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quarta-feira, 1 de dezembro de 2010

Filme : Santa Clara e S.Francisco e outros Santos


Cine: Clara y Francisco

 


Título original: Chiara e Francesco

Año: 2007


Duración: 197 minutos

Compañía: Lux Vide, RAI Fiction

País: Italia

Género: Drama, Historia

Director: Fabrizio Costa

Guión: Francesco Arlanch



 


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KarolTítulo: Karol, el hombre que se convirtió en Papa
Género: Drama
País: Italia
Duración: 186 minutos
Calificación: Todo Público
Año: 2005
Música: Ennio Morricone
Productor: Pietro Valsecchi
Guión: Giacomo Battiato, Gianfranco Svidercoschi
Fotografía: Giovanni Mammolotti
Actores: Raoul Bova, Piotr Adamczyk, Toni Bertorelli, Szymon Bobrowski

Sinopsis: Polonia, década de 1930. Karol Wojtyla, de 10 años, tiene sueños, muchos sueños. Uno detrás de otro van haciéndose añicos. Primero por la pérdida de su querida madre y de su hermano. A continuación, por el estallido de la guerra seguido del éxodo de quiénes huían de la muerte. Y por último, por los primeros indicios de persecusión de los judíos. Estos acontecimientos marcarán el inicio de la larga odisea de Karol, de obrero a poeta y profesor. Una odisea llena de encuentros que acabarán llevándole al sacerdocio y, al cabo, en 1978, a convertirse en el hombre que todos conocemos ahora: un hombre que ha marcado una época y que ha hecho historia. Con una extraordinaria banda sonora del repetidamente laureado Ennio Morricone.

caratulaKarol2ElPapaElHombre.jpg (18026 bytes)Título: Karol II: El Papa. El hombre. 
Título Original: KAROL, UN PAPA RIMASTO UOMO
Año de producción: 2006
País: Italia, Francia, Polonia
Duración: 182 min.
Distribuida por: Karma Films
Director: Giacomo Battiato
Artistas: Piotr Adamczyk, Michele Placido. Dariusz Kwasnik, Alberto Cracco
Producida por: Pietro Valsecchi, Enrico Coletti
Escrita por: Giacomo Battiato, Gianfranco Svidercoschi
Música: Ennio Morricone
Fotografía: Giovanni Mammolotti

Sinopsis
Karol II es continuación de Karol, el hombre que se convirtió en Papa. Narra la historia, desde 1978 en adelante, del primer hombre de un país del este elegido Papa y el papel que tomó en el final del Comunismo, a pesar de sufrir un intento de asesinato que trató de hacerlo callar. La historia narra cómo continuó su pontificado con valor a pesar de la enfermedad que poco a poco iba minando su vida. Él nunca ocultó su sufrimiento físico, pero luchó hasta el final contra la guerra y la violencia.

Dirección y guión: Juan Manuel Cotelo.
País: España.
Año: 2010.
Duración: 82 min.
Género: Documental.
Producción: Manuel de Cominges, Antonio Torres y Javier de Silos.
Dirección artística: Raúl E. Recuero.
Estreno en España: 4 Junio 2010.
Distribuidora: European Dreams Factory.
Sinopsis: “La última cima” muestra un tipo de sacerdote del que nadie habla: los sacerdotes generosos, alegres, serviciales, humildes… Sacerdotes anónimos que sirven a Dios, sirviendo a los demás. Pablo era conocido y querido por un número incalculable de personas, que han dejado constancia de ello después de su muerte. Pablo entregó su vida a Dios... y Dios aceptó su oferta.

El Señor de la SalleTítulo: El Señor de La Salle
País:  España
Año: 1964
Dirección: Luis Cesar Amadori
Producción: Tulio Demicheli
Guión: Luis César Amadori
Música: Gregorio García Segura
Fotografía: Antonio Macasoli
Reparto: Mel Ferrer, Manuel Alexandre, Tomás Blanco, José María Caffarel, Roberto Camardiel, Carlos Casaravilla, Antonio Casas, Antonio Ferrandis, Fernando Rey, Alfredo Mayo,
Género: Histórico
Duración 138 min
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La Señora de FátimaTítulo: La Señora de Fátima

Año de producción: 1951
País: España
Dirección: Rafael Gil
Intérpretes: Inés Orsini, Fernando Rey, Tito Junco, José María Lado, María Rosa Salgado, José Nieto, María Dulce, Eugenio Domingo, Julia Caba Alba, Félix Fernández, Rafael Bardem, Fernando Sancho, Mario Berriatúa, Antonio Riquelme
Guión: Vicente Escrivá
Música: Ernesto Halffter
Fotografía: Michel Kelber
Duración: 90 min.

Dirección: Mel Gibson.
Guión: Benedict Fitzgerald, Mel Gibson.
Fotografía: Caleb Deschanel.
Música: James Horner.
Intérpretes: James Caviezel, Maia Morgenstern, Monica Bellucci, Francesco Cabras, Rosalinda Satan, Claudia Gerini, Angelo Di Loreta.
Año: 2004

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CartelPeliculaMadreTeresaDeCalcuta.jpg (5257 bytes)Título: Madre Teresa
Dirección: Fabrizio Costa.
País: Italia.
Año: 2003.
Duración: 110 min.
Género: Drama biográfico
Interpretación: Olivia Hussey (Madre Teresa), Michael Mendl (Van Exem), Laura Morante (Madre Cenacle), Ingrid Rubio (Agnese), Sebastiano Somma (Padre Serrano), Guillermo Ayesa (Perier), Emily Hamilton (Anna), Neil Stuke (Kline), Enzo Decaro (Nicholas).
Guión: Francesco Scardamaglia y Massiomo Cerotini.
Producción: Luca Bernabei, Pete Maggi y Carlo Boserman.
Música: Guy Farley.
Fotografía: Giovanni Galasso.
Montaje: Sean Barton y Alessandro Lucidi.
Dirección artística: Francesco Bronzi.
Vestuario: Fulvia Amendola.
Estreno en Italia: 19 Octubre 2003.
Estreno en España: 20 Enero 2006.

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thMolokaiLaIslaMaldita.jpg (9641 bytes)Título original: Molokai (La isla maldita)

País: España
Año: 1959
Director: Luis Lucía
Música: Salvador Ruiz de Luna
Guión: Jaime García Herranz y Luis Lucía
Intérpretes: Javier Escrivá, Roberto Camardiel, Gerard Tichy, Marcela Yurfa, Nani Fernández, Ángel Aranda, María Arellano, Carlos Casaravilla, Francisco Camoiras, Félix Acaso y Lola Gaos.
Duración: 105 minutos
Género: religioso (biografía del Padre Damián)
Idioma original: español
Valoración crítica y ver la película

película Fray EscobaTítulo: Fray Escoba
Año: 1961
Duración: 101 min.
País: España
Director: Ramón Torrado
Guión: Ramón Torrado (Historia: Jaime García Herranz)
Música: Manuel Parada
Fotografía: Ricardo Torres (B&W)
Reparto: René Muñoz, Esther Zulema, Mariano Azaña, Barta Barri, José Bódalo, Xan das Bolas, Joaquín Burgos, Juan Calvo, Juan Cazalilla, Félix Dafauce, Rodolfo del Campo, Miguel Del Castillo, Luis Domínguez Luna
Productora: Copercines
Género: Drama | Religión. Biográfico
Sinopsis: En la Lima de finales del Siglo XVI vive Martín con su madre y su hermana. Martín es un niño mulato de corazón noble y puro que sólo vive para hacer y desear el bien a los demás (incluso a aquellos que lo denigran y maltratan), ese es el concepto de felicidad para Martín que idolatra a su héroe, Jesucristo.
La vida de Martín cambiará cuando sea reclamado junto a su hermana por su padre, un poderoso hidalgo español que se ocupará de su educación. Pasarán los años y Martín ya formado regresará junto a su madre, Martín ha recibido una buena y adinerada educación, pero Martín sigue con su ideal de darlo todo por y para los demás, esto le llevará a ingresar en el convento de los dominicos dónde y rechazando la poderosa fortuna de su padre empezará en el escalón más bajo, esto es, barriendo el suelo.
Pero esto para Martín es pura felicidad y a partir de ese momento convertirá a la escoba en un símbolo y al mismo tiempo su fama irá creciendo por sus buenas obras...

ThérèseTítulo original: Thérèse
Productor: Brian Shields ( Luke films and Saint Luke Productions )
Director: Leonardo Defilippis
Año: 2004
Duración: 95 minutos
Idioma: Inglés, con subtítulos en español.
Reparto:
Teresa: Lindsay Yonce
Luis Martin: Leonardo Deffilipis
Paulina Martin: Linda Hayden
CelineaMartin: Jen Nikolaisen
Leonia Martin: Mandy Rimer
María Martin: Maggie Rose Fleck
Henri Manzini: Brian Shields
Madre María de Gonzaga: Judith Kaplan
Hermana Augusta: Samantha Kramer

Película BernadetteTítulo: Bernadette
Intérpretes: Sydney Penny, Roland Lessaffre, Michele Simonnet, Bernard Dheran.
Producción: Cannon Films (US–1989).
Dirección: Jean Delannoy
Género: Biográfico - religioso
Duración 113 min
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La noche del Profeta, documental dobre el Padre Pío de PietrelcinaTítulo: La noche del Profeta
Duración: 78 minutos
Género: documental religioso (biografía del Padre Pío)
Idioma: español
Productora: EWTN


Pelicula Pedro y PabloTítulo: Pedro y Pablo
Director: Robert Day
Actores: Anthony Hopkins, Robert Foxworth y Eddie Albert
Pais: USA
Año: 12 Abril 1981
Localizaciones: Rodada en Grecia
Idioma: Español
Duracion: 196 minutos
Escritores: Christopher Knopf, Christopher Knopf

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Guadalupe, la películaAño de producción: 2006
País: España, México
Dirección: Santiago Parra
Intérpretes: Aleix Albareda, Pedro Armendáriz Jr., Angélica Aragón, Eric del Castillo, Ivana Miño, Sandra Espil, José Carlos Ruiz, Gemma Guilemany
Guión: Santiago Parra
Música: Juan Manuel Langarica
Fotografía: Carlos Arenal
Distribuye en DVD: Karma Films
Duración: 90 min.
Género: Drama

Carátula de la película San Antonio De PaduaTítulo Original: Sant'Antonio di Padova

Duración: 100 min.
Filmada en: Color
Idioma: Italiano
Subtitulada: Subtitulada en español
Género: Biográfica
Dirección: Umberto Marino


Película Maria Goretti Título: María Goretti

Año: 2005
Género: Drama biográfico
Director: Giulio Base
Guión: Francesco Contaldo
Reparto: Martina Pinto (Maria Goretti), Massimo Bonetti (Luigi Goretti), Luisa Ranieri (Assunta Goretti),  Flavio Insinna (Padre Basilio), Fabrizio Bucci (Alessandro Serenelli), Marco Messeri (Don Temistocle), Claudia Koll (Contessa Mazzoleni)
Música: Ennio Morricone.

