Don Divo Barsotti

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sábado, 12 de maio de 2012

Benedicto XVI a los enfermos: “Teneis un gran valor ante Dios” . Benedicto XVI: “¡Que nuestra esperanza eche raíces!” Homilía en el Santuario de Fátima

Benedicto XVI a los enfermos: “Teneis un gran valor ante Dios” En el Santuario de Fátima

The statue of Our Lady of Fatima is carried in front of Pope 
Benedict XVI during a mass at the Catholic shrine of Fatima in central 
Portugal, May 13, 2010. Thousands of pilgrims made their way to the 
Fatima Shrine to attend a mass by Pope Benedict XVI to mark the 93rd 
anniversary celebrations of the first appearance of the Virgin Mary to 
three shepherd children in 1917. Pope Benedict XVI looks at a baby as he arrives for a mass at the 
Catholic shrine of Fatima in central Portugal, May 13, 2010. Thousands 
of pilgrims made their way to the Fatima Shrine to attend a mass by Pope
 Benedict XVI to mark the 93rd anniversary celebrations of the first 
appearance of the Virgin Mary to three shepherd children in 1917.

  1. Pope Benedict XVI kisses a baby as he arrives for a mass at the 
Catholic shrine of Fatima in central Portugal, May 13, 2010. Thousands 
of pilgrims made their way to the Fatima Shrine to attend a mass by Pope
 Benedict XVI to mark the 93rd anniversary celebrations of the first 
appearance...

FÁTIMA, jueves 13 de mayo de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación las palabras que el Papa dirigió hoy a los enfermos en el Atrio del Santuario de Fátima, al terminar la celebración de la Eucaristía hoy por la mañana con los peregrinos reunidos en la explanada.
* * * * *



Queridos hermanos y hermanas
Antes de acercarme hasta vosotros, llevando en las manos la custodia con Jesús Eucaristía, quisiera dirigiros unas palabras de aliento y de esperanza, que hago extensivas a todos los enfermos que nos acompañan a través de la radio y la televisión y a quienes, aun sin tener esa posibilidad, se unen a nosotros mediante los vínculos más profundos del espíritu, es decir, mediante la fe y la oración.
Hermano mío y hermana mía, tú tienes “un valor tan grande para Dios que se hizo hombre para poder com-padecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre, como nos manifiesta el relato de la Pasión de Jesús. Por eso, en cada pena humana ha entrado uno que comparte el sufrir y el padecer; de ahí se difunde en cada sufrimiento la con-solatio, el consuelo del amor participado de Dios y así aparece la estrella de la esperanza” (Enc. Spe salvi, 39). Con esta esperanza en el corazón, podrás salir de las arenas movedizas de la enfermedad y de la muerte, y permanecer de pie sobre la roca firme del amor divino. En otras palabras, podrás superar la sensación de la inutilidad del sufrimiento que consume interiormente a las personas y las hace sentirse un peso para los otros, cuando, en realidad, vivido con Jesús, el sufrimiento sirve para la salvación de los hermanos.
¿Cómo es posible esto? Las fuentes de la fuerza divina manan precisamente en medio de la debilidad humana. Es la paradoja del Evangelio. Por eso, el divino Maestro, más que detenerse en explicar las razones del sufrimiento, prefirió llamar a cada uno a seguirlo con estas palabras: “El que quiera venirse conmigo… que cargue con su cruz y me siga” (cf. Mc 8, 34). Ven conmigo. Participa con tu sufrimiento en esta obra de la salvación del mundo, que se realiza mediante mi sufrimiento, por medio de mi Cruz. A medida que abraces tu cruz, uniéndote espiritualmente a la mía, se desvelará a tus ojos el significado salvífico del sufrimiento. Encontrarás en medio del sufrimiento la paz interior e incluso la alegría espiritual.
Queridos enfermos, acoged esta llamada de Jesús que pasará junto a vosotros en el Santísimo Sacramento y confiadle todas las contrariedades y penas que afrontáis, para que se conviertan –según sus designios– en medio de redención para todo el mundo. Vosotros seréis redentores en el Redentor, como sois hijos en el Hijo. Junto a la cruz… está la Madre de Jesús, nuestra Madre.
[©Libreria Editrice Vaticana]

Benedicto XVI: “¡Que nuestra esperanza eche raíces!” Homilía en el Santuario de Fátima

Pope Benedict XVI arrives at Fatima's Sanctuary, Portugal, to 
celebrate an open mass on Thursday, May 13, 2010. Tens of thousands of 
pilgrims flooded the famous shrine town of Fatima on Thursday for Pope 
Benedict XVI's Mass celebrating the anniversary of the day when three 
shepherd children reported having visions of the Virgin. Pope Benedict XVI (C) waves to the crowd upon arrival to lead an 
open-air mass at Fatima's Sanctuary on May 13, 2010. Pilgrims flooded 
the shrine of Fatima, many after spending the night outdoors, to attend a
 mass celebrated by Pope Benedict XVI at one of Christianity's most holy
 shrines. Up to 500,000 people were expected to attend the mass on the 
esplanade at Fatima, where three children claimed to have seen the 
Virgin Mary in 1917, turning the Portuguese village into one of the 
biggest draws for the Roman Catholic faithful.
The statue of Our Lady of Fatima is carried during a mass at the 
Catholic shrine of Fatima in central Portugal, May 13, 2010. Thousands 
of pilgrims made their way to the Fatima Shrine to attend a mass by Pope
 Benedict XVI to mark the 93rd anniversary celebrations of the first 
appearance of the Virgin Mary to three shepherd children in 1917.
FÁTIMA, jueves 13 de mayo de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la homilía pronunciada hoy por el Papa en la explanada del Santuario de Fátima, en la celebración del 10° aniversario de la Beatificación de Jacinta y Francisco.
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Queridos peregrinos,
“Será conocida en las naciones su raza y sus vástagos entre los pueblos [...] son raza bendita del Señor” (Is 61, 9). Así comenzaba la primera lectura de esta Eucaristía, cuyas palabras encuentran admirable cumplimiento en esta asamblea devotamente reunida a los pies de la Virgen de Fátima. Hermanas y hermanos tan queridos, también yo he venido como peregrino a Fátima, a esta “casa” que María ha elegido para hablarnos en los tiempos modernos. He venido a Fátima para alegrarme de la presencia de María y de su protección maternal. He venido a Fátima, porque hacia este lugar converge hoy la Iglesia peregrina, querida por su Hijo como instrumento suyo de evangelización y sacramento de salvación. He venido a Fátima para rezar, con María y con tantos peregrinos, por nuestra humanidad afligida por miserias y sufrimientos. Finalmente, he venido a Fátima, con los mismos sentimientos de los Beatos Francisco y Jacinta y de la Sierva de Dios Lucía, para confiar a la Virgen la íntima confesión de que “amo”, que la Iglesia, que los sacerdotes “aman a Jesús” y desean tener los ojos fijos en Él, mientras se concluye este Año Sacerdotal, y para confiar a la protección maternal de María a los sacerdotes, los consagrados y las consagradas, los misioneros y a todos los agentes de bien que hacen acogedora y benéfica la Casa de Dios.
Éstos son la estirpe que el Señor ha bendecido... Estirpe que el Señor ha bendecido eres tu, amada diócesis de Leiria-Fátima, con tu Pastor monseñor Antonio Marto, a quien agradezco por el saludo que me dirigió al inicio y por toda la solicitud de la que me ha colmado, también mediante sus colaboradores, en este santuario. Saludo al Señor Presidente de la República y a las demás autoridades al servicio de esta gloriosa Nación. Idealmente abrazo a todas las diócesis de Portugal, representadas aquí por sus obispos, y confío al Cielo a todos los pueblos y naciones de la tierra. En Dios, estrecho en mi corazón a todos aquellos hijos e hijas suyos, particularmente a cuantos viven en la tribulación o abandonados, con el deseo de transmitirles esa esperanza grande que arde en mi corazón y que aquí, en Fátima, se hace encontrar de manera más palpable. Que nuestra gran esperanza eche raíces en la vida de cada uno de vosotros, queridos peregrinos aquí presentes, y a cuantos están con nosotros a través de los medios de comunicación social.
¡Sí! El Señor, nuestra gran esperanza, está con nosotros; en su amor misericordioso, ofrece un futuro a su pueblo: un futuro de comunión con él. Habiendo experimentado la misericordia y el consuelo de Dios que no lo había abandonado a lo largo del fatigoso camino de retorno del exilio de Babilonia, el pueblo de Dios exclama: “Con gozo me gozaré en el Señor, exulta mi alma en mi Dios” (Is 61,10). Hija excelsa de este pueblo es la Virgen Madre de Nazaret, la cual, revestida de gracia y dulcemente sorprendida por la gestación de Dios que se estaba realizando en su seno, hace igualmente propia esta alegría y esta esperanza en el cántico del Magníficat: “Mi espíritu se alegra en Dios mi salvador”. Al mismo tiempo, Ella no se ve como una privilegiada en medio de un pueblo estéril, al contrario, profetiza para ellos las dulces alegrías de una prodigiosa maternidad de Dios, porque “su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen” (Lc 1, 47.50).
Prueba de ello es este lugar bendito. Dentro de siete años volveréis aquí para celebrar el centenario de la primera visita hecha por la Señora “venida del Cielo”, como Maestra que introduce a los pequeños videntes en el íntimo conocimiento del Amor trinitario y les lleva a saborear a Dios mismo como lo más bello de la existencia humana. Una experiencia de gracia que les hizo convertirse en enamorados de Dios en Jesús, hasta el punto de que Jacinta exclamaba: “¡Me gusta tanto decir a Jesús que le amo! Cuando se lo digo muchas veces, me parece tener un fuego en el pecho, pro no me quemo”. Y Francisco decía: “Lo que más me ha gustado de todo fue ver a Nuestro Señor en esa luz que Nuestra Madre nos puso en el pecho. ¡Quiero tanto a Dios!” (Memorias de Sor Lucía, I, 42 y 126).
Hermanos, al oír estas inocentes y profundas confidencias místicas de los Pastorcillos, alguno podría mirarles con un poco de envidia porque ellos han visto, o quizás con la desilusionada resignación de quien no ha tenido la misma suerte, pero insiste en querer ver. A estas personas, el Papa dice como Jesús: “"¿No estáis en un error precisamente por esto, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios?” (Mc 12,24). Las Escrituras nos invitan a creer: “Dichosos los que no han visto y han creído" (Jn 20, 29), pero Dios – más íntimo a mi de lo que soy yo mismo (cfr S. Agustín, Confesiones, III, 6, 11) – tiene el poder de llegar hasta nosotros, en particular mediante los sentidos interiores, de forma que el alma recibe el toque suave de una realidad que se encuentra más allá de lo sensible y la hace capaz de alcanzar lo no sensible, no lo visible a los sentidos. Con este objetivo se requiere una vigilancia interior del corazón que, durante la mayor parte del tiempo, no tenemos a causa de la fuere presión de las realidades externas y de las imágenes y preocupaciones que llenan el alma (cfr Comentario teológico del Mensaje de Fátima, año 2000). ¡Sí! Dios puede alcanzarnos, ofreciéndose a nuestra visión interior.
Aún más, esa Luz en lo íntimo de los Pastorcillos, que proviene del futuro de Dios, es la misma que se ha manifestado en la plenitud de los tiempos y que ha venido para todos: el Hijo de Dios hecho hombre. Que Él tenga el poder de inflamar los corazones más fríos y tristes, lo vemos en los discípulos de Emaús (cfr Lc 24,32). Por ello nuestra esperanza tiene fundamento real, se basa en un acontecimiento que se coloca en la historia y que al mismo tiempo la supera: ¡Es Jesús de Nazaret! Es el entusiasmo suscitado por su sabiduría y por su potencia salvífica en la gente de entonces era tal que una mujer en medio de la multitud – como hemos escuchado en el Evangelio – exclama: "¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!". Y sin embargo Jesús respondió: "Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan" (Lc 11, 27.28). Pero ¿quién tiene tiempo para escuchar su palabra y dejarse fascinar por su amor? ¿Quién vela, en la noche de la duda y de la incertidumbre, con el corazón alzado en oración? ¿Quién espera el alba del nuevo día, teniendo encendida la llama de la fe? La fe en Dios abre al hombre el horizonte de una esperanza cierta que no decepciona; indica un sólido fundamento sobre el que apoyar, sin miedo, la propia vida; requiere el abandono, lleno de confianza, en las manos del Amor que sostiene el mundo.
“Será conocida en las naciones su raza y sus vástagos entre los pueblos [...] son raza bendita del Señor” (Is 61, 9) con una esperanza inquebrantable y que fructifica en un amor que se sacrifica por los demás pero que no sacrifica a los demás: al contrario – como hemos escuchado en la segunda lectura – “Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta” (1Cor 13,7). De ello son ejemplo y estímulo los Pastorcillos, que hicieron de su vida una ofrenda a Dios y un compartir con los demás por amor de Dios. La Virgen les ayudó a abrir el corazón a la universalidad del amor. En particular, la beata Jacinta se mostraba incansable en compartir con los pobres y en el sacrificio por la conversión de los pecadores. Sólo con este amor de fraternidad y de compartir conseguiremos edificar la civilización del Amor y de la Paz.
Se engañaría quien pensase que la misión profética de Fátima haya concluido. Aquí revive ese designio de Dios que interpela a la humanidad desde sus inicios: "¿Dónde está tu hermano Abel? [...] Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo” (Gn 4, 9). El hombre pudo desencadenar un ciclo de muerte y de terror, pero no consigue interrumpirlo... En la Sagrada Escritura aparece con frecuencia que Dios está a la búsqueda de justos para salvar la ciudad de los hombres, y lo mismo hace aquí, en Fátima, cuando la Virgen pregunta: “Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quiera mandaros, en acto de reparación por los pecados con los que Él es ofendido, y de súplica por la conversión de los pecadores?” (Memorias de Sor Lucía, I, 162).
Con la familia humana dispuesta a sacrificar sus vínculos más santos en el altar de estrechos egoísmos de nación, raza, ideología, grupo, individuo, vino del Cielo nuestra Madre bendita ofreciéndose para trasplantar en el corazón de cuantos se confían a ella el Amor de Dios que arde en el suyo. En ese tiempo eran solo tres, cuyo ejemplo de vida se ha difundido y multiplicado en grupos innumerables por toda la superficie de la tierra, en particular al paso de la Virgen Peregrina, los cuales se dedican a la causa de la solidaridad fraterna. Que estos siete años que nos separan del centenario de las Apariciones puedan apresurar el preanunciado triunfo del Corazón Inmaculado de María a gloria de la Santísima Trinidad.
[Traducción del original portugués por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]