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terça-feira, 3 de março de 2009

BENTO XVI INICIOU ONTEM O RETIRO QUARESMAL , ORIENTADO PELO CARDEAL FRANCIS ARINZE


El Papa Benedicto XVI ha comenzado hoy sus ejercicios espirituales anuales y ha elegido como predicador al cardenal Francis Arinze. Mientras nos unimos en la oración rogando a Dios por el Santo Padre y sus colaboradores de la Curia Romana, ofrecemos nuestra traducción de una entrevista que el Cardenal Arinze ha concedido a L’Osservatore Romano en la que habla sobre el sacerdocio ministerial, el seguimiento de Cristo y la penitencia cuaresmal.
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“El sacerdote encuentra a Jesús y lo sigue”: éste es el tema de los ejercicios espirituales para el Papa y la Curia Romana que el cardenal Francis Arinze, prefecto emérito de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, predicará en la capilla Redemptoris Mater del 1º al 7 de marzo. Un tema elegido para subrayar que el encuentro y el seguimiento no representan sólo el centro del sacerdocio sino también la esencia de toda auténtica experiencia de fe. “Las reflexiones que ofreceré a Benedicto XVI – explica el purpurado en esta entrevista a nuestro periódico en la vigilia del inicio de los ejercicios – no son exclusivamente sacerdotales sino que valen para todos, porque el cristianismo es el encuentro de cada hombre con Jesús”.
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¿Por qué ha elegido este tema para los ejercicios espirituales del Papa?

He pensado que en el encontrar y seguir a Jesús podemos ver la síntesis de todo el cristianismo. Por una parte, está Jesús que nos llama. Por otra, estamos nosotros con nuestra respuesta: lo encontramos, lo seguimos y esto se convierte en un programa para toda la vida. Así ocurrió con los primeros apóstoles: Jesús los vio y les dijo que lo siguieran. En el seguimiento están comprendidos la escucha, su enseñanza, sus milagros, la oración. Podemos decir que los apóstoles han hecho tres años de seminario mayor y el rector era el Hijo de Dios.
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Sin embargo, la llamada de Jesús no vale sólo para los sacerdotes…

Es cierto. Las reflexiones que ofreceré al Papa no son exclusivamente sacerdotales sino que valen para todos, porque el cristianismo es el encuentro de cada hombre con Jesús. Cada uno puede aplicarlo a sí mismo según la propia vocación y misión. Y cada uno puede dar una respuesta diversa. Entre los discípulos, hubo quienes enseguida dejaron las redes y se pusieron a seguirlo. Pero también han estado quienes permanecieron junto a las cosas materiales, pidieron tiempo, quisieron ir primero a despedirse de los suyos.
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Desde entonces, han pasado dos mil años. ¿Puede el hombre de hoy encontrar a Jesús?

Si quiere, puede encontrarlo. Siempre que logre superar dos grandes obstáculos. El primero es la superficialidad, la distracción. Y el segundo es el miedo. Poncio Pilato representa el paradigma de aquellos que tienen miedo de encontrar la verdad. Jesús le habla pero él tiene miedo. Le dice: “Yo he venido para dar testimonio de la verdad”. Y Pilato pregunta: “¿Qué es la verdad?”. Pero su pregunta no es la de un filósofo que espera la respuesta. De hecho, se va sin escuchar, sin esperar. Sin darse cuenta de que la verdad está precisamente delante de él. También hoy muchas personas faltan a la cita con la verdad porque tienen miedo de lo que Jesús representa y de su mensaje. No se dan cuenta de que la fe no es un obstáculo para la existencia sino una promesa de vida y de verdad.
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¿Cuáles son los lugares en los que puede ocurrir este encuentro?

Uno de los lugares fundamentales – no físico sino espiritual – es la oración. La oración es dejar lugar a Dios. Es hacer silencio no sólo exteriormente sino sobre todo interiormente. Es escuchar. En las meditaciones que propondré al Papa hablaré en particular de esto, recordando las largas horas de oración que Jesús transcurría en soledad y subrayando que los mismos discípulos le han pedido: “Señor, enséñanos a orar”.

Otro lugar de encuentro es la Escritura: Jesús es la Palabra de Dios que se hace hombre. La Escritura es la Palabra de Dios escrita. Cuando leemos la Biblia y cuando la proclamamos durante la liturgia, es Dios quien habla. El Evangelio no es un libro del pasado. Es la voz de Dios hoy.

Un tercer lugar es la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Él mismo ha elegido los primeros pilares, ha dado la garantía de estar siempre con ella, y ha prometido el Espíritu Santo. En las meditaciones, pondré énfasis en esta dimensión: la Iglesia es el cuerpo de Cristo y Él es la cabeza. Y como tal se refleja en la liturgia, donde se encuentra real y sustancialmente a Jesús a través de la Comunión eucarística. Y se reconoce en la caridad, sobre todo hacia los enfermos, los ancianos, los refugiados, los pobres. Jesús puede hablarnos en todas estas situaciones. Pablo VI ha dicho que la Iglesia mira al rostro de cada persona y ve a Jesús. No esperamos que Jesús se nos aparezca porque ya lo tenemos cerca.
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Si para el cristiano encontrar a Jesús quiere decir seguirlo, ¿qué sucede cuándo esta actitud de seguimiento falta en el sacerdote?

Es Jesús quien da sentido a la vida del sacerdote. Sin Él, el sacerdote no se comprende, no tiene más sentido. Diría que su vocación se convierte en una farsa. ¿En nombre de quién, de hecho, celebra, predica, actúa? San Pablo ha dicho: para mí, la vida es Cristo. El sacerdote es embajador de Cristo. Por eso, si para todo cristiano es necesario seguir a Jesús, con mayor razón lo es para el sacerdote. Su testimonio está bajo los ojos de todos, sobre todo de quienes no creen. Es cierto, es posible que existan deficiencias también en los sacerdotes. No todos los sacerdotes han sido y son santos. El mismo Evangelio no esconde las debilidades y caídas de los discípulos de Cristo. Hubo quienes pidieron a Jesús incendiar una ciudad de Samaría o quienes se han atribuido ser los primeros de todos. Y luego, Judas Iscariote, que ha estado con Jesús pero no lo ha amado. Ha endurecido su corazón, lo ha cerrado al amor. Esto demuestra que el corazón humano puede fallar, que la libertad dada por Dios puede ser mal utilizada. En la historia de la Iglesia, por desgracia, esto ha ocurrido otras veces.
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La dimensión penitencial de la cuaresma, ¿puede ayudar al sacerdote a renovar la experiencia de encuentro con Cristo?

Sí, comenzando por el gesto de recibir las cenizas, que quiere decir aceptar que somos pecadores. La Iglesia pide rezar mucho durante la cuaresma no sólo como signo de adoración a Dios sino también de penitencia por los pecados cometidos. Y no basta recibir el perdón de Dios, es necesario también reconocer que hemos ofendido el amor de Dios. Y luego está el ayuno, al cual el Papa ha dedicado su mensaje cuaresmal. Es un gesto actualmente poco considerado pero que debe ser entendido en su significado justo. Su sentido auténtico es dejar algo que me gusta y compartir los bienes con los pobres. La solidaridad con el que sufre es también una manera de demostrar la autenticidad de nuestra celebración eucarística. Al final de la Misa, el sacerdote dice: vayan y vivan lo que ha sido celebrado, escuchado, meditado y orado. Ayudar al anciano, solo, preso, discapacitado, es un modo de vivir la Eucaristía. Benedicto XVI lo dice claramente en la Deus caritas est: la Eucaristía que no se traduce en obras de caridad está fragmentada, incompleta.
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¿Pero aún es actual el llamado a la sobriedad que el Papa ha relanzado en el mensaje de este año?

Ayunar es aceptar que somos pecadores. Es dejar de hacer algo. Es también un instrumento de “entrenamiento” espiritual, similar al que practican los atletas para triunfar en una disciplina deportiva. Está luego la dimensión más dinámica, que es la de ayudar a los pobres. Gastar menos y a ayudar a los hermanos que tienen menos: es el estilo de vida recomendado por el Papa también en el mensaje para la Jornada mundial de la paz de este año. El espíritu cristiano debe ir en la dirección opuesta al consumismo sin frenos. Tener los armarios y muebles llenos – colmados de cosas que frecuentemente no necesitamos o que usamos sólo algunas veces – es una ofensa a los pobres.
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¿Qué significa, para usted, predicar los ejercicios espirituales a Benedicto XVI?