Sinopsis: Narra la historia de María Goretti, que murió martir a manos de un joven que quería violarla y al no conseguirlo, le asestó 14 puñaladas. 

Cartel Monsieur Vincent Título en Versión Original: Monsieur Vincent (película sobre San Vicente de Paúl)
Óscar a la mejor película en lengua extranjera
País: Francia
Año: 1947.
Director: Maurice Cloche
Intérpretes: Pierre Fresnay, Jean Carmet, Lise Delamare, Yvonne Gaudeau, Gabrielle Dorziat
Duración: 110 min.
Género: Drama
Color: Blanco y Negro
Guión: Jean Anouilh, Maurice Cloche, Jean Bernard-Luc
Fotografía: Claude Renoir
Música: Jean-Jacques Grünenwald
Idioma: Francés, con subtítulos en español.
Sinopsis: La película es una excelente biografía de San Vicente de Paúl, sacerdote que luchó para conseguir la paz y armonía entre los nobles y los plebeyos durante la Peste Negra en Europa. A base de trabajo y caridad intentará vencer todos los obstáculos.
Ver la película

PeliculaSantaRita.jpg (9851 bytes)Título: SANTA RITA DE CASIA
Título Original: RITA DA CASCIA
Año de producción: 2004
País: Italia
Duración: 208 min.
Distribuída por: Divisa Home Video
Director: Giorgio Capitani
Actores: Martin Crewes, Vittoria Belvedere, Simone Ascani, Enzo Marino Bellanich, Massimiliano
Benvenuto, Giorgia Bongianni, Manolo Capissi Stanislao Capissi
Producida por: Luca Bernabei, Federico Demontis, Anselmo Parrinello, Anna Stoppoloni
Escrita por: Elisabetta Lodoli, Maura Nuccetelli
Fotografía: Fabrizio Lucci


Sinopsis: Margarita, la hija de un matrimonio ya maduro de la Perugia italiana, conoce a Palo Manzini, con quien contrae matrimonio siendo todavía muy joven. Paolo es un violento pendenciero por quien Margarita siente un amor tan profundo que es capaz de cambiar el carácter de su marido y que se olvide de peleas y rencillas a los habitantes de la región. Sus dos hijos gemelos son recibidos como una bendición de Dios a un matrimonio que empieza a vivir feliz. Pero los enemigos de Paolo no olvidan y un día lo asesinan a las afueras del pueblo.

Rita, consciente de que sus propios hijos vengarán la muerte de Polo, tarde o temprano, pide a Dios que ambos encuentren la muerte antes de convertirse en asesinos. Su plegaria se cumple y los gemelos mueren de una extraña enfermedad poco después. Rita quería desde niña ser religiosa de clausura. Ahora que ya no tiene familia, decide ingresar en un convento, pero encuentra muchos obstáculos por ser viuda. Con la ayuda de Dios, consigue ser religiosa y llega a ser Santa.

Pelicula de Santa Faustina KowalskaTítulo original: Faustina

País: Polonia.
Año: 1994.
Duración: 73 min.
Género: Drama biográfico
Director: Jerzy Lukaszewicz
Guión: Maria Nowakowska-Majcher
Productora: MT Art Prod., Telewizja Polska (TVP)
Sinopsis:  Película que narra la historia de Santa Faustina Kowalska.
Idioma: Polaco, subtitulada en español.
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El gran silencio  Título: El gran silencio
Dirección y guión: Philip Gröning.
País: Alemania.
Año: 2005.
Duración: 164 min.
Género: Documental.
Producción: Philip Gröning, Michael Weber, Andreas Pfäffli y Elda Guidinetti.
Música: Philip Gröning y Michael Busch.
Fotografía y montaje: Philip Gröning. 


El Circo De La MariposaTítulo: EL CIRCO DE LA MARIPOSA (The butterfly circus)
Dirección: Eduardo Verástegui
Intérpretes: Nick Vujicic y Eduardo Verástegui.
País: México.
Año: 2009.
Duración: 20 min.
Género: Cortometraje sobre valores.

Premios: Primer premio del concurso "The Doorpost Film Project": el galardón reconoce los valores de esperanza y dignidad humana en el filme.

Benedetto XVI : Giuliana di Norwich compose le Rivelazioni dell’Amore divino. Leggiamo in questo libro le seguenti stupende parole: "Vidi con assoluta sicurezza ... che Dio prima ancora di crearci ci ha amati, di un amore che non è mai venuto meno, né mai svanirà. E in questo amore Egli ha fatto tutte le sue opere, e in questo amore Egli ha fatto in modo che tutte le cose risultino utili per noi, e in questo amore la nostra vita dura per sempre ... In questo amore noi abbiamo il nostro principio, e tutto questo noi lo vedremo in Dio senza fine" .



 

Cari fratelli e sorelle,

ricordo ancora con grande gioia il Viaggio apostolico compiuto nel Regno Unito nello scorso settembre. L’Inghilterra è una terra che ha dato i natali a tante figure illustri che con la loro testimonianza ed il loro insegnamento abbelliscono la storia della Chiesa. Una di esse, venerata tanto dalla Chiesa Cattolica quanto dalla Comunione anglicana, è la mistica Giuliana di Norwich di cui vorrei parlarvi questa mattina.

Le notizie di cui disponiamo sulla sua vita – non molte – sono desunte principalmente dal libro in cui questa donna gentile e pia ha raccolto il contenuto delle sue visioni, intitolato Rivelazioni dell’Amore divino. Si sa che è vissuta dal 1342 al 1430 circa, anni tormentati sia per la Chiesa, lacerata dallo scisma seguito al ritorno del Papa da Avignone a Roma, sia per la vita della gente che subiva le conseguenze di una lunga guerra tra il regno d’Inghilterra e quello di Francia. Dio, però, anche nei tempi di tribolazione, non cessa di suscitare figure come Giuliana di Norwich, per richiamare gli uomini alla pace, all’amore e alla gioia.

Come ella stessa ci racconta, nel maggio del 1373, probabilmente il 13 di quel mese, fu colpita all’improvviso da una malattia gravissima che in tre giorni sembrò portarla alla morte. Dopo che il sacerdote, accorso al suo capezzale, le mostrò il Crocifisso, Giuliana non solo riacquistò prontamente la salute, ma ricevette quelle sedici rivelazioni che successivamente riportò per iscritto e commentò nel suo libro, le Rivelazioni dell’Amore divino. E fu proprio il Signore che, quindici anni dopo questi avvenimenti straordinari, le svelò il senso di quelle visioni. "Vorresti sapere cosa ha inteso il tuo Signore e conoscere il senso di questa rivelazione? Sappilo bene: amore è ciò che Lui ha inteso. Chi te lo rivela? L’amore. Perché te lo rivela? Per amore ... Così imparai che nostro Signore significa amore" (Giuliana di Norwich, Il libro delle rivelazioni, cap. 86, Milano 1997, p. 320).

Ispirata dall’amore divino, Giuliana operò una scelta radicale. Come un’antica anacoreta, scelse di vivere all’interno di una cella, collocata in prossimità della chiesa intitolata a san Giuliano, dentro la città di Norwich, ai suoi tempi un importante centro urbano, vicino a Londra.

Forse, assunse il nome di Giuliana proprio da quello del santo cui era dedicata la chiesa presso cui visse per tanti anni, sino alla morte. Potrebbe sorprenderci e persino lasciarci perplessi questa decisione di vivere "reclusa", come si diceva ai suoi tempi. Ma non era la sola a compiere tale scelta: in quei secoli un numero considerevole di donne optò per questo genere di vita, adottando delle regole appositamente elaborate per esse, come quella composta da sant’Aelredo di Rievaulx. Le anacorete o "recluse", all’interno della loro cella, si dedicavano alla preghiera, alla meditazione e allo studio. In tal modo, maturavano una sensibilità umana e religiosa finissima, che le rendeva venerate dalla gente. Uomini e donne di ogni età e condizione, bisognosi di consigli e di conforto, le ricercavano devotamente. Quindi non era una scelta individualistica; proprio con questa vicinanza al Signore maturava in lei anche la capacità di essere consigliera per tanti, di aiutare quanti vivevano in difficoltà in questa vita.

Sappiamo che anche Giuliana riceveva frequenti visite, come ci è attestato dall’autobiografia di un’altra fervente cristiana del suo tempo, Margery Kempe, che si recò a Norwich nel 1413 per ricevere suggerimenti sulla sua vita spirituale. Ecco perché, quando Giuliana era viva, era chiamata, com’è scritto sul monumento funebre che ne raccoglie le spoglie: "Madre Giuliana". Era divenuta una madre per molti.

