio litúrgico de la Iglesia de ayer y de hoy.
La Cruz pastoral de plata de Pablo VI ha sido sustituida por una dorada…
En las celebraciones litúrgicas el Papa no usa el pastoral, como lo entendemos comúnmente para los Obispos. En el pasado, los Sumos Pontífices, en algunas circunstancias particulares, llevaban la ferula, el bastón en forma de cruz. Con Pablo VI entró en la praxis litúrgica papal, hasta Juan Pablo II, el uso de la cruz pastoral con el crucifijo. Benedicto XVI ha considerado más apropiado para la liturgia papal el uso habitual de la férula, la cruz pastoral sin el crucifijo.
¿Cómo concebir la belleza de la acción litúrgica sin caer en un mero esteticismo?
Teniendo presente que no se puede desvincular la belleza, cuando es auténtica, de la verdad y el amor. Así, la presencia de la belleza en el acto litúrgico remite a aquella Belleza divina en la cual resplandecen la Verdad y el Amor de Dios. Dejarse alcanzar por esa Belleza debe significar la disponibilidad radical a someter la propia vida a la Verdad y al Amor, la voluntad de abandonar la mentalidad del mundo, en cuanto que en él habita el pecado y la rebelión frente al Señor, para abrazar sin tardanza la llamada a la santidad.
En su opinión, ¿se precisa hoy una formación litúrgica más adecuada?
Sin duda. Lo que ya se sentía como una tarea urgente en los tiempos del Concilio Vaticano II, me parece que sigue siéndolo en el presente, quizá con una nota de urgencia aún mayor. Sólo gracias a una verdadera formación litúrgica los ritos y las oraciones de las celebraciones podrán ser el vehículo bello y extraordinariamente rico para entrar en el misterio celebrado. En caso contrario, corremos el riesgo de quedarnos en el umbral de una realidad inaccesible. En el tiempo de la nueva evangelización se requiere también un particular esfuerzo para una renovada formación litúrgica.
Hablemos de la importancia del silencio en la Santa Misa.
En los documentos de la Iglesia se habla, a ese respecto, de “silencio sagrado”. Resulta con claridad que el silencio que debe observarse durante la celebración eucarística es parte integrante del misterio que se está celebrando. La oración de la Iglesia se compone de diversos aspectos, que guardan relación con todo el complejo de nuestra condición humana y con todos los tipos de lenguajes de que seamos capaces. Entonces rezamos con la palabra, con el canto, con la posición del cuerpo. Rezamos también con el silencio, que es sagrado porque nos permite dejar que resuene en las profundidades del corazón la extraordinaria experiencia del encuentro sacramental y de amor con el Verbo de Dios hecho carne, crucificado y resucitado para nuestra salvación.
¿Y qué orientación es preferible en la celebración?
En realidad, la única orientación auténtica de la celebración litúrgica es hacia Dios. Otra cuestión es la que atañe a cómo esta orientación, concretamente, encuentra realización en la disposición del edificio-iglesia, del altar, del crucifijo. Me parece que es fundamental un dato, sobre el cual es necesario ser claros: en la celebración litúrgica todo debe servir de ayuda para que no se pierda la orientación al Señor, y para que se nos ayude a vivir la exhortación contenida al inicio del prefacio: “Levantemos el corazón. Lo tenemos levantado hacia el Señor”.
Al menos en las Misas del Papa, el crucifijo ha vuelto al centro del altar…
Me parece que, sobre esto, el modo más convincente de responder a esa pregunta es remitir a lo que ha escrito Benedicto XVI en el prefacio al volumen de su Opera Omnia llamado Teología de la liturgia, recientemente editado también en italiano: “La idea de que sacerdote y pueblo deberían mirarse recíprocamente en la oración ha nacido sólo en la cristiandad moderna, y es completamente extraña a la antigua. Sacerdote y pueblo, ciertamente, no rezan el uno hacia el otro, sino hacia el único Señor. Por tanto, en la oración miran en la misma dirección: o hacia Oriente como símbolo cósmico por el Señor que viene o, donde esto no es posible, hacia una imagen de Cristo en el ábside, hacia una cruz o simplemente hacia el cielo, como el Señor hizo en la oración sacerdotal la víspera de la Pasión (Jn 17, 1). Entretanto se abre camino cada vez más, afortunadamente, la propuesta hecha por mí al final del capítulo en cuestión de mi obra [Introducción al espíritu de la liturgia, pp.70-80]: no proceder a nuevas transformaciones, sino poner simplemente la cruz en el centro del altar, hacia la cual puedan mirar juntos sacerdote y fieles, para dejarse guiar de tal modo hacia el Señor, al que rezan todos juntos”.
El hecho de que el Santo Padre dé siempre la comunión en la boca y de rodillas, ¿quiere ser un ejemplo para toda la Iglesia? ¿Es el camino que se debe preferir?
Yo diría que en este caso vale la pena citar lo que afirma el Santo Padre en el libro-entrevista Luz del mundo, aparecido hace poco en las librerías: “Al hacer que se reciba la comunión de rodillas y al darla en la boca he querido colocar una señal de respeto y llamar la atención hacia la presencia real. No en último término porque, especialmente en actos masivos, como los tenemos en la basílica y en la plaza de San Pedro, el peligro de banalización es grande. […] He querido establecer un signo claro. Debe verse con claridad que allí hay algo especial. Aquí está presente Él, ante quien se cae de rodillas. ¡Prestad atención! No es meramente un rito social cualquiera del que todos podemos participar o no”.
¿Qué lugar revisten el canto y la música? Y sobre todo, ¿qué tipo de música?
El canto y la música son parte integrante de la celebración litúrgica, y no un simple adorno. De ahí que en la liturgia el canto y la música, cuando son en la verdad de su ser, nacen del corazón que busca el misterio de Dios y se convierten en una exégesis del mismo misterio. Por tanto, hay un ligamen intrínseco entre la palabra, la música y el canto en la celebración litúrgica. Música y canto, en efecto, no pueden ser desligados de la palabra, la de Dios, de la cual en cambio han de ser interpretación fiel y des-velamiento. Esta es la objetividad del canto y de la música litúrgica, que no debería nunca entregarse a la extemporaneidad superficial de sentimientos y emociones pasajeras que no responden a la grandeza del misterio celebrado.
La historia de la Iglesia nos ha entregado, como repetidamente recuerdan los documentos del magisterio, dos formas musicales ejemplares desde este punto de vista: me refiero al canto gregoriano y a la polifonía romana clásica. Se trata de formas musicales que se ponen al servicio de la liturgia sin hacer de la liturgia un espacio al servicio de la música y del canto. Como tales deben ser conservadas, y a partir de ellas hay que dar vida y enriquecer el patrimonio de la música litúrgica de nuestro tiempo.
¿Qué suerte le está correspondiendo al latín?
Antes que nada, el latín está nativamente ligado al gregoriano y a la polifonía romana clásica; y, en consecuencia, no puede por menos que ser conservado y valorado en este ámbito litúrgico. Añado sin embargo que hay también otros componentes de esta lengua, como su capacidad de dar expresión a aquella universalidad y catolicidad de la Iglesia a la que verdaderamente no es lícito renunciar.
¿Cómo no sentir, en este contexto, una extraordinaria experiencia de catolicidad cuando, en la basílica de San Pedro, hombres y mujeres de todos los continentes, de nacionalidades y lenguas diversas, rezan y cantan juntos en la misma lengua? ¿Quién no percibe la cálida acogida de la casa común cuando, al entrar en una iglesia de un país extranjero puede, al menos en algunas partes, unirse a los hermanos en la fe en virtud del uso de la misma lengua? Para que esto continúe siendo concretamente posible, es necesario que en nuestras iglesias y comunidades se conserve el uso del latín, por vía ordinaria y con la debida sabiduría pastoral.
Como Usted decía, hace poco se ha publicado el undécimo volumen de la Opera Omnia de Joseph Ratzinger, precisamente sobre el tema de la liturgia. ¿Se puede afirmar que este es uno de los temas de fondo del pontificado de Benedicto XVI?
Creo que no hay duda sobre ello. Baste pensar en las repetidas intervenciones del Santo Padre en materia litúrgica desde el inicio de su pontificado, o también en la importancia dada a las liturgias celebradas en San Pedro, en Roma, en Italia y en cualquier parte del mundo. Por otra parte, un motivo dominante en el pensamiento del teólogo Joseph Ratzinger y en el magisterio de Benedicto XVI es el del primado de Dios, el de la prioridad absoluta del tema “Dios” y, por tanto, el de la Liturgia, para que no se pierda la correcta y verdadera orientación en la vida de los hombres, en la vida de la Iglesia.
Fuente: Revista Palabra, Madrid, enero de 2011