No es poca cosa. Se puede imaginar los sentimientos de quien recibe esta invitación. Puedo decir que no me lo esperaba, pero precisamente por esto es un compromiso que tomo muy en serio. Me he dicho: el Papa podía encontrar un gran teólogo, ¿por qué se ha dirigido a mí? Pero luego he pensado: es él quien lo pidió, entonces ésta es la voluntad de Dios. ¿Por qué no tener la sencillez de compartir lo poco que tengo? Y con este espíritu, he acogido la invitación.
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Fuente: L’Osservatore Romano

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

CANAL 10 DE ISRAEL EMITIU UM PROGRAMA BLASFEMO OFENDENDO AS FIGURAS E OS SIMBOLOS DA Fé CATOLICA

A mediados de febrero, el Canal 10 de Israel emitió un programa blasfemo y sacrílego, ofendiendo en forma inusualmente satánica los principios, los símbolos y las figuras de la Fe Católica.


Dichos ataques fueron repetidos y propalados multimediáticamente por todo el mundo, probando una vez más el odio programado contra Nuestro Señor Jesucristo que alienta Israel y sus innúmeros secuaces.

En consonacia con la magnitud de la ofensa, los líderes de la Iglesia Católica en Tierra Santa emitieron un comunicado conjunto, el pasado 18 de febrero, para condenar lo que no trepidaron en llamar "repugnantes ataques".

El Comunicado, en su parte más saliente declara:


"El programa dirigió sus ataques contra las figuras más sagradas de nuestra fe con el objetivo, como el mismo director de la emisión declaró específicamente, de destruir el cristianismo [...] De este modo el canal ha sido utilizado "para profanar nuestra fe y ofender a millones de cristianos en el mundo [...] Este episodio se inscribe en un contexto más grande de ataques continuos contra los cristianos en Israel desde hace años [...] "Hace tan sólo unos meses, copias del Nuevo Testamento fueron públicamente quemadas en el patio de una sinagoga en Or Yehuda.

Desde hace años, el cristianismo ha hecho mucho para detener manifestaciones de antisemitismo, y ¿ahora los cristianos en Israel acabarán convirtiéndose en víctimas de una manifestación de anticristianismo de bajo nivel? [...] "Condenando éste y todos los demás actos hacemos un llamamiento a todas las partes implicadas a investigar el asunto y a tomar las acciones necesarias para acabar con esta horrible profanación de la fe. [...] Es necesario que el Canal 10 reconozca su responsabilidad y que pida perdón de manera pública y oficial y que no vuelva a repetir algo así".

PIO XII NO DIA SEGUINTE


Habemus Papam! A 70 años de la elección de Pío XII (2)


El día siguiente, 2 de marzo, Eugenio Pacelli cumplía 63 años. A las 9 de la mañana estaba previsto que, al sonido de la campana, se reunieran los cardenales para la primera votación. La Capilla Sixtina, que es donde se tenían que llevar a cabo todo el proceso electoral, había sido preparada para la ocasión. A todo lo largo de sus paredes laterales y de la cancela del presbiterio se alineaban 62 sitiales, sobre cada uno de los cuales se alzaba un baldaquín o dosel en señal de la soberanía que residía en los cardenales durante la sede vacante. Hasta el cónclave de 1903 los doseles de los cardenales creados por el papa difunto (considerados sus deudos) eran de color violáceo (en señal de luto) y los demás de color verde. A partir del cónclave de 1914, todos fueron de color violáceo. Delante de los sitiales había sendas mesitas cubiertas con damasco y provistas de todos los útiles de escritorio necesarios para que los electores pudieran emitir su voto. Los cardenales se presentaron revestidos todavía de duelo, con muceta violeta y roquete sin encaje. Asistieron a la misa rezada que celebraba el cardenal Granito para brindar la posibilidad de comulgar a sus colegas que, por cualquier motivo, no hubieran podido ofrecer el santo sacrificio.



Terminada la misa y cerradas las puertas de la Capilla Sixtina quedando en ella sólo a los electores, el cardenal sacrista dio comienzo al ante-escrutinio, recitando el Veni Creator, seguido de la lectura de las actas oficiales de la clausura del cónclave hecha por el prefecto de las ceremonias, monseñor Respighi. A continuación se designaron por sorteo a los tres escrutadores, a los tres revisores y a los tres “enfermeros”. Estos últimos no eran sino los cardenales encargados de ir a recoger los votos de los electores que se hallaban impedidos en sus celdas por enfermedad, como era el caso, en este cónclave, del cardenal Marchetti-Selvaggiani. Los ceremonieros procedieron a repartir las papeletas impresas del voto en número de dos o tres por cada príncipe de la Iglesia.

Cada una llevaba en la parte superior las palabras “Ego” y “Cardinalis” (Yo, el Cardenal…) y un espacio para que el votante escribiera su nombre. En la parte central se leía: “Eligo in Summum Pontificem Rev.mum D.num D. Card.” (Elijo como Papa al Reverendísimo Señor Cardenal…) y seguía otro espacio para escribir el nombre de aquel por quien se votaba. La parte inferior de la papeleta se hallaba en blanco para que el elector pudiera poner allí una cifra y un lema cualquiera, a efectos de poder identificar su voto y evitar así falsificaciones.



Los cardenales fueros a sus sitiales y procedieron a rellenar sus papeletas respectivas. A la hora de escribir el nombre del elegido, debían distorsionar lo más posible su letra para evitar que se supiera quién había votado por quién. Las papeletas debían plegarse de manera que quedara visible sólo el nombre del votado: la parte superior con el nombre del elector y la parte inferior con su cifra y lema se doblaban hacia el centro sellando los bordes con lacre, a cuyo efecto cada cardenal se había premunido de un sello distinto del que utilizaba habitualmente para despachar sus documentos (siempre con el fin de preservar el secreto). F

Finalmente se cerraban y comenzaba la etapa del escrutinio. Cada elector iba hacia el altar con su papeleta cogida entre el pulgar y el índice y llevada con la mano en alto para que todos pudieran verla. Una vez delante el fresco del Juicio de Miguel Ángel, juraba en latín hacia el crucifijo: “Testor Christum Dominum, qui me iudicaturus est, me eligere quem secundum Deum iudico eligi debere” (Pongo por testigo a Cristo, que me ha de juzgar, que elijo a aquel a quien, de acuerdo con Dios, creo que debe ser elegido”. Sobre el altar había un gran cáliz y una patena. Uno a uno, después de jurar, los cardenales fueron depositando en el cáliz sus papeletas valiéndose de la patena. Al terminar el desfile de los votantes presentes fue el turno de los enfermeros, que traían en un cofrecillo de madera cerrado con llave el voto del cardenal Marchetti-Selvaggiani, que es también deslizado en el cáliz.


A las 11 de la mañana comenzó el recuento de los votos. El primer escrutador agitó el cáliz para mezclar las papeletas. El tercer escrutador las fue sacando de él una a una, contándolas, y las metió en otro cáliz vacío. Se comprobó que había 62, correspondientes exactamente al número de votantes. Se procedió entonces a la publicación del escrutinio. El primer escrutador cogió la primera papeleta y la abrió, sin romper los sellos, para ver el nombre del elegido. Sin decir nada, la pasó al segundo escrutador, que vio asimismo el nombre escrito en ella y la consignó al tercer escrutador, el cual la leyó en voz alta. Los nombres que iban saliendo fueron anotados por los revisores, así como las veces que se repetían. En seguida se vio que el del cardenal Pacelli era el más votado, aunque no llegaba a la mayoría requerida para la elección. A cada voto recibido el rostro del camarlengo palidecía: ni se esperaba ni ambicionaba la suprema dignidad papal. Por él habían votado todos los cardenales extranjeros en número de 27 (era natural: gracias a sus viajes, Pacelli les era conocido y varios de entre ellos sentían gratitud hacia él por haber sido creados durante los diez años que fue secretario de Estado de Pío XI) y diez de los 35 italianos (entre ellos eran seguros los votos de Marchetti-Selvaggiani, Canali, Salotti, Pizzardo, Tedeschini y Maglione, buenos amigos suyos). Después de que el tercer escrutador ensartara los votos mediante una aguja en un hilo por la palabra “Eligo”, se procedió inmediatamente a un segundo escrutinio, para el cual no era necesario volver a sortear a nuevos escrutadores, revisores y enfermeros ni repetir el juramento antes de votar.



