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quinta-feira, 2 de janeiro de 2014

(Papa Francisco) EVANGELII GAUDIUM Encuentro con Cristo


(Introducción) 1. La alegría del evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús… n.3 Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso… n.7 «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Deus Caritas est n.1). n.8 Sólo gracias a ese encuentro –o reencuentro– con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad… Allí está el manantial de la acción evangelizadora. Porque, si alguien ha acogido ese amor que le devuelve el sentido de la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros?
(Discípulos misioneros) n.120 Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos que somos «discípulos» y «misioneros», sino que somos siempre «discípulos misioneros».
(El encuentro personal con el amor de Jesús que nos salva) n.264.La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más. Pero ¿qué amor es ese que no siente la necesidad de hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer? Si no sentimos el intenso deseo de comunicarlo, necesitamos detenernos en oración para pedirle a Él que vuelva a cautivarnos… Puestos ante Él con el corazón abierto, dejando que Él nos contemple, reconocemos esa mirada de amor que descubrió Natanael el día que Jesús se hizo presente y le dijo: «Cuando estabas debajo de la higuera, te vi» (Jn 1,48). ¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva! Entonces, lo que ocurre es que, en definitiva, «lo que hemos visto y oído es lo que anunciamos» (1 Jn 1,3). La mejor motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es contemplarlo con amor, es detenerse en sus páginas y leerlo con el corazón. Si lo abordamos de esa manera, su belleza nos asombra, vuelve a cautivarnos una y otra vez. Para eso urge recobrar un espíritu contemplativo, que nos permita redescubrir cada día que somos depositarios de un bien que humaniza, que ayuda a llevar una vida nueva. No hay nada mejor para transmitir a los demás.
n.265Toda la vida de Jesús, su forma de tratar a los pobres, sus gestos, su coherencia, su generosidad cotidiana y sencilla, y finalmente su entrega total, todo es precioso y le habla a la propia vida. Cada vez que uno vuelve a descubrirlo, se convence de que eso mismo es lo que los demás necesitan, aunque no lo reconozcan: «Lo que vosotros adoráis sin conocer es lo que os vengo a anunciar» (Hch 17,23). A veces perdemos el entusiasmo por la misión al olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas, porque todos hemos sido creados para lo que el Evangelio nos propone: la amistad con Jesús y el amor fraterno. Cuando se logra expresar adecuadamente y con belleza el contenido esencial del Evangelio, seguramente ese mensaje hablará a las búsquedas más hondas de los corazones: «El misionero está convencido de que existe ya en las personas y en los pueblos, por la acción del Espíritu, una espera, aunque sea inconsciente, por conocer la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre el camino que lleva a la liberación del pecado y de la muerte. El entusiasmo por anunciar a Cristo deriva de la convicción de responder a esta esperanza» (RMi 45). El entusiasmo evangelizador se fundamenta en esta convicción. Tenemos un tesoro devida y de amor que es lo que no puede engañar, el mensaje que no puede manipular ni desilusionar. Es una respuesta que cae en lo más hondo del ser humano y que puede sostenerlo y elevarlo. Es la verdad que no pasa de moda porque es capaz de penetrar allí donde nada más puede llegar. Nuestra tristeza infinita sólo se cura con un infinito amor.
n.266. Pero esa convicción se sostiene con la propia experiencia, constantemente renovada, de gustar su amistad y su mensaje. No se puede perseverar en una evangelización fervorosa si uno no sigue convencido, por experiencia propia, de que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo. No es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo sólo con la propia razón. Sabemos bien que la vida con Él se vuelve mucho más plena y que con Él es más fácil encontrarle un sentido a todo. Por eso evangelizamos. El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera. Si uno no lo descubre a Él presente en el corazón mismo de la entrega misionera, pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie.
n.267. Unidos a Jesús, buscamos lo que Él busca, amamos lo que Él ama. En definitiva, lo que buscamos es la gloria del Padre, vivimos y actuamos «para alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1,6). Si queremos entregarnos a fondo y con constancia, tenemos que ir más allá de cualquier otra motivación. Éste es el móvil definitivo, el más profundo, el más grande, la razón y el sentido final de todo lo demás. Se trata de la gloria del Padre que Jesús buscó durante toda su existencia …
n.278. La fe es también creerle a Él, creer que es verdad que nos ama, que vive, que es capaz de intervenir misteriosamente, que no nos abandona, que saca bien del mal con su poder y con su infinita creatividad… La resurrección de Cristo provoca por todas partes gérmenes de ese mundo nuevo… ¡No nos quedemos al margen de esa marcha de la esperanza viva!

http://compartirencristo.wordpress.com/

quarta-feira, 1 de janeiro de 2014

Juan Martin Velasco : páginas sobre la experiencia de Dios


Muchos creyentes sufren actualmente en su vida las consecuencias

del malestar religioso de nuestra cultura. En torno a ellos y en su

interior se está desmoronando una encarnación histórica del cristianismo,

la designada con el nombre de cristiandad, vigente

durante siglos, que había impregnado la sociedad y la cultura en

la que hemos nacido. Y ese desmoronamiento, cada vez más

rápido, arrastra consigo para muchos las evidencias, las seguridades,

sobre las que se apoyaba su realización de la vida cristiana.

No es raro que en estas circunstancias muchos tengan la impresión

de que Dios, que era hasta hace no mucho una realidad que

formaba parte de su entorno, se esta alejando del mundo de forma

irremediable. Del «Dios está aquí» seguro, natural y dado por

supuesto de otros tiempos, se está pasando al «¿dónde está Dios?».

Del «todo habla de Dios» al «estamos sin noticias de Dios».

Cada vez somos más las personas que en esta situación, vivida

por algunos como amenaza y peligro radical para la vida religiosa

e interpretada como antesala de la desaparición de la fe de la faz

de la historia, descubrimos la crisis providencial de una distorsionada

encarnación socio-cultural del cristianismo que está exigiendo

de los creyentes una «recomposición» radical de la vida

cristiana en su dimensión personal y social. El eje en torno al cual

se ha de operar esa recomposición, han dicho con insistencia los

profetas de nuestro tiempo, es la experiencia personal de la fe. El

cristianismo del mañana que ya estamos viviendo será místico o

no será cristianismo.

