Don Divo Barsotti

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terça-feira, 3 de março de 2009

BENTO XVI INICIOU ONTEM O RETIRO QUARESMAL , ORIENTADO PELO CARDEAL FRANCIS ARINZE


El Papa Benedicto XVI ha comenzado hoy sus ejercicios espirituales anuales y ha elegido como predicador al cardenal Francis Arinze. Mientras nos unimos en la oración rogando a Dios por el Santo Padre y sus colaboradores de la Curia Romana, ofrecemos nuestra traducción de una entrevista que el Cardenal Arinze ha concedido a L’Osservatore Romano en la que habla sobre el sacerdocio ministerial, el seguimiento de Cristo y la penitencia cuaresmal.
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“El sacerdote encuentra a Jesús y lo sigue”: éste es el tema de los ejercicios espirituales para el Papa y la Curia Romana que el cardenal Francis Arinze, prefecto emérito de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, predicará en la capilla Redemptoris Mater del 1º al 7 de marzo. Un tema elegido para subrayar que el encuentro y el seguimiento no representan sólo el centro del sacerdocio sino también la esencia de toda auténtica experiencia de fe. “Las reflexiones que ofreceré a Benedicto XVI – explica el purpurado en esta entrevista a nuestro periódico en la vigilia del inicio de los ejercicios – no son exclusivamente sacerdotales sino que valen para todos, porque el cristianismo es el encuentro de cada hombre con Jesús”.
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¿Por qué ha elegido este tema para los ejercicios espirituales del Papa?

He pensado que en el encontrar y seguir a Jesús podemos ver la síntesis de todo el cristianismo. Por una parte, está Jesús que nos llama. Por otra, estamos nosotros con nuestra respuesta: lo encontramos, lo seguimos y esto se convierte en un programa para toda la vida. Así ocurrió con los primeros apóstoles: Jesús los vio y les dijo que lo siguieran. En el seguimiento están comprendidos la escucha, su enseñanza, sus milagros, la oración. Podemos decir que los apóstoles han hecho tres años de seminario mayor y el rector era el Hijo de Dios.
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Sin embargo, la llamada de Jesús no vale sólo para los sacerdotes…

Es cierto. Las reflexiones que ofreceré al Papa no son exclusivamente sacerdotales sino que valen para todos, porque el cristianismo es el encuentro de cada hombre con Jesús. Cada uno puede aplicarlo a sí mismo según la propia vocación y misión. Y cada uno puede dar una respuesta diversa. Entre los discípulos, hubo quienes enseguida dejaron las redes y se pusieron a seguirlo. Pero también han estado quienes permanecieron junto a las cosas materiales, pidieron tiempo, quisieron ir primero a despedirse de los suyos.
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Desde entonces, han pasado dos mil años. ¿Puede el hombre de hoy encontrar a Jesús?

Si quiere, puede encontrarlo. Siempre que logre superar dos grandes obstáculos. El primero es la superficialidad, la distracción. Y el segundo es el miedo. Poncio Pilato representa el paradigma de aquellos que tienen miedo de encontrar la verdad. Jesús le habla pero él tiene miedo. Le dice: “Yo he venido para dar testimonio de la verdad”. Y Pilato pregunta: “¿Qué es la verdad?”. Pero su pregunta no es la de un filósofo que espera la respuesta. De hecho, se va sin escuchar, sin esperar. Sin darse cuenta de que la verdad está precisamente delante de él. También hoy muchas personas faltan a la cita con la verdad porque tienen miedo de lo que Jesús representa y de su mensaje. No se dan cuenta de que la fe no es un obstáculo para la existencia sino una promesa de vida y de verdad.
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¿Cuáles son los lugares en los que puede ocurrir este encuentro?

Uno de los lugares fundamentales – no físico sino espiritual – es la oración. La oración es dejar lugar a Dios. Es hacer silencio no sólo exteriormente sino sobre todo interiormente. Es escuchar. En las meditaciones que propondré al Papa hablaré en particular de esto, recordando las largas horas de oración que Jesús transcurría en soledad y subrayando que los mismos discípulos le han pedido: “Señor, enséñanos a orar”.

Otro lugar de encuentro es la Escritura: Jesús es la Palabra de Dios que se hace hombre. La Escritura es la Palabra de Dios escrita. Cuando leemos la Biblia y cuando la proclamamos durante la liturgia, es Dios quien habla. El Evangelio no es un libro del pasado. Es la voz de Dios hoy.