Si la santa misa es verdadero sacrificio


Rogamos al lector tenga presente, como introducción a este importante asunto, lo que dijimos en el primer volumen de esta obra acerca del sacrificio en general (cf. n.353-55).
Antes de exponer la doctrina católica sobre el sacrificio de la misa, vamos a dar unas nociones sobre su nombre, definición y errores en torno a ella.
95. 1. El nombre. El sacrificio eucarístico ha recibido diversos nombres en el transcurso de los siglos. Y así
a) EN LA SAGRADA ESCRITURA se la designa con los nombres de «fracción del pan» (Act. 2,42; 1 Cor. 10, 16) y «cena del Señor» (I Cor. 11,20)
b) ENTRE LOS GRIEGOS se emplearon las expresiones “celebración del misterio”; “culto latréutico”; “operación de lo sagrado”; “colecta o reunión”, etc. El nombre más frecuente y común después del siglo IV es el de “liturgia”, “sacro ministerio”, derivado de “ministrar”.
c) ENTRE LOS LATINOS recibió los nombres de «colecta» o «congrega­ción» del pueblo; «acción», por antonomasia; «sacrificio», «oblación», etc. Pero a partir del siglo IV el nombre más frecuente y común es el de misa.
La palabra misa proviene del verbo latino mittere, que significa enviar. Es una forma derivada y vulgar de la palabra misión, del mismo modo que las expresiones, corrientes en la Edad Media, de «colecta, confesa, accesa se toman por «colección, confesión, accesión».
La expresión misa la derivan algunos de las preces dirigidas o enviadas a Dios (a precibus missis); otros, de la dimisión o despedida de los catecúmenos, que no podían asistir a la celebración del misterio eucarístico, sino sólo a la introducción preparatoria (hasta el credo). Según parece, al principio designaba únicamente la ceremonia de despedir a los catecúmenos; después significó las ceremonias e instrucciones que la precedían (misa de catecúmenos); más tarde, la celebración del misterio eucarístico (misa de los fieles), que venía a continuación de la de los catecúmenos; finalmente se designó con la palabra misa toda la celebración del sacrificio eucarístico, desde el principio hasta el fin. Este es el sentido que tiene en la actualidad.
96. 2. La realidad. Puede darse una triple definición de la misa: metafísica, física y descriptiva. La primera sé limita a señalar el género y la diferencia específica; la segunda expresa, además, la materia y la forma del sacrificio del altar; la tercera describe con detalle el santo sacrificio.
a) Definición metafísica: es el sacrificio que renueva el mismo de la cruz en su ser objetivo.
En esta definición, la palabra sacrificio expresa el género; y el resto de la fórmula, la diferencia específica.
b) Definición física: es el sacrificio inmolativo del cuerpo de Cristo realizado en la cruz y renovado en su ser objetivo bajo las especies sacramentales de pan y vino.
En esta definición, la materia es el cuerpo de Cristo presente bajo las especies sacramentales; la forma es el sacrificio inmolativo realizado en la cruz en cuanto renovado en su ser objetivo. En esta misma forma puede distinguirse la razón genérica (sacrificio) y la razón específica (inmolado en la cruz y renovado en el altar).
c) Definición descriptiva: es el sacrificio incruento de la Nueva Ley que conmemora y renueva el del Calvario, en el cual se ofrece a Dios, en mística inmolación, el cuerpo y la sangre de Cristo bajo las especies sacramentales de pan _y vino, realizado por el mismo Cristo, a través de su legítimo ministro, para reconocer el supremo dominio de Dios y aplicarnos los méritos del sacri­ficio de la cruz.
En sus lugares correspondientes iremos examinando cada uno de los elementos de esta definición
97. 3. Errores. En torno al sacrificio de la misa se han re­gistrado en el transcurso de los siglos muchos errores y herejías. He aquí los principales a) Los petrobrusianos, valdenses, cátaros y albigenses (siglos XII y XIII) negaron por diversos motivos que en la santa misa se ofrezca a Dios un verdadero y propio sacrificio.
b) Los falsos reformadores (Wicleff, Lutero, Calvino, Melanchton, etcétera) niegan también el carácter sacrificial de la santa misa.
c) Muchos racionalistas modernos y la mayor parte de las sectas pro­testantes hacen eco a estos viejos errores y herejías.
98. 4. Doctrina católica. Vamos a precisarla en dos con­clusiones
Conclusión I.ª En la santa misa se ofrece a Dios un verdadero y propio sacrificio. (De fe divina, expresamente definida.)
He aquí las pruebas:
1º. LA SAGRADA ESCRITURA. El sacrificio del altar fue anunciado o prefigurado en el Antiguo Testamento y tuvo su realización en el Nuevo. Recogemos algunos textos
a) El sacrificio de Melquisedec: «Y Melquisedec, rey de Salem, sacando pan y vino, como era sacerdote del Dios Altísimo, bendijo a Abrahán, di­ciendo…» (Gen. I4, I8-19).
Ahora bien: según se nos dice en la misma Escritura, Cristo es sacer­dote eterno según el orden de Melquisedec (Ps. 109,4; Hebr. 5,5 – 9). Luego debe ofrecer un sacrificio eterno a base de pan y vino, como el del antiguo profeta. He ahí la santa misa, prefigurada en el sacrificio de Melquisedec.
b) El vaticinio de Malaquías: «No tengo en vosotros complacencia al­guna, dice Yavé Sebaot; no me son gratas las ofrendas de vuestras manos. Porque desde el orto del sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes y en todo lugar se ofrece a mi nombre un sacrificio humeante y una oblación pura, pues grande es mi nombre entre las gentes, dice Yavé Se­baot» (Mal. I, 10-11).
Estas palabras, según la interpretación de los Santos Padres y de la mo­derna exégesis bíblica, se refieren al tiempo mesiánico, anuncian el verda­dero sacrificio postmesiánico y responden de lleno y en absoluto al santo sacrificio de la misa.
c) La institución de la eucaristía. Cristo alude claramente al carácter sacrificial de la eucaristía cuando dice
«Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros. Haced esto en me­moria mía… Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros» (Lc. 22,19-20).
2º. Los SANTOS PADRES. La tradición cristiana interpretó siempre en este sentido los datos de la Escritura que acabamos de citar. Son innume­rables los testimonios.
3º. EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA. Lo enseñó repetidamente en todas las épocas de la historia y lo definió expresamente en el concilio de Trento contra los errores protestantes. He aquí el texto de la definición dogmática:
«Si alguno dijere que en la misa no se ofrece a Dios un verdadero y propio sacrificio o que el ofrecerlo no es otra cosa que dársenos a comer Cristo, sea anatema» (D 948).
4º. LA RAZÓN TEOLÓGICA ofrece varios argumentos de conveniencia. He aquí algunos.
a) No hay religión alguna sin sacrificio, que es de derecho natural (1)
Ahora bien: la religión más perfecta del mundo como única revelada por Dios-es la cristiana. Luego tiene que tener su sacrificio verdadero y propio, que no es otro que la santa misa.
b) La santa misa reúne en grado eminente todas las condiciones que requiere el sacrificio. Luego lo es. Más adelante veremos cómo se cumplen, efectivamente, en la santa misa todas las condiciones del sacrificio.
c) El Nuevo Testamento es mucho más perfecto que el Antiguo. Ahora bien: en la Antigua Ley se ofrecían a Dios verdaderos sacrificios -entre los que destaca el del cordero pascual, figura emocionante de la inmolación de Cristo (cf I Cor. 5,7)-; luego la Nueva Ley ha de tener también su sacrificio propio, que no puede ser otro qué la renovación del sacrificio del Calvario, o sea, la santa misa.
Conclusión 2.ª El sacrificio de la cruz y el sacrificio del altar son uno solo e idéntico sacrificio, sin más diferencia que el modo de ofrecerse: cruento en la cruz e incruento en el altar. (Doctrina católica.)
Consta por los siguientes lugares teológicos:
1º. EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA. Lo enseña expresamente -aunque sin definirlo de una manera directa- el concilio de Trento con las siguientes palabras
«Una y la misma es la víctima, uno mismo el que ahora se ofrece por ministerio de los sacerdotes y el que se ofreció entonces en la cruz; sólo es distinto el modo de ofrecerse» (D 940).
Esto mismo ha repetido y explicado en nuestros días S. S. Pío XII en su admirable encíclica Mediator Dei:
«Idéntico, pues, es el sacerdote, Jesucristo, cuya sagrada persona está representada por su ministro…
Igualmente idéntica es la víctima; es decir, el mismo divino Redentor, según su humana naturaleza y en la realidad de su cuerpo y de su sangre. Es diferente, sin embargo, el modo como Cristo es ofrecido. Pues en la cruz se ofreció a sí mismo y sus dolores a Dios, y la inmolación de la víctima fue llevada a cabo por medio de su muerte cruenta, sufrida volun­tariamente. Sobre el altar, en cambio, a causa del estado glorioso de su hu­mana naturaleza, la muerte no tiene ya dominio sobre El (Rom. 6,9) y, por tanto, no es posible la efusión de sangre. Mas la divina sabiduría ha encontrado un medio admirable de hacer patente con signos exteriores, que son símbolos de muerte, el sacrificio de nuestro Redentor» (2).
2º. Los SANTOS PADRES. Lo repiten unánimemente. Por vía de ejemplo, he aquí un texto muy expresivo de San Juan Crisóstomo:
« ¿Acaso no ofrecemos todos los días?… Ofrecemos siempre el mismo (sacrificio); no ahora una oveja y mañana otra, sino siempre la misma. Por esta razón es uno el sacrificio; ¿acaso por el hecho de ofrecerse en muchos lugares son muchos Cristos? De ninguna manera, sino un solo Cristo en todas partes; aquí íntegro y allí también, un solo cuerpo. Luego así como ofrecido en muchos lugares es un solo cuerpo y no muchos cuerpos, así también es un solo sacrificio» (3).
3º. LA RAZÓN TEOLÓGICA. He aquí cómo se expresa Santo Tomás: «Este sacramento se llama sacrificio por representar la pasión de Cristo, y hostia en cuanto que contiene al mismo Cristo, que es «hostia de suavidad», en frase del Apóstol» (III, 73, 4 ad 3).
«Como la celebración de este sacramento es imagen representativa de la pasión de Cristo, el altar es representación de la cruz, en la que Cristo se inmoló en propia figura» (83,2 ad 2).
«No ofrecemos nosotros otra oblación distinta de la que Cristo ofrecié por nosotros, es a saber, su sangre preciosa. Por lo que no es otra oblación, sino conmemoración de aquella hostia que Cristo ofreció» (In ep. ad Hebr. 10, I).
Recogiendo todos estos elementos, escribe con acierto un teólogo contemporáneo
«Este sacrificio eucarístico es idéntico el de la cruz, no solamente porque es idéntico el principal oferente, Cristo, y la hostia ofrecida, Cristo paciente, sino, además, porque es una misma la oblación u ofrecimiento de Cristo en la cruz, sacramentalmente renovada en el altar. Esta oblación constituye el ele­mento formal de todo sacrificio. Sin esta unidad de oblación no se da ver­dadera unidad e identidad del sacrificio de la cruz y del altar» (4).
No hay, pues-como quieren algunos teólogos-, diferencia específica entre el sacrificio de la cruz y el del altar, sino sólo diferencia numérica; a no ser que la diferencia específica se coloque únicamente en el modo de ofrecerlo, porque es evidente que el modo cruento y el incruento son espe­cíficamente distintos entre sí. Pero esta diferencia puramente modal no esta­blece diferenciación alguna en el sacrificio en sí mismo, que es específicamente idéntico en el Calvario y en el altar.
Corolarios. 1º. El sacrificio de la cena fue también en sí mismo verdadero y propio sacrificio, aunque por orden al sacrificio de la cruz que había de realizarse al día siguiente. La razón es porque hubo en él todos los elementos esenciales del sacrificio: sacerdote oferente, víctima e inmola­ción mística o sacramental, significada por la separación de las dos especies.
2°. Luego el sacrificio de la cena, el de la cruz y el del altar son específicamente idénticos, aunque haya entre ellos un conjunto de diferencias accidentales, que en nada comprometen aquella identidad específica esen­cial. El de la cena anunció el de la cruz, cuyos méritos nos aplica el del altar.
3°. El sacrificio del altar recoge, elevándolas al infinito, las tres formas de sacrificio que se ofrecían a Dios en el Antiguo Testamento: a) el holocausto, porque la mística oblación de la Víctima divina significa el recono­cimiento de nuestra servidumbre ante Dios mucho más perfectamente que la total combustión del animal que inmolaban los sacerdotes de la Antigua Ley; b) la hostia pacífica, porque el sacrificio eucarístico es incruento y carece, por lo mismo, del horror de la sangre; y c) del sacrificio por el pecado, porque representa la muerte expiatoria de Cristo y nos la aplica a nosotros. Un tesoro, en fin, de valor rigurosamente infinito.
R.P. Antonio Royo Marín O.P. Teología Moral para seglares . Tomo II. Los Sacramentos

