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quarta-feira, 18 de fevereiro de 2009

MONS. FELLAY FALA SOBRE A TRADIÇÃO



"Tradizione, il vero volto"

El blog Papa Ratzinger remite a una noticia aparecida en el periódico italiano Il Foglio acerca de un libro basado en una entrevista a Monseñor Fellay, superior de la Fraternidad de San Pío X. Ofrecemos nuestra traducción del mencionado artículo, en el que se incluyen algunos extractos del libro.

“Tradizione, il vero volto – Chi sono e che cosa pensano gli eredi di Lefebvre”, escrito por Alessando Gnocchi y Mario Palmaro, escritores católicos expertos en literatura y bioética, autores de diversas obras sobre Guareschi, Tolkien, Collodi y Conan Doyle, además de expertos en actualidad religiosa.

“Es extraño el mundo. Hasta una cincuentena de años atrás, monseñor Bernard Fellay, con los argumentos sostenidos en este volumen, no habría conquistado una pizca de visibilidad. Difícilmente, admitido que le hubiera importado algo, habría llegado a los periódicos. Hasta una cincuentena de años atrás, sin embargo” escriben los dos autores en la introducción.



En efecto, el diálogo con el que desde 1994 es superior general de la Fraternidad de San Pío X se desarrolla sobre los principios del Catecismo de la Iglesia Católica pero es cierto que, dejando aparte la noticia del levantamiento de las excomuniones, tiene el sabor de las cosas nuevas aún siendo “Tradición”. Pero tal vez son nuevas precisamente porque son tradición: “Lo que era verdad en los tiempos de Adán y Eva, es verdad también hoy. Lo que era mentira en los tiempos de Adán y Eva, es mentira también hoy. Lo que era bueno en los tiempos de Moisés y de los faraones, es bueno también hoy.

Lo que era justicia en los tiempos de los romanos, es justicia también hoy. Aquí se ve que la esencia del hombre es siempre la misma, el corazón es siempre el mismo. No cambia nunca”, explica Fellay hablando de la tradición. Si el hombre es siempre el mismo, tiene necesidad siempre de la misma respuesta. Habla de “realismo”, “felicidad” y “razón” para explicar cómo “una ley divina está escrita en nuestros corazones” y cómo la realización del hombre está en seguir esa ley.

Lo que más impresiona leyendo la larga entrevista (y que sorprende, dada la fama de “contestatarios” con que se ha etiquetado desde hace tiempo a los seguidores de Lefebvre) son las palabras con las que Fellay habla de la obediencia al Papa, palabras que asumen un peso específico aún mayor, sobre todo en estos días en los que tantos hablan de una iglesia quebrada, temerosa, y de un Benedicto XVI solo y no escuchado:

“El Papa no está solo. Todos los verdaderos católicos, y no son pocos, están con el Papa, no pueden estar en otro lugar. Nosotros somos verdaderos católicos y somos, y queremos seguir siendo, los más grandes defensores del Vicario de Cristo. No podemos hacer otra cosa. El cardenal Edouard Gagnon, cuando vino de visita a nuestra Fraternidad en Econe, 1987, quedó asombrado al escuchar cantar «Tu es Petrus» y dijo que era necesario ir allí para escuchar orar con tanto fervor por el Papa.



Aquellos que nos describen como rebeldes no hacen un servicio a la verdad. Es cierto, hay puntos de discusión muy importantes, muy profundos, pero esto no afecta nuestro amor y nuestra devoción por el Santo Padre. Nosotros amamos al Papa, queremos al Papa. Queremos al Papa en la plenitud de sus funciones. Lamentablemente constatamos que la teología prevalente en los últimos decenios ha realizado un verdadero y propio golpe contra su autoridad”.

El golpe del que habla Fellay se basa en la “colegialidad”, ya criticada por el fundador de la Fraternidad San Pío X: “Actualmente, con frecuencia obispos y conferencias episcopales se ocupan de todo, desde la emergencia de residuos hasta la crisis económica, pero no de la enseñanza de la doctrina y de la transmisión de la fe. Han adquirido una visión puramente horizontal y han olvidado la vertical. Esto explica la desobediencia al Santo Padre: si se tratan cuestiones puramente humanas, es lógico que se tengan puntos de vista diversos, incluso opuestos.