Le donne e gli uomini che si ritirano per vivere in compagnia di Dio, proprio grazie a questa loro scelta, acquisiscono un grande senso di compassione per le pene e le debolezze degli altri. Amiche ed amici di Dio, dispongono di una sapienza che il mondo, da cui si allontanano, non possiede e, con amabilità, la condividono con coloro che bussano alla loro porta. Penso, dunque, con ammirazione e riconoscenza, ai monasteri di clausura femminili e maschili che, oggi più che mai, sono oasi di pace e di speranza, prezioso tesoro per tutta la Chiesa, specialmente nel richiamare il primato di Dio e l’importanza di una preghiera costante e intensa per il cammino di fede.

Fu proprio nella solitudine abitata da Dio che Giuliana di Norwich compose le Rivelazioni dell’Amore divino, di cui ci sono giunte due redazioni, una più breve, probabilmente la più antica, ed una più lunga. Questo libro contiene un messaggio di ottimismo fondato sulla certezza di essere amati da Dio e di essere protetti dalla sua Provvidenza. Leggiamo in questo libro le seguenti stupende parole: "Vidi con assoluta sicurezza ... che Dio prima ancora di crearci ci ha amati, di un amore che non è mai venuto meno, né mai svanirà. E in questo amore Egli ha fatto tutte le sue opere, e in questo amore Egli ha fatto in modo che tutte le cose risultino utili per noi, e in questo amore la nostra vita dura per sempre ... In questo amore noi abbiamo il nostro principio, e tutto questo noi lo vedremo in Dio senza fine" (Il libro delle rivelazioni, cap. 86, p. 320).

Il tema dell’amore divino ritorna spesso nelle visioni di Giuliana di Norwich che, con una certa audacia, non esita a paragonarlo anche all’amore materno. È questo uno dei messaggi più caratteristici della sua teologia mistica.

La tenerezza, la sollecitudine e la dolcezza della bontà di Dio verso di noi sono così grandi che, a noi pellegrini sulla terra, evocano l’amore di una madre per i propri figli. In realtà, anche i profeti biblici a volte hanno usato questo linguaggio che richiama la tenerezza, l’intensità e la totalità dell’amore di Dio, che si manifesta nella creazione e in tutta la storia della salvezza e ha il culmine nell’Incarnazione del Figlio.

Dio, però, supera sempre ogni amore umano, come dice il profeta Isaia: "Si dimentica forse una donna del suo bambino, così da non commuoversi per il figlio delle sue viscere? Anche se costoro si dimenticassero, io invece non ti dimenticherò mai" (Is 49, 15).

Giuliana di Norwich ha compreso il messaggio centrale per la vita spirituale: Dio è amore e solo quando ci si apre, totalmente e con fiducia totale, a questo amore e si lascia che esso diventi l’unica guida dell’esistenza, tutto viene trasfigurato, si trovano la vera pace e la vera gioia e si è capaci di diffonderle intorno a sé.

Vorrei sottolineare un altro punto. Il Catechismo della Chiesa Cattolica riporta le parole di Giuliana di Norwich quando espone il punto di vista della fede cattolica su un argomento che non cessa di costituire una provocazione per tutti i credenti (cfr nn. 304-314). Se Dio è sommamente buono e sapiente, perché esistono il male e la sofferenza degli innocenti? Anche i santi, proprio i santi, si sono posti questa domanda. Illuminati dalla fede, essi ci danno una risposta che apre il nostro cuore alla fiducia e alla speranza: nei misteriosi disegni della Provvidenza, anche dal male Dio sa trarre un bene più grande come scrisse Giuliana di Norwich: "Imparai dalla grazia di Dio che dovevo rimanere fermamente nella fede, e quindi dovevo saldamente e perfettamente credere che tutto sarebbe finito in bene…" (Il libro delle rivelazioni, cap. 32, p. 173).

Sì, cari fratelli e sorelle, le promesse di Dio sono sempre più grandi delle nostre attese. Se consegniamo a Dio, al suo immenso amore, i desideri più puri e più profondi del nostro cuore, non saremo mai delusi. "E tutto sarà bene", "ogni cosa sarà per il bene": questo il messaggio finale che Giuliana di Norwich ci trasmette e che anch’io vi propongo quest’oggi. Grazie.

© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana

Benedicto XVI : JULIANA DE NORWICH En su libro “Revelaciones del Amor divino”, continuó, “hay un mensaje de optimismo fundado en la certeza de que somos amados por Dios y protegidos por su Providencia”. Juliana “compara el amor divino con el amor materno. La ternura, la solicitud y la dulzura de la bondad de Dios con nosotros es tan grande que, para nosotros, peregrinos en la tierra, evocan el amor de una madre por sus hijos”. “Juliana de Norwich entendió el mensaje central para la vida espiritual: Dios es amor y sólo cuando nos abrimos totalmente a este amor y dejamos que se convierta en la única guía de la vida, todo se transforma, se encuentran la verdadera paz y la verdadera alegría y se es capaz de difundirlas alrededor”.

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JULIANA DE NORWICH: PRIMACIA DEL AMOR DIVINO

CIUDAD DEL VATICANO, 1 DIC 2010 (VIS).-En la audiencia general de este miércoles, el Papa habló sobre Juliana de Norwich, mística inglesa que vivió aproximadamente entre 1342 y 1430, “años difíciles para la Iglesia, desgarrada por el cisma después del regreso del Papa de Aviñón a Roma, y para la vida de las personas que sufrieron las consecuencias de una larga guerra entre el reino Inglaterra y el de Francia”.

El Santo Padre recordó que en 1373, cuando Juliana enfermó gravemente, recibió dieciséis revelaciones, centradas en el amor de Dios. “Inspirada por el amor divino, optó por una decisión radical. Como una antigua anacoreta, eligió vivir dentro de una celda, situada cerca de la iglesia titulada a san Julián, en la ciudad de Norwich”.

“Los anacoretas –explicó- se dedicaban a la oración, a la meditación y al estudio. De este modo, tenían una gran sensibilidad humana y religiosa, que causaba admiración en la gente. Hombres y mujeres de todas las edades y condiciones, deseosas de consejos y de consuelo, las buscaban devotamente”.

Benedicto XVI subrayó que “las mujeres y los hombres que se retiran a vivir en compañía de Dios, gracias a esta elección, adquieren un gran sentido de compasión por las penas y la debilidad de los demás. Amigas y amigos de Dios, tienen una sabiduría que el mundo, del que se alejan, no posee, y con amabilidad, la comparten con quienes llaman a su puerta”. En este sentido, el Papa se refirió “con admiración y gratitud a los monasterios de clausura femeninos y masculinos, que hoy más que nunca, son oasis de paz y esperanza, un tesoro precioso para toda la Iglesia, sobre todo para hacer hincapié en la primacía de Dios y en la importancia de una oración intensa y constante para el camino de la fe”.

En su libro “Revelaciones del Amor divino”, continuó, “hay un mensaje de optimismo fundado en la certeza de que somos amados por Dios y protegidos por su Providencia”. Juliana “compara el amor divino con el amor materno. Este es uno de los mensajes más característicos de su teología mística. La ternura, la solicitud y la dulzura de la bondad de Dios con nosotros es tan grande que, para nosotros, peregrinos en la tierra, evocan el amor de una madre por sus hijos”.

“Juliana de Norwich entendió el mensaje central para la vida espiritual: Dios es amor y sólo cuando nos abrimos totalmente a este amor y dejamos que se convierta en la única guía de la vida, todo se transforma, se encuentran la verdadera paz y la verdadera alegría y se es capaz de difundirlas alrededor”.

El Santo Padre señaló que en el Catecismo de la Iglesia Católica se recogen unas palabras de Juliana de Norwich, cuando expone el punto de vista de la fe católica sobre la existencia del mal y del sufrimiento de los inocentes, teniendo en cuenta que Dios es sumamente bueno. “En los misteriosos designios de la Providencia, Dios es capaz de obtener incluso del mal un bien mayor, como escribió Juliana de Norwich: Aprendí por la gracia de Dios que debía permanecer firmemente en la fe, y por tanto, debía creer con firmeza y plena convicción en que todo habría terminado bien”.

“Las promesas de Dios son siempre más grandes que nuestras expectativas. Si entregamos a Dios, a su gran amor, los deseos más puros y más profundos de nuestros corazones, nunca quedaremos defraudados. “Y todo será para bien”: éste -terminó el Papa- es el mensaje final que Juliana de Norwich nos transmite, y que también yo os propongo hoy”.
AG/ VIS 20101201 (600)

PRÁCTICA DEL ADVIENTO :la suerte de la Iglesia es también la nuestra; cada una de nuestras almas es objeto, por parte de Dios, de una misericordia y de una providencia semejantes a las que emplea con la misma Iglesia. Sí ella es el templo de Dios, es porque se compone, de piedras vivas; si es la Esposa, es porque está formada por todas las almas invitadas a la unión eterna con Él.

Si nuestra Madre, la Santa Iglesia, pasa el tiempo del Adviento ocupada en esta solemne preparación al advenimiento de Jesucristo; si como las vírgenes prudentes, permanece con la lámpara encendida para la llegada del Esposo; nosotros, que somos sus miembros e hijos, debemos participar de los sentimientos que la animan y hacer nuestra esta advertencia del Salvador: "Cíñase vuestra cintura como la de los peregrinos, brillen en vuestras manos antorchas encendidas, y vosotros sed semejantes a los criados que están a la espera de su amo" (San Lucas, 12, 35).
En efecto, la suerte de la Iglesia es también la nuestra; cada una de nuestras almas es objeto, por parte de Dios, de una misericordia y de una providencia semejantes a las que emplea con la misma Iglesia. Sí ella es el templo de Dios, es porque se compone, de piedras vivas; si es la Esposa, es porque está formada por todas las almas invitadas a la unión eterna con Él. Si es cierto que está escrito que el Salvador conquistó a la Iglesia con su Sangre (Hebreos, 20, 28), cada uno de nosotros hablando de sí mismo puede decir como San Pablo: Cristo me amó y se entregó por mí (Gálatas, 2, 20). Siendo pues idéntica nuestra suerte, debemos esforzarnos durante el Adviento en asimilar los sentimientos de preparación que vemos que embargan a la Iglesia.
En primer lugar, es un deber nuestro el unirnos a los Santos del Antiguo Testamento para pedir la venida del Mesías y pagar así la deuda que toda la humanidad tiene contraída con la misericordia divina. Para animarnos a cumplir con este deber, transportémonos con el pensamiento al curso de estos miles de años, representados por las cuatro semanas del Adviento y pensemos en aquellas tinieblas, en aquellos crímenes de toda clase en medio de los cuales se movía el mundo antiguo. Nuestro corazón debe sentir con la mayor viveza el agradecimiento que debe a Aquel qué salvó a su criatura de la muerte y que bajó hasta nosotros para ver más de cerca y compartir todas nuestras miserias, fuera del pecado. Debe clamar con acentos de angustia y confianza hacia Aquel que se dignó salvar la obra de sus manos, pero que quiere también que le hombre pida e implore su salvación. Que nuestros deseos y nuestra esperanza se dilaten con estas ardientes súplicas de los antiguos Profetas que la Iglesia pone en nuestros labios; abramos nuestros corazones hasta en sus últimos repliegues a los sentimientos que ellos expresan.
Cumplido este primer deber, pensaremos en el advenimiento que el Salvador quiere hacer en nuestro corazón. Advenimiento lleno de dulzura y de misterio y que es consecuencia del primero, puesto que el Buen Pastor no viene solamente a visitar a su rebaño en general, sino que extiende sus cuidados a cada una de sus ovejas, aún a la centésima que se había extraviado. Ahora bien, para captar todo este inefable misterio, es necesario tener presente que así como no podemos ser agradables a nuestro Padre Celestial sino en la medida que ve en nosotros a Jesucristo, su Hijo, este Divino Salvador tan bondadoso se digna venir a cada uno de nosotros para transformarnos en Él, si lo consentimos, de suerte que no vivamos ya nuestra vida sino la suya. Éste es el objetivo del Cristianismo: la divinización del hombre por Jesucristo. Tal es la tarea sublime impuesta a la Iglesia. Con San Pablo dice Ella a los fieles: "Vosotros sois mis hijitos, pues os doy un nuevo nacimiento para que Jesucristo se forme en vosotros" (Gálatas, 4. 19).
Pero lo mismo que al aparecer en este mundo, el Divino Salvador se mostró primeramente bajo la forma de un débil niño, antes de llegar a la plenitud de la edad perfecta necesaria para que nada faltase a su sacrificio, del mismo modo tratará de desarrollarse en nosotros. Ahora bien, es precisamente en la fiesta de Navidad cuando quiere nacer en las almas y cuando derrama sobre su Iglesia una gracia de Nacimiento, a la cual no todos son ciertamente fieles. Porque mirad la situación de las almas a la llegada de esta inefable fiesta. Las unas, el número más reducido, viven plenamente de la vida de Jesucristo que está en ellas y aspiran continuamente a crecer en esta vida. Las otras, en mayor número, están vivas ciertamente, por la presencia de Cristo, pero enfermas y endebles por no desear el aumento de esta vida divina; porque su amor se ha resfriado. Los demás hombres no gozan de esta vida, están muertos, porque Cristo dijo: "Yo soy la vida".
Durante los días del Adviento pasa llamando a la puerta de todas estas almas, bien sea de una manera sensible; o bien de una manera velada. Les pregunta si tienen sitio para Él, para que pueda nacer en ellas. Y aunque la posada que reclama sea suya, porque Él la construyó y la conserva, se queja de que "los suyos no lo quisieron recibir", al menos la mayoría de ellos.
"Por lo que toca a aquellos que lo recibieron, les dio poder para hacerse hijos de Dios y no hijos de la carne o de la sangre"
(San Juan, 1, 11-13.)
Preparaos, por tanto, vosotras, almas fieles; que lo guardáis dentro de vosotras como un preciado tesoro y que desde tiempo atrás no tenéis otra vida que su vida, otro corazón que su corazón, otras obras que sus obras, preparaos a verlo nacer en vosotras más hermoso, más radiante, más poderoso que hasta ahora lo habíais conocido. Tratad de descubrir en las frases de la santa liturgia estas palabras misteriosas que hablan a vuestro corazón y encantan al Esposo.
Ensanchad vuestras puertas para recibirlo nuevamente, vosotras que lo tenéis ya dentro pero sin conocerlo; que lo poseéis pero sin gozarlo. Ahora vuelve a venir con renovada ternura; ha olvidado vuestros desdenes, quiere renovarlo todo. Haced sitio al Divino Infante porque querrá crecer en vosotras. Se aproxima el momento.. Las palabras de la liturgia son también para vosotras; hablan de tinieblas que sólo Dios puede deshacer, de heridas que sólo su bondad puede curar, de enfermedades que únicamente pueden sanar por su virtud.
Y vosotros, cristianos, para quienes la Buena Nueva es como si no existiera, porque vuestros corazones están muertos por el pecado, bien se trate de una muerte que os aprisiona en sus cadenas desde hace mucho tiempo, o bien de heridas recientes: he aquí que se acerca el que es la vida. "¿Por qué habréis de preferir la muerte? Él no quiere la muerte del pecador sino que viva" (Ezeq. 28, 31-32). La gran fiesta de su Nacimiento será un día de universal misericordia para todos los que quieran recibirlo. Éstos volverán con Él a la vida; desaparecerá toda su vida anterior, "y la gracia sobreabundará allí donde la iniquidad ha abundado" (Romanos, 5, 20).
Y si la ternura y suavidad de este misterioso advenimiento no nos seduce, porque tu recargado corazón no es capaz todavía de experimentar confianza, porque después de haber sorbido la iniquidad como el agua, no sabes lo que es aspirar por amor a las caricias de un Padre cuyas llamadas has despreciado, entonces debes pensar en ese otro Adviento terrorífico que ha de seguir al que se realiza silenciosamente en las almas. Escucha los crujidos del universo ante la proximidad del Juez terrible. Contempla los cielos huyendo ante tu vista, desplegándose como un libro; aguanta, si puedes, su aspecto, su mirada deslumbrante: mira sin estremecerte la espada de dos filos que sale de su boca (Apocalipsis, 1, 16); escucha, por fin, esos gritos lastimeros: "Oh montes, caed sobre nosotros; oh rocas; cubridnos" (San Lucas, 23, 30). Estos gritos son. los que lanzarán en vano aquellas desgraciadas almas que no quisieron conocer el día de su visita. Por haber cerrado su corazón a Dios que lloró sobre ellas, bajarán a horas vivas al fuego eterno, cuyas llamas son tan ardientes que devoran los frutos de la tierra y los más ocultos fundamentos de las montañas. Allí es donde el gusano eterno roe un pesar que no muere nunca.
Aquellos que no se conmueven ante la noticia de la próxima venida del celestial Médico, del Pastor que generosamente da la vida por sus ovejas, mediten durante el Adviento en el tremendo pero innegable misterio de la Redención humana, inutilizada por la repulsa que de ella hace con frecuencia el hombre. Calculen sus fuerzas y si desprecian al Infante que va a nacer, consideren si serán capaces de luchar con el Dios fuerte el dia que venga, no a salvar, sino a juzgar.
Por lo demás, este temor no es sólo propio de los pecadores, es un sentimiento que debe experimentar todo cristiano. El temor, si va solo, hace esclavos; si lo acompaña el amor, dice bien del hijo culpable que busca el perdón de su irritado padre. Aún cuando el amor lo arroje fuera, a veces reaparece como un rayo pasajero, para conmover felizmente, el corazón del alma fiel hasta sus más íntimos fundamentos. Entonces siente revivir en sí el recuerdo de su miseria y de la gratuita misericordia del Esposo.
De todo esto se puede sacar en consecuencia que el Adviento es un tiempo dedicado principalmente a los ejercicios de la vía purgativa; esto está bien significado por aquella frase de San Juan Bautista que la Iglesia repite con tanta frecuencia durante este santo tiempo: "¡Preparad los caminos del Señor!" Que cada uno de nosotros trabaje, pues, seriamente en allanar el camino por donde ha de entrar Cristo en su alma. Los justos, siguiendo la doctrina del Apóstol, "olviden lo que han hecho en el pasado" y trabajen con nuevos ánimos. Apresúrense los pecadores a romper los lazos que los cautivan, las costumbres que los dominan; mortifiquen su carne, comenzando el duro trabajo de sujeción al espíritu. Oren sobre todo con la Iglesia. De esta manera, cuando venga el Señor, tendrán derecho a esperar que no pase de largo por su puerta sino que entre, puesto que ha dicho (Apocalipsis, 3, 20), dirigiéndose a todos: "He aquí que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abriere, entraré en su casa".
Dom PRÓSPERO GUÉRANGER (Tomado de "El año litúrgico")

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  DE:STAT VERITAS

Pratica dell'Avvento dagli scritti di Dom Prosper Guérager O.S.B, Abate di Solesmes : Se la santa Chiesa, madre nostra, passa il tempo dell'Avvento in questa solenne preparazione alla triplice Venuta di Gesù Cristo; se, sull'esempio delle vergini savie, tiene la lampada accesa per l'arrivo dello Sposo, noi che siamo le sue membra e i suoi figli, dobbiamo partecipare ai sentimenti che la animano, e prendere per noi quell'avvertimento del Salvatore: "Siano i vostri lombi precinti come quelli dei viandanti; nelle vostre mani brillino fiaccole accese; e siate simili a servi che aspettano il loro padrone".