Esta vez el nombre de Eugenio Pacelli se repitió tantas veces cuantas eran las necesarias para alcanzar los dos tercios de los votos, con lo que la elección era cosa hecha. Los italianos que durante el primer escrutinio patrocinaban otras candidaturas, al ver la clara voluntad de sus colegas extranjeros, no quisieron arriesgarse a una división y sus consiguientes pugnas en el seno del cónclave, lo que podía ser peligroso y dañino para la Iglesia en los tiempos que corrían. Por eso decidieron orientar sus votos –aunque no todos– al camarlengo. Sin embargo, antes de que hubiera tiempo para la pregunta ritual de aceptación al elegido, Pacelli rogó a los cardenales instantemente que procedieran a un tercer escrutinio por la tarde. Se hallaba verdaderamente sobrecogido ante ya no la posibilidad sino la seguridad de convertirse en papa. En el escrutinio anterior había confiado en que su candidatura hubiera tocado techo y se fuera diluyendo en las sucesivas votaciones, pero en el segundo comprobó que no sólo no era así, sino que la voluntad del Sacro Colegio era que ciñera la tiara. Pero, ¿era la voluntad de Dios? No cabía oponerse a esta última, pero si realmente el Señor lo llamaba o no el tercer escrutinio lo sacaría de dudas. Así pues, los ceremonieros pontificios recogieron las papeletas de los dos escrutinios, que habían sido ensartadas, y las quemaron en la estufa comunicada con la chimenea que sobresalía por el tejado de la Capilla Sixtina. El humo que desprendió a las 12:17 del mediodía, con el límpido azul del cielo romano como fondo, era negro por haber mezclado paja húmeda en el fuego.


A la hora de la comida, Pacelli no probó bocado por la conmoción que lo embargaba y que parece haber sido causa de un accidente que sufrió más tarde. Hallándose hacia las 4 en el Aula de los Paramentos, se aprestaba a pasar a la Sala Ducal, cuando le habló el Cardenal O’Connell, que se hallaba a sus espaldas. Al volverse para responderle, no reparó en las cuatro gradas que separan un ambiente del otro y tropezó, cayendo pesadamente de lado sobre su brazo izquierdo. Para alguien que, como él, estaba acostumbrado a circular por el Palacio Apostólico después de años de habitar en él, resultaba sorprendente este despiste, lo que indica que no se hallaba en un estado normal de mente y ánimo. Se cuenta que, acertando a pasar por allí en ese mismo momento el cardenal francés Verdier, exclamó: “Pero, ¿cómo? ¡El Vicario de Cristo en el suelo!”. Se ve que la elección de Pacelli se daba por hecha… y se hizo. Poco después del episodio del tropiezo, se reinició el ceremonial para el tercer escrutinio. Los votos fueron poco a poco convergiendo sobre el que había sido ya virtual papa en el segundo. Esta vez no podía caber ya duda alguna sobre lo que Dios quería para su Iglesia. La mayoría requerida por la constitución de san Pío X había sido rebasada, lo que hizo murmurar al neo-electo las palabras con las que comienza el Miserere. Se dijo que hubo unanimidad de los votos, pero el cardenal Tisserant lo negó años después. Por lo menos sabemos que el voto de Pacelli fue siempre para el cardenal Elia Dalla Costa, arzobispo de Florencia. A las 5:27 de aquella tarde del 2 de marzo de hace setenta años, salía la ansiada fumata blanca lanzaba sus volutas hacia cielo en medio del júbilo de una muchedumbre que esperaba ansiosa en la Plaza de San Pedro.


Entretanto, el cardenal Mercati, último del orden de los diáconos, se apresuró a llamar al secretario del cónclave y a monseñor Respighi, que hicieron abrir la puerta de la Sixtina. El prefecto de las Ceremonias, acto seguido, viendo sobre quién había recaído la elección por el verdadero tumulto que lo rodeaba, hizo abatir todos los doseles de los sitiales menos el de Pacelli, significando así que la soberanía en la Iglesia volvía a recaer sobre un papa. Los tres cardenales cabezas de orden se dirigieron entonces al sitial donde estaba Eugenio Pacelli para hacerle la pregunta de rigor, que le dirigió el primero de ellos, Granito: “Acceptasne electionem de Te canonice factam in Summum Pontificem?” (¿Aceptas tu elección canónica como Sumo Pontífice?). Esta vez no hubo ya titubeos, pero la voz del interpelado aún reflejaba embargo: “Vuestro voto es evidentemente la expresión de la voluntad de Dios; acepto. Encomiendo mi debilidad a vuestras plegarias”. Desde este mismo instante, Eugenio Pacelli se convertía en Vicario de Cristo, un nuevo eslabón de la cadena que se remontaba a Pedro de Galilea, a quien el Señor había hecho pescador de hombres y otorgado el poder de las llaves. Antiguamente debía esperarse a la coronación para considerar que alguien era papa. Más tarde se consideró que la aceptación basta y que cualquier acto del neo-electo en cuanto Romano Pontífice es válido aunque no haya sido todavía coronado (hoy se diría, aunque no haya “iniciado su ministerio petrino”).


La segunda pregunta que el cardenal decano hizo al flamante papa fue: “Quo nomine vis vocari?” (¿Con qué nombre quieres ser llamado?). “Pío” contestó Pacelli. Había pensado en no cambiar su nombre de pila y llamarse Eugenio V (cosa que no sucedía desde 1555, cuando Marcello Cervini decidió ser Marcelo II). Pero pudo más la grata consideración de los papas que habían marcado su existencia: bajo el beato Pío IX había nacido, san Pío X lo había llamado a la Curia Romana y Pío XI lo había favorecido y amado como un padre. Así pues, se convirtió en Pío XII, de lo cual dejó puntual constancia el prefecto de las Ceremonias en el acta que levantó del acto de aceptación. Dos cardenales diáconos condujeron entonces al nuevo papa a la sacristía de la Sixtina para que se revistiera con una de las tres blancas sotanas de diferente talla preparadas para el nuevo pontífice. No hubo dificultad en escoger la que mejor iba a la alta y estilizada figura de Pacelli. Junto a la silla gestatoria, que también se hallaba en la sacristía, se despojó de su hábito cardenalicio para revestirse con los pontificios. Aquélla fue llevada al pie del altar de la Sixtina y colocada sobre la predela, donde recibió Pío XII la primera adoratio de los padres cardenales, que se fueron acercando uno a uno, por su orden jerárquico, arrodillándose con el objeto de besar el pie, la rodilla y la mano del Papa, quien tuvo la delicadeza de dispensar de este homenaje a los cardenales Granito y Sbarreti, con 86 y 82 años respectivamente, a los que costaba doblar la rodilla. El primero de ellos deslizó en el fino dedo del Santo Padre el Anillo del Pescador.



Expectación y entusiasmo

Desde la Capilla Sixtina fue seguidamente llevado rumbo al balcón externo de la Basílica de San Pedro, llamado en italiano Loggia delle Benedizioni. Allí fue desplegado el gran tapiz con el escudo de Pío IX, lo que indicó a los fieles que aguardaban congregados en la plaza, que iba a hacerse el anuncio de la elección del nuevo papa. Compareció el cardenal protodiácono Caccia-Dominioni, el cual hizo señal de que amainaran los clamores de entusiasmo de la concurrencia y pronunció con vos potente las palabras rituales: “Nuntio vobis gaudium magnum: Habemus Papam! Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum Dominum Eugenium Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Pacelli, qui sibi nomen imposuit Pium” (Os anuncio un gran gozo: ¡tenemos Papa! El Eminentísimo y Reverendísimo Señor Cardenal de la Iglesia Romana Eugenio Pacelli, que ha tomado el nombre de Pío). Ya al nombre de Eugenio, la multitud había prorrumpido en un gran estallido de euforia, pues adivinaron que se trataba de uno de los suyos: Pacelli, un romano di Roma (desde Benedicto XIII, un Orsini, ningún hijo de la Ciudad Eterna se había sentado en el trono de Pedro). Nadie se detuvo a pensar que había otro Eugenio en el Sacro Colegio: el formidable cardenal lorenés Tisserant. Una voz a través de los altoparlantes impone silencio y se refiere a la feliz coincidencia de la elección del Papa el mismo día de su cumpleaños. Después entona el Tedeum, que todos continúan mientras se aproxima el cortejo papal.


Pío XII se asomó al balcón entre indescriptibles aclamaciones y dio su primera bendición Urbi et orbi. Ya entonces imprimió el estilo de sus apariciones en público, trazando pausadamente con elegancia y unción el triple signo de la cruz. Tras de lo cual y entre los aplausos interminables de sus ovejas se retiró para volver a la Capilla Sixtina, donde, revestido esta vez de los ornamentos papales (mitra alta, falda y gran pluvial) y vuelto a sentar sobre la silla gestatoria, recibió la segunda adoratio de los cardenales. El decano pronunció la oración Super Pontificem electum y Pío XII dio orden de abrir el cónclave. Las puertas que bloqueaban los accesos al recinto de la clausura de los electores fueron abiertas por el gobernador del cónclave y el mariscal-custodio. Salieron entonces los conclavistas y más tarde los prelados y cardenales a medida que iban cumplimentando al Papa, que, terminadas las ceremonias exigidas por el protocolo pontificio, se dirigió a sus apartamentos en la Secretaría de Estado. Allí le esperaba una densa compañía de visitantes que deseaban felicitarle por la elección, aprovechando estos primeros y breves momentos de informalidad antes de que la etiqueta de la Corte Pontificia se impusiera con su inexorable disciplina bajo el estricto control de los monseñores Respighi y Arborio Mella di Sant’Elia.


Puede imaginarse el júbilo de la buena de sor Pascualina por la elección de su querido cardenal. Ahora que era el Papa, probablemente querría retenerla en Roma, como así fue. Para Pío XII, encontrar esta cara familiar y amiga en medio de los nuevos cortesanos que le rodeaban sería reconfortante. Una vez se hubo disipado el panorama, se aprestó para el merecido descanso nocturno después de consumir una frugal cena preparada amorosa y devotamente por su gobernanta. Bien sabe Dios que necesitaba este reposo después de semanas de trajín al frente del gobierno interino de la Iglesia y de una jornada vertiginosa y llena de grandes emociones como había sido la que estaba a punto de terminar. A partir de la mañana siguiente y sin un paréntesis de calma que le ayudara a digerir el rotundo cambio de situación, le esperaba trabajo y más trabajo. Por supuesto a esto estaba acostumbrado, sólo que ahora sus responsabilidades tenían alcance universal.

ENTRVISTA A MONS. FELAY


Fellay: “Quiero que Williamson desaparezca de la vista pública por un buen rato”
Entrevista del semanario alemán Der Spiegel, Mar-02-2009 al Superior General de la Fraternidad de San Pío X, FSSPX/SSPX, Obispo Bernard Fellay. Traducción al español de Secretum Meum Mihi.

SPIEGEL: Obispo, hace unas semanas Ud. le dió a su colega Richard Wiliamson un libro para que así el pueda leer sobre el Holocausto. La semana pasada él publicó una disculpa que no está a la altura del pedido del Vaticano de que se retracte de su negación del Holocausto. ¿En su opinión, es suficiente la declaración de Williamson?

Fellay: Es definitivamente un primer pedido de perdón, y entonces es un importante paso en la dirección correcta. Uno siempre puede esperar una mejor formulación. Por lo menos, la petición de perdón es honesta, y el retiro de sus palabras es genuino.

SPIEGEL: Esa esperanza parece infundada. Después de su llegada a Londres, Williamson se rodeó de gente que abiertamente ha negado el Holocausto, tal como el historiador David Irving. ¿Sabe Ud. por qué?

Fellay: Tengo la impresión que el Obispo Williamson está siendo usado por esta gente. A los medios de comunicación aquí, deliberadamente se les alimento la información. Estamos trabajando en contra de ello lo mejor que podemos. Estoy totalmente en contra de esas conexiones.

SPIEGEL: Pero su influencia sobre Williamson parece muy debil.

Fellay: Estamos en contacto, el está en un priorato de la Sociedad en Londres por el momento. Pero también es un ser humano libre. Seguro, tiene un superior, pero es libre en sus decisiones. Pero tiene que afrontar las consecuencias por ello.

SPIEGEL: ¿Volverá plenamente a sus deberes?

Fellay: Eso es imposible bajo las actuales circunstancias. Nos ha hecho daño y ha herido nuestra reputación. Nos hemos distanciado claramente. No fue ordenado como obispo para su personal proposito sino para el bien de la Iglesia, para propagar la verdad revelada.

SPIEGEL: ¿ Entonces, por qué Ud. no excluye a Williamson de la Sociedad?

Fellay: Eso ocurrirá si el niega el Holocausto de nuevo. Probablemente es mejor para todos si él se queda tranquilo y permanece en alguna esquina en algún lugar. Quiero que desaparezca de la vista pública por un buen rato.

SPIEGEL: El vaticano podría reestablecer la excomunión porque él no ha hecho una retractación.

Fellay: Eso lo dudo. La negación del Holocausto, tan sería como es, no es parte de la ley canónica, así que una excomunión no es posible. No somos nosotros quienes lo decimos, son los cánones, los expertos legales. El problema es que sus comentarios han sido vinculados a su oficio.

SPIEGEL: El Obispo de Ratisbona [Regensburg] Gerhard Ludwig Müller ha negado permiso de ordenar más sacerdotes al seminario de alemán de San Pío X. ¿Adherirá Ud. a la prohibición?

Fellay: Eso fue innecesario e inapropiado. Definitivamente todos estos eventos son una adversidad para nosotros. Nos devuelve 10 años. Pero las ordenciones continuaran ocurriendo.

SPIEGEL: En Alemania los políticos temen que las escuelas manejadas por la Sociedad no compartan los valores de la constitución alemana. ¿Le preocupa que habrá inspecciones?

Fellay: No estoy preocupado por eso absolutamente. Somos gente normal. Observamos las reglas, y eso incluye el órden estatal. Aun si una voz dijo algo equivocado. Está expresamente escrito en las cartas de San Pablo que debemos honrar a la autoridad y orar por ella.

SPIEGEL: ¿Entonces Williamson es alguien que ha ido por mal camino y las críticas a la Sociedad es un gran malentendido?

Fellay: Ahora somos el chivo expiatorio del mundo, y cada paso equivocado inmediatamente se vuelve un escándalo. Pero errores que se necesitan corregir se cometen todo el tiempo y por todos.

SPIEGEL: ¿Por qué respondió Ud. tan tarde a las crudas tésis de Williamson?

Fellay: Confieso que no tomé la situación lo suficientemente en serio

segunda-feira, 2 de março de 2009

CARTA OFICIAL DOS 4 BISPOS DA FSSPX A BENTO XVI

Se conoció oficialmente la Carta de los cuatro obispos al Papa
Actualidad Eclesial
A Su Santidad el Papa Benedicto XVI


Santidad,


Deseamos expresar agradecidamente a Vuestra Santidad nuestro profundo reconocimiento por el acto de Vuestra paterna bondad y de Vuestro valor apostólico, mediante el cual ha vuelto inoperante la medida que nos había afectado hace veinte años tras nuestra consagración episcopal. Vuestro decreto del 21 de enero del 2009 rehabilita en cierto modo al venerado fundador de nuestra Fraternidad sacerdotal, S. Exc. Monseñor Marcel Lefebvre. Nos parece que proporciona además un gran bien a la Iglesia, haciendo justicia a los sacerdotes y fieles del mundo entero apegados a la Tradición de la Iglesia, que ya no serán afrentados injustamente por haber mantenido la fe de sus padres.


En razón de este combate de la fe, aseguramos a Vuestra Santidad, como desea, «que no ahorraremos ningún esfuerzo para ahondar en las necesarias conversaciones con la Autoridad de la Santa Sede los temas aún pendientes», pues deseamos empezar lo más pronto que se pueda los intercambios, con los representantes de Vuestra Santidad, sobre las doctrinas en oposición con el Magisterio de siempre.


Mediante este camino aún necesario, que evoca Vuestra Santidad, esperamos ayudar a la Santa Sede a remediar de modo apropiado la pérdida de la fe en el interior de la Iglesia.


La Santísima Virgen Inmaculada ha guiado visiblemente los pasos de Vuestra Santidad y ahora Le seguirá otorgando su bondadosa intercesión. Seguros de ello, pedimos filialmente al Pastor universal que bendiga a sus cuatro hijos más apegados al Sucesor de Pedro y a su función de apacentar los corderos y ovejas del Señor.


Menzingen, 29 de enero de 2009
fiesta de San Francisco de Sales

FAZ HOJE 70 ANOS EM QUE FOI ELEITO COMO PAPA PIO XII




Habemus Papam! A 70 años de la elección de Pío XII (1)

El cónclave para elegir sucesor al papa Pío XI (fallecido el 10 de febrero de 1939) se clausuró un día como hoy de hace setenta años, es decir el 1º de marzo de 1939. Eran tiempos especialmente difíciles, en los que la escalada bélica en Europa era cada vez más amenazadora. En realidad, se estaban cosechando los frutos de los errores sembrados en Versalles veinte años atrás, cuando los estadistas y políticos occidentales, haciendo caso omiso a los llamados a la moderación de Benedicto XV, liquidaron la Gran Guerra mediante una paz implacable y onerosa para los vencidos, creando así las condiciones para que volvieran a germinar el resentimiento, el odio y el afán de revancha. La crisis de 1929 y la depresión consiguiente habían generado un gran descontento y acabado por desacreditar al sistema liberal imperante, favoreciendo la ascensión al poder de regímenes autoritarios, que se presentaban como una alternativa a la amenaza del bolchevismo.