La denominada colegialidad, la idea de que el conjunto de los obispos es más importante que el Santo Padre, muestra aquí todos sus efectos. Nuestro Señor no ha instituido la Iglesia de este modo, no ha fundado las conferencias episcopales. Cuando se dice «el Vaticano», se debería entender como el instrumento al servicio del poder papal. En realidad, la impresión es que se ha convertido en un aglomerado burocrático que en parte neutraliza la autoridad papal y en parte ejercita un poder propio. Tal es así que a menudo se dice «el Vaticano ha dicho», «el Vaticano hace», pero en la realidad nadie sabe quién dijo, sostuvo o hizo algo”.



Suena extraño que defienda la autoridad del Papa el heredero de Marcel Lefebvre, que en su tiempo lo desobedeció. Explica Fellay: “Nosotros sólo hemos puesto en evidencia un problema: que lo que la Iglesia dijo y enseñó por dos mil años, en un cierto punto, ha sido contradicho. Cualquiera que tenga un mínimo de honestidad intelectual puede advertir que no se trata de la imposición de una opinión sino de una pura y simple constatación.

El problema no está en nuestras opciones sino en un hecho que no depende de nosotros. Cualquiera en la Iglesia, incluido el Santo Padre, que afirme algo que contradice la doctrina, comete un error. Y nadie puede ser obligado a seguir el error. Al contrario, cuando el error es evidente, es necesario decirlo. Si un padre debiera improvisamente contradecir las enseñanzas en las que se basa la vida de su familia, sus hijos estarían obligados a no obedecerle y a explicarle los motivos. Esto, por la supervivencia misma de la familia. Si no lo hicieran, no serían hijos sabios y devotos, y faltarían a la caridad”.

La cuestión, se sabe, es muy controvertida y complicada pero es verdad que no sólo los lefebvristas sostienen que hay diferencias sustanciales entre el concilio Vaticano II y todos los concilios precedentes, y que éste fue más bien un concilio pastoral y no dogmático, tanto que el mismo Benedicto XVI ha pedido a un grupo de tradicionalistas un estudio crítico de los documentos conciliares. Documentos, por otra parte, todos firmados por monseñor Lefebvre en aquella época, aún cuando para su sucesor el concilio ha sido causa, entre otras cosas, de la crisis de vocaciones sacerdotales: “En el concilio, es evidente la voluntad de hablar de muchas personas que pertenecen a la Iglesia, desde el laico hasta el obispo, pero se han olvidado del sacerdote.



[…] El sacerdote ha perdido su identidad y ya no sabe quién es. Esto es evidente en todos los aspectos, desde la vida de piedad a la práctica litúrgica, desde la cura de almas a la vida privada. Si pienso en cuántos sacerdotes han abandonado el ministerio en estos años, siento escalofríos. […] Desde este punto de vista, la reforma litúrgica, que ha puesto en segundo plano el aspecto sacrificial de la Misa a favor del de asamblea, ha dado un golpe tremendo. El sacerdote es transformado en el presidente de una asamblea”. Según Fellay, éste es uno de los signos de la “protestantización” de la Iglesia, así como la idea de “Pueblo de Dios” introducida con la Lumen Gentium. “La comunidad toma ventaja sobre el sacerdote, que se convierte en uno de tantos.

Hoy se constata, incluso, el absurdo de sacerdotes que llegan a una parroquia y declaran no estar allí para enseñar sino para aprender. Es doblemente dramático. […] El concepto de «Pueblo de Dios» ha actuado como mito anti-institucional generando la idea de que el verdadero problema de la Iglesia sería el liberarse de sus figuras institucionales, comenzando por el papado. He aquí por qué el rol del sacerdote ha sido disminuido: porque ha sido siempre el fundamento de la institución en el territorio, entre los fieles.

No es casualidad que los únicos sacerdotes que, en cierto punto, han comenzado a gozar de buena prensa son los llamados «sacerdotes incómodos», los contestatarios con la institución”. Está, luego, la conocida aversión de los seguidores de Lefebvre por la “Misa nueva” y el agrado con el que la Fraternidad de San Pío X ha acogido el motu proprio de Benedicto XVI que da la posibilidad de celebrar el viejo rito: “La Misa nueva, la de la reforma postconciliar, nos es extraña. Comporta un cambio de horizonte y obliga al hombre a mirar a la tierra.



Pero a la tierra se mira en cualquier otro momento de la jornada…”; cita a un americano que, hablando de la Misa en latín, le ha dicho: “En un tiempo, no se entendía todo pero se comprendía muy bien qué estaba ocurriendo. Hoy se entiende todo pero ya no se comprende qué es lo que está ocurriendo”. Ciertamente no será la Misa en latín quien lleve la fe al mundo pero puede ser un primer paso para llegar a resolver los nudos doctrinales que aún dividen a los lefebvristas de la Santa Sede.