  Pratica dell'Avvento
dagli scritti di Dom Prosper Guérager O.S.B, Abate di Solesmes (1805-1875)

PRATICA DELL'AVVENTO

Vigilanza.

Se la santa Chiesa, madre nostra, passa il tempo dell'Avvento in questa solenne preparazione alla triplice Venuta di Gesù Cristo; se, sull'esempio delle vergini savie, tiene la lampada accesa per l'arrivo dello Sposo, noi che siamo le sue membra e i suoi figli, dobbiamo partecipare ai sentimenti che la animano, e prendere per noi quell'avvertimento del Salvatore: "Siano i vostri lombi precinti come quelli dei viandanti; nelle vostre mani brillino fiaccole accese; e siate simili a servi che aspettano il loro padrone" (Lc 12, 35). Infatti, i destini della Chiesa sono anche i nostri; ciascuna delle anime è, da parte di Dio, l'oggetto d'una misericordia e d'un'attenzione simili a quelle che egli usa nei riguardi della Chiesa stessa. Essa è il tempio di Dio perché composta di pietre vive; è la Sposa perché è formata da tutte le anime che sono chiamate all'eterna unione. Se è scritto che il Salvatore ha acquistato la Chiesa con il suo sangue (At 20, 28), ognuno di noi può dire parlando di se stesso, come san Paolo: Cristo mi ha amato e si è sacrificato per me (Gal. 2, 20). Essendo dunque uguali i destini, dobbiamo sforzarci, durante l'Avvento, di entrare nei sentimenti di preparazione di cui abbiamo visto ripiena la Chiesa.

Preghiera.

E innanzitutto, è per noi un dovere di unirci ai Santi dell'Antica Legge per implorare il Messia, e soddisfare così quel debito di tutto il genere umano verso la divina misericordia. Onde animarci a compiere questo dovere, trasportiamoci con il pensiero nel corso di quelle migliaia di anni rappresentate dalle quattro settimane dell'Avvento, e pensiamo a quelle tenebre, a quei delitti di ogni genere in mezzo ai quali si agitava il vecchio mondo. Che il nostro cuore senta viva la riconoscenza che deve a Colui che ha salvato la sua creatura dalla morte, e che è disceso per vedere più da vicino e condividere tutte le nostre miserie, fuorché il peccato! Che esso gridi, con l'accento dell'angoscia e della fiducia, verso Colui che volle salvare l'opera delle sue mani, ma che vuole pure che l'uomo chieda ed implori la propria salvezza! Che i nostri desideri e la nostra speranza si effondano dunque in quelle ardenti suppliche degli antichi Profeti che la Chiesa ci mette sulle labbra in questi giorni di attesa. Disponiamo i nostri cuori, nella più larga misura possibile, ai sentimenti che essi esprimono.

Conversione.

Compiuto questo primo dovere, penseremo alla Venuta che il Salvatore vuol fare nel nostro cuore: Venuta, come abbiamo visto piena di dolcezza e di mistero, e che è la conseguenza della prima, poiché il buon Pastore non viene soltanto a visitare il suo gregge in generale, ma estende la sua sollecitudine a ciascuna delle pecore anche alla centesima che si era smarrita. Ora, per ben comprendere tutto questo ineffabile mistero, bisogna ricordare che, siccome non possiamo essere accetti al nostro Padre celeste se non in quanto egli vede in noi Gesù Cristo, suo Figlio, questo Salvatore pieno di bontà si degna di venire in ciascuno di noi, e, se noi lo vogliamo, di trasformarci in lui, di modo che non viviamo più della vita nostra ma della sua. Il fine di tutto il Cristianesimo è appunto di divinizzare l'uomo attraverso Gesù Cristo: questo è il compito sublime imposto alla Chiesa. Essa dice ai Fedeli con san Paolo: "Voi siete i miei figlioletti; poiché io vi do una seconda nascita, affinché si formi in voi Gesù Cristo" (Gal 4,19).
Ma, come nella sua apparizione in questo mondo il divino Salvatore si è dapprincipio mostrato sotto le sembianze d'un bambino prima di giungere alla pienezza dell'età perfetta che era necessaria porche nulla mancasse al suo sacrificio, egli intende prendere in noi gli stessi sviluppi. Ora è nella festa di Natale che si compiace di nascere nelle anime, e diffonde per tutta la sua Chiesa una grazia di Nascita alla quale, purtroppo, non tutti sono fedeli.
Ecco infatti la situazione delle anime all'avvicinarsi di quella ineffabile solennità. Alcune, ed è il numero minore, vivono pienamente della vita del Signore Gesù che e in esse, ed aspirano in ogni istante all'aumento di tale vita. Altre, in numero maggiore, sono vive, sì, per la presenza del Cristo, ma sono malate e languenti, non desiderando il progresso della vita divina, perché la loro carità si è raffreddata (Ap 2, 4). Il resto degli uomini non gode di questa vita, e si trova nella morte; poiché Cristo ha detto: Io sono la Vita (Gv 14,6).
Nei giorni dell'Avvento, il Salvatore va a bussare alla porta di tutte le anime, in una maniera ora sensibile, ora nascosta. Viene a chiedere se hanno posto per lui, affinché possa nascere in loro. Ma, becche la casa che egli chiede sia sua, poiché lui l'ha costruita e la conserva, si è lamentato che i suoi non l'hanno voluto ricevere (Gv 1,11), almeno il numero maggiore tra essi. "Quanto a quelli che l'hanno ricevuto, ha concesso loro di diventare figli di Dio, e non più figli della carne e del sangue " (Gv 1, 12-13).
Preparatevi dunque a vederlo nascere in voi più bello, più radioso, più forte di come l'avete conosciuto, o anime fedeli che lo custodite in voi stesse come un prezioso deposito, e che da lungo tempo, non avete altra vita che la sua, altro cuore che il suo, altre opere che le sue. Sappiate cogliere, nelle parole della sacra Liturgia, quelle che fanno per il vostro amore, e che commuoveranno il cuore dello Sposo.
Aprite le porte per riceverlo nella sua nuova venuta, voi che già l'avevate in voi, ma senza conoscerlo; che lo possedevate, ma senza gustarlo. Egli torna con una nuova tenerezza; ha dimenticato il vostro rifiuto; vuole rinnovare tutte le cose (Ap 21,5). Fate posto al celeste Bambino, che vuol crescere in voi. Il momento è vicino: che il vostro cuore dunque si desti; perché non vi abbia sorpreso il sonno quando egli passerà, vegliate e pregate. Le parole della Liturgia sono anche per voi, perché esse parlano di tenebre che Dio solo può dissipare, di piaghe che solo la sua bontà può risanare, di languori che cesseranno solo per sua virtù.
E voi, cristiani, per cui la buona novella è come se non ci fosse perché i vostri cuori sono morti per il peccato, sia che questa morte vi tenga stretti nei suoi lacci da lunghi anni, sia che la ferita che l'ha causata sia stata inferta più di recente alla vostra anima, ecco venire colui che è la vita. "Perché dunque vorreste morire? Egli non vuole la morte del peccatore, ma vuole che si converta e viva" (Ez 18, 31). La grande Festa della sua Nascita sarà un giorno di misericordia universale per tutti quelli che vorranno lasciarlo entrare. Questi ricominceranno a vivere con lui; ogni altra vita precedente sarà abolita, e sovrabbonderà la grazia là dove prima aveva abbondato l'iniquità (Rom 5, 29).
E se la tenerezza e la dolcezza di questa misteriosa Venuta non vi attraggono, perché il vostro cuore non potrebbe ancora comprendere la fiducia o perché avendo per lungo tempo ingoiato l'iniquità come l'acqua, non sapete che cosa significhi aspirare mediante l'amore alle carezze d'un padre di cui avevate disprezzato gli inviti, pensate alla Venuta piena di terrore che seguirà quella che si compie silenziosamente nelle anime. Sentite lo scricchiolio dell'universo all'avvicinarsi del terribile Giudice; osservate i cieli che fuggono davanti a lui, e si aprono come un libro alla sua vista (Ap 6,41); sostenete, se ne siete capaci, il suo aspetto, i suoi sguardi fiammeggianti; guardate senza fremere la spada a doppio taglio che esce dalla sua bocca (Ap 1,16); ascoltate infine quelle grida di lamento: o monti cadete su di noi; rocce, copriteci, toglieteci alla sua vista terrificante (Lc 23, 30)! Sono le grida che faranno risuonare invano le anime sventurate che non hanno saputo conoscere il tempo della visita (Lc 19, 44). Per aver chiuso il loro cuore a quell'Uomo-Dio che pianse su di esse ñ tanto le amava! ñ scenderanno vive nel fuoco eterno la cui fiamma è cosi bruciante che divora il germe della terra e le fondamenta più nascoste dei monti (Dt 32,22). Ivi si sente il verme eterno d'un rimorso che non muore mai (Mc 9, 43).
Coloro dunque, i quali non si sentono commossi dalla dolce notizia dell'avvicinarsi del celeste Medico, del generoso Pastore che dà la vita per le sue pecorelle, meditino durante l'Avvento sul terribile eppure incontestabile mistero della Redenzione, resa inutile dal rifiuto che l'uomo oppone troppo spesso di associarsi alla propria salvezza. Misurino le loro forze, e se disprezzano il bambino che sta per nascere (Is 9,6), pensino se saranno in grado di lottare con il Dio forte, il giorno in cui verrà non più a salvare, ma a giudicare. Per conoscerlo più da vicino, questo Giudice davanti al quale tutto deve tremare, interroghino la sacra Liturgia: qui impareranno a temerlo.
Del resto, questo timore non è soltanto proprio dei peccatori; è un sentimento che ogni cristiano deve provare. Il timore, se è da solo, rende schiavi; se compensa l'amore, conviene al figlio colpevole, che cerca il perdono del padre adirato; anche quando l'amore lo spinge fuori (1 Gv 4,18), esso ritorna talora come un subitaneo lampo, e il cuore fedele ne è felicemente scosso fin nelle fondamenta. Sente allora ridestarsi il ricordo della sua miseria e della misericordia gratuita dello Sposo. Nessuno deve dunque disperarsi, in questo sacro tempo dell'Avvento, dall'associarsi ai pii timori della Chiesa che, per quanto amata, dice spesso nei suoi Uffici: Trafiggi la mia carne, o Signore, con il pungolo del tuo timore! Ma questa parte della Liturgia sarà utile soprattutto a coloro che cominciano a consacrarsi al servizio di Dio.
Da tutto ciò, si deve concludere che l'Avvento è un tempo consacrato soprattutto agli esercizi della Vita Purgativa; come indicano quelle parole di san Giovanni Battista, che la Chiesa ci ripete così spesso in questo sacro periodo: Preparate le vie del Signore! Ciascuno dunque operi seriamente a spianare il sentiero attraverso il quale Gesù entrerà nella sua anima. I giusti, secondo la dottrina dell'apostolo dimentichino ciò che hanno fatto nel passato (Filip 3,13), e attendano a nuovi impegni. I peccatori cerchino di rompere subito i legami che li tengono stretti, di lasciare le abitudini che li fanno prigionieri castighino la carne, e diano inizio al duro lavoro di sottometterla allo spirito; preghino soprattutto con la Chiesa; e quando il Signore verrà, potranno sperare che non rimarrà sulla soglia della porta, ma entrerà, perché egli ha detto: "Ecco che io sono alla porta e busso; se qualcuno sente la mia voce e mi apre, entrerò da lui" (Ap 3,20).

NOTE
1 - Dal latino Adventus, che significa Venuta.
2 - La proclamazione del dogma della Maternità divina, avvenuta ad Efeso nel 431, diede vivo impulso al culto mariano e una grande celebrità alla commemorazione della Natività del Signore. È infatti poco dopo il Concilio di Nicea (325) che la Chiesa romana istituì la festa di Natale e la fissò al 25 dicembre, ma è dall'Oriente che attinse i primi elementi dell'Avvento.
3 - Secondo i più recenti lavori dei Liturgisti, si possono segnalare testimonianze ancora più antiche di questa. Cosi un frammento di un testo di sant'Ilario, quindi anteriore al 366 dice che "La Chiesa si dispone al ritorno annuale della venuta del Salvatore. con un tempo misterioso di tre settimane". Il Concilio di Saragozza, da parte sua, fin dal 380 impone ai fedeli di assistere agli uffici dal 17 dicembre al 6 gennaio. In questo periodo di ventuno giorni, la parte che precede il Natale formava un quadro ben indicato per la preparazione di questa festa e costituiva una specie di Avvento. Ma siccome si era introdotto l'uso, nel IV secolo, di considerare l'Epifania e il Natale stesso come festa battesimale, potrebbe qui trattarsi solo d'una preparazione al battesimo e non d'una liturgia dell'Avvento.
In Oriente. nel V secolo. A Ravenna, nelle Gallie e nella Spagna, una festa della Vergine era celebrata la domenica prima di Natale, e talvolta anche una festa del Precursore la domenica precedente. Si avrebbe qui ancora una breve preparazione al Natale, un Avvento primitivo, a meno che non si tratti che d'un semplice ampliamento della festa di Natale. Infine, il Rotolo di Ravenna, di cui sarebbe autore san Pier Crisologo (433-450). possiede 40 orazioni che possono essere considerate come preparatorie al Natale.
4 - Bisogna notare anche che questo digiuno non era proprio del Tempo dell'Avvento; poiché, tra la Pentecoste e la metà di febbraio, i fedeli digiunavano due volte la settimana e i monaci tre volte. Il carattere penitenziale de]l'Avvento derivò a poco a poco, a causa dell'analogia che si presentava naturalmente tra questa stagione e la Quaresima.
5 - Forse il digiuno esisteva già in Spagna a quell'epoca. Una lettera del 400 circa, ci parla di tre settimane che pongono fine all'anno e ne cominciano uno nuovo, comprendenti la festa di Natale e quella dell'Epifania, durante le quali conviene darsi al ritiro e alle pratiche dell'ascetismo: la preghiera e l'astinenza (Rev. Bén. 1928 p. 289). Le Chiese d'Oriente che ricevettero dall'Occidente la celebrazione della Natività di Nostro Signore, adottarono ugualmente, nell'VIII secolo, il digiuno dell'Avvento.
6 - Il Concilio di Avranches (1172) prescrive il digiuno e l'astinenza a tutti coloro che lo potranno, in particolare ai chierici e ai soldati.
7 - Si può oggi stabilire in una maniera molto più dettagliata lo sviluppo della Liturgia dell'Avvento. Mentre il Sacramentario leoniano (fine del VI secolo) non porta aleuna messa, il che sembra indicare che a quell'epoca Roma ignorava ancora l'Avvento, il Sacramentario gelasiano antico (fine del VI e inizio del VII secolo) contiene cinque messe "De Adventu Domini". Il Sacramentario gelasiano d'Angoulême e gli altri Sacramentari dell'VIII secolo contengono essi pure cinque messe, o in più le tre messe delle Quattro Tempora di dicembre. Infine, nel Sacramentario gregoriano, troviamo delle messe per quattro domeniche e per le tre ferie delle Quattro Tempora. Porse anche la messa dell'ultima domenica dopo la Pentecoste era considerata come messa "de Adventu". Aggiungiamo infine che san Benedetto (Ü dopo il 546) ha scritto, nella sua Regola, un capitolo sulla Quaresima, che parla del Tempo pasquale ma non menziona l'Avvento.
8 - Segnaliamo che il Sacramentario mozarabico: "Liber mozarabicus saeramentorum", (del IX secolo, ma che rappresenta la liturgia del VII), contiene cinque domeniche, e infine che i Lezionari gallicani portano sei domeniche dell'Avvento.
*testo tratto da: Dom Prosper Guéranger, L'anno liturgico, vol. I Avvento e Natale, Alba 1956, pp. 27-43.

Dom Prosper Guéranger, OSB ,Practice During Advent : The Church and we have, in reality, the same hopes. Each one of us is, on the part of God, an object of mercy and care, as is the Church herself. If she is the temple of God, it is because she is built of living stones; if she is the bride, it is because she consists of all the souls which are invited to eternal union with God.

III. Practice During Advent

Dom Prosper Guéranger, OSB

Source: Dom Prosper Guéranger, OSB, Advent, ca. 1841, Volume 1, The Liturgical Year, translated from the French by Dom Laurence Shepherd, O.S.B., ca. 1867. London: Stanbrook Abbey, 1918.

If our holy mother the Church spends the time of Advent in this solemn preparation for the threefold coming of Jesus Christ; if, after the example of the prudent virgins, she keeps her lamp lit ready for the coming of the Bridegroom; we, being her members and her children, ought to enter into her spirit, and apply to ourselves this warning of our Saviour: ‘Let your loins be girt, and lamps burning in your hands, and ye yourselves be like unto men who wait for their Lord !' 14 The Church and we have, in reality, the same hopes. Each one of us is, on the part of God, an object of mercy and care, as is the Church herself. If she is the temple of God, it is because she is built of living stones; if she is the bride, it is because she consists of all the souls which are invited to eternal union with God. If it is written that the Saviour hath purchased the Church with His own Blood, 15 may not each one of us say of himself those words of St. Paul, ‘Christ hath loved me, and hath delivered Himself up for me ‘ ? 16 Our destiny being the same, then, as that of the Church, we should endeavour during Advent, to enter into the spirit of preparation, which is, as we have seen, that of the Church herself.
And firstly, it is our duty to join with the saints of the old Law in asking for the Messias, and thus pay the debt which the whole human race owes to the divine mercy. In order to fulfil this duty with fervour, let us go back in thought to those four thousand years, represented by the four weeks of Advent, and reflect on the darkness and crime which filled the world before our Saviour’s coming. Let our hearts be filled with lively gratitude towards Him who saved His creature man from death, and who came down from heaven that He might know our miseries by Himself experiencing them, yes, all of them excepting sin. Let us cry to Him with confidence from the depths of our misery; for, notwithstanding His having saved the work of His hands, He still wishes us to beseech Him to save us. Let therefore our desires and our confidence have their free utterance in the ardent supplications of the ancient prophets, which the Church puts on our lips during these days of expectation; let us give our closest attention to the sentiments which they express.
This first duty complied with, we must next turn our minds to the coming which our Saviour wishes to accomplish in our own hearts. It is, as we have seen, a coming full of sweetness and mystery, and a consequence of the first; for the good Shepherd comes not only to visit the flock in general, but He extends His solicitude to each one of the sheep, even to the hundredth which is lost. Now, in order to appreciate the whole of this ineffable mystery, we must remember that, since we can be pleasing to our heavenly Father only inasmuch as He sees within us His Son Jesus Christ, this amiable Saviour deigns to come into each one of us, and transform us, if we will but consent, into Himself, so that henceforth we may live, not we, but He in us. This is, in reality, the one grand aim of the Christian religion, to make man divine through Jesus Christ: it is the task which God has given to His Church to do, and she says to the faithful what St. Paul said to his Galatians: ‘My little children, of whom I am in labour again, until Christ be formed within you !‘ 17
But as, on His entering into this world, our divine Saviour first showed Himself under the form of a weak Babe, before attaining the fulness of the age of manhood, and this to the end that nothing might be wanting to His sacrifice, so does He intend to do in us; there is to be a progress in His growth within us. Now, it is at the feast of Christmas that He delights to be born in our souls, and that He pours out over the whole Church a grace of being born, to which, however, not all are faithful.
For this glorious solemnity, as often as it comes round, finds three classes of men. The first, and the smallest number, are those who live, in all its plenitude, the life of Jesus who is within them, and aspire incessantly after the increase of this life. The second class of souls is more numerous; they are living, it is true, because Jesus is in them; but they are sick and weakly, because they care not to grow in this divine life their charity has become cold ! 18 The rest of men make up the third division, and are they that have no part of this life in them, and are dead; for Christ has said: ‘I am the Life,’19
Now, during the season of Advent, our Lord knocks at the door of all men’s hearts, at one time so forcibly that they must needs notice Him; at another, so softly that it requires attention to know that Jesus is asking admission. He comes to ask them if they have room for Him, for He wishes to be born in their house. The house indeed is His, for he built it and preserves it; yet He complains that His own refused to receive Him ; 20 at least the greater number did. ‘But as many as received Him, He gave them power to be made the sons of God, born not of blood, nor of the flesh, but of God.’ 21
He will be born, then, with more beauty and lustre and might than you have hitherto seen in Him, O ye faithful ones, who hold Him within you as your only treasure, and who have long lived no other life than His, shaping your thoughts and works on the model of His. You will feel the necessity of words to suit and express your love; such words as He delights to hear you speak to Him. You will find them in the holy liturgy.
You, who have had Him within you without knowing Him, and have possessed Him without relishing the sweetness of His presence, open your hearts to welcome Him, this time, with more care and love. He repeats His visit of this year with an untiring tenderness; He has forgotten your past slights; He would ‘that all things be new.' 22 Make room for the divine Infant, for He desires to grow within your soul. The time of His coming is close at hand: let your heart, then, be on the watch; and lest you should slumber when He arrives, watch and pray, yea, sing. The words of the liturgy are intended also for your use: they speak of darkness, which only God can enlighten; of wounds, which only His mercy can heal; of a faintness, which can be braced only by His divine energy.
And you, Christians, for whom the good tidings are as things that are not, because you are dead in sin, lo! He who is very life is coming among you. Yes, whether this death of sin has held you as its slave for long years, or has but freshly inflicted on you the wound which made you its victim, Jesus, your Life, is coming: ‘why, then, will you die? He desireth not the death of the sinner, but rather that he be converted and live,’ 23 The grand feast of His birth will be a day of mercy for the whole world; at least, for all who will give Him admission into their hearts : they will rise to life again in Him, their past life will be destroyed, and where sin abounded, there grace will more abound. 24
But, if the tenderness and the attractiveness of this mysterious coming make no impression on you, because your heart is too weighed down to be able to rise to confidence, and because, having so long drunk sin like water, you know not what it is to long with love for the caresses of a Father whom you have slighted — then turn your thoughts to that other coming, which is full of terror, and is to follow the silent one of grace that is now offered. Think within yourselves, how this earth of ours will tremble at the approach of the dread Judge; how the heavens will flee from before His face, and fold up as a book ; 25 how man will wince under His angry look; how the creature will wither away with fear, as the two-edged sword, which comes from the mouth of his Creator,26 pierces him; and how sinners will cry out, ‘Ye mountains, fall on us! ye rocks, cover us !' 27 Those unhappy souls who would not know the time of their visitation, 28 shall then vainly wish to hide themselves from the face of Jesus. They shut their hearts against this Man-God, who, in His excessive love for them, wept over them: therefore, on the day of judgement they will descend alive into those everlasting fires, whose flame devoureth the earth with her increase, and burneth the foundations of the mountains, 29 The worm that never dieth,30 the useless eternal repentance, will gnaw them for ever.
Let those, then, who are not touched by the tidings of the coming of the heavenly Physician and the good Shepherd who giveth His life for His sheep, meditate during Advent on the awful yet certain truth, that so many render the redemption unavailable to themselves by refusing to co-operate in their own salvation. They may treat the Child who is to be born 31 with disdain; but He is also the mighty God, and do they think they can withstand Him on that day, when He is to come, not to save, as now, but to judge? Would that they knew more of this divine Judge, before whom the very saints tremble! Let these, also, use the liturgy of this season, and they will there learn how much He is to be feared by sinners.
We would not imply by this that only sinners need to fear ; no, every Christian ought to fear. Fear, when there is no nobler sentiment with it, makes man a slave; when it accompanies love, it is a feeling which fills the heart of a child who has offended his father, yet seeks for pardon; when, at length, love casteth out fear, 32 even then this holy fear will sometimes come, and, like a flash of lightning, pervade the deepest recesses of the soul. It does the soul good. She wakes up afresh to a keener sense of her own misery and of the unmerited mercy of her Redeemer. Let no one, therefore, think that he may safely pass his Advent without taking any share in the holy fear which animates the Church, She, though so beloved by God, prays to Him to give her this fear; and in her Office of Sext, she thus cries out to Him: ‘Pierce my flesh with Thy fear.’ It is, however, to those who are beginning a good life, that this part of the Advent liturgy will be peculiarly serviceable.
It is evident, from what we have said, that Advent is a season specially devoted to the exercises of what is called the purgative life, which is implied in that expression of St. John, so continually repeated by the Church during this holy time : Prepare ye the way of the Lord! Let all, therefore, strive earnestly to make straight the path by which Jesus will enter into their souls. Let the just, agreeably to the teaching of the apostle, forget the things that are behind, 33 and labour to acquire fresh merit. Let sinners begin at once and break the chains which now enslave them. Let them give up those bad habits which they have contracted. Let them weaken the flesh, and enter upon the hard work of subjecting it to the spirit. Let them, above all things, pray with the Church. And when our Lord comes, they may hope that He will not pass them by, but that He will enter and dwell within them ; for He spoke of all when He said these words : ‘Behold I stand at the gate and knock: if any man shall hear My voice and open to Me the door, I will come in unto him.' 34


PRATIQUE DE L’AVENT: S'il est écrit que le Sauveur s'est acquis l’Eglise par son sang , chacun de nous peut dire en parlant de soi-même, comme saint Paul : Le Christ m'a aimé et s'est livré pour moi . Or, dans les jours de l'Avent, le Sauveur s'en va frappant à la porte de toutes ces âmes, tantôt d'une manière sensible, tantôt d'une manière cachée. Il vient leur demander si elles ont place pour lui, afin qu'il naisse en elles.Dilatez vos portes pour le recevoir dans sa nouvelle entrée, vous qui déjà l'aviez en vous, mais sans le connaître; qui le possédiez, mais sans le goûter.Que chacun donc travaille sérieusement à aplanir le sentier par lequel Jésus-Christ entrera dans son âme.

L'ANNÉE LITURGIQUE

Dom Guéranger

CHAPITRE III. PRATIQUE  DE L’AVENT.


Si la sainte Eglise, notre mère,  passe le temps de l’Avent dans cette solennelle préparation au triple avènement de Jésus-Christ ; si à l’exemple des vierges sages, elle tient sa lampe allumée pour l'arrivée de l'Epoux, nous qui sommes ses membres et ses enfants, nous devons participer aux sentiments qui l'animent, et prendre pour nous cet avertissement du Sauveur : « Que vos reins soient ceints d'une ceinture comme ceux des voyageurs ; que des flambeaux allumés brillent dans vos mains ; et soyez semblables à des serviteurs qui attendent leur maître (1) ». En effet, les destinées de l'Eglise sont les nôtres ; chacune de nos âmes est, de la part de Dieu, l'objet d'une miséricorde, d'une prévenance, semblables à celles dont il use à l'égard de l'Eglise elle-même. Elle n'est le temple de Dieu, que parce qu'elle est composée de pierres vivantes ; elle n'est l'Epouse, que parce qu'elle est formée de toutes les âmes qui sont conviées à l'éternelle union. S'il est écrit que le Sauveur s'est acquis l’Eglise par son sang (2), chacun de nous peut dire en parlant de soi-même, comme saint Paul : Le Christ m'a aimé et s'est livré pour moi (3). Les destinées étant donc les mêmes, nous devons nous efforcer, durant l'Avent,

1. LUC. XIII, 35. — 2. Act. XX, 28. — 3. Gal, II. 20.

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d'entrer dans les sentiments de préparation dont nous venons de voir que l'Eglise elle-même est remplie.
Et d'abord, c'est pour nous un devoir de nous joindre aux Saints de l'ancienne Loi pour demander le Messie, et d'accomplir ainsi cette dette du genre humain tout entier envers la divine miséricorde. Afin de nous animer à remplir  ce devoir, transportons-nous, par la pensée, dans le cours de ces quatre mille ans, représentés par  les quatre semaines de l'Avent, et songeons à  ces ténèbres, à ces crimes de tout genre au milieu desquels l'ancien monde s'agitait. Que notre cœur sente vivement la reconnaissance qu'il doit à  celui qui a sauvé sa créature de la mort, et qui  est  descendu pour  voir  de plus près et partager  toutes nos misères, hors le péché. Qu'il crie, avec l'accent de la détresse et de la confiance, vers Celui qui  voulut sauver l'œuvre de ses  mains, mais qui veut aussi que l'homme demande et implore son salut. Que nos désirs et notre espérance s'épanchent donc dans ces ardentes supplications des  anciens Prophètes, que l'Eglise nous  met à la bouche en ces jours d'attente ; prêtons  nos cœurs,  dans toute leur étendue, aux sentiments qu'ils expriment.
Ce premier devoir étant rempli, nous songerons à l'Avènement que le Sauveur veut faire en notre coeur : Avènement, comme nous avons vu, plein de douceur et de mystère, et qui est la suite du premier, puisque le bon Pasteur ne vient pas seulement visiter le troupeau en général, mais qu'il étend sa sollicitude à chacune des brebis, même à la centième qui s'était perdue. Or, pour bien saisir tout cet ineffable mystère, il faut se rappeler que, comme nous ne pouvons être agréables à notre Père céleste qu'autant qu'il voit en

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nous Jésus-Christ, son Fils, ce Sauveur plein de bonté daigne venir en chacun de nous, et, si nous y voulons consentir, nous transformer en lui, en sorte que nous ne vivions plus de notre vie, mais de la sienne. Et tel est le but du Christianisme tout entier, de diviniser l'homme par Jésus-Christ: telle est la tâche sublime imposée à l'Eglise. Elle dit aux Fidèles avec saint Paul : « Vous êtes mes petits enfants ; car je vous donne une « seconde naissance, afin que Jésus-Christ soit formé en vous (1). »
Mais, de même que, dans son apparition en ce monde, le divin Sauveur s'est d'abord montré sous la forme d'un faible enfant, avant de parvenir à la plénitude de l'âge parfait qui était nécessaire pour que rien ne manquât à son sacrifice, il tend à prendre en nous les mêmes développements. Or, c'est à la fête de Noël qu'il aime à naître dans les âmes, et qu'il répand par toute son Eglise une grâce de Naissance, à laquelle, il est vrai, tous ne sont pas fidèles.
Car voici la situation des âmes à l'approche de cette ineffable solennité. Les unes, et c'est le petit nombre, vivent avec plénitude de la vie du Seigneur Jésus qui est en elles, et aspirent à chaque heure après l'accroissement de cette vie. Les autres, en plus grand nombre, sont vivantes, il est vrai, par la présence du Christ ; mais elles sont malades et languissantes, faute de désirer le progrès de cette vie divine ; car leur charité s'est refroidie (2). Le reste des hommes ne jouit point de cette vie, et ils sont dans la mort ; car le Christ a dit : Je suis la vie (3).
Or, dans les jours de l'Avent, le Sauveur s'en

1. Gal. IV, 19. — 2. Apoc. II, 4. — 3. JOHAN. XIV, 6.

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va frappant à la porte de toutes ces âmes, tantôt d'une manière sensible, tantôt d'une manière cachée. Il vient leur demander si elles ont place pour lui, afin qu'il naisse en elles. Mais, quoique la maison qu'il réclame soit à lui, puisqu'il l'a bâtie et la conserve, il s'est plaint que les siens ne l'ont pas voulu recevoir (1) ; au moins le grand nombre d'entre eux. « Quant à ceux qui l'ont reçu, il leur a donné de devenir fils de Dieu, et  non plus enfants de la chair et du sang (2).  »
Préparez-vous donc à le voir naître en vous plus beau, plus radieux, plus fort encore que vous ne l'avez connu, ô vous, âmes fidèles qui le gardez en vous comme un dépôt chéri, et qui, dès longtemps, n'avez point d'autre vie que sa vie, d'autre cœur que son cœur, d'autres œuvres que ses œuvres. Sachez démêler, dans les paroles de la sainte Liturgie, ces mots cachés qui vont à votre amour, et qui charmeront le cœur de l'Epoux.
Dilatez vos portes pour le recevoir dans sa nouvelle entrée, vous qui déjà l'aviez  en vous, mais sans le connaître; qui le possédiez, mais sans le goûter. Il revient avec une nouvelle tendresse ; il a oublié vos dédains ; il veut renouveler toutes choses (3). Faites place à l'Enfant divin ; car il voudra croître en vous. Le moment approche : que votre cœur donc se réveille ; et dans la crainte que le sommeil ne vous ait surpris quand il passera, veillez et chantez. Les paroles de la liturgie sont aussi pour vous ; car elles parlent de ténèbres que Dieu seul peut dissiper, de plaies que sa bonté seule peut guérir, de langueurs qui ne cesseront que par sa vertu.
Et vous, Chrétiens, pour qui la bonne nouvelle

1. JOHAN. I, II. — 2. Ibid. 12-13 — 3. Apoc. XXI, 5.

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est comme si elle n'était pas, parce que vos cœurs sont morts par le péché ; soit que cette mort vous retienne dans ses liens depuis longues années, soit que la blessure qui l'a causée ait été plus récemment portée à votre âme : voici venir celui qui est la vie. « Pourquoi donc voudriez-vous mourir ? Il ne veut pas la mort du pécheur, mais bien qu'ils se convertisse et qu'il vive (1). » La grande Fête de sa Naissance sera un jour de miséricorde universelle pour tous ceux qui voudront bien lui donner entrée. Ceux-là recommenceront à vivre avec lui ; toute autre vie antérieure sera abolie, et la grâce surabondera, là même où avait abondé l'iniquité (2).
Que si la tendresse, la douceur de cet Avènement mystérieux ne vous séduisent pas, parce que votre cœur appesanti ne saurait encore comprendre la confiance, parce que, ayant longtemps avalé l'iniquité comme l'eau, vous ne savez ce que c'est que d'aspirer par l'amour aux caresses d'un père dont vous aviez méprisé les invitations ; songez à l'Avènement plein de terreur, qui suivra celui qui s'accomplit silencieusement dans les âmes. Entendez les craquements de l'univers à l'approche du Juge redoutable; voyez les cieux s'enfuir devant lui, et se rouler comme un livre à sa vue (3) ; soutenez, si vous pouvez, son aspect, ses regards étincelants ; regardez sans frémir le glaive à deux tranchants qui s'élance de sa bouche (4) ; écoutez enfin ces cris lamentables : Montagnes, tombez sur nous; rochers, couvrez-nous, dérobez-nous sa vue effrayante (5) ! Ces cris sont ceux que feront entendre, en vain, les âmes infortunées qui n'ont

1. EZECH. XVIII, 31. — 2. Rom. v, 20.— 3. Apoc. VI, 14. — 4. Ibid. i, 16. — 5. LUC. XXIII, 3o.

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pas su connaître le temps de la visite (1). Pour avoir fermé leur cœur à cet Homme-Dieu qui pleura sur elles, tant il les aimait ! elles descendront vivantes dans ces ardeurs éternelles, dont la flamme est si vive qu'elle dévore le germe de la terre et les fondements les plus cachés des montagnes (2). C'est là que l'on sent le ver éternel d'un regret qui ne meurt jamais (3).
Que ceux-là donc que n'attendrit pas la douce nouvelle de l'approche du céleste Médecin, du généreux Pasteur qui donne sa vie pour ses brebis, méditent pendant l'Avent sur l'affreux et pourtant incontestable mystère de la Rédemption rendue inutile par le refus que l'homme fait trop souvent de s'associer à son propre salut. Qu'ils sondent leurs forces, et s'ils dédaignent l’Enfant qui va naître (4), qu'ils voient s'ils seront en mesure de lutter avec le Dieu fort, au jour où il viendra non plus sauver, mais juger. Pour le connaître de plus près, ce Juge devant qui tout doit trembler, qu'ils interrogent la sainte Liturgie : là, ils apprendront à le craindre.
Au reste, cette crainte n'est pas seulement le propre des pécheurs, elle est un sentiment que tout chrétien doit éprouver. La crainte, si elle est seule, fait l'esclave ; si elle balance l'amour, elle convient au fils coupable, qui cherche le pardon de son père qu'il a irrité ; même quand c'est l'amour qui la chasse dehors (5), elle revient parfois comme un éclair rapide ; et jusqu'en ses fondements le cœur fidèle en est heureusement ébranlé. Il sent alors se réveiller le souvenir de sa misère et de la gratuite miséricorde de l'Epoux. Nul ne

1. LUC. XXIII, 19, 44. — 2. Deut. XXXVII, 22. —  3. MARC, IX, 43. — 4. ISAI. IX, 6. —  5. JOHAN. IV, 18.

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doit donc se dispenser, dans le saint temps de l'Avent, de s'associer aux pieuses terreurs de l'Eglise qui, tout aimée qu'elle est, dit chaque jour, dans l'Office de Sexte : Percez ma chair, Seigneur, de l'aiguillon de votre crainte! Mais cette partie de la Liturgie sera utile surtout à ceux qui commencent à se donner au service de Dieu.
De tout ceci, on doit conclure que l'Avent est un temps principalement consacré aux exercices de la Vie Purgative ; ce qui est signifié par cette parole de saint Jean-Baptiste, que l'Eglise nous répète si souvent dans ce saint temps : Préparez la voie du Seigneur! Que chacun donc travaille sérieusement à aplanir le sentier par lequel Jésus-Christ entrera dans son âme. Que les justes, suivant la doctrine de l'Apôtre, oublient ce qu'ils ont fait dans le passe (1), et travaillent sur de nouveaux frais. Que les pécheurs se hâtent de rompre les liens qui les retiennent, de briser les habitudes qui les captivent ; qu'ils affaiblissent la chair, et commencent le dur travail de la soumettre à l'esprit ; qu'ils prient surtout avec l'Eglise; et quand le Seigneur viendra, ils pourront espérer qu'il ne franchira pas le seuil de leur porte, mais qu'il entrera; car il a dit, en parlant de tous : « Voici que je suis à la porte et que je frappe ; si quelqu'un entend ma voix et m'ouvre, j'entrerai chez lui (2) ».

1. Phil. III, 13. — 2. Apoc, III, 20.