Pero ¿cómo ser místico en situación de ausencia de Dios cultural

y social generalizada? ¿como hacer la experiencia de Dios

cuando tantas voces insisten en proclamar que Dios ha muerto?

¿será posible dar con una forma de experiencia de Dios, enraizada

en la tierra aparentemente tan poco propicia de nuestro tiempo,

alimentada de su misma sustancia, que responda a las preguntas,

preocupaciones y necesidades que comporta?

Las páginas que siguen intentan ofrecer materiales para responder

afirmativamente a estas cuestiones. Tras haber descrito

con detenimiento el malestar religioso de nuestra cultura y el

crecimiento de la indiferencia religiosa, el agnosticismo y la indiferencia,

me propongo en ellas ayudar a los creyentes de estos

tiempos religiosamente difíciles a identificar las posibilidades que

ofrecen para una experiencia renovada de Dios que sirva de fundamento

para responder a sus necesidades. Las páginas que

siguen querrían colaborar en la tarea, imprescindible para los que

seguimos sintiendo la necesidad de ser creyentes, de reconstruir

nuestra experiencia cristiana de Dios con los materiales que nos

ofrece la hora que nos ha tocado vivir.

Las reflexiones que contienen desarrollan unas pocas convicciones

formulables en expresiones acuñadas por la tradición de la

que vivimos. «Dios está aquí, y yo no lo sabía». Por más dificultades

que acumule nuestra cultura o nuestra debilidad, o incluso

nuestra infidelidad, que hacen que no lo sepamos, tenemos la

seguridad, fundada en nuestra esperanza, de que Dios está aquí,

en nuestro mundo, en nuestro tiempo, en nuestra vida.

«Hasta ahora sabía de ti de oídas, ahora te han visto mis

ojos». Reconocemos que muchas de nuestras formas falsamente

tradicionales de vida cristiana sabían de Dios sólo de oídas, que

hemos pretendido ser cristianos por procuración; que en no pocas

ocasiones hemos llamado cristianismo a la rutina, la falsa seguridad,

la falta de compromiso, barnizadas con gestos de piedad, con

afirmaciones ortodoxas y con recursos a la legalidad de una institución

que había venido a ocupar el lugar inidentificable, indefinible,

de Dios. Y estamos convencidos de que la ruptura actual de la

síntesis que nos habíamos construido, la demolición a la que estamos

asistiendo de ese templo hecho por manos humanas, son la

mejor ocasión, la invitación por el Espíritu a abrir los ojos y dejarnos

sorprender por ese Dios al que tantas veces hemos querido

acaparar.

Todos los fracasos de determinadas formas históricas de cristianismo

no nos hacen olvidar que en Jesucristo Dios ha visitado

a su pueblo. Que en él se ha dado a ver a los discípulos, y que de

esa visita y de esa visión también nosotros somos destinatarios, y

que igual que los discípulos «se llenaron de alegría al ver al

Señor», nosotros somos convocados a una experiencia que, con

visión o sin ella, nos conduzca de la decepción de la cruz a la

nueva vida de la resurrección.

Estas páginas sobre la experiencia de Dios continúan otras

consagradas a la evangelización en nuestro mundo y están escritas

con la misma preocupación. Primero, porque sabemos que «lo

que hemos visto y oído no lo podemos callar»; además, porque,

aunque escritas desde los testimonios de sujetos que nos identificamos

como religiosos, están llenas de nostalgia de «los otros», de

los que, no sabemos muy bien por qué razones, se consideran no

religiosos o no se atreven a confesarse creyentes.

Esta nostalgia por «los otros» deja a mis reflexiones permanentemente

abiertas hacia otras posibles formas de experiencias de

Dios. Experiencias de incógnito, bajo formas nuevas no identificables

con las formas de las religiones tradicionales, en las que tal

vez estén despuntando formas inéditas de desvelamiento de un

Dios que no se deja encerrar en el terreno acotado por la religión

y es mayor que la conciencia y el lenguaje y los conceptos de los

que le reconocemos con los medios precarios que nos ofrecen

nuestras tradiciones religiosas. De ahí que estas páginas estén

pidiendo una prolongación en varias direcciones. En las del diálogo

con otras tradiciones religiosas que han cultivado la experiencia

de Dios desde contextos diferentes del nuestro y ofrecen

versiones de ella capaces de enriquecer la nuestra; y en la del diálogo

con experiencias humanas ajenas a las religiones tradicionales

pero en las que, por estar en cuestión el hombre, los creyentes

sabemos que se trata de Dios, aunque los medios proporcionados

por nuestra pobre religión sean incapaces de descubrirlo.

Santa Misa Tridentinaen Connecticut (EE.UU.) , en la catedral de Morelia, Michoacán (Méjico) ,en Opfenbach (Alemania) , con los seminaristas de la FSSP en Baviera (Alemania),


Misa de Gallo y Santa Misa Tridentina de la solemnidad de la Natividad del Señor en Connecticut (EE.UU.)

Estas fotos pertenecen a la solemne Misa de Gallo (Usus Antiquior), oficiada el pasado 24 de diciembre en la recién reformada iglesia de Santa María, en Norwalk, Connecticut (EE.UU.), por el P. Greg Markey, párroco de la misma, asistido por el D. Steve Genovese y por el P. Richard Cipolla, que actuaron como diácono y subdiácono, respectivamente. A la misma asistió gran cantidad de fieles, como se observa en la primera imagen. La música fue dirigida por el Maestro David Hughes, e incluyó la "Messe Solennelle", de Louis Vierne.

Al día siguiente, solemnidad de la Natividad del Señor, a las 9:30 de la mañana, el P. Richard Cipolla ofició la tercera Misa de Navidad, asistido por D. Steve Genovese y por D. Bill Riccio, como diácono y subdiácono, respectivamente. La música, interpretada por el coro de Santa María, incluyó la Missa O Magnum Mysterium, de Palestrina, y el motete Verbum Caro Factum est, de John Sheppard. Sociedad de San Hugo de Cluny.
 
 
 
 
 
 

Estas imágenes pertenecen a la solemne Santa Misa Tridentina de la solemnidad de la Natividad del Señor, oficiada por el P. Stefan Reiner, Fssp, en la iglesia parroquial de Opfenbach, en Baviera (Alemania), asistido por el P. Hubert Bizard, Fssp, y el P. Thibault Paris, Fssp, que actuaron como diácono y subdiácono, respectivamente.