Ayer, en la entrevista a Le Nouvelliste, Fellay ha pedido “clarificaciones urgentes” sobre el levantamiento de las excomuniones y sobre la reintegración en la Iglesia Católica: hablando del diálogo con Roma, el superior ha dicho que la Fraternidad deberá, sí, aceptar las conclusiones del concilio Vaticano II, “pero la Santa Sede no puede conceder al Concilio una autoridad mayor que la que éste deseó concederse a sí mismo”. El Papa “cree muy profundamente en las innovaciones del Vaticano II. Será necesario ver qué parte de las divergencias se deben a diferentes filosofías. Ya hemos respondido afirmando nuestro deseo de seguir, con una mentalidad positiva, el camino de las discusiones indicado por el Santo Padre. Pero no hacemos esto precipitadamente”.

En el libro-entrevista, Fellay no usa giros lingüísticos para criticar ciertas “debilidades” de la Iglesia actual, como la de una errada definición de ecumenismo, cuyo error fundamental “está en la idea de que el Espíritu Santo se sirve de todas las religiones como medios de salvación. Esta idea ha sido siempre combatida por la Iglesia”. Para explicar los “frutos del ecumenismo”, no ahorra críticas al cardenal Kasper, presidente del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, que afirma por ejemplo que “nuestro valor personal no depende nuestras obras, sean buenas o malas: aún antes de actuar, hemos sido aceptados y hemos recibido el «sí de Dios»”, afirmaciones más protestantes que católicas según el superior de la San Pío X.



El tono a veces difícil de monseñor Fellay no debe ser considerado otro ataque desde el interior de la Iglesia sino una crítica de quien ha dedicado su vida a la Iglesia y que, como dice para explicar el éxito del don Camillo de Guareschi, “no hace descuentos a la verdad”. Y hablando ayer al Nouvelliste, ha añadido que “en un momento en que estamos hablando de un retorno a la plena comunión, el Papa efectivamente, quizá, se pregunta quién es más cercano a él, si ciertos obispos o nosotros”. Lejos de ser pesimista, Fellay está seguro de que “el proyecto de disolver la Iglesia Católica no llegará jamás a realizarse”. Aún cuando, prosigue, “la situación hoy es más peligrosa porque es más disimulada, se busca socavar las murallas desde el interior”.

El diálogo con Gnocchi y Palmaro continúa tocando otros temas de los que ya no se siente hablar con frecuencia en las prédicas dominicales: la necesidad de recuperar la “realeza social” de Jesucristo, el liberalismo que lleva a personalidades públicas a separar la fe de la acción política, y el tema de la “libertad religiosa” que, para Fellay, “existe verdaderamente y es la libertad de la verdadera religión”, una frase que se presta a la acusación de “integralismo”.

Pero Fellay no tiene dudas sobre esto: cuando se dice que la persona humana tiene el derecho de la libertad religiosa, “no se consideran situaciones concretas, incluso muy frecuentes, que aconsejarían un espíritu permisivo y la tolerancia, […] al contrario, se prescinde de los hechos concretos y se establece como principio que cada hombre tiene el derecho de permanecer en el error según la propia conciencia, sea en privado o en la vida pública. […] En otras palabras, una cosa es tolerar el error y otra cosa es asignarle, por principio, la misma dignidad que tiene la verdad”.



Esto se relaciona con su discurso sobre la libertad, que “no es un absoluto” ni es la posibilidad de elegir el fin para el cual hemos sido hechos sino que, dado que el fin último de todos los hombres es el mismo (es decir, la felicidad), la libertad está en “la elección de los medios para alcanzarlo”.

La conversación se dirige a temáticas, en ciertos aspectos, olvidadas o “antiguas”: desde la figura de la mujer (que, en la familia, “tiene un rol distinto” del hombre, “aún siendo iguales los derechos”), a la moral sexual, pasando por el olvidado concepto de pecado (“si el hombre niega a Dios, niega la idea de pecado. Si niega la idea de pecado, niega la necesidad de la redención. Si niega la necesidad de la redención, niega la necesidad del sacrificio y del esfuerzo para vencer los propios defectos. En consecuencia, se pone en el lugar de Dios”) hasta la existencia del infierno (“no se puede hablar de la misericordia de Dios sin hablar de su justicia”).

Finalmente, Lutero, Kant y Marx son “las tres figuras que han marcado la historia de un modo trágico” mientras que “todos los santos” deben ser vistos como modelos porque “a la Iglesia no le sirven los intelectuales, le sirven los santos”, y a los hombres “les sirve la Verdad, que se encuentra sólo en la Iglesia”.

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Fuente: Il Foglio

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo