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domingo, 23 de janeiro de 2011

VEN. PIO XII : Revocando estos misterios de Jesucristo, la Sagrada Liturgia trata de hacer participar en ellos a todos los creyentes, de forma que la Divina Cabeza del Cuerpo Místico viva en la plenitud de su santidad en cada uno de los miembros. Sean las almas de los cristianos como altares en los que se repitan y se revivan las varias fases del sacrificio que inmola el Sumo Sacerdote; los dolores y las lágrimas que lavan y expían los pecados; la oración dirigida a Dios, que se eleva hasta el cielo; la propia inmolación hecha con ánimo pronto, generoso y solícito y, por fin; la íntima unión con la cual nos abandonamos a Dios nosotros y nuestras cosas, y descansamos en El, «siendo el juego de la religión el imitar a aquél a quien adora»

PIO XII
"Mediator Dei"
Sobre la Sagrada Liturgia


CICLO DE LOS MISTERIOS

1º. Se desenvuelve principalmente por El
191. Durante todo el curso del año, la celebración del sacrificio eucarístico y el oficio divino se desenvuelve, sobre todo, en torno a la persona de Jesucristo, y se organiza de forma tan concorde y congruente que nos hace conocer a la perfección a nuestro Salvador en sus misterios de humillación, de redención y de triunfo.
2º. Intentos de la Sagrada Liturgia.
192. Revocando estos misterios de Jesucristo, la Sagrada Liturgia trata de hacer participar en ellos a todos los creyentes, de forma que la Divina Cabeza del Cuerpo Místico viva en la plenitud de su santidad en cada uno de los miembros. Sean las almas de los cristianos como altares en los que se repitan y se revivan las varias fases del sacrificio que inmola el Sumo Sacerdote; los dolores y las lágrimas que lavan y expían los pecados; la oración dirigida a Dios, que se eleva hasta el cielo; la propia inmolación hecha con ánimo pronto, generoso y solícito y, por fin; la íntima unión con la cual nos abandonamos a Dios nosotros y nuestras cosas, y descansamos en El, «siendo el juego de la religión el imitar a aquél a quien adora» (5).
3º. Desarrollo de este ciclo.
193. Conforme con estos modos y motivos con que la Liturgia propone a nuestra meditación en tiempos fijos la vida de Jesucristo, la Iglesia nos muestra ejemplos que debemos imitar y los tesoros de santidad que hacemos nuestros, porque es necesario creer con el espíritu lo que se canta con la boca, y traducir en la práctica de las costumbres públicas y privadas lo que se cree con el espíritu.
a) Especial intención de la Iglesia en cada tiempo.
194. Así, en la época de Adviento, excita en nosotros la conciencia de los pecados miserablemente cometidos, y nos exhorta para que, frenando los deseos con la mortificación voluntaria del cuerpo, nos recojamos en piadosa meditación y nos sintamos impulsados por el deseo de volver a Dios, que es el único que puede liberarnos con su gracia de la mancha de los pecados y de los males que son su consecuencia.
195. Con la conmemoración del Nacimiento del Redentor, parece casi reconducirnos a la gruta de Belén, para que allí aprendamos que es absolutamente necesario nacer de nuevo y reformarnos radicalmente, lo que sólo es posible cuando nos unamos intima y vitalmente al Verbo de Dios, hecho hombre, y seamos partícipes de su divina naturaleza, a la que seamos elevados.
196. Con la solemnidad de la Epifanía, recordando la vocación de los gentiles a la fe cristiana, quiere que demos gracias todos los días al Señor por tan gran beneficio, que deseemos con gran fe al Dios vivo, que comprendamos con gran devoción y profundidad las cosas sobrenaturales y que practiquemos el silencio y la meditación para poder fácilmente entender y conseguir los dones celestiales.
197. En los días de la Septuagésima y de la Cuaresma, la Iglesia, nuestra Madre, multiplica sus cuidados para que cada uno de nosotros se percate diligentemente de sus miserias, sea activamente incitado a la enmienda de las costumbres y deteste de forma particular los pecados, lavándolos con la oración y la penitencia, ya que la asidua oración y la penitencia de los pecados cometidos nos obtienen la ayuda divina, sin la cual son inútiles y estériles todas nuestras obras.
198. En el tiempo sagrado en que la Liturgia nos propone los atroces dolores de Jesucristo, la Iglesia nos invita al Calvario, para seguir las huellas sangrientas del Divino Redentor, a fin de que con gusto llevemos la cruz con El, para que tengamos en nosotros los mismos sentimientos de expiación y de propiciación y para que juntos muramos todos con El.
199. Con la solemnidad pascual, que conmemora el triunfo de Cristo, nuestra alma es invadida por una íntima alegría, y debemos oportunamente pensar que también nosotros debemos resucitar juntamente con el Redentor de una vida fría e inerte a una vida más santa y fervorosa, ofreciéndonos todos con generosidad a Dios y olvidándonos de esta miserable tierra para aspirar solamente al Cielo: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas que son de arriba..., saboread las cosas del cielo» (Colos. 3, 1-2).
200. En el tiempo de Pentecostés, finalmente, la Iglesia nos exhorta con sus preceptos y sus obras, a ofrecernos dócilmente a la