Un tercer lugar es la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Él mismo ha elegido los primeros pilares, ha dado la garantía de estar siempre con ella, y ha prometido el Espíritu Santo. En las meditaciones, pondré énfasis en esta dimensión: la Iglesia es el cuerpo de Cristo y Él es la cabeza. Y como tal se refleja en la liturgia, donde se encuentra real y sustancialmente a Jesús a través de la Comunión eucarística. Y se reconoce en la caridad, sobre todo hacia los enfermos, los ancianos, los refugiados, los pobres. Jesús puede hablarnos en todas estas situaciones. Pablo VI ha dicho que la Iglesia mira al rostro de cada persona y ve a Jesús. No esperamos que Jesús se nos aparezca porque ya lo tenemos cerca.
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Si para el cristiano encontrar a Jesús quiere decir seguirlo, ¿qué sucede cuándo esta actitud de seguimiento falta en el sacerdote?

Es Jesús quien da sentido a la vida del sacerdote. Sin Él, el sacerdote no se comprende, no tiene más sentido. Diría que su vocación se convierte en una farsa. ¿En nombre de quién, de hecho, celebra, predica, actúa? San Pablo ha dicho: para mí, la vida es Cristo. El sacerdote es embajador de Cristo. Por eso, si para todo cristiano es necesario seguir a Jesús, con mayor razón lo es para el sacerdote. Su testimonio está bajo los ojos de todos, sobre todo de quienes no creen. Es cierto, es posible que existan deficiencias también en los sacerdotes. No todos los sacerdotes han sido y son santos. El mismo Evangelio no esconde las debilidades y caídas de los discípulos de Cristo. Hubo quienes pidieron a Jesús incendiar una ciudad de Samaría o quienes se han atribuido ser los primeros de todos. Y luego, Judas Iscariote, que ha estado con Jesús pero no lo ha amado. Ha endurecido su corazón, lo ha cerrado al amor. Esto demuestra que el corazón humano puede fallar, que la libertad dada por Dios puede ser mal utilizada. En la historia de la Iglesia, por desgracia, esto ha ocurrido otras veces.
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La dimensión penitencial de la cuaresma, ¿puede ayudar al sacerdote a renovar la experiencia de encuentro con Cristo?

Sí, comenzando por el gesto de recibir las cenizas, que quiere decir aceptar que somos pecadores. La Iglesia pide rezar mucho durante la cuaresma no sólo como signo de adoración a Dios sino también de penitencia por los pecados cometidos. Y no basta recibir el perdón de Dios, es necesario también reconocer que hemos ofendido el amor de Dios. Y luego está el ayuno, al cual el Papa ha dedicado su mensaje cuaresmal. Es un gesto actualmente poco considerado pero que debe ser entendido en su significado justo. Su sentido auténtico es dejar algo que me gusta y compartir los bienes con los pobres. La solidaridad con el que sufre es también una manera de demostrar la autenticidad de nuestra celebración eucarística. Al final de la Misa, el sacerdote dice: vayan y vivan lo que ha sido celebrado, escuchado, meditado y orado. Ayudar al anciano, solo, preso, discapacitado, es un modo de vivir la Eucaristía. Benedicto XVI lo dice claramente en la Deus caritas est: la Eucaristía que no se traduce en obras de caridad está fragmentada, incompleta.
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¿Pero aún es actual el llamado a la sobriedad que el Papa ha relanzado en el mensaje de este año?

Ayunar es aceptar que somos pecadores. Es dejar de hacer algo. Es también un instrumento de “entrenamiento” espiritual, similar al que practican los atletas para triunfar en una disciplina deportiva. Está luego la dimensión más dinámica, que es la de ayudar a los pobres. Gastar menos y a ayudar a los hermanos que tienen menos: es el estilo de vida recomendado por el Papa también en el mensaje para la Jornada mundial de la paz de este año. El espíritu cristiano debe ir en la dirección opuesta al consumismo sin frenos. Tener los armarios y muebles llenos – colmados de cosas que frecuentemente no necesitamos o que usamos sólo algunas veces – es una ofensa a los pobres.
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¿Qué significa, para usted, predicar los ejercicios espirituales a Benedicto XVI?

No es poca cosa. Se puede imaginar los sentimientos de quien recibe esta invitación. Puedo decir que no me lo esperaba, pero precisamente por esto es un compromiso que tomo muy en serio. Me he dicho: el Papa podía encontrar un gran teólogo, ¿por qué se ha dirigido a mí? Pero luego he pensado: es él quien lo pidió, entonces ésta es la voluntad de Dios. ¿Por qué no tener la sencillez de compartir lo poco que tengo? Y con este espíritu, he acogido la invitación.
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Fuente: L’Osservatore Romano

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo