Don Divo Barsotti

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segunda-feira, 15 de julho de 2019

Esta Obra trata da Mística Cidade, onde Deus fez morada, a Virgem Maria Mãe de Deus

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E LA VIDA Y SACRAMENTOS DE LA REINA DEL CIELO, Y LO QUE EL ALTÍSIMO OBRÓ EN ESTA PURA CRIATURA DESDE SU INMACULADA CONCEPCIÓN HASTA QUE EN SUS VIRGÍNEAS ENTRAÑAS TOMÓ CARNE HUMANA EL VERBO, Y LOS FAVORES QUE LA HIZO EN ESTOS PRIMEROS QUINCE AÑOS, Y LO MUCHO QUE POR SÍ MISMA ADQUIRIÓ CON LA DIVINA GRACIA.                     INTRODUCCIÓN A LA VIDA DE LA REINA DEL CIELO
De la razón de escribirla y otras advertencias para esto. 
1. Quien llegare a entender —si por dicha lo entendiere alguno—que una mujer simple, por su condición la misma ignorancia y flaqueza y por sus culpas más indigna; en estos últimos siglos, cuando la santa Iglesia nuestra madre está tan abundante de maestros y varones doctísimos, tan rica de la doctrina de los santos padres y doctores sagrados; y en ocasión tan importuna, cuando debajo del santo celo de las personas prudentes y sabias se hallan las que siguen vida espiritual turbadas y mareadas y este camino mirado del mundo como sospechoso y el más peligroso de todos los de la vida cristiana;  pues quien en tal coyuntura considerare a secas y sin otra atención que una mujer como yo se atreve y determina a escribir cosas divinas y sobrenaturales, no me causara admiración si luego me condenare por más que audaz, liviana y presuntuosa; si no es que en la misma obra y su conato halle encerrada la disculpa, pues hay cosas tan altas y superiores para nuestros deseos y tan desiguales a las fuerzas humanas que el emprenderlas o nace de falta de juicio o se mueve con virtud de otra causa mayor y más poderosa.  

2. Y como los fieles hijos de la Iglesia santa debemos confesar que todos los mortales, no sólo con sus fuerzas naturales, pero aun juntas con las de la gracia común y ordinaria, son insuficientes, ignorantes y mudos para empresa tan dificultosa como explicar o escribir  los  escondidos  misterios  y  sacramentos   que  el poderoso brazo del Altísimo obró en aquella criatura que, para hacerla Madre suya, la hizo mar impenetrable de su gracia y dones y depositó en ella los mayores tesoros de su divinidad; y qué mucho se reconozca por incapaz la ignorancia de nuestra flaqueza, cuando los mismos espíritus angélicos hacen lo mismo y se 

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confiesan tartamudos para hablar cosa tan sobre sus pensamientos y capacidad; y por esto, la vida de esta fénix de las obras de Dios es libro tan cerrado que no se hallará de las criaturas en el cielo ni en la tierra quien dignamente pueda abrirle; bien claro está que sólo puede hacerlo el mismo poderoso Señor que la formó más excelente que todas las criaturas, y también la misma Señora, Reina y Madre nuestra, que fue capaz de recibir tan inefables dones y digna de conocerlos; y para manifestarlos cuanto y cuando y como fuere su Unigénito Hijo servido, en su mano está elegir proporcionados instrumentos y que para su gloria fueren más idóneos. 

3. Bien juzgara yo que lo fueran los maestros y varones santos de la Iglesia católica o los doctores de las escuelas, que todos nos han enseñado el camino de la verdad y luz. Pero los juicios del Altísimo y sus pensamientos se levantan sobre los nuestros como el cielo dista de la tierra (Is., 55, 9), y nadie conoció su sentido ni en sus obras le puede dar consejo (Rom., 11, 34). El es quien tiene el peso (Ap., 6, 5) del santuario en su mano y pondera los vientos (Job., 28, 25), comprende todos los orbes en sus palmas (Is., 40, 12) y con la equidad de sus santísimos consejos dispone todas las cosas en peso y medida (Job 11, 21), dando a cada una oportuno lugar y tiempo. El dispensa la luz de la sabiduría (Eclo., 24, 37) y por su justísima bondad la distribuye, y nadie puede subir al cielo para traerla (Bar., 3, 29), ni sacarla de las nubes, conocer sus caminos, ni investigar sus ocultas sendas (Bar., 3, 31). Y él solo la guarda en sí mismo y, como vapor y emanación de su inmensa caridad (Sab., 7, 25), candor de su eterna luz, espejo sin mancha e imagen de su bondad eterna (Sab., 7, 26), la transfunde por las almas santas a las naciones, para hacer con ella amigos del Altísimo y constituir profetas (Ib. 27). El mismo Señor sabe por qué y para qué a mí, la más vil criatura, me despertó, llamó y levantó, me dispuso y encaminó, me obligó y compelió, a que escriba la Vida de su digna Madre, Reina y Señora nuestra. 

4. Y no puede caber en prudente juicio que, sin este movimiento y fuerza de la mano poderosa del Altísimo, viniera tal pensamiento en corazón humano, ni determinación semejante en mi ánimo, que me reconozco y confieso por mujer débil y sin virtud. Pero así como no pude por mi juicio pensarlo, tampoco debo con pertinacia resistirlo por sólo mi voluntad. Y porque de esto se pueda hacer juicio recto, contaré con 
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sencilla verdad algo de lo que sobre esta causa me ha sucedido. 

5. El año octavo de la fundación de este convento, a los veinte y cinco de mi edad, me dio la obediencia el oficio, que hoy indignamente tengo, de prelada de este convento; y hallándome turbada y afligida con gran tristeza y cobardía, porque mi edad y deseo no me enseñaba a gobernar ni mandar sino a obedecer y ser gobernada, y el saber que para darme el oficio se había pedido dispensación, y otras justas razones, aumentaban mis temores;  con que el Altísimo ha tenido toda la vida crucificado mi corazón con un pavor continuo que no puedo explicar de si mi camino es seguro, si perderé o tendré su amistad y gracia. 

6. En esta tribulación clamé al Señor de todo mi corazón para que me ayudase y, si era su voluntad, me librase de este peligro y carga. Y aunque es verdad que Su Majestad algún tiempo antes me tenía prevenida mandándome la recibiese y, excusándome yo con encogimiento, siempre me consolaba y manifestaba ser esto su beneplácito, con todo eso, no cesé en mis peticiones, antes las multiplicaba. Porque  entendía y veía en el Señor una cosa bien digna de consideración, y era que, no obstante lo que Su Majestad me mostraba de ser aquella su santísima voluntad y que yo no la podía impedir, con todo eso entendía juntamente me dejaba libre para que yo me retirase y resistiese, y haciendo lo que como criatura flaca debía reconociendo cuán grande era mi insuficiencia de todas maneras; que tan prudentes son las obras del Señor con nosotros. Y con este beneplácito que conocía, hice muchas diligencias para excusarme de peligro tan evidente y poco conocido de la naturaleza infecta y de sus  resabios y desconcertada  concupiscible.  Repetía siempre el Señor ser ésta su voluntad y me consolaba por sí ,y por los santos ángeles y me amonestaba a que obedeciese. 

7. Acudí con esta aflicción a la Reina, mi Señora, como a refugio singular de todos mis cuidados y, habiéndola manifestado mis caminos y deseos, se dignó de responderme y me dijo estas suavísimas razones: Hija mía, consuélate y no turbe tu corazón el trabajo, prepárate para él, que yo seré tu madre y prelada a quien obedecerás y también lo seré de tus subditas y supliré tus faltas, y tú serás mi agente por quien obraré la voluntad de mi Hijo y mi Dios; en todas tus tentaciones y trabajos acudirás a mí para conferirlas y tomar mi consejo, que yo te le daré en todo;  obedéceme, que yo te 
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favoreceré y estaré atenta a tus aflicciones.—Estas son las palabras que me dijo la Reina, tan consolatorias como provechosas para mi alma, con que se alentó y confortó en su tristeza. Y desde este día, la Madre de misericordia aumentó las que hacía con su esclava, porque de allí adelante fue más íntima y continua la comunicación con mi alma, admitiéndome, oyéndome y enseñándome con inefable dignación y dándome consuelo y consejo en mis aflicciones y llenando mi alma de luz y doctrina de vida eterna y mandándome renovar los votos de mi profesión en sus manos. Y al fin, desde aquel suceso, se desplegó más con su esclava esta amabilísima Madre y Señora nuestra, corriendo el velo a los ocultos y altísimos sacramentos y misterios magníficos que en su vida santísima están en cerrados y encubiertos a los mortales. Y aunque este beneficio y luz sobrenatural ha sido continua, y en los días de sus festividades especialmente y en otras ocasiones en que conocí muchos misterios, pero no con la plenitud, frecuencia y claridad que después me los ha enseñado, añadiendo el mandarme muchas veces que como los entendía los escribiese y que Su Majestad me los dictaría y enseñaría. Y señaladamente un día de estas festividades de María Santísima me dijo el Altísimo que tenía ocultos muchos sacramentos y beneficios que con esta divina señora, como Madre suya, había obrado cuando era viadora entre los mortales, y que era su voluntad manifestarlos para que yo los escribiese como ella misma me enseñaría. Y esta voluntad he conocido continuamente por espacio de diez años que resistí en Su Majestad altísima, hasta que empecé la primera vez a escribir esta divina Historia. 

8. Y confiriendo este cuidado con los santos príncipes y ángeles que el Todopoderoso había señalado para que me encaminasen en esta obra de escribir la Historia de nuestra Reina y manifestándoles mi turbación y aflicción de corazón, cuán tartamuda y enmudecida era mi lengua para tan ardua empresa, me respondieron repetidas veces era voluntad del Altísimo que escribiese la Vida de su purísima Madre y Señora nuestra, Y especialmente un día que yo les repliqué mucho, representando mi dificultad, imposibilidad y grandes temores, me dijeron estas palabras: Con razón, alma, te acobardas y turbas, dudas y reparas en causa que los mismos ángeles lo hacemos, como insuficientes para declarar cosas tan altas y magníficas como el brazo poderoso obró en la Madre de piedad y nuestra Reina. Pero advierte, carísima, que faltará el firmamento y la máquina de la tierra y todo lo que tiene ser dejará de tenerle, antes que falte la palabra del Altísimo —y muchas veces la tiene dada a sus criaturas y en su Iglesia se halla en las santas Escrituras— que el obe
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diente cantará victorias de sus enemigos (Prov., 21, 28) y no será reprensible en obedecer. Y cuando crió al primer hombre y le puso el precepto de obediencia que no comiese del árbol de la ciencia, entonces estableció esta virtud de la obediencia y jurando juró para más asegurar al hombre; que el Señor suele hacerlo, como con Abrahán cuando le prometió que de su linaje descendería el Mesías y se le daría con afirmación de juramento (Gén., 22 16). Así lo hizo cuando crió al primer hombre asegurándole que el obediente no erraría, y también repitió este juramento (Lc., 1, 73) cuando mandó que su Hijo santísimo muriese y aseguró a los mortales que quien obedeciese a este segundo Adán, imitándole en la obediencia con que restauró lo que el primero perdió por su desobediencia, viviría para siempre y en sus obras no tendría parte el enemigo. Advierte, María, que toda la obediencia se origina de Dios, como de principal y primera causa, y nosotros, los ángeles, obedecemos al poder de su divina diestra y a su rectísima voluntad, porque no podemos ir contra ella, ni la ignoramos, que vemos el ser inmutable del Altísimo cara a cara y conocemos es santa, pura y verdadera, rectísima y justa. Pues esta certidumbre, que los ángeles tenemos por la vista beatífica, tenéis los mortales respectivamente y según el estado de viadores en que estáis con aquellas palabras que dijo el mismo Señor de los prelados y superiores: Quien a vosotros oye, a mí oye y quien a vosotros obedece, a mí obedece (Lc., 10, 16). Y en virtud de que se obedece por Dios, que es la principal causa y superior, le compete a su providencia poderosa el acierto de los obedientes cuando lo que se manda no es materia pecable; y por todo esto lo asegura el Señor con juramento, y dejará de ser antes —siendo esto imposible por ser Dios— que falta su palabra (Mt., 24, 35). Y así como los hijos proceden de los padres y todos los vivientes de Adán, multiplicados en la posterioridad de su naturaleza, así proceden de Dios todos los prelados como de supremo Señor, por quien obedecemos a los superiores: la naturaleza humana a los prelados vivientes y la angélica a los de superior jerarquía de nuestra naturaleza, y unos y otros en ellos a Dios eterno. Pues acuérdate, alma, que todos te han ordenado y mandado lo que dudas y si, queriendo tú obedecer, no conviniera, hiciera el Altísimo con tu pluma lo que con el obediente Abrahán cuando sacrificaba a su hijo Isaac, que nos mandó a uno de sus espíritus angélicos detuviésemos el brazo y cuchillo; y no manda detengamos tu pluma, sino que con ligero vuelo la llevemos, oyendo a Su Majestad, y rigiéndote alumbremos tu entendimiento y te ayudemos. 

9. Estas razones y doctrina me dieron en aquella ocasión mis santos ángeles y señores. Y en otras muchas, el príncipe san Miguel me ha 
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declarado la misma voluntad y mandato del Altísimo y, por continuas ilustraciones, favores y enseñanzas de este gran arcángel y príncipe celestial, he entendido magníficos misterios y sacramentos del Señor y de la Reina del cielo. Porque este santo arcángel fue uno de los que la guardaban y asistían con los demás que, para su custodia, fueron diputados de todos los órdenes y jerarquías, como en su lugar diré (Cf. infra n. 202-207), y siendo justamente patrón y protector universal de la Iglesia Santa, por todo fue especialmente testigo y ministro fidelísimo de los misterios de la encarnación y redención; y así lo tengo muchas veces entendido de este santo arcángel, de cuya protección he recibido singulares beneficios en mis trabajos y peleas y  me  ha  prometido  asistirme  y  enseñarme  en  esta  obra. 

10. Y sobre todos estos mandatos, y otros que no es necesario referir, y lo que adelante diré (Cf. Infra intr.. n. 16) el mismo Señor por sí inmediatamente me ha mandado y declarado  su beneplácito muchas veces, contenido en las palabras que ahora sólo diré. Un día de la Presentación de María Santísima en el templo me dijo Su Majestad:  Esposa mía, muchos misterios hay en mi Iglesia militante manifiestos de mi Madre y de los santos, pero muchos están ocultos, y más los interiores y secretos, que quiero manifestarlos y que tú los escribas como fueres enseñada, y en especial de María purísima. Yo te los declararé y mostraré, que por los ocultos juicios de mi sabiduría los he tenido reservados, porque no era el tiempo conveniente ni oportuno a  mi  providencia;   ahora  lo es,  y  mi  voluntad  que  los escribas; obedece, alma.