La década de los años treinta vio cómo los distintos totalitarismos pugnaban por avanzar en Europa. España era el escenario más trágico de esta lucha desde 1936 cuando quedó dividida en dos bandos apoyados respectivamente por Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini y por la URSS de Stalin. Las democracias occidentales se limitaban al papel oficial de espectadoras, aunque se hallaban seriamente preocupadas de que el precario equilibrio internacional se rompiera debido a la política agresiva germana. Ello las había llevado a practicar una política de apaciguamiento, que tuvo su punto culminante en la conferencia de Munich de septiembre de 1938, en la que el Reino Unido y Francia cohonestaron el expansionismo del nazismo (que se había anexionado Austria mediante el Anschlüss en marzo y se apoderaría de los Sudetes en octubre, disolviendo así Checoeslovaquia). Por otro lado, la URSS ya apuntaba hacia Finlandia y las Repúblicas Bálticas, así como a la difusión del comunismo en Europa a través de los Balcanes.



En el aspecto religioso, la situación no era tampoco muy halagüeña. Por un lado, era de temer el avance del comunismo, que había dado pruebas de su carácter antirreligioso en Rusia (donde había casi aniquilado a la Iglesia Ortodoxa) y en España (país en el que había organizado la persecución religiosa sistemática más cruenta de los tiempos modernos). Por otro lado, los gobiernos de Italia y Alemania no ocultaban su hostilidad hacia la Iglesia Católica, a cuyo clero y organizaciones –considerados como un estorbo para el adoctrinamiento de la juventud– hostigaban crecientemente en contravención de los concordatos firmados con la Santa Sede (cierto es, sin embargo, que sin éstos la condición de los católicos hubiera sido mucho peor). El panorama era, pues, más que preocupante cuando expiró Pío XI.


El cardenal Eugenio Pacelli, que había sido secretario de Estado del difunto papa, era también camarlengo de la Santa Iglesia Romana, cargo que otorga a su titular el poder de administrar los bienes temporales de la Santa Sede (dependientes antiguamente de la Cámara Apostólica) y el de presidir el gobierno interino de la Iglesia –que reside en el Sacro Colegio– durante la sede vacante. También le compete la certificación de la muerte del Papa y el sellado de todos sus aposentos. Contrariamente a lo que se suele creer, el cardenal Pacelli no observó la costumbre de golpear suavemente tres veces con un martillito de plata la sien del cadáver de Pío XI llamándolo por su nombre de pila, la cual había caído en desuso desde la época del cardenal Oreglia di Santo Stefano, que la omitió en 1903, cuando hubo de verificar el óbito de León XIII. Pacelli se limitó a hacer constar notarialmente que su amado mentor había realmente fallecido y retiró de su dedo el Anulus Piscatoris para su destrucción, de modo que no fuera posible falsificar bulas ni otros documentos pontificios. También tocó al camarlengo, en su condición de arcipreste de la Basílica Vaticana, la preparación del Palacio Apostólico para albergar el cónclave, que implicaba por entonces un estricto aislamiento de los electores. Debían acondicionarse 62 celdas para éstos, dividiendo los ambientes disponibles mediante tabiques y aprovechando al máximo el espacio. Los sampietrini tenían por entonces mucho trabajo que desquitar en poco tiempo, efectuando obras de mampostería, carpintería y cerrajería, además de total encalado de las ventanas para quitar toda visibilidad tanto desde dentro hacia fuera recinto como viceversa.


Habemus Papam! A 70 años de la elección de Pío XII (1)


Pío XI, como se sabe, había preparado concienzudamente a su cardenal secretario de Estado para sucederle y así lo dio a entender en alguna ocasión a sus circunstantes, especialmente si eran cardenales (es decir, futuros votantes). Sin embargo, en los pasillos de los palacios vaticanos más bien se descartaba la elección de Pacelli. De acuerdo con el testimonio de Nazareno Padellaro (autor de una excelente biografía de Pío XII que seguimos para estas líneas), en L’Osservatore Romano nadie la creía posible, en el convencimiento de que una vez más se iba a cumplir la regla no escrita que barraba el paso del trono papal al secretario de estado del reinado anterior. El mismo interesado parecía estar seguro de que no saldría elegido: había indicado a sor Pascualina, su fiel gobernanta, que preparara su equipaje para una estancia más o menos larga en la casa de reposo Stella Maris de Rohrschach (que pertenecía a la congregación de la monja). Además, había puesto su despacho de la Secretaría de Estado listo para que lo ocupara su sucesor. La misma mañana de la clausura del cónclave, los oficiales y todo el personal de las tres secciones de aquélla quisieron fotografiarse con su antiguo jefe como despedida.

Las legislaciones aplicables al acontecimiento que estaba por desarrollarse eran dos: la constitución apostólica Vacante Sede Apostolica dada por san Pío X el 25 de diciembre de 1904 y el motu proprio Cum proxime dado por Pío XI el 1º de marzo de 1922. Hasta el siglo XX los cónclaves se habían regido por la bula fundamental Ubi periculum de 7 de julio de 1274, que Gregorio X había sancionado en medio del Segundo Concilio Ecuménico de Lyon. Los pontífices sucesivos habían hecho retoques, los más importantes de los cuales fueron los establecidos por Pío IV mediante la constitución apostólica In eligendis de 9 de octubre de 1562 y por Gregorio XV mediante la constitución apostólica Aeterni Patris de 15 de noviembre de 1621.

San Pío X vio la necesidad de una reorganización completa del vetusto mecanismo de la elección papal para adaptarla a la marcha de los tiempos. Ya a poco de ser elegido había abolido el abusivo “derecho de exclusive” que reivindicaban las potencias europeas católicas –y habían ejercido en varias ocasiones– para impedir que un candidato no grato a alguna de ellas se convirtiera en papa. Los puntos principales de la constitución Vacante Sede Apostolica eran: que la elección del Romano Pontífice correspondía a los cardenales de la Santa Iglesia Romana y sólo a ellos (aunque la Iglesia se hallara en concilio ecuménico, que quedaba suspendido automáticamente por la muerte del Papa); que todas las penas y censuras eclesiásticas (incluida la excomunión) a las que estuviera sujeto un cardenal cesaban a los solos efectos del cónclave para que éste pudiera votar; que los cardenales tenían un plazo de diez días para reunirse en cónclave después de la muerte del Papa; que quedaría elegido el cardenal que obtuviera las dos terceras partes de los votos.

Cuando Achille Ratti se convirtió en Pío XI en 1922, a tres cardenales del otro lado del Atlántico no les dio tiempo de llegar al cónclave: O’Connell de Boston, Dougherty de Filadelfia y Bégin de Québec. Éstos manifestaron al flamante Papa que estaban encantados de que hubiera resultado elegido, pero que les habría gustado participar en la votación. Fue entonces cuando Pío XI, mediante el citado motu proprio Cum proxime, decidió alargar el plazo de reunión del cónclave a quince días –en lugar de diez– después de la muerte del Sumo Pontífice, pudiendo el Sacro Colegio extenderlo tres más dieciocho si así lo consideraba necesario. Esta facultad fue usada ya a la muerte del papa Ratti, ocurrida el 10 de febrero de 1939, pues los cardenales se encerraron el 1º de marzo siguiente, o sea dieciocho días después.

A las 4 de la tarde del miércoles 1º de marzo sonó la campana que convocaba a los cardenales a entrar en cónclave. Los 62 electores se fueron reuniendo en la Sala de los Paramentos. Vestían hábito de coro de color violáceo y fajín de seda sin flecos ni borlas en señal del luto que aún tenían que llevar por Pío XI. En dirección de la Capilla Paulina, atravesaron sucesivamente la Sala Ducal (donde les esperaban la Guardia Palatina de honor y los Gendarmes Pontificios) y la Sala Regia (en la que se añadió al cortejo la Guardia Noble). En la segunda de ellas un público formado por el cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, la nobleza y el patriciado romanos y periodistas presenciaba el paso de los senadores de la Roma papal, sucesores de los de la Roma de la Antigüedad. Al llegar a la capilla decorada con historias de san Pedro y san Pablo por Miguel Ángel, la procesión se detuvo para una breve oración, acabada la cual enfiló hacia la Sixtina. A la entrada de ésta, el cardenal Granito Pignatelli di Belmonte, decano del Sacro Colegio, entonó el Veni Creator continuado por el coro dirigido por el maestro Lorenzo Perosi mientras los purpurados, por orden de precedencia (primero los cardenales-obispos, después los cardenales-presbíteros y en fin los cardenales-diáconos) iban entrando en el recinto de la capilla (Pacelli era el vigésimo cuarto).

Una vez todos los príncipes de la Iglesia se hallaban dentro de la Capilla Sixtina y acabado el himno al Espíritu Santo, el prefecto de las ceremonias hizo su aparición para la primera intimación a los extraños al cónclave a fin de que abandonaran el recinto: resonó entonces el potente “Extra omnes!”. Las puertas de la capilla se cerraron, quedando dos guardias suizos apostados delante de ellas, mientras se leía el texto de la constitución de san Pío X y el motu proprio de Pío XI, seguidos del juramento de guardar absoluto secreto que cada cardenal ratificó poniendo la mano sobre los Evangelios. Mientras tanto, habiéndose avado también desde la Sala de los Paramentos y escoltado por un destacamento de la Guardia Suiza y palafreneros con antorchas, hizo su aparición monseñor Antonio Arborio Mella di Sant’Elia, el maestro de cámara pontificio, que se iba a desempeñar como gobernador del cónclave. A las 5 y media hizo su aparición el príncipe Ludovico Chigi della Rovere, que ostentaba el cargo hereditario de mariscal de la Santa Iglesia y custodio del cónclave. Iba también escoltado por la Guardia Suiza y también por pajes con su librea portando antorchas.

Las puertas de la Sixtina se reabrieron y cada uno de los cardenales, respondiendo a su nombre pronunciado por el prefecto de las ceremonias, fue saliendo en dirección a la celda que le había sido asignada, yendo acompañado por un guardia noble. Contemporáneamente, el cardenal decano ordenó el desalojo de los invitados que permanecían en la Sala Regia al sonido de una campanilla y de la exclamación conminatoria que ya se había escuchado antes: “Extra omnes!”. La concurrencia abandonó el Palacio Apostólico saliendo por el Patio de San Dámaso. Cuando todos los cardenales estuvieron ya en sus celdas se llevaron a cabo las últimas verificaciones antes de proceder a la clausura del cónclave. El camarlengo Pacelli, acompañado de los tres jefes de orden (Granito por los cardenales-obispos, O’Connell por los cardenales-presbíteros y Caccia-Dominioni por los cardenales-diáconos) y de un arquitecto, fue inspeccionando todos los rincones necesarios para asegurarse que no quedaba ningún extraño dentro del recinto. Concluídas las verificaciones, se ordenó cerrar las puertas, siendo consignadas las llaves al secretario del cónclave.

Entretanto, el mariscal-custodio había sido advertido por uno de los ceremonieros y se hallaba ante la puerta principal acompañado por el gobernador del cónclave, el gobernador de la Ciudad del Vaticano, los prelados de la Cámara Apostólica, notarios, testigos, capitanes de la guardia especial para la ocasión y miembros de la Guardia Suiza. Este grupo se unió al del camarlengo para proceder a la oclusión de los accesos al cónclave: primero el del arco que separa la Torre Borgia del Patio del Papagayo; después, el de la Escalera de Pío IX. Los albañiles lo cierran mediante un doble tabique de madera. Comprobadas las cerraduras de las puertas internas y externas, así como de los pequeños tornos practicados en ellas (única comunicación con el mundo exterior para casos de emergencia), se levanta acta notarial y se hace la tercera y última intimación mediante el “Extra omnes!”. El príncipe Chigi puso sus sellos sobre las puertas externas y recibió sus llaves, mientras el gobernador hizo lo propio con las puertas internas. A las 7 y cuarto, ya atardecido, los cardenales quedaban completamente segregados del resto de los hombres para dedicarse a la tarea más importante que deberán absolver en su vida: la de elegir al nuevo Vicario de Cristo.

Eugenio Pacelli se retiró entonces a su apartamento, que era el mismo que había ocupado como secretario de Estado, por lo que no le había sido asignada celda. Los cardenales tenían en ese tiempo cada uno sus asistentes personales llamados “conclavistas”, sujetos a la misma obligación de secreto que sus señores. Lo que constituía una novedad sin precedentes es que Pacelli quiso conservar junto a sí a su gobernanta, de modo que sor Pascualina fue la primera mujer que estuvo presente en un cónclave (nunca hasta ahora ha vuelto a repetirse la experiencia). El cardenal camarlengo no sabía prescindir de los servicios de la religiosa que sabía mejor que nadie cuidar su delicada salud y se hizo una excepción. Después de una frugal cena, parece que Pacelli acudió a visitar a su amigo el cardenal Marchetti-Selvaggiani, que se hallaba enfermo en cama dentro del cónclave. El encuentro habría sido especialmente cordial y el vicario de Roma le habría predicho por primera vez su elección, lo que le causó cierta turbación. Después de satisfacer el deber de la amistad y la caridad se retiró para el merecido descanso nocturno. Necesitaba reponerse de una jornada especialmente intensa y extenuante y reunir fuerzas para el día siguiente, que traería sus nuevos e decisivos afanes.

domingo, 1 de março de 2009

Consideraciones históricas y patrísticas acerca de la Comunión en la mano



Los Papas, los Santos Padres.

El Sagrado Concilio de Trento declara que es una Tradición Apostólica la costumbre de que sólo el sacerdote que celebra la Misa se dé la Comunión a sí mismo (con sus propias manos) y que los fieles la reciban de El.

Un estudio más riguroso de las evidencias disponibles en la historia de la Iglesia y de los escritos de los Padres, no apoya la aserción de que la Comunión en la mano era una práctica universal que fue gradualmente suplantada y efectivamente reemplazada por la práctica de la comunión en la mano. Más bien, los hechos parecen apuntar a una conclusión diferente.

El Papa San León Magno (440-461), ya en el siglo V, es un testigo temprano de la práctica tradicional. En sus comentarios al sexto capítulo de San Juan, habla de la Comunión en la boca como del uso corriente: "Se recibe en la boca lo que se cree por la Fe" El Papa no habla como si estuviera introduciendo una novedad, sino como si fuera un hecho ya bien establecido.

Un siglo y medio más tarde, pero todavía tres siglos antes de que la práctica fuera supuestamente introducida el Papa San Gregorio Magno (590-604) es otro testigo. En sus Diálogos (Roman 3, c. 3) relata cómo el Papa San Agapito obró un milagro durante la Misa, después de haber colocado la Hostia en la lengua de una persona. También Juan el Diácono nos habla acerca de esta manera de distribuir la Santa Comunión por ese Pontífice.

Estos testigos son del siglo V y VI. ¿Cómo se puede razonablemente decir que la Comunión en la mano fue la práctica oficial hasta el siglo X? ¿Cómo alguien puede sostener que la Comunión en la boca es una invención medieval? No estamos afirmando que bajo ninguna circunstancia los fieles la hayan recibido en sus propias manos. Pero, ¿en qué circunstancias? Parece que desde muy temprano era usual que el sacerdote colocara la Sagrada Hostia en la boca del comulgante.

Excepciones

Sin embargo, en tiempos de persecución, cuando no había sacerdotes disponibles, y los fieles llevaban el Santísimo a sus casas, se daban la Comunión a sí mismos, con sus propias manos. En otras palabras, antes que quedar totalmente privados del Pan de Vida, podían recibirlo por sus propias manos, cuando no hacerlo hubiera significado quedar privados de este imprescindible alimento espiritual. Lo mismo se aplicaba a los monjes que se habían retirado al desierto, donde no disponían del ministerio de un sacerdote y no quisieran dejar la práctica de la Comunión diaria.

Resumiendo

Para resumir, la práctica era que se podía tocar la Hostia cuando no hacerlo equivalía a quedar privado del Sacramento. Pero cuando había un sacerdote, no se la recibía en la mano. Así, San Basilio (330-379) afirma claramente que sólo esta·permitido recibir la Comunión en la mano en tiempos de persecución o, como era el caso de los monjes en eldesierto, cuando no hubiera un diácono o un sacerdote que pudiera distribuirla.

"No hace falta demostrar que no constituye una falta grave para una persona comulgar con su propia mano en épocas de persecución cuando no hay sacerdote o diácono" (Carta 93). Lo que implica que recibirla en la mano en otras circunstancias, fuera de persecución, sería una grave falta. El Santo basa su opinión en la costumbre de los monjes solitarios, que reservaban el Santísimo en sus celdas, y en ausencia de sacerdote o diácono, se daban a sí mismos la Comunión.

En su artículo "Comunión" en el Dictionnaire d’Archéologie Chrétienne, Leclercq afirma que la paz de Constantino llevó la práctica de la Comunión en la mano a su fin. Esto reafirma el razonamiento de San Basilio, que la persecución era la que creaba la alternativa de recibir la Comunión en la mano o verse privado de Ella.


Cuando la persecución cesó, evidentemente la práctica de la Comunión en la mano persistía aquí y allí. Era considerada como un abuso por la autoridad de la Iglesia, puesto que era juzgada contraria a la costumbre de los Apóstoles. Así, el Concilio de Rouen que se reunió en el año 650, dice: "No se coloque la Eucaristía en las manos de ningún laico o laica, sino únicamente en su boca".

El Concilio de Constantinopla, prohibía a los fieles darse la Comunión a sí mismos (que es lo que sucede cuando la Sagrada Partícula es colocada en la mano del comulgante). Decretó una excomunión de una semana de duración para aquellos que lo hicieran en la presencia de un obispo, un sacerdote o un diácono.

San Cirilo (siglo IV): un texto dudoso. ¿Y San Cirilo? Por cierto, los promotores de la "comunión en la mano" generalmente no mencionan las evidencias que acabamos de exponer. En cambio, utilizan constantemente el texto atribuido a San Cirilo de Jerusalén, quien vivió en el siglo IV, al mismo tiempo que San Basilio. El Dr. Henri Leclercq resume las cosas como sigue: "San Cirilo de Jerusalén recomendaba a los fieles que cuando se presentaran a recibir la Comunión, debían tener la mano derecha extendida, con los dedos unidos, sostenida por la mano izquierda, con la palma en forma cóncava; y que en el momento en que el Cuerpo de Cristo era depositado en su mano, el comulgante debía decir:


"Amén". Pero el texto continúa. También propone lo siguiente: "Santifica tus ojos con el contacto del Cuerpo Sagrado ... Cuando tus labios están todavía húmedos, lleva tu mano a tus labios, y pasa tu mano sobre tus ojos, tu frente y tus otros sentidos, para santificarlos". Esta recomendación bastante original (¿o más bien supersticiosa? ¿irreverente?) llevó a los eruditos a cuestionar la autenticidad de dicho texto.

Algunos piensan que tal vez hubo una interpolación, o que fue el sucesor del santo quien escribió tal cosa. No es imposible que este texto fuera realmente del Patriarca Juan, quien sucedió a Cirilo en Jerusalén. Pero este Juan era de dudosa ortodoxia. Sabemos todo esto por la correspondencia de San Epifanio, San Jerónimo y San Agustín. Por lo tanto, a favor de la Comunión en la mano tenemos un texto de dudosa originalidad y de contenido cuestionable. Y por el otro lado, tenemos testigos confiables, incluyendo a dos grandes papas, de que colocar la Sagrada Hostia en la boca del comulgante ya era común y ordinario en el siglo V.

¿Clericalismo?

¿No es una forma de clericalismo permitir al sacerdote tocar la Hostia y prohibírselo a los fieles? De ningún modo, pues a los sacerdotes sólo les estaba permitido tocar el Santísimo Sacramento en casos de necesidad. En efecto, aparte del celebrante de la Misa, nadie que recibiera la Comunión, aunque fuera sacerdote, podía hacerlo en la mano.

De tal modo que, en la práctica tradicional del Rito Romano, si un sacerdote estaba oyendo Misa (y no celebrando) y deseaba recibir la Sagrada Comunión, no lo hacía en sus propias manos: la recibía de otro sacerdote, en la lengua. Lo mismo sucedía con un Obispo. Lo mismo si se tratara de un Papa. Cuando San Pío X, por ejemplo, estaba en su lecho de muerte, en Agosto de 1914, y se le administró la Sagrada Comunión como Viático, no la recibió, y no le estaba permitido, en la mano: la recibió en la lengua de acuerdo a la ley y a la práctica de la Iglesia Católica.


Esto confirma un punto fundamental: por principio de reverencia, la Hostia no debe tocarse innecesariamente. Obviamente alguien debe distribuir el Pan de Vida. Pero no es necesario hacer de cada hombre, de cada mujer y cada chico su propio "ministro de la Eucaristía" y multiplicar la manipulación torpe y chapucera y el peligro de que se caigan y se pierdan Fragmentos eucarísticos. Aún aquellos cuyas manos fueron especialmente consagradas para tocar la Sagrada Eucaristía, particularmente los sacerdotes, no deben hacerlo sin necesidad.

Otras consideraciones

Entregar la comunión la mano puede dar origen a prácticas muy irreverentes e incluso heréticas.

Se sabe que personas que no son católicas recibieron la comunión en la mano de su Santidad Juan Pablo II y guardaron la hostia como recuerdo de un hombre al cual admiraban.

Siguiendo este mismo hecho es posible que muchas veces personas hayan realizado prácticas deleznables y demoníacas usando la práctica de la comunión en la mano. Muchos han sido testigo de personas que se van a su asiento con la hostia en la mano y comulgan en él. Igual podrían con gran facilidad llevarse la hostia a donde quisieran.

Se pierde el sentido y reverencia del significado y realidad de la presencia real. ¿Es eso lo que se busca?

Ya no se tiene el menor cuidado con la hostia consagrada. No se cumplen las rubricas mínimas de respeto que la Iglesia exige para con ella. Esto se puede fácilmente verificar, hoy, con relación a la presencia real de Cristo en la hostia: la mera eliminación de los gestos que manifiestan la Fe en la presencia real de Cristo en la hostia -- las genuflexiones delante del Santísimo Sacramento, o delante del tabernáculo, por ejemplo -- poco a poco, lleva a los fieles a olvidarse de la presencia real de Cristo en la hostia, y, después, resulta más fácil negar el dogma.

Tomado de Radio Convicción

J.R.R.TOLKIEN , UM CATOLICO MODELO


J.R.R. Tolkien Un Católico Modelo

J.R.R. Tolkien fue un católico modelo: siempre cercano a un sacerdote, fue criado por uno y su primogénito lo es también, hablaba desde muy joven un pulcro latín y era sobre todo un hombre de profunda fe y de oración.

Debemos reconocer que la fe de Tolkien en la Iglesia Católica, es bastante precoz; fue inculcada por su madre, quien tuvo una vocación de martirio muy considerable, abrazó la fe católica siendo viuda y con hijos a cargo, sabiendo que con esto la familia de su esposo la repudiaría, pues eran bautistas practicantes y no prestarían ayuda de ningún tipo para que sus nietos fueran criados en la “fe romana”.

Esto marcaría de por vida a Tolkien, pues Mabel Tolkien moriría enferma y rechazada, lo que da cuenta de una vocación al martirio. Debido a esto muchos de los biógrafos de Tolkien tratan de darle un perfil psicológico a su de en el catolicismo, lo que se puede ver en la realidad, es un aspecto sobrenatural en su vida, no solo fue católico por tradición familiar sino mas bien, por verdadera convicción, tanto así que su obra esta plagada de teología católica, sobre todo de teología natural.

La vocación de Tolkien se vió dirigida por el P. Francis Morgan, sacerdote hispano-galés, perteneciente al Oratorio de Birmingham, fundado por el Cardenal John Henry-Newman, venerable converso del anglicanismo y líder del Movimiento de Oxford. Huérfanos, los hijos de Mabel quedan bajo el cuidado del sacerdote católico, quien enseña latín al Joven John Ronald Reuel y se convierte en su director espiritual, es tal el afecto y disciplina del dirigido que cuando éste le prohíbe comunicarse con quien sería su esposa, Edith Mary Bratt, debido a la diferencia de edad, le obedece sin ápice de discordia.

La obra de Tolkien se caracteriza por incluir elementos católicos que son fundametales en su ficción, como la caída del hombre, la redención y la creación. Esta última bellamente relatada en El Silmarillion, donde el Dios creador Ilúvatar hace el mundo a partir de un canto maravilloso, que luego es acompañado por seres que recuerdan mucho a un coro angélico. Se recuenta también la traición de Luzbel, convertido por Tolkien en un valar caído, llamado Melkor y después Morgoth tras su expulsión del paraíso, como el demonio pasó de Luzbel (ángel de luz) a Lucifer o Satanás.

