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sexta-feira, 26 de maio de 2017

La liturgia sólo con espíritu de fe sobrenatural puede ser entendida y vivida; sólo con un gran espíritu de fe puede ser celebrada

La liturgia educando: "con espíritu de fe" (III)

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8 enero 2016

La liturgia sólo con espíritu de fe sobrenatural puede ser entendida y vivida; sólo con un gran espíritu de fe puede ser celebrada, y, sin este espíritu de fe, la liturgia parecerá algo externo a uno mismo, un ceremonial complicado y ajeno, o un simple medio instructivo –con la excusa religiosa- para reforzar el propio “yo” de la comunidad o grupo, de forma divertida y entretenida, reinventando la liturgia a cada paso.
Ese espíritu de fe conduce a vivir con la mayor hondura posible el Misterio de Dios en la liturgia y así, espiritualmente, unirse a Cristo por la ofrenda de su Cuerpo y de su Sangre. La fe descubre y adora la presencia y la acción de Jesucristo en la liturgia, y si crece esa mirada de fe, pronto cualquier falsificación de la liturgia o su secularización, deja el corazón insatisfecho. O sea, aunque parezca lo contrario, pero una liturgia tan secularizada, participativa, inventada, caprichosa, en principio tal vez parezca entretenida y atrayente para algunos, pero acaban tan vacíos que se cansan de ese estilo secularizado: necesitan algo más, ¡buscan algo más!
            La sacralidad de la liturgia, máxime de la santísima Eucaristía, nos viene dada por el mismo Señor. La Iglesia reconoce esta sacralidad, la cuida en sus acciones litúrgicas, la preserva de cualquier secularización o modo profano de entender o celebrar la liturgia.
            Ya Juan Pablo II, casi al inicio de su pontificado, escribió sobre esta santidad y sacralidad; son reflexiones y enseñanzas que no pueden pasar desapercibidas:

            “El ‘Sacrum’ de la Misa no es por tanto una ‘sacralización’, es decir, una añadidura del hombre a la acción de Cristo en el cenáculo, ya que la Cena del Jueves Santo fue un rito sagrado, liturgia primaria y constitutiva, con la que Cristo, comprometiéndose a dar la vida por nosotros, celebró sacramentalmente, Él mismo, el misterio de su Pasión y Resurrección, corazón de toda la Misa… El ‘Sacrum’ de la Misa es una sacralidad instituida por Cristo…
            Ese ‘Sacrum’, actuado en formas litúrgicas diversas, puede prescindir de algún elemento secundario, pero no puede ser privado de ningún modo de su sacralidad y sacramentalidad esenciales, porque fueron queridas por Cristo y transmitidas y controladas por la Iglesia. Ese ‘Sacrum’ no puede tampoco ser instrumentalizado para otros fines. El misterio eucarístico, desgajado de su propia naturaleza sacrificial y sacramental, deja simplemente de ser tal. No admite ninguna imitación ‘profana’, que se convertiría muy fácilmente (si no incluso como norma) en una profanación. Esto hay que recordarlo siempre, y quizá sobre todo en nuestro tiempo en el que observamos una tendencia a borrar la distinción entre ‘sacrum’ y ‘profanum’, dada la difundida tendencia general (al menos en algunos lugares) a la desacralización de todo. En tal realidad la Iglesia tiene el deber particular de asegurar y corroborar el ‘sacrum’ de la Eucaristía” (Juan Pablo II, Carta Dominicae Cenae, 8).
            ¿Cómo aparece ese espíritu de fe en estas oraciones sobre las ofrendas?
            En primer lugar se podría citar un gran amor, una caridad sobrenatural que abrasa el corazón y para el cual la Eucaristía es asunto de amor y la liturgia expresión de una Caridad mayor, que brota de Dios. Por eso pide:

            “Con estas ofrendas, Señor, recibe las súplicas de tus hijos, para que esta eucaristía celebrada con amor nos lleve a la gloria del cielo”[1]; “purifica a los que venimos con amor a celebrar la eucaristía”[2].

            Consecuencia de este amor, caridad sobrenatural, es celebrar y participar del sacrificio eucarístico con un corazón libre, sin ataduras, ni esclavitudes: “concédenos, Señor, ofrecerte estos dones con un corazón libre, para que tu gracia pueda purificarnos en estos santos misterios que ahora celebramos”[3].
            Así es como se procede a la celebración del sacrificio eucarístico, consciente de que la Eucaristía es el Gran Sacramento del sacrificio de Cristo; entonces es esta divina liturgia el mayor acto de culto y alabanza: “Acepta, Señor, en la fiesta solemne de la Navidad esta ofrenda que nos reconcilia contigo de modo perfecto, y que encierra la plenitud del culto que el hombre puede tributarte[4].
            La unción, la devoción, el recogimiento, la atención a lo interior, serán notas necesarias para vivir y ofrecer la santa liturgia: “concédenos, Señor, que… nos dispongamos a ofrecerte con mayor fervor este sacrificio de salvación”[5].
            De este modo, las oraciones sobre las ofrendas nos inculcan el espíritu de fe al ofrecer los dones eucarísticos, disponiéndonos a la Plegaria eucarística. Los sacramentos –la liturgia en general- son sacramentos de la fe no sólo porque la presuponen, sino también porque refuerzan y acrecientan la fe. Es lo que enseña la Constitución Sacrosanctum Concilium:

            “Cuando la Iglesia ora, canta o actúa, la fe de los participantes se alimenta y sus almas se elevan a Dios a fin de tributarle un culto racional y recibir su gracia con mayor abundancia” (SC 33).

            Y también el Concilio Vaticano II explica el sentido –tan lejos de la secularización- de la expresión “sacramentos de nuestra fe” con las consecuencias que se derivan para vivir la liturgia de la Iglesia:

            “No sólo suponen la fe, sino que, a la vez, la alimentan, la robustecen y la expresan por medio de palabras y de cosas; por esto se llaman sacramentos de la ‘fe’. Confieren ciertamente la gracia, pero también su celebración prepara perfectamente a los fieles para recibir fructuosamente la misma gracia, rendir el culto a Dios y practicar la caridad” (SC 59).
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