Las dos formas del Rito Romano


 





En un interesante artículo de Una Voce La Plata, Mons. Dominic Carey, Rector del Seminario Mayor de San José, Ciudad del Este (Paraguay), explica el sentido de la concepción litúrgica detrás del motu proprio Summorum Pontificorum, del Papa Benedicto XVI. Poder celebrar la liturgia según la forma previa al Concilio Vaticano II, ¿corresponde a un retroceso, una traición al Concilio? ¿O se hace hincapié en la continuidad con una Tradición con la que no hemos roto?

El Concilio Vaticano II pidió que la forma de celebrar la liturgia se reformara para facilitar la participación plena de los fieles en la Misa y los Sacramentos. Pero lo que el Concilio pidió no se cumplió fielmente. Entre otras cosas, hubo muchos abusos y, de hecho, pocas veces se celebra la Misa siguiendo perfectamente todas las normas que ordenó el Papa Pablo VI. Estos abusos tuvieron lugar porque el Concilio se interpretó indebidamente como una ruptura con “la Iglesia de antes”, o “la Iglesia pre-conciliar”. Pero Benedicto XVI ha dejado muy en claro que este modo de pensar el Concilio es completamente equivocado. La Iglesia Católica es una –antes y después del Concilio siempre la misma Iglesia.

Entre estos abusos, por ejemplo, se ha prácticamente perdido el uso de la lengua latina, que el Concilio quiso se mantuviera en al menos las partes principales y ordinarias de la Misa (Sacrosanctum Concilium, 36)–es decir, las partes que no cambian con cada Misa y, por lo tanto, pueden aprenderse bien en toda su riqueza con una buena preparación de catequesis.

También se perdió el uso del canto gregoriano, aunque sigue siendo siempre la forma principal de música sagrada en la liturgia actual, tanto según el Concilio (Sacrosanctum Concilium, 116), como según los Papas Pablo VI, Juan Pablo II y, claro, Benedicto XVI (entre los documentos más recientes, ver Verbum Domini, 70).

Estos y otros abusos hicieron que las celebraciones, con frecuencia, se banalizaran y perdieran en alguna medida su carácter sagrado. Entonces, lo que propone el Papa Benedicto XVI es que, al celebrar con frecuencia la Misa según la Forma antigua y la nueva, esos abusos se vayan corrigiendo y la nueva Forma de celebrar la Misa se haga con la misma sacralidad, devoción, respeto y piedad con que se celebraba la Misa antiguamente, pero, evidentemente, sin tampoco perder las grandes ventajas que se han ganado gracias a las reformas que el Concilio sí pidió y que se hicieron según su Decreto sobre la Liturgia, Sacrosanctum Concilium. De este modo, se renueva la perfecta continuidad entre la liturgia tal como se celebraba antes del Concilio y la liturgia renovada después del Concilio.

Recuerdos de un perito del Concilio Vaticano II El Concilio, el Novus Ordo Missae y las innovaciones litúrgicas sin fin por el Cardenal Alfons M. Stickler

 

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El Cardenal Alfons Stickler es prefecto emérito de la Biblioteca Vaticana y sus archivos. Actuó como especialista, como perito, en la Comisión de Liturgia del Concilio Vaticano II. Fue elevado al colegio cardenalicio por el Papa Juan Pablo II en l985. Este ensayo apareció originalmente en Die heilige Liturgie (Steyr, Austria: Ennsthaler Verlag, 1997, Franz Breid ed). La presente es una traducción de la versión en inglés aparecida en diciembre de 1998 en la revista norteamericana "Latin Mass", llevada a cabo por Thomas E. Woods, Jr., a pedido del propio Cardenal Stickler.

MI FUNCION EN EL CONCILIO - Pido perdón si comienzo con algunas circunstancias personales, pero lo he considerado necesario para una mejor comprensión del tema que debo abordar. Fui profesor de Derecho Canónico e Historia de las leyes de la Iglesia en la Universidad Salesiana y, durante 8 años, desde 1958 a 1966, su Rector. Como tal actué como consultor de la Sagrada Congregación para los Seminarios y Universidades y, desde las tareas preparatorias para la implementación de los reglamentos conciliares, como miembro de la Comisión Conciliar dirigida por ese dicasterio. Además, fui nombrado perito de la Comisión para el Clero.LER...

Teología de la liturgia

Misal Romano del año 1626 - Brandeis Special Collections
Misal Romano del año 1626 - Brandeis Special Collections
La liturgia preconciliar era radicalmente diferente a la actual, especialmente en cómo se entendía y celebraba la Misa.
Nos basaremos en los apuntes de Juan M. Martín-Moreno, profesor de Liturgia en la Pontificia de Comillas.
El Concilio Vaticano II trajo un cambio radical en la liturgia católica, que apenas había cambiado desde el año 1570.

La única lengua usada en la liturgia era el latín

Salvo en la predicación, en la cual el sacerdote usaba la lengua propia de cada lugar, todas las oraciones y lecturas se hacían en latín. Ni que decir tiene que esta lengua era incompresible para la mayoría de los fieles, lo cual motivaba que durante la Misa no era extraño que se rezara el rosario, se leyera un libro piadoso o, incluso, hubiera un predicador en el púlpito haciendo su prédica durante la misa, parando sólo en el momento de la consagración para continuar después.


antropológicos
de la liturgia
de las horas
(Texto completo de apuntes en Word)
Teología de la liturgia
1.- Antes y después del Vaticano II
a) Algunos rasgos de la liturgia preconciliar
El concilio supuso un verdadero terremoto litúrgico. Desde el Misal de San Pío V, predominó el inmovilismo; apenas hubo ninguna reforma durante cuatrocientos años. Sólo los que hemos conocido la liturgia preconciliar podemos entender y valorar los cambios increíbles que se produjeron.
Veamos una ligera descripción de cómo era la Eucaristía preconciliar.
1.- Las liturgias se tenían en un latín que nadie comprendía. El sacerdote leía todas las lecturas en latín y mirando hacia el retablo.
2.- Diversas Misas se celebraban a la vez en la misma iglesia, y la gente las iba siguiendo simultáneamente. En los teologados había multitud de altares en los coros. Se iban oyendo las campanillas de las sucesivas consagraciones.
3.- Había la posibilidad de una misa de sesión continua, en la que uno podía cumplir el precepto dominical escuchando el final de una y el principio de otra con tal que no se separase la consagración de la comunión.
4.- Mucha gente llegaba sistemáticamente al ofertorio y se marchaba antes del último evangelio. Con ello se quitaba importancia a la liturgia de la palabra, quizás porque era en latín.
5.- Nunca jamás en toda su vida recibían los fieles cristianos el cáliz para la comunión bajo las dos especies.
6.- La comunión se podía dar fuera de la misa. El sacerdote salía a dar la comunión antes o después de terminada la misa. Mucha gente a diario iba a la iglesia sólo a comulgar.
7.- La comunión se recibía de rodillas en la reja del presbiterio, y siempre en la boca.
8.- Las Misas eran de cara a la pared; el altar se asemeja más a un ara que la mesa de un banquete.
9.- El culto a los santos oscurecía la centralidad del misterio de Jesucristo. En el calendario el número excesivo fiestas de los santos la naturaleza de los tiempos litúrgicos. En las iglesias se multiplicaban las imágenes con sus altarcitos, donde la gente satisfacía su piedad privada, con merma de las celebraciones comunitarias.
10.- Como no se entendía el latín, era costumbre rezar el rosario durante la Misa, o leer un libro piadoso. En algunos sitios había un predicador en el púlpito que predicaba durante toda la Misa, y solamente interrumpía un momento en la consagración, y luego continuaba.
11.- Se fomentaba la escrupulosidad de los sacerdotes que temían cometer cantidad de pecados mortales omitiendo palabras en el canon (cada palabra omitida = un pecado mortal).
12.- A muchos les angustiaba el pronunciar exactamente las palabras de la consagración que se consideraba como un conjuro mágico que dejaba de surtir efecto si se alteraba el sonido de alguna de sus letras.
13.- Había una gran distancia física entre el presbiterio y los fieles, con grandes escalinatas o rejas de división.
14.- Había un tabú a propósito de las especies eucarísticas que no se podían tocar por quien no estaba ordenado. Las sacristanas que tocaban los vasos sagrados vacíos con un guante.
15.- El sacerdote tenía un monopolio absoluto ejerciendo todos los ministerios durante la misa, salvo la pequeña ayuda de los niños acólitos que se limitaban a responder en latín y trasladar de sitio el misal o las vinajeras.
16.- Al sacerdote sólo le respondían los monaguillos, y no la asamblea. Nunca se establecía una diálogo real entre el presidente y la asamblea, ni siquiera en la respuesta “Et cum spiritu tuo”.
17.- El ayuno eucarístico, antes de la reforma de Pío XII, se observaba estrictamente desde las 12 de la noche del día anterior, con lo cual no había nunca Misas por la tarde, y en las Misas al final de la mañana casi no comulgaba nadie porque ya había desayunado todo el mundo.
18.- Había una absoluta falta de espontaneidad; cada gesto y palabra estaba dictado por el ritual sin que el celebrante pudiese improvisar ni alterar el más mínimo detalle. En ningún momento se sugerían formas o palabras opcionales. El ritualismo de unos gestos mecánicos acompañaba a unas palabras en un idioma ininteligible.
19.- La teología de los sacramentos entendía el ex opere operato de un modo que minusvaloraba la in-tencionalidad de las personas y la comprensión.
20.- Se perpetuaban las diferencias sociales en el culto, mediante puestos reservados en la iglesia para los ricos y notables que tenían sus propios reclinatorios en lugares reservados para ellos.
21.- Había sacramentos y funerales de primera, de segunda o de tercera, según el dinero que se pagase. Los de primera tenían más celebrantes, diácono y subdiácono, eran cantados, y en ellos se usaban ornamentos más lujosos, y el catafalco era más barroco.
22.- La Eucaristía se entendía más como objeto de adoración que de manducación. Se trataba de mirar la Sagrada Forma en el momento de alzar, con la campanilla resonando y las genuflexiones. O la solemnidad de la Exposición solemne, al acabar la Misa. Entonces es cuando se encendían las velas, las luces. Ahora empieza lo importante.
23.- El pueblo apenas cantaba en la Misa. Había un repertorio popular muy reducido. Normalmente se escuchaba a una schola de cantores profesionales que cantaban en latín, en canto polifónico. Se situaban atrás en el coro y no eran un fermento para animar al pueblo a cantar con ellos.
24.- Al no haber Misas por las tardes, había distintos tipos de actos, rosarios, novenas, sermones, actos eucarísticos…
25.- No estaba institucionalizada una preparación catequética para los sacramentos (exceptuada la primera comunión). Bautismos, bodas, confirmaciones no venían precedidos por ningún tipo de cursillo.LEER...
 

Así se hizo la reforma litúrgica IV: Los protagonistas

 

 

La Reforma Litúrgica del Concilio Vaticano II tuvo muchos protagonistas. Veamos algunos de ellos, los más importantes quizás, luego Pablo VI, el papa de triste memoria.
1. El Consilium: Se trata del Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia, un organismo creado el 24 de enero de 1964 por el papa Pablo VI a fin de llevar a la práctica las prescripciones de la Sacrosanctum Concilium. Estaba presidido por el cardenal Giacomo Lercaro, incapaz de desempañar un cargo de esta naturaleza, según el cardenal Antonelli, y el secretario factótum era el P. Annibale Bugnini. No fue un organismo fácil de ubicar porque asumía funciones que era propias de la Sagrada Congregación de Ritos e, incluso, de la Doctrina de la Fe. La Congregación de Ritos era una estructura tradicional que había sido fundada por Sixto V en 1588, pero fue convenientemente neutralizada en su previsible carácter reaccionario nombrando como prefecto al nefasto cardenal Lercaro. En abril de 1970, se lograba la disolución de la congregación de Ritos, dividiéndola en la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Sagrada Congregación para la Causa de los Santos. Como secretario de esta última será nombrado Mons. Antonelli y, de la primera, Mons. Bugnini.
2. Ferdinando cardenal Antonelli: un capuchino que se desempeñó toda su vida en la Curia Romana, participando fundamentalmente en temas litúrgicos. Fue el principal protagonista de la reforma de la Semana Santa de Pío XII, el primer paso de la reforma total del Vaticano II, y tan desastrosa como ésta. Es importante recordar que la reforma piana fue un verdadero atentado contra los ritos tradicionales de Semana Santa. Muchos consideran que el principal problema fue el cambio de horario de las celebraciones. Yo creo que eso fue el único acierto. Celebrar la vigilia pascual el sábado santo por la mañana no tenía mucho sentido, aunque algunos amigos digan que sí. Entre otras cosas, se eliminó la misa de presantificados del Viernes Santo, de antiquísimo uso, y muchísimos de los más bellos ritos de la vigilia pascual.
El P. Antonelli también tuvo una participación protagónica en la reforma obrada por el Consilium, del cual formaba parte. En 1969 escribía: “Mis impresiones sobre la reforma litúrgica son sustancialmente buenas. El nuevo Ordo Missae, que entró en vigor el 30 de noviembre de 1969, tiene muchos elementos positivos. Podría ser mejor, como todas las cosas, pero la sustancia es buena. La Institutio generalis Missalis Romani es más imperfecta. Pero la sustancia es buena. Con el tiempo se podrán equilibrar algunas cosas”. Como vemos, Antonelli no era precisamente un tradicionalista. Sin embargo, era honesto en sus juicios y actuaba de buena fe. Hacia el final de los trabajos del Consilium escribía en su diario: “Hice varias intervenciones en el Consilium y en la Sagrada Congregación de Ritos cuando los textos (de la liturgia reformada) debían ser revisados por nosotros, y he logrado eliminar, en varios puntos, expresiones e ideas que no creía justas. Pero no obstante esto, el dolor permanece. El tiempo dirá si fue un bien (la reforma), o un mal, o una cosa indiferente”.
3. Mons. Annibale Bugnini: Dedicado también toda su vida al estudio de la liturgia y a accionar en la Cura Romana, participó de la reforma de Pío XII y fue el gran protagonista de la reforma del Vaticano II. El P. Antonelli escribe lo siguiente en su diario personal acerca de su colega: “Ha sido nombrado Secretario de la nueva Congregación del Culto Divino el P. Annibale Bugnini, C.M. Podría decir muchas cosas sobre este hombre. Debo agregar que ha sido siempre sostenido por Pablo VI. No quisiera equivocarme , pero el problema más notable del P. Bugnini es su falta de formación y de sensibilidad teológica. Es una laguna y una falta grave, porque en la liturgia toda palabra y todo gesto traducen una idea que es una idea teológica. Tengo la impresión de que se ha concedido mucho, sobre todo en materia de sacramentos, a la mentalidad protestante. No porque el P. Bugnini haya sido el artífice de tales concesiones; él sólo se ha servido de mucha gente y, no sé por qué, ha introducido en el trabajo a gente hábil pero de coloración teológica progresista. Y, o no se ha dado cuenta, o no se ha resistido, porque no se podía resistir a ciertas tendencias”. En manos de este personaje, nulo en teología, estuvo la reforma litúrgica que hoy sufrimos. Y no olvidemos la afirmación de Antonelli: Pablo VI siempre lo sostuvo.

Ferdinando Antonelli fue reivindicado al final de sus días siendo elevado al cardenalato y ocupando la prefectura de la Sagrada Congregación del Culto, y Annibale Bugnini fue castigado y desterrado de Roma a Irak.
Te diste cuenta tarde, Montini.

Fuente principal: Nicola Gianpietro, Il Card.Ferdinando Antonelli e gli sviluppi della riforma liturgica dal 1948 al 1970, Studia Anselmiana, Roma, 1998.

El Papa escribió a Mons. Fellay: “Es necesario aceptar el Concilio y el Magisterio post-conciliar”

 

CATHOLICVS-FSSPX-SSPX
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Uno de los cuatro obispos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, Mons. Tissier de Mallerais, durante una conferencia pronunciada en Francia los pasados días, en la cual se expresó con términos particularmente duros y absolutamente inaceptables para con la Santa Sede y el Santo Padre, ha revelado que, antes del Capítulo General celebrado en julio, el Papa Benedicto XVI escribió una carta de su puño y letra a Mons. Fellay, superior de la Fraternidad, en la cual afirmó la necesidad de que la FSSPX acepte el magisterio del Concilio Vaticano II y el sucesivo para poder volver a la comunión plena con la Santa Sede. Presentamos nuestra traducción de un artículo publicado en Vatican Insider.
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El 30 de junio pasado, a pocos días del comienzo del capítulo general de la Fraternidad San Pío X, Benedicto XVI escribió una carta al superior lefebvrista, el obispo Bernard Fellay. La existencia de la carta ha sido revelada por monseñor Bernard Tissier de Mallerais, uno de los cuatro obispos de la Fraternidad, cuyas posiciones contrarias al acuerdo con Roma son conocidas, en el curso de una conferencia dada el 16 de septiembre en Francia, en el Priorato de San Luis María Grignon de Monfort.

Esto es lo que ha dicho el prelado: “El 30 de junio de 2012 – es un secreto que os revelo, pero que será hecho público -, el Papa ha escrito de su puño y letra una carta a nuestro superior general, monseñor Fellay: «Le confirmo efectivamente que, para ser realmente reintegrados en la Iglesia, es necesario ciertamente aceptar el concilio Vaticano II y el magisterio post-conciliar».

“Se trata propiamente – ha comentado Tissier de Mallerais – de un punto de ruptura, ya que para nosotros no es aceptable, y no podemos firmar algo así. Se pueden hacer precisiones, porque el Concilio es tan amplio que pueden encontrarse cosas buenas, pero no es esto lo esencial del Concilio”.

El obispo lefebvriano, durante la conferencia, ha pronunciado palabras muy duras: “No se pueden ceder las armas en plena batalla, no buscaremos el armisticio mientras la guerra prosigue: con Asís 3 o 4 el año pasado; con la beatificación de un falso beato, el Papa Juan Pablo II. Una cosa falsa, una falsa beatificación. Y con la exigencia, recordada continuamente por Benedicto XVI, de aceptar el Concilio y las reformas del magisterio post-conciliar”.

Tissier de Mallerais ha dicho también que “la colegialidad, que destruye el poder del Papa, que no se atreve ya a resistir a las conferencias episcopales”, destruye “el poder de los obispos, que no se atreven ya a resistir a los consejos episcopales”. Ha agregado que el ecumenismo “hace respetar los valores de salvación de las falsas religiones y del protestantismo, de las cosas falsas”, mientras la libertad religiosa “deja con gusto construir libremente mezquitas en nuestros países”.

“Evidentemente – agregó el obispo lefebvrista – nosotros no podemos firmar esto. Sobre este punto no hay acuerdo y no habrá acuerdo”. Y a pesar de las insistencias de la “Roma modernista”, Tissier asegura: “Personalmente, no firmaré cosas así, es claro. Nunca aceptaré decir que la nueva Misa es legítima o lícita, yo diré que ella es a menudo inválida, como decía monseñor Lefebvre. Nunca aceptaré decir: «el Concilio, si se lo interpreta bien, tal vez se lo podría hacer corresponder con la Tradición, se podría encontrar un significado aceptable»”.

Después de haber definido “mentiroso” el texto del preámbulo doctrinal sometido el 12 de junio por el cardenal William Levada a Fellay, el obispo lefebvrista ha dicho que el capítulo general de la Fraternidad, reunido el pasado mes de julio, ha tomado “decisiones muy dulces, suaves”, para “presentar a Roma obstáculos tales que Roma no se atreva ya a importunarnos”, poniendo “condiciones prácticamente irrealizables para impedir que nos hagan nuevas propuestas. Pero el demonio es maligno, y yo pienso que ellos volverán al ataque y yo me preparo delicadamente también a defendernos, y la Fraternidad se defenderá”.

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S. E. Cardenal Ranjith y la reforma de la reforma


S. E. Cardenal Ranjith y la "reforma de la reforma"



A través del blog The New Liturgical Movement nos enteramos de un nuevo libro de Monseñor Nicola Giampietro sobre el Cardenal Antonelli y la reforma litúrgica. El prólogo del mismo lo escribe el Cardenal Malcolm Ranjith, Secretario Emérito de la Congregación para el Culto Divino. Algunos párrafos del mismo aparecen en Catholic Culture, de donde hacemos esta traducción.
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Un importante oficial vaticano ha llamado a tomar decisiones “audaces y valientes” para tratar los abusos litúrgicos que han surgido desde las reformas del Vaticano II.
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El Arzobispo Malcolm Ranjith, Secretario de la Sagrada Congregación para el Culto Divino, considera que una errónea comprensión de las enseñanzas del Vaticano II y la influencia de ideologías seculares son razones para concluir que – como dijo el entonces Cardenal Joseph Ratzinger en 1985 – “el verdadero tiempo del Vaticano II aún no ha llegado”. Particularmente en el ámbito de la liturgia, dice el Arzobispo Ranjith, “la reforma tiene que continuar”.
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El Arzobispo Ranjith, quien fue llamado al Vaticano personalmente por el Papa Benedicto para servir como un aliado papal en la búsqueda de restaurar un sentido de reverencia en la liturgia, hace sus comentarios en el prólogo de un nuevo libro basado en los diarios y notas del Cardenal Fernando Antonelli, figura clave en el movimiento de reforma litúrgica tanto antes como después del Vaticano II.
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Los escritos del Cardenal Antonelli, dice el Arzobispo Ranjith, ayudan al lector “a comprender los complejos trabajos internos de la reforma litúrgica previos e inmediatamente posteriores al Concilio”. El oficial vaticano concluye que la implementación de las reformas sugeridas por el Concilio a menudo se desvió de lo realmente buscado por los Padres Conciliares. Como resultado, concluye el Arzobispo Ranjith, la liturgia hoy no es una verdadera concreción de la visión propuesta en el documento litúrgico clave del Vaticano II, Sacrosanctum Concilium.


