quarta-feira, 9 de fevereiro de 2011

La belleza que fascina

 
El rostro del catolicismo ha mostrado una faz gloriosa, es decir, luminosa, bella y transparente, durante siglos en el esplendor y hondura espiritual de la Santa Misa y de sus oficios que impresionaron tanto que incluso lograba conversiones –como la de Paul Claudel en el Magnificat de unas Vísperas navideñas en Notre-Dame de París-. Hoy ya no es así, y recuperar la fuerza espiritual y sagrada de la liturgia es uno de los caminos por donde transita actualmente la Iglesia.

    Algunos han pretendido lograr la unión entre la religión y la vida rebajando y adaptando la religión a las modas del momento, perdiendo su esencia y su belleza, persiguiendo metas meramente mundanas. Los actos de culto religioso han de ayudar a trascender lo mundano, y no mundanizarse so pretexto de integrar, de atraer, de renovar, de participar: lemas tan en boga y a la vez tan vacíos y fracasados. Parece que no se dan cuenta de la importancia básica de lo sagrado en la religión que nos hace salir de nosotros mismos para estar ante Dios, embotando el sentido sagrado de la religión y de la liturgia. Al final profanan la liturgia, es decir, la convierten en algo mundano, profano, corriente. 
 
¿Pero este comportamiento responde al deseo y a la intención de quien acude a la iglesia? 
 
¿No se desprecia el sentido religioso inscrito en el corazón del hombre independientemente de la mayor o menor formación intelectual y académica? 
 
¿Acaso quien entra en la iglesia con corazón puro no lo hace buscando a Dios, dejándose envolver por el Misterio?

    La belleza, que atrae y fascina al espíritu humano, lo eleva sobre sí mismo a la Belleza que es Dios, ha sido desterrada de la liturgia, introduciendo formas, modos de comportarse, dinámicas e incluso la misma música y canto, que son vulgares, de mal gusto, sin hermosura alguna ni espiritualidad (el “feísmo” se llama en filosofía a este fenómeno). Frente a esta desfiguración de la belleza en la liturgia, sólo hay hoy un camino para el catolicismo: el cuidado, el respeto y la delicadeza por la liturgia, su belleza y sacralidad.

    Con palabras del papa Benedicto: 
“En toda forma de esmero por la liturgia, el criterio determinante debe ser siempre la mirada puesta en Dios. Estamos en presencia de Dios; él nos habla y nosotros le hablamos a él. Cuando, en las reflexiones sobre la liturgia, nos preguntamos cómo hacerla atrayente, interesante y hermosa, ya vamos por mal camino. O la liturgia es opus Dei [obra de Dios y para Dios], con Dios como sujeto específico, o no lo es. En este contexto os pido: celebrad la sagrada liturgia dirigiendo la mirada a Dios en la comunión de los santos, de la Iglesia viva de todos los lugares y de todos los tiempos, para que se transforme en expresión de la belleza y de la sublimidad del Dios amigo de los hombres” (Discurso a los monjes cistercienses de la Abadía de Heiligenkrenz, Austria, 9-septiembre-2007). 
 ¡Qué necesario es el respeto exquisito a la liturgia, a sus normas, a su espiritualidad y belleza! 

En la liturgia hemos de pregustar el cielo y la felicidad eterna, lo que nos hace trascender, sintiendo y gustando internamente a Dios.