Primera Misa Tridentina Pontifical en más de cuatro décadas en la catedral de Morelia, Michoacán (Méjico)
El pasado 24 de diciembre, víspera de Navidad, a las 12 horas, S. E. R. Mons. Alberto Suárez Inda, Arzobispo de Morelia, ofició la solemne Santa Misa Tridentina Pontifical en la catedral de Morelia, Michoacán (Méjico), durante la cual recibieron el sacramento de la Confirmación dos jóvenes. Es la primera vez que se oficia públicamente el Rito Romano antiguo en este templo, así como la primera vez que lo hace un arzobispo en todo Méjico, desde hace más de 45 años. Fotos: D. Luis Remírez (Facebook).
 

Santa Misa Tridentina de la fiesta de Santo Tomás y Vísperas solemnes durante una salida de los seminaristas de la FSSP en Baviera (Alemania)

Hoy, 26 de diciembre, termina el primer trimestre en el Seminario de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro de Wigratzbad, en Baviera (Alemania). Antes de la fiesta de Navidad, que estuvo precedida por un retiro que se realizó el lunes 23, los seminaristas realizaron una última excursión, organizada el sábado 21 de diciembre, fiesta del apóstol Santo Tomás. A una hora en coche hacia el este de Wigratzbad, el día comenzó con la solemne Santa Misa Tridentina en la iglesia parroquial de Nesselwang, oficiada por el Rector, el P. Patrick de Fay, asistido por el P. Olivier de Nedde como diácono y el P. Pierre de Montlaur como subdiácono. Después del almuerzo en el salón parroquial, los seminaristas realizaron una caminata de una hora y media en torno a un lago y una reserva natural, cerca del pueblo de Schiken. Luego se dirigieron a la localidad de Kempten, capital de la región, para la visita guiada a la residencia de los príncipes abades, seguida de otra al mercado de Navidad. Por último, el día terminó con las Vísperas solemnes en la capilla de peregrinación de Maria Schnee en Legau. Seminario San Pedro - Wigratzbad.
 

Stefano M. Manelli: Questa crisi, che abbraccia tutta intera la vita della Sposa di Cristo, "dipende in gran parte dal crollo della liturgia" avvenuto non nel Concilio, ma nel post-concilio secondo Sua Santitá Benedetto XVI.

Stefano M. Manelli FI. Il 'Summorum Pontificum' per la crescita della vita religiosa



Carissimi,
una recente preziosa citazione di Luisa e il dipanarsi della vicenda dei FI con i frequenti riferimenti a Padre Manelli, mi ha richiamato alla memoria l'occasione in cui ho avuto la gioia spirituale di ascoltarlo, nel corso del 2° Convegno Summorum Pontificum, nell'ottobre 2009, di cui potete leggere qui il mio resoconto di allora, corredato di alcune immagini.
Un intervento di grande spessore quello di P. Manelli, che ci dà la possibilità di cogliere molte luci ed ombre del momento presente. Ne inserisco di seguito uno stralcio della Prima parte, tratto del volume degli Atti pubblicati da Fede e Cultura (p. 75-85) e aggiungo il video con la presentazione di p. Nuara.


IL MOTU PROPRIO SUMMORUM PONTIFICUM
PER LA CRESCITA DELLA VITA RELIGIOSA

P. STEFANO M. MANELLI, F.I.
(Fondatore e Ministro Generale dei Francescani dell'Immacolata)

Introduzione

Per la conoscenza della Divina Rivelazione noi abbiamo le pure acque dell'unica "sorgente", la Sacra Scrittura, che formano il grande "fiume" della perenne tradizione in cammino lungo i secoli e i millenni della vita della Chiesa: tradizione perenne, espressa in maniera mirabile soprattutto dai Padri della Chiesa.

Tra questi Padri della Chiesa, sant'Ambrogio, nel suo Esamerone, scrive così: "La Chiesa, come la luna, ha frequenti i suoi smarrimenti e le sue rinascite, ma proprio in virtù dei suoi smarrimenti crebbe e meritò di ampliarsi... Rifulge la Chiesa non di luce propria ma della luce di Cristo e trae il suo splendore dal Sole di giustizia" (IV, 32).

Parlare dell'immagine e della realtà della "luna" applicata alla Chiesa è certo cosa sconosciuta alla cristianità moderna e potrebbe suonar forse irriverente agli orecchi di chi ad essa guarda come alla luce suprema che illumina il mondo. Ma il santo Vescovo di Milano con la sua penetrante e sorprendente parola aiuta a conoscere più in profondità il mistero ecclesiale.

Due considerazioni occorre trarre dal pensiero ambrosiano. La Chiesa non brilla di luce propria ma, come la luna, riverbera gli splendori del Signore Crocifisso e risorto. Una Chiesa che non propagasse più la luce del suo Fondatore non sarebbe più la "sua" Chiesa, ma altro. La "lunaticità" della Chiesa, espressione adoperata dal Card. Biffi, non deve sorprendere.
Ancora sant'Ambrogio di Milano, con la sua intelligenza chiara e amorosa, scrive che la Chiesa è "ex maculatis immaculata", è senza macchia, ma fatta da uomini peccatori: essa, che non è mai senza peccatori , è sempre in se stessa senza peccati. Nella sua compagine umana dunque essa non può non essere "lunatica" poiché riflette la fragilità e la debolezza dell'umanità decaduta in cammino verso il regno dei Cieli.
"La 'lunaticità' della Chiesa" scrive appunto il Cardinale Giacomo Biffi "si manifesta soprattutto nelle continue oscillazioni davanti a noi della sua luminosità. Come la luna, anch'essa è in sé sempre allo stesso modo `rivestita di sole', ma non allo stesso modo appare al nostro sguardo. Arrivano momenti in cui il fulgore è sottile come una lama e basta appena a indicare una presenza, e momenti in cui ogni luce pare addirittura inghiottita dalla notte: c'è un'ora delle tenebre, anche se non c'è una loro vittoria definitiva"[62].
Memori delle parole e del pensiero del santo Vescovo di Milano, volgiamo ora il nostro sguardo alla realtà ecclesiale nella quale viviamo: diciamo pure, anzitutto, che non è certamente difficile ammettere, oggi, che lo splendore della Sposa di Cristo sta attraversando un'eclissi di proporzioni forse uniche nella sua storia bimillenaria.
Questa crisi, che abbraccia tutta intera la vita della Sposa di Cristo, secondo il Santo Padre Benedetto XVI, "dipende in gran parte   dal crollo della liturgia"[63] avvenuto non nel Concilio, ma nel post-concilio.
Tali parole, riprese in un altro suo testo, si estendono persino al di là dei limiti della Chiesa, per costituire un elemento fondamentale dell'intera vita e di tutto l'ambiente umano: "II diritto e la morale non stanno insieme" scrive ancora il Papa "se non sono ancorati nel centro liturgico e non traggono da esso ispirazione [...]. Solo se il rapporto con Dio è giusto anche tutte le altre relazioni dell'uomo - quelle degli uomini tra di loro e dell'uomo con le altre realtà create - possono funzionare "[64].
Ma dove risiede il fondamento di questa influenza del culto liturgico sulla vita umana in generale? Con parole di luce superna. il Cardinale Ratzínger risponde nel seguito del testo citato: "L'adorazione, la giusta modalità del culto, del rapporto con Dio, è costitutiva per la giusta esistenza umana nel mondo: essa lo è proprio perché attraverso la vita quotidiana ci fa partecipi del modo di esistere del `cielo', del mondo di Dio, lasciando così trasparire la luce del mondo divino nel nostro mondo [...]. (Il culto) prefigura una vita più definitiva e, in tal modo, dà alla vita presente la sua misura. Una vita in cui manca tale anticipazione, in cui il cielo non è più abbozzato, diverrebbe plumbea e vuota"[65].
Per il Papa, dunque, la liturgia della Chiesa diviene il canale privilegiato del governo divino sulla terra, e possiede di per sé una potenza demiurgica che plasma sul suo modello gli eventi mondani, facendosi "misura" alla "vita presente"[66].
Se la liturgia ha un impatto vitale su tutta la vita ecclesiale, si può facilmente immaginare l'incidenza primaria che essa esercita sulla vita religiosa in particolare. La confusione liturgica postconciliare, infatti, si è ripercossa sulla vita religiosa con una tale forza devastante che non di "crescita della vita religiosa" (secondo il titolo della relazione) occorrerebbe parlare, ma piuttosto di "ripresa" e ancor più di "recupero" o di "salvataggio" della vita religiosa. Senza dilungarci su questa tristissima situazione, lasciamo parlare le statistiche perché, per dirla con l'Aquinate, "contra factum non valet argumentum".
Il religioso clarettiano Angel Pardilla, professore al "Claretianum", in un accuratissimo studio dal titolo I religiosi ieri, oggi e domani (Editrice Rogate, Roma, 2007), ha fatto il punto in modo pressoché esaustivo sul primo quarantennio postconciliare, ossia sul periodo 1965-2005, riguardo alle perdite totali e percentuali degli Istituti maschili di diritto pontificio, soffermandosi in modo particolare sui canonici regolari, i monaci, i cosiddetti Ordini Mendicanti, i chierici regolari, le Congregazioni religiose clericali e laicali, e gli Istituti di vita apostolica. Ebbene queste sei tipologie di vita religiosa hanno tutte, senza alcuna eccezione, avuto dei cali drammatici in entrata e dei più o meno grandi abbandoni: gli uni e gli altri non di rado superiori al 50%!
Facciamo alcuni esempi significativi.
I sei ordini religiosi maschili più consistenti nel 2005 (e certamente ancora oggi) erano i Gesuiti (19.850 membri), i Salesiani (16.645), i Frati Minori (15.794), i Cappuccini (11.229), i Benedettini (7.798) e i Domenicani (6.109). I medesimi però nel 1965 avevano ben altri numeri: 36.038, 22.042, 27.009, 15.838, 12.070, 10.091.
Se i religiosi in totale erano 329.799 nel 1965, quarant'anni dopo la chiusura del Concilio ne restavano 214.903. Circa 115.000 religiosi, più di un terzo di tutti i religiosi sono venuti meno in questi quarant'anni di post-concilio: per rifare i 115.000 religiosi perduti in soli quarant'anni, ci vorranno forse diversi secolì[67]
Si aggiunga, infine, che il triste cammino di questa mortifera "retromarcia" continua oggi disastrosamente, sapendo che, ad esempio, i Frati Minori stanno diminuendo di circa 300-400 frati ogni anno, i Gesuiti di circa 400-500 ogni anno. Né ci sono segnali d`inversione" di questa mortifera retromarcia[68].
Orbene, di fronte a questa impressionante ecatombe della vita religiosa, che è avvenuta e che sta ancora avvenendo, il Motu Proprio Summorum Pontificum sembra voler esser davvero un'ancora di salvezza per recuperaree il preziosissimo patrimonio liturgico e spirituale che la tradizione degli Istituti religiosi ha gelosamente custodito per secoli e secoli, manifestando appunto la vitalità e la fecondità perenne del Vetus Ordo sia con la crescita vocazionale negli Istituti, sia con il dono di una teoria di Santi donati alla Chiesa, sia con la fioritura della grande arte sacra (pittura, scultura, architettura), della grande musica, della grande poesia e letteratura: tutto per la gloria di Dio e per l'edificazione del Corpo di Cristo.
È indubitabile, infatti, che esiste un rapporto strettissimo, di primaria necessità e fondamentale valore, fra la vita religiosa e la liturgia, per cui la vita religiosa di ogni istituto non può non dipendere, e quindi essere radicalmente condizionata dalla liturgia, sia nel suo avanzare come nel suo retrocedere.
E se in questo avanzato quarantennio post-concilare la vita religiosa è stata ed è in rovinosa retromarcia, per non dire autodistruzione, non si può nascondere le concrete responsabilità di una liturgia in deficit di consistenza in quello che dovrebbe essere il suo connaturale compito di alimentare e sostenere la vita religiosa.
Riflettiamoci brevemente.