Pero el tema que más resalta en Tolkien es la llamada “Teología Natural”. Colin Duriez, tolkenista reconocido describe a la relación de la obra tolkeniana con esta teología como sigue:
«Tolien era católico romano. El catolicismo a venerado mucho al teología natural. El New dictionary of Theology la define como: «Las verdades sobre Dios que pueden aprenderse de las cosas creadas (la naturaleza, el hombre, el mundo) tan solo con la razón. La Reforma propugnaba el regreso a las Escrituras como la única fuente del conocimiento sobre Dios y por tanto de todo lo demás. La naturaleza era interpretada a través del Cristal de las escrituras.» (Tolkien y el Señor de los Anillos, La guía básica para descubrir su obra. Colin Duriez. Hispano Europea. 2002)

Esta teología natural, inspira a Tolkien a recrear la belleza de los paisajes contenidos, sobre todo en el Señor de los Anillos, como obra de Ilúvatar, el Único el Dios creador. Esta misma teología nos permite entender la misma existencia de Dios, pues la naturaleza nos revela la realidad de un ser omnipontente, omnipresente, omnisciente y creador, que Santo Tomás de Aquino, revelaría a través de sus Cinco Vïas.

Este artículo no prentende esgrimir un tema que es materia de una tesis, pero vale la pena resaltar la figura de laicos comprometidos con su fe. Quienes a través de su obra, demuestran que puede permanecerse en el siglo, teniendo en la mente y en la mano a Dios en todo lo que se hace, aún cuando uno se considera a su mismo un hobbit. +

CALENDARIO LITURGICO DO USO EXTRAORDINARIO DO RITO ROMANO


MARZO


Normas generales de la Cuaresma:
-En la misas del domingo se dice Credo, pero no gloria.

-Los ornamentos son morados si no se celebra la festividad de un santo.
-El prefacio es, incluso en las fiestas que carecen de propio, el de Cuaresma.

-En Cuaresma, cada día tiene su misa. La feria de Cuaresma es de III clase y se antepone a las fiestas de esta clase, las cuales se conmemoran.

-Las misas feriales de Lunes, Miércoles y Viernes tienen tracto después de la Epístola, en cuyo rezo ha de hacerse genuflexión.
- En las misas feriales, después de la Poscomunión se dice la oración super populum.
-En las misas de fiesta (II clase o I clase) se conmemora siempre la feria.

-No se ponen flores ni reliquias en los altares.
-No se utilizan ni dalmáticas ni tunicelas.
-Se suspenden las solemnidades nupciales durante toda la cuaresma.
-Se permite el uso del órgano durante la misa solamente para sostener el canto, nunca sólo.


Domingo 1. I domingo de Cuaresma (I clase, morado) Credo. Prefacio de Cuaresma.

En algunos lugares San Rosendo, obispo y confesor. Donde se celebre como de I clase es trasladado al lunes.


Lunes 2. Feria (III clase, morado) Prefacio de Cuaresma. En algunos lugares Beato Bartolomé Gutierrez, mártir.

Martes 3. Feria (III clase, morado) Prefacio de Cuaresma. En algunos lugares, San Emeterio y Celedonio, mártires.

Miércoles 4. Miércoles de Témporas (II clase, morado) Conmemoración de San Casimiro, confesor. 2º oración de la fiesta.

Jueves 5. Feria (III clase, morado) Prefacio de Cuaresma.

Viernes 6. Viernes de Témporas (II clase, morado) Prefacio de Cuaresma. Conmemoración de Santa Perpetua y Felicidad, mártires. 2º oración de la fiesta. En algunos lugares, San Olegario, obispo y confesor.

Sábado 7. Sábado de Témporas (II clase, morado) Prefacio de Cuaresma. Conmemoración de santo Tomás, confesor y doctor. 2º oración de la fiesta.


Domingo 8. II domingo de Cuaresma (I clase, morado) Credo. Prefacio de Cuaresma.


Lunes 9. Feria (III clase, morado) Prefacio de Cuaresma. Conmemoración de San Francisco Romana, viuda. 2º oración de la fiesta.

Martes 10. Feria (III clase, morado) Prefacio de Cuaresma. Conmemoración de los Santos Mártires de Sebaste. 2º oración de la fiesta.

Miércoles 11. Feria (III clase, morado) Prefacio de Cuaresma. En algunos lugares, San Eulogio, presbítero y mártir.

Jueves 12. Feria (III clase, morado) Prefacio de Cuaresma. Conmemoración de San Gregorio Magno, papa y doctor. 2º oración de la fiesta.

Viernes 13. Feria (III clase, morado) Prefacio de Cuaresma.

Sábado 14. Feria (III clase, morado) Prefacio de Cuaresma.


Domingo 15. III domingo de Cuaresma (I clase, morado) Credo. Prefacio de Cuaresma.


Lunes 16. Feria (III clase, morado) Prefacio de Cuaresma.

Martes 17. Feria (III clase, morado) Conmemoración de San Patricio, obispo y confesor. 2º oración de la fiesta.

Miércoles 18. Feria (III clase, morado) Prefacio de Cuaresma. Conmemoración de San Cirilo, obispo de Jerusalén y doctor. 2º oración de la fiesta.

Jueves 19. San José, esposo de la Virgen -patrón de la Iglesia universal- (I clase, blanco) Conmemoración de la feria. Gloria y Credo. Prefacio de San José.

Viernes 20. Feria (III clase, blanco) Prefacio de Cuaresma.

Sábado 21. Feria (III clase) Prefacio de Cuaresma. Conmemoración de san Benito, abad. 2º oración de la fiesta.


Domingo 22. IV domingo de Cuaresma, domingo Laetare (I clase, morado o rosa) Credo. Prefacio de Cuaresma.


Lunes 23. Feria (III clase, morado) Prefacio de Cuaresma. En algunos lugares, San José Oriol.

Martes 24. Feria (III clase, morado) Prefacio de Cuaresma. Conmemoración de San Gabriel, arcángel. 2º oración de la fiesta.

Miércoles 25.La Anunciación de la Santísima Virgen María (I clase, blanco) Gloria y Credo. Prefacio de la Virgen “et in Annuntiatione”. Conmemoración de la feria.

Jueves 26. Feria (III clase, morado) En algunos lugares, san Braulio, obispo y confesor.

Viernes 27. Feria. (III clase, morado) Prefacio de Cuaresma. Conmemoración de San Juan Damasceno, confesor y doctor 2º oración de la fiesta.

Sábado 28. Feria (III clase, morado) Prefacio de Cuaresma.


Domingo 29. I domingo de Pasión (I clase, morado) Credo. Prefacio de la Santa Cruz.


Lunes 30. Feria (III clase, morado) Prefacio de la Santa Cruz.

Martes 31. Feria (III clase, morado) Prefacio de la Santa Cruz.
Publicado por Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina

AO ANGELUS, O PAPA BENTO XVI FALA DA ETERNA LUTA ENTRE O BEM E O MAL E A TER EM CONTA O PAPEL DOS ANJOS


Nas suas reflexões antes da recitação do Angelus deste primeiro domingo da Quaresma Bento XVI exortou os fiéis católicos a não subestimar o papel dos anjos, e recomendou que sejam muitas vezes invocados.

Pedimos-lhe, em particular hoje, que vigiem sobre mim e sobre os colaboradores da Cúria Romana que esta tarde, como acontece todos os anos, iniciarão a semana de exercícios espirituais – disse o Papa.

Referindo-se ao Evangelho deste Domingo o Santo Padre evocou Satanás, o adversário que desde o principio se opôs ao desígnio salvifico de Deus a favor dos homens.
Citando as tentações de Jesus no deserto, que foram obra do Demónio, Bento XVI recordou porém que quase de fugida, na brevidade do testo evangélico, diante desta figura obscura e tenebrosa que ousa tentar o Senhor, aparecem os Anjos, figuras luminosas e misteriosas que serviam Jesus. Eles – explicou o Papa – são o contraponto de Satanás.

Segundo Bento XVI tiraríamos uma parte notável do Evangelho se deixássemos de lado estes seres enviados por Deus, os quais anunciam a sua presença entre nós e são um seu sinal. “Invoquemo-los muitas vezes para que nos ajudem no empenho de seguir Jesus até nos identificarmos com Ele”.

Perante a crise económica que corre o perigo de arrasar a Itália com o desemprego e encerramento de empresas, o Papa exortou neste Domingo as autoridades politicas e civis, bem como os empresários, a um comum e forte empenho para tutelar como prioridades os trabalhadores e as suas famílias.

Bento XVI saudava em particular um grupo de operários e empregados de um estabelecimento automobilístico do sul da Itália, mas referia-se também a outras situações igualmente difíceis que afligem vários centros italianos.