S. E. Cardenal Ranjith
Específicamente, el Arzobispo Ranjith escribe:

Algunas prácticas que Sacrosanctum Concilium (sobre la Sda. Liturgia. C.Vaticano II)no había ni siquiera contemplado fueron permitidas en la liturgia, como la Misa versus populum(de cara al pueblo), la Santa Comunión en la mano, el dejar de lado tanto el latín como el canto gregoriano en favor de cantos e himnos en vernáculo sin mucho espacio para Dios, y la extensión más allá de cualquier límite razonable de la facultad de concelebrar en la Santa Misa. También hubo una extremadamente mala interpretación del principio de “participación activa”.
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El prelado de Sri Lanka sostiene que en orden a llevar a cabo una “reforma de la reforma”, es esencial reconocer cómo llegó a distorsionarse la visión litúrgica del Vaticano II. Alaba el libro sobre el Cardenal Antonelli por permitir al lector alcanzar una mejor comprensión de “qué figuras o actitudes causaron la presente situación”. Esto, dice el Arzobispo, es una búsqueda “que, en el nombre de la verdad, no podemos abandonar”.
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Al tiempo que reconoce “la atmósfera turbulenta de los años que siguieron inmediatamente al Concilio”, el Arzobispo Ranjith recuerda a los lectores que en la convocatoria a los obispos del mundo para un concilio ecuménico, el Beato Juan XXIII buscó “un fortalecimiento de la fe”. El Concilio, a los ojos del Papa Juan, “no era ciertamente un llamado a caminar según el espíritu de los tiempos”.
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Sin embargo – continúa – el Concilio tuvo lugar en un tiempo de gran tumulto intelectual a escala mundial; y, especialmente en sus secuelas, muchos de los que profesarían ser sus intérpretes vieron el evento como un quiebre con las anteriores tradiciones de la Iglesia. Como dice el Arzobispo Ranjith:

Conceptos y temas básicos como el Sacrificio y la Redención, la Misión, la proclamación y la conversión, la adoración como un elemento integral de la Comunión, y la necesidad de la Iglesia para la salvación – todos fueron dejados de lado; mientras que el diálogo, la inculturación, el ecumenismo, la Eucaristía como “Banquete”..., la evangelización como “testimonio”, etc., se tornaron más importantes. Fueron despreciados valores absolutos.
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Incluso en el trabajo del Consilium, la agencia vaticana a la que se le asignó implementar los cambios litúrgicos, se sintieron muy claramente estas influencias, nota el Arzobispo:

Un exagerado sentido de búsqueda de lo antiguo, el antropologismo, la confusión de los roles entre los ordenados y los no ordenados, una ilimitada provisión de espacio para la experimentación – y, de hecho, la tendencia a mirar con suficiencia algunos aspectos de la evolución de la liturgia en el segundo milenio – fueron cada vez más visibles entre ciertas escuelas litúrgicas.

Mons. Ranjit, antes de ser Cardenal, con S. S. el Papa Benedicto XVI
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Hoy - escribe el Arzobispo Ranjith - la Iglesia puede mirar atrás y reconocer las influencias que distorsionaron la búsqueda original del Concilio. Ese reconocimiento, dice, debería “ayudarnos a ser valientes en mejorar o cambiar lo que fue erróneamente introducido y que parece ser incompatible con la verdadera dignidad de la liturgia”. Una muy necesitada “reforma de la reforma”, dice, debería ser inspirada “no meramente por un deseo de corregir los errores pasados, sino mucho más por la necesidad de ser fieles a lo que la liturgia es y significa para nosotros, y a lo que el Concilio mismo definió que la liturgia es”.
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El prólogo de diez páginas del Arzobispo Ranjith aparece en la edición en inglés de un libro llamado True Development of the Liturgy (La verdadera evolución de la liturgia) escrito por Monseñor Nicola Giampietro, miembro de la Congregación para el Culto Divino. Estará disponible [en inglés] en septiembre, en Roman Catholic Books.
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Sector Catolico comenta la Constitucion Sacrosantum Consilium, uno de los documentos mas relevantes del Concilio Vaticano II (sobre el tema de la Liturgia) señalando-en su aplicacion- una serie de incumplimientos

CONSTITUCION SACROSANTUM CONSILIUM SOBRE LA LITURGIA
Sector Catolico comenta la Constitucion Sacrosantum Consilium, uno de los documentos mas relevantes del Concilio Vaticano II (sobre el tema de la Liturgia) señalando-en su aplicacion- una serie de incumplimientos


28/05/10 El Concilio Vaticano II, de carácter pastoral que no dogmático, a través de uno de sus documentos más relevantes, estableció la reforma litúrgica con el fin de "acrecentar de día en día entre los fieles la vida cristiana, adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio, promover todo aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia". Bajo esta perspectiva, los padres conciliares aprobaron la primera constitución magisterial, llamada Sacrosantum Concilium, en la que decretaron una serie de normas que tendrían que ser tenidas en cuenta en los ulteriores documentos con el fin de garantizar la legitimidad de la reforma.

Sin embargo, las comisiones creadas por el Papa Pablo VI una vez finalizó el Sínodo, no supieron o no quisieron, mantener su fidelidad a los dictados del Concilio, dando lugar a una de las peores y más desastrosas aplicaciones, que ha culminado con la casi completa desacralización y secularización en el seno de la Iglesia Católica desde sus orígenes.

De ahí, que no se puede responsabilizar por completo al Concilio de lo sucedido, sino a aquellos que se dejaron llevaron por sus propios intereses en la aplicación de las normas emanadas del mismo. Como ejemplo, hoy citamos el uso de la lengua latina y la vernácula en los nuevos ritos. No hace falta ser un experto para constatar la contradicción entre lo que la Iglesia enseñó y lo que luego se hizo (y ahora todos sufrimos).

Dice el numero 36 de Sacrosantum Concilium: "Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular. Sin embargo, como el uso de la lengua vulgar es muy útil para el pueblo en no pocas ocasiones, tanto en la Misa como en la administración de los Sacramentos y en otras partes de la Liturgia, se le podrá dar mayor cabida, ante todo, enlas lecturas y moniciones, en algunas oraciones y cantos, conforme a las normas que acerca de esta materia se establecen para cada caso en los capítulos siguientes".

Pues bien, hoy ya no se conserva, en el Novus Ordo, y de manera general, ningún uso del latín y el Misal Romano ha sido completamente traducido a las lenguas vernáculas. Lo cual ha generado, además, numerosos errores doctrinales debido a unas traducciones que han pervertido en muchos casos y de manera completa el sentido original de lo expresado en el latín.

Conviene pues denunciar ante los fieles que el Concilio jamás dictó ninguna norma que avale la desaparición completa del latín en la liturgia católica, sino la traducción de algunas partes de la Misa con el fin de que ésta pudiera ser mejor comprendida por los fieles. Pero ya se ve que hoy, las cosas no son como se indicaron que debían ser. Y éste es sólo un ejemplo de esta lamentable aplicación conciliar. Cualquier fiel que lo desee, puede acceder a través de la página web del Vaticano a esos documentos y comprobar, por sí mismo, hasta dónde llega el esperpento. fuente.sectorcatolico.com