PRIMA PARTE
I. Vita religiosa e liturgia

La vita religiosa è la consacrazione a Dio di tutta la persona, e manifesta nella Chiesa la mirabile istituzione voluta da Dio, quale segno escatologico della vita futura. Ogni religioso porta a compimento la sua totale donazione come sacrificio offerto a Dio, e per questo l'intera sua esistenza, quale offerta-sacrificale, diviene un ininterrotto culto a Dio nella carità. Tale ininterrotto "culto a Dio" trova appunto la sua manifestazione più piena e completa nella sacra liturgia, che regola e anima ogni giornata della comunità religiosa, con la Santa Messa e con la celebrazione del Divino Ufficio che scandisce le ore stesse della giornata.
In ogni istituto religioso, infatti, la preghiera, nei tempi chiave della giornata, deve occupare sempre il primo posto e deve essere esemplare e fervida in ogni sua espressione. Amare la preghiera, vivere di preghiera, aspirare alla preghiera continua, come comanda il Signore: "Bisogna sempre pregare" (Lc 18,1), come insegna san Benedetto: "Ora et labora" come raccomanda il serafico Padre san Francesco: "Pregare sempre, con cuore puro" (Regola, cap. X), è dovere fondamentale e vitale.
È importante però tener presente che la preghiera più perfetta della Chiesa, e la preghiera più propria dei religiosi, è appunto la sacra liturgia[69].
Basterebbe qui ricordare, fra i molti e santi autori, il beato Dom Columba Marmion, celebre Abate di Maredsous (Belgio), autore di pregiatissime opere spirituali e liturgiche, il quale, nel suo libro dedicato alla vita religiosa, Cristo ideale del monaco, pone il suo accento precisamente sull'importanza fondamentale della vita di preghiera nella vita monastica, e in particolare della preghiera liturgica, evidenziando l'importanza ineludibile non solo della Santa Messa, ma anche dell'Ufficio Divino. Egli afferma infatti che "la recita dell'Ufficio Divino, da san Benedetto chiamato 'Opus Dei', è la preghiera della Chiesa per eccellenza, e ha un privilegio inalienabile e incomunicabile, perché è l'opera dì Dio, compiuta con Gesù Cristo, in suo nome, dalla Chiesa che è la sua Sposa. Per codesta lode, [...] la Chiesa non si accontenta del culto comune a tutti i suoi figli, ma, come sceglie alcuni tra i suoi figli per associarli, particolarmente e con preferenza, al Sacerdozio eterno del suo Sposo, così affida a un'eletta porzione di essi la lode più importante e più apprezzata: sono i sacerdoti e i religiosi che compiono le funzioni in coro. La Chiesa ne fa i suoi ambasciatori presso il trono divino; li sceglie per deputarli al Padre in nome suo e dello Sposo"[70].
La preghiera liturgica, quindi, è la preghiera più propria dei Religiosi, tanto che, si può ben dire, ogni ora della giornata monastica, o della fraternità religiosa, è scandita da essa. Negli Istituti religiosi, infatti, ciò che abitualmente è intesa come "vita comune" comprende come sua prima e speciale espressione proprio la "preghiera in comune", ossia la preghiera liturgica, che diviene l'anima della comunità religiosa. Raccolti in coro, uniti in una sola voce, i religiosi, per l'intera umanità, rendono a Dio il culto che Gli è dovuto.

2. Vita religiosa e Santa Messa


Sicuramente il motivo spirituale ancor più profondo che lega la vita religiosa alla liturgia è, in particolare, la preghiera liturgica per eccellenza, ossia la Santa Messa. Lo stato religioso infatti, seguendo il pensiero di autori spirituali di primaria importanza quali il P. Ludovic Colin e il beato Columba Marmion, ha un legame particolarissimo con il Santo Sacrificio dell'altare.
"Che cosa è ìl religioso?" sì chiede P. Ludovic Colin. E risponde: "Un'ostia. E la vita religiosa? Una messa mistica"[71].
Per ogni religioso, infatti, l'emettere i tre voti significa salire sul Calvario, essere con-crocifisso con Gesù! Il religioso, in realtà, vi deve salire per rendersi una cosa sola col suo Signore Crocifisso, e ogni volta che il sacrificio della croce sì rinnova sull'altare, allora anch'egli rinnoverà il suo sacrificio e si metterà nuovamente sull'altare con la Vittima divina.
L'uomo, in quanto consacrato e votato totalmente a Dio, poiché muore al mondo per vivere in Dio, compie un sacrificio, un vero olocausto. Questo sacrificio, dopo la Messa e il martirio, è il più perfetto, il più gradito a Dìo e il più fecondo per ìl tempo e per l'eternità. E, di fatto, nello stato religioso noi possiamo ritrovare tutti gli elementi costitutivi del sacrificio dell'altare, ossia: oblazione (all'offertorio), immolazione (alla consacrazione), consumazione della vittima (alla comunione).
Il religioso che fa voto di povertà, di castità e d'obbedienza, non solo offre se stesso a Dio, ma la formula stessa dell'offerta vuol essere anche un atto di consacrazione, con cui avviene, potrebbe dirsi, la trasformazione del cristiano in religioso per essere una vittima spirituale e un'ostia santa.
Il religioso, in realtà, con la professione, donandosi, si consacra da se stesso al servizio divino: Dio, a sua volta, ratifica e conferma per l'eternità questa consacrazione. Come è stato giustamente osservato, la professione religiosa è insieme opera dell'uomo e opera di Dio. Dio prende, per così dire, nelle sue mani l'anima che gli si offre, e la benedice: "Accepit in manus suas et benedixit". Questa benedizione non è una parola priva di senso, ma un atto. un'opera di santificazione e di consacrazione.
E la consacrazione comporta l'immolazione e la consumazione totale della vittima. È questo l'aspetto più austero e splendido, il fulcro dello stato religioso. Di fatto, il religioso è, per vocazione. un essere sacrificato, un'ostia viva che si consuma interamente in olocausto d'amore per la gloria di Dio e per la salvezza delle anime.
"Non si tratta d'immolazione cruenta: qui il sangue dell'anima sta in luogo di quello delle vene; per un sacrificio spirituale basta una morte mistica. Così scrive ad esempio san Francesco di Sales ad una figlia spirituale: «Eccovi, mia cara figlia, in spirito sull'altare consacrato per esservi sacrificata, immolata consumata in olocausto al cospetto del Dio vivente»"[72].
E il nostro Sommo Pontefice, Benedetto XVI, per la celebrazione dell'Anno Sacerdotale in corso, volendo affiancare a: santo Curato d'Ars, modello per i preti, anche un modello di santo sacerdote, per i religiosi, ha scelto san Pio da Pietrelcina, santo dei nostri tempi, Francescano Cappuccino, stimmatizzato sanguinante per cinquanta lunghi anni di vita, da Papa Paolo VI definito felicemente "Rappresentante stampato delle stimmate di Nostro Signore Gesù Cristo", straordinario sacerdote che soprattutto nella celebrazione della Santa Messa appariva, come san Francesco d'Assisi, vera "immagine di Gesù Crocifisso" (dal prefazio della Messa di san Francesco d'Assisi).

3. Vita religiosa e Ufficio Divino

Le preghiere liturgiche superano in valore ed efficacia qualunque altra lode o preghiera od opera buona. E verità incontestabile, e i santi l'hanno ben compresa. Santa Maddalena de' Pazzi, ad esempio, stimava la recita delle Ore canoniche più di qualunque altra devozione privata. Quando una religiosa chiedeva dispensa per attendere all'orazione, rispondeva: "No, figliuola; la ingannerei se glielo permettessi; perché potrebbe credere che codesta sua devozione particolare più onori Iddio e la renda più accetta a sua Divina Maestà; mentre essa è poca cosa comparativamente all'Ufficio che recita con le consorelle".
Così pensano i santi, così parla la fede: l'Ufficio Divino vale più di qualsiasi altra opera; è veramente l'opera di Dio per eccellenza; le altre sono "opera hominum", mentre l'Ufficio Divino è da Dio, come omaggio di lode che da Dio proviene per il Verbo Incarnato, presentato dalla Chiesa in nome di Cristo.
L'Ufficio Divino può diventare, e tale è sovente per alcuni, un vero sacrificio; e allora può dirsi nel senso completo: "Sacrificium laudis" (Sal 49,23). Ciò può avvenire per diversi motivi: anzitutto perché la recita dell'Ufficio (soprattutto l'Ufficio antico) segue norme e cerimonie ben precise a cui bisogna attenersi fedelmente. E ciò costituisce l'aspetto penitenziale della lode di Dio. Inoltre, occorre dominare la mente con un'attenzione amorosa alla divina Salmodia e, a tal fine, sono necessari ripetuti sforzi per vincere l'apatia e la naturale leggerezza. Sono tutti sacrifici graditi a Dio.
A ciò si aggiungono, di solito, le sofferenze occasionate dalla vita comune. Se è uno spettacolo edificantissimo vedere i religiosi riuniti nella preghiera corale, bisogna anche ricordare che ciò importa molti sacrifici, inevitabili e spesso rinnovati, pur non volendo: "Sumus homines fragiles... qui faciunt invicem angustias"[73].
Sull'esempio del divin Maestro, che fu orante fra gli strazi indicibili della crocifissione, il religioso deve saper lodare Dío non solo quando è ripieno di consolazione, ma anche, e soprattutto, quando soffre. Le anime amanti seguono Gesù dappertutto, e lo seguono più volentieri al Golgota che al monte della Trasfigurazione.
Chi restò infatti con Gesù ai piedi della Croce? La Vergine Madre, che lo amava con amore pienamente disinteressato; la Maddalena, la peccatrice alla quale Gesù aveva perdonato molto perché molto amava; e san Giovanni, che aveva la scienza del cuore divino. Tutti e tre rimasero là, al loro posto, quando l'anima del Pontefice supremo, Cristo, offriva per la salvezza del mondo il suo cantico doloroso; gli altri apostoli, invece, e anche san Pietro che aveva fatto tante proteste d'amore a Gesù, erano lontani dal Calvario, pensando magari al monte Tabor dove, invece, sarebbero stati bene: "Bonum est nos hic esse; si vis, faciamus hic tria tabernacula" (Mt 17,4).
La Santa Messa e l'Ufficio Divino, dunque, costituiscono, in sostanza, l'anima della vita religiosa, la divina sorgente a cui ogni giorno il religioso s'abbevera e con cui si rafforza per crescere nella sua vita d'unione col Signore Crocifisso, fino alla perfetta conformità con Lui (cfr. Rm 8,29). Si comprende bene dunque l'importanza che hanno la Messa e l'Ufficio Divino nella vita religiosa in genere e nella vita del singolo religioso in particolare.
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62 GIACOMO BIFFI, Quando ridono i cherubini. Meditazioni sulla vita della Chiesa, Bologna, 2006, p. 114.
63 JOSEPH RATZINGER, La mia vita: ricordi, 1927-1977, Edizioni San Paolo, Cinisello Balsamo, 1997, p. 112.
64 JOSEPH RATZINGER, Introduzione allo spirito della liturgia. Edizioni San Paolo, Cinisello Balsamo, 2001, p. 16.
65 Ibidem.
66 D. VENTURA, "Papa Benedetto XVI e la Liturgia", conferenza tenuta a Bologna, presso la chiesa di S. Maria della Pietà, il 22 febbraio 2009, in occasione del III` anniversario dell'apertura della causa di beatificazione del Servo di Dio Tomas Josef M. Tyn O.P. In linea e in armonia con il pensiero di Papa Ratzinger si vedano gli studi di alto profilo di D. VON HILDEBRAND, Liturgia e Personalità, Brescia, 1948, e di MARTIN MOSEBACH, L'eresia dell'informe, Ed. Cantagalli, Siena, 2009.
67 Questi dati sono anche da mettere in relazione con l'aumento dei battezzati nello stesso periodo, con l'innalzamento contemporaneo, non così lieve, della vita media, per cui, oggi, una buona parte dei religiosi appartengono alla terza età.
68 E le cose vanno ancora peggio nei riguardi delle "religiose", secondo un altro studio dello stesso Autore, ANGEL PARDILLA, Le religiose ieri, oggi e domani, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano, 2008.
69 La preghiera liturgica, infatti, come scrive il celebre Abate di Solesmes, Dom Prosper Guéranger, "è la preghiera per eccellenza che riunisce in un solo coro tutte le molteplici voci dei fedeli, è la più gradita all'orecchio e al cuore di Dio, e perciò la più potente. Beato dunque colui che prega con la Chiesa, che unisce i propri voti particolari a quelli di questa Sposa, diletta dallo Sposo e sempre esaudita!" (D.P. GUÉRANGER, L'Anno Liturgico, Introduzione, Alba, 1956). Ugualmente, con parole ardenti, il beato Cardinale Ildefonso Schuster scrive che la preghiera liturgica è "un poema sacro, al quale veramente hanno posto mano e cielo e terra, e in cui l'umanità redenta nel Sangue dell'Agnello senza macchia, sulle ali dello spirito, si libra a volo altissimo, spingendosi sin presso al trono di Dio [...]. La sacra liturgia non solo rappresenta ed esprime l'ineffabile e il divino, ma per mezzo dei Sacramenti e delle sue formule eucologiche lo produce, a dir così, e lo compie nelle anime dei fedeli, ai quali comunica la grazia della Redenzione. Si può anzi dire che la stessa fonte della santità della Chiesa è tutta compresa nella sua liturgia, cosicché senza i divini Sacramenti, la passione del Salvatore, nella presente economia istituita da Dio, non avrebbe su di noi alcuna efficacia, per mancanza di istrumenti atti a trasmettercene i tesori" (I. SCHUSTER, Liber Sacramentorum, Torino-Roma, 1929, p. 1).
70 COLUMBA MARMION, Cristo ideale del monaco, Piemme, Padova, 1961, p. 319.
71 LUDOVIC COLIN, Il Culto dei voti, Ed. Padri Redentoristi, Torino Roma, 1952, p• 15.
72 Ivi, p. 23.
73 Basta riflettere poco, infatti, per capire che in paradiso, la Lode di Dio si celebra nell'armonia eterna della gioia traboccante; quaggiù, in questa valle di lacrime, invece, avviene nella sofferenza. Gesù cantò le lodi del Padre non soltanto sul Tabor, ma anche sulla Croce; e sant'Agostino dice apertamente che, sul Golgota, Nostro Signore recitò il Salmo 21 che comincia con le parole: "Deus, Deus mens, respíce in inc: quale me dereiiquisti"; salmo messianico commovente, il quale esprime non solo le circostanze della Passione, ma i sentimenti del nostro Salvatore benedetto. Nelle tenebre del Calvario, fra torture indicibili. Gesù recitava l'Ufficio; e ben più che sul Tabor, Egli dava infinita gloria al Padre, perché soffriva.

Para Juan Martín Velasco, há uma atualidade da mística numa época de eclipse cultural e social de Deus e de profunda e massiva crise das religiões

A mística e o mistério hoje

Para Juan Martín Velasco, há uma atualidade da mística numa época de eclipse cultural e social de Deus e de profunda e massiva crise das religiões estabelecidas. Uma atualidade originada pela sede de experiência espiritual de que muitas pessoas padecem numa cultura instalada na imanência

Por: Moisés Sbardelotto | Tradução de Benno Dischinger

As experiências místicas remetem às experiências do sujeito. Mas também são “experiências singulares que se destacam porque superam o modo de relação sujeito/objeto vigente no resto das experiências humanas”. E todos esses aspectos “remetem, como sua raiz, a algo mais fundamental que outorga a todas essas experiências seu verdadeiro significado. É a referência a um termo, o dado na experiência, seu conteúdo, que os sujeitos designam com os mais variados nomes: o Todo, o Absoluto, o Divino, o Tao, Brama, Deus, o Espírito”. Para Juan Martín Velasco, professor emérito de Fenomenologia da Religião da Universidade Pontifícia de Salamanca e da Faculdade de Teologia San Dámaso, na Espanha, para entender o fenômeno religioso é preciso entender o “mistério”, aquela “realidade anterior e superior – um supra e um prius – presente em todos os sistemas religiosos e que pode inclusive manifestar-se ao homem sob formas não religiosas”.
Esse mistério também foi “entendido” por Teresa de Jesus, que marcou a história do pensamento – “adiantada à experiência moderna da subjetividade” –, a história da Igreja – “como promotora de uma reforma que serviu de modelo à renovação católica da vida religiosa” – e até a história em si – “pela influência social que sua forma revolucionária de viver a condição feminina exerceu”, afirma, em entrevista concedida por e-mail à IHU On-Line. Inspirado em Teresa, Velasco questiona os cristãos de hoje: “Saberemos interpretar, como Igrejas, o sinal dos tempos que supõe, por uma parte, o abandono de tantos de seus membros, e, por outra, a sede de experiência, o desejo de transcendência, o interesse pela mística, a busca do espiritual que manifestam grupos cada vez mais importantes e variados de pessoas?”. Mas oferece uma resposta confiante: “Místicos hoje? Estou certo que sim. Místicos enquanto existam seres humanos, embora provavelmente sob formas tão variadas como eles e os tempos em que lhes caiba viver”.
Juan Martín Velasco é professor emérito de Fenomenologia da Religião da Universidade Pontifícia de Salamanca, em Madri e da Faculdade de Teologia San Dámaso, especialista em temas relacionados à mística. É doutor em filosofia pela Universidad Católica de Louvain, na Bélgica. Foi reitor do Seminário de Madri (1977-1987) e diretor do Instituto Superior de Pastoral da Universidade Pontifícia de Salamanca durante 16 anos. Em português, publicou Doze místicos cristãos (Ed. Vozes, 2003) e A experiência cristã de Deus (Ed. Paulinas, 1994). Dentre suas outras obras, destacamos El fenómeno místico (Ed. Trotta, 1999) e Introducción a la fenomenología de la religión (Ed. Trotta, 2006).
Confira a entrevista.

IHU On-Line – O que é mística para o senhor? Como a interpreta no contexto contemporâneo?
Juan Martín Velasco – Os elementos visíveis do fenômeno místico remetem, como elemento central do mesmo, às experiências do sujeito. São experiências singulares que se destacam porque superam o modo de relação sujeito/objeto vigente no resto das experiências humanas. Elas produzem ou comportam com frequência estados alterados de consciência; vão acompanhadas de profundas comoções afetivas; e levam consigo um alto índice de referência à realidade, o qual produz no sujeito a segurança de estar com o verdadeiramente real.
Mas todos estes aspectos remetem, como sua raiz, a algo mais fundamental que outorga a todas essas experiências seu verdadeiro significado. É a referência a um termo, o dado na experiência, seu conteúdo, que os sujeitos designam com os mais variados nomes: o Todo, o Absoluto, o Divino, o Tao, Brama, Deus, o Espírito. Uma realidade que comporta em todos os casos e sob essa enorme variedade de nomes uma série de traços originais que conferem sua peculiaridade última à experiência pela qual o sujeito entra em contato com ela. Qual é essa realidade?
Se nos perguntássemos por essa realidade somente a partir dos testemunhos da tradição mística cristã teríamos que identificá-la com Deus, sob a forma de Pai de Nosso Senhor Jesus Cristo, que se nos dá como Espírito vivificante. Mas a presença de experiências de tal tipo em tradições religiosas que desconhecem essa forma de identificação, que não dispõem de uma representação para ela em termos propriamente teístas, ou inclusive carecem de toda representação para a realidade à qual remetem, força o estudo comparado das experiências místicas a buscar uma categoria para a identificação dessa realidade mais ampla do que aquela que constitui a representação cristã de Deus. Em nossa maneira de entender o fenômeno religioso essa categoria está resumida no termo “mistério”. Com ela nos referimos à realidade anterior e superior – um supra e um prius – presente em todos os sistemas religiosos e que pode inclusive manifestar-se ao homem sob formas não religiosas, como sucede em algumas formas de espiritualidade à margem das religiosas nas sociedades submetidas a uma forte secularização e a uma aguda crise das religiões tradicionais.
A leitura das referências religiosas à realidade significada com essa categoria nos símbolos, nas orações e nas representações conceituais das teologias nos tem levado a descobrir alguns poucos traços comuns a todas essas representações, configurações e concepções do “além” absoluto ao qual remetem os diferentes elementos de todos os sistemas religiosos. Tais traços são: a absoluta transcendência, expressa simbolicamente em sua condição de invisível, em sua total “outridade” em relação com todo o mundano, em sua superioridade absoluta e, sobretudo, no fato de que o homem só pode entrar em contato com ela transcendendo as possibilidades de todas as suas faculdades e passando pela noite ou negação e superação de todas elas.
Podemos concluir que a experiência dos místicos, cume da experiência religiosa, remete como ao seu conteúdo, seu termo e sua raiz, à Presença originante da mais absoluta transcendência no mais íntimo da realidade e da própria pessoa, que estabelece com ela uma relação inteiramente original.
Se tivesse que resumir num só traço o peculiar da experiência mística em relação com o comum das experiências religiosas, diria que se trata de uma experiência imediata por contato amoroso com a realidade experienciada. “Imediata”, porque isso é justamente o que o místico anelou ao longo de todo o processo: “Descobre tua presença / e mate-me tua vista e formosura...”. Daí que São João da Cruz, por exemplo, fale de sua experiência como “toques substanciais de divina união entre a alma e Deus”; “toque somente da divindade na alma, sem forma nem figura alguma intelectual nem imaginária” . Porém com uma imediatez que, dada a absoluta transcendência da Presença com a qual o sujeito entra em contato, não pode ser mais do que “imediatez imediata”, porém mediada na própria alma convertida em meio da experiência da união.

IHU On-Line – No contexto das sociedades contemporâneas, especialmente nas crises econômicas e sociais dos últimos anos, ainda há espaço para a experiência mística? Qual a atualidade da mística?
Juan Martín Velasco – Alguns traços da atual situação parecem tornar nossa época refratária a qualquer forma de mística. Pensemos na grave crise das religiões estabelecidas, o crescimento da descrença e a crise de Deus, que poderia estar afetando em boa medida não poucas pessoas que creem. Sem embargo, não faltam indícios da aparição em sintomas às vezes ambíguos, de profundas necessidades humanas que deixam insatisfeita a cultura contemporânea somente científico-técnica e centrada no econômico como valor supremo. Disso dá conta a proliferação de novos movimentos religiosos e, sobretudo, o aparecimento de numerosas formas de busca espiritual com manifestações que contém não poucos traços, pelo menos no nível psicológico das experiências que suscitam, comuns com os que têm tornado presentes as tradições místicas. Em não poucos casos, alguns de seus representantes identificam como místicas suas próprias experiências e não receiam identificar-se a si mesmos como místicos, isso sim, sui generis.
Isso faz com que, se em outras épocas o problema mais importante para os estudiosos da mística era justificar a existência do objeto de seu estudo, o principal problema para eles agora é pôr ordem na exuberante floração de fenômenos que recebem esse nome e em discernir entre as formas religiosas e não religiosas de mística e, em nosso caso, sublinhar o que tem de peculiar a mística cristã.
Mas, a situação atual abre outro campo importante à atenção dos estudiosos da mística. Os místicos têm refletido ao longo da história as situações históricas em que viviam. Os de nossa época não são uma exceção. Assim, o “eclipse de Deus”, seu obscurecimento social e cultural, parece haver influído na agudização – para os grandes místicos de nosso tempo: Teresa de Lisieux, Dietrich Bonhoeffer , Teresa de Calcutá e outros – da passagem pela noite que toda verdadeira mística comporta.
Por outra parte, a sucessão de catástrofes humanitárias ao longo do século XX e sua continuação em nossos dias, na injustiça generalizada que condena massas de pessoas a formas desumanas de vida e a uma morte prematura, fizeram reaparecer os acentos proféticos em não poucos dos místicos atuais. Surgiu assim a mística de olhos abertos à injustiça e ao sofrimento que comporta, à mística de compaixão por suas vítimas, representada pela espiritualidade surgida no seio da teologia da libertação, com Madre Teresa de Calcutá, Simone Weil, Etty Hillesum e tantos outros menos conhecidos.
Assim, a situação de pluralismo religioso provocada pelo acesso à consciência planetária e o fato da globalização levou não poucos místicos cristãos: Thomas Merton, W. Johnston, entre outros muitos, a prestarem atenção às místicas presentes em outras tradições, sobretudo orientais, e a entabular com elas um diálogo “intrarreligioso” (R. Panikkar) no nível mais profundo da vida espiritual. Por último, talvez a situação atual de evidente crise do sujeito, de perigo de desumanização para os humanos, explique a aparição de estudos que começam a destacar a relação entre mística e humanismo e a inestimável contribuição à causa do homem que poderia supor a vida mística encarnada em sujeitos atentos à atual situação e sensíveis às oportunidades e aos perigos que comportam para o humano.

FONTE

DESEJAMOS A TODOS OS AMIGOS QUE NOS VISITAM UM ANO NOVO CHEIO DAS MAIORES BÊNÇÃOS E GRAÇAS DO CÉU: QUE A MÃE DE DEUS E NOSSA MÃE NOS OBTENHA O DOM DA PAZ E DA ALEGRIA DE SERMOS FILHOS DE DEUS.