http://4.bp.blogspot.com/_14vrv7ni7HM/TLYyK0PS85I/AAAAAAAABU8/h4xBT0R8kQU/s1600/20101013225550_D0064009.jpg

 

Arquivo do blog

sexta-feira, 16 de março de 2012

Padre Alfonso Gálvez : El Drama del Catolicismo Postconciliar

P. Alfonso 
El Drama del Catolicismo Postconciliar (I)

El Drama del Catolicismo Postconciliar (II)
     
     
El Drama del Catolicismo Postconciliar (III)ImprimirE-mail
Escrito por Padre Alfonso Gálvez
Jueves, 08 de Marzo de 2012 04:55
La práctica negación del pecado original por el Modernismo conduce al desconocimiento del sentido del pecado y de la necesidad de la justificación. Para la doctrina modernista, todo hombre que viene a este mundo nace ya justificado, gracias a la unión de Jesucristo con la naturaleza humana. De ahí el rechazo de la Muerte de Cristo como Sacrificio y la ocultación del carácter satisfactorio de la Misa. Así se explica que, mientras que se pregona a voz en grito la consigna del Cristo Resucitado, se le hace olvidar al mismo tiempo al cristiano corriente la realidad del Cristo Muerto en la Cruz por los pecados de los hombres..., y la necesidad que incumbe a cada uno de unirse a tal Muerte por medio del arrepentimiento, primero, y de un cambio radical de vida, después.
Este punto de la cuestión es mucho más delicado e importante de lo que parece. El dogma de la Muerte de Cristo en la Cruz no es un mero tema de devoción para los católicos, sino un pilar fundamental de su existencia como cristianos. Según el Apóstol San Pablo, los bautizados recibieron el bautismo para unirse y participar en la Muerte de Jesucristo. Fueron bautizados, por lo tanto, precisamente para eso y no para otra cosa, por más que el Catolicismo postconciliar parezca haberlo olvidado por completo: Pues fuimos sepultados juntamente con Él mediante el bautismo para unirnos a su muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos para la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva (Ro 6:4). De donde se desprende que al católico del postconcilio se le ofrecen dos alternativas entre las que habrá de elegir necesariamente: o bien la de acogerse a las doctrinas y prácticas de los Movimientos Neocatecumenales y doctrinas modernistas, o bien la de abrazar la Doctrina que la Iglesia ha predicado, a través de su Magisterio, durante veinte siglos. Y pues que no existe aquí término medio, he ahí la explicación de que multitud de católicos hayan dejado de serlo sin haberse enterado de lo sucedido, e incluso creyendo que viven ahora mejor la verdadera Fe.
El presente trabajo no es un Estudio sobre el Modernismo, sino un breve escarceo que trata de aclarar, por medio de unos pocos ejemplos, algunos de los rasgos con los que la más moderna y quizá la más peligrosa herejía de todos los tiempos, gana diariamente multitud de seguidores entre los católicos. Por lo que habremos de limitarnos, ya para terminar, a aportar un último caso en el que puede observarse con claridad el uso de la ambigüedad filológica, incluso en documentos oficiales que afectan a puntos importantes de la Fe. El caso al que vamos a aludir se refiere a la Presencia Real de Jesucristo en la Eucaristía, que es el que da lugar al siguiente planteamiento del problema:
En el documento Constitución Conciliar sobre la Liturgia Sacrosanctum Concilium (I, 7), se habla de los modos de presencia de Cristo en su Iglesia. Y según se dice en el texto, Cristo está siempre presente a su Iglesia sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz, sea sobre todo (‘’maxime”) bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: “Donde estén dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.
Como puede verse claramente, el texto coloca en paralelo, o al mismo nivel aparentemente, los diversos modos de presencia de Cristo en su Iglesia. Fácilmente puede comprenderse que tales modos se refieren a una presencia meramente virtual o moral (presente en su palabra, con su virtud en los sacramentos, cuando se lee la Sagrada Escritura...), al modo como suele decirse, por ejemplo, de una persona querida ya fallecida que sigue estando presente entre nosotros y según una forma de hablar que todo el mundo entiende. Aquí el problema se plantea, como hemos dicho antes, con respecto a la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía. Al colocarse tal modo de presencia en paralelo, incluida en la misma lista con los otros modos de estar presente reconocidos como virtuales, fácilmente se da paso a la confusión de creer que también la Presencia en la Eucaristía es meramente virtual. Es cierto que, con respecto a ella, parece hacerse una excepción mediante la palabra maxime (en el texto oficial latino, la cual significa sobre todo o principalmente). Sin embargo, si bien se examina la cuestión, todo queda tal como estaba. Pues una presencia virtual en grado maxime sigue siendo indudablemente presencia virtual; lo mismo que una inteligencia en grado maxime sigue siendo inteligencia, o un estado de imbecilidad en grado maxime anda lejos de haber dejado de ser imbecilidad. Se podrá discutir el problema todo lo que se quiera, como en realidad se ha hecho y se sigue haciendo. Pero con todo, lo que es innegable es que la ambigüedad está ahí, mientras que la confusión, para quien quiera aprovecharse de ella, está bien servida.

El Drama del Catolicismo Postconciliar (y IV)ImprimirE-mail
Escrito por Padre Alfonso Gálvez
Viernes, 16 de Marzo de 2012 02:20
Sin embargo, la multiplicación de los ejemplos ---cosa que rebasaría las intenciones y las posibilidades de este trabajo--- no nos conduciría, ni mucho menos, a percibir la principal diferencia entre el Modernismo y las restantes herejías que la Iglesia ha conocido a lo largo de su Historia.
Las herejías de siempre, conocidas como clásicas, desde el momento en que negaban verdades de Fe, actuaban bajo el procedimiento de proclamar falsedades: sus proposiciones, al no ajustarse a la realidad, efectivamente se apartaban de la verdad. Con todo, ni Arrio, ni Pelagio, ni Nestorio, ni Molinos, ni cualquiera de los herejes conocidos, hubieran podido ser tachados de mentirosos; en cuanto que decían, sencilla y llanamente, lo que pensaban. Por supuesto que estaban equivocados, aunque es lo cierto que en ningún momento trataron de engañar a nadie (creían que defendían la verdad).
El Modernismo actúa de manera diferente, bajo la capa del engaño y del disimulo aparentando la más pura ortodoxia, y de ahí su extrema peligrosidad. Las herejías clásicas no eran tan difíciles de destruir, en cuanto que solía bastar una condenación oficial de la Iglesia. El Modernismo es casi imposible de condenar, en cuanto que todo cuanto pregona parece ---así lo defiende él--- perfectamente ortodoxo. El uso de la ambigüedad y del lenguaje abierto a la posibilidad de diversas interpretaciones, lo hace prácticamente invulnerable. Pues siempre podrá asegurar que no ha dicho lo que ha dicho o que ha dicho lo que no ha dicho. Si además puede escudarse en el prestigio de quien lo proclama, bien sea por su reconocida ciencia o por la importancia de su cargo, el problema se complica cada vez más.
De todos modos, lo que ciertamente puede asegurarse es que, mientras que las antiguas herejías aparecían a los ojos de todos como falsedades, el arma eficaz del Modernismo es el histrionismo, o el disfraz de la más pura ortodoxia. Utilizado de modo tan radical, sin embargo, que no vacilará en acusar de heterodoxia, o de infidelidad al Magisterio de la Iglesia, a quienes se le opongan.
Es cierto que al menos tres Papas, inmediatamente anteriores al Concilio Vaticano II, condenaron clara y extensamente el Modernismo. Acerca de lo cual esta herejía ha trabajado inteligentemente a fin de convertir tales condenaciones en tarea inútil. Para lo que le ha bastado utilizar, con todo éxito por cierto, una de sus armas preferidas y más eficaces, cual es el historicismo. Aplicando tal filosofía a aquellas condenaciones que, según el Modernismo, fueron muy oportunas en su tiempo (puede apreciarse la ironía), es como se ha logrado que, efectivamente, sean consideradas como fruto de su tiempo y producto de una época que en la presente carecen de aplicación, por no tener ya sentido alguno. Y efectivamente, puesto que el historicismo evolucionista ha sido uno de los instrumentos manejados con más éxito por la más moderna y artera de todas las herejías.
Según lo cual, la principal diferencia entre las herejías clásicas y el Modernismo es la que existe entre la realidad (bien que falsa, cual es la de las herejías) y la farsa, o el teatro. En aquéllas podía apreciarse fácilmente el error (que ellas no trataban de ocultar, convencidas como estaban de que defendían la verdad), mientras que el Modernismo, aun a sabiendas de que lo que pregona no coincide con lo que piensa, lo proclama, sin embargo, aunque cubriéndolo con el ropaje de la verdad, a fin de hacer pasar por blanco lo que en realidad es negro, y viceversa. En este sentido, o en cuanto que añade al error la voluntad consciente de engañar, es obligado atribuirle la especial malicia propia y peculiar del Príncipe de la Mentira. Y ya en este entorno, no es de extrañar que el Modernismo muestre una especial afición por el show, el espectáculo y por todo aquello que, a través de grandes concentraciones de público, facilite la manipulación de multitudes. Cuando falta la realidad de la verdad, se hace necesario sustituirla por los relucientes trajes y luminosos decorados que los actores utilizan en el complejo mundo de la farándula. Decía el Papa Pablo VI que el humo de Satanás se había infiltrado en la Iglesia: ¿Tal vez en la forma de actuación teatral que, en último término, es la peculiar del Modernismo? Después de todo, fue el gran Calderón quien ya dijo que el Mundo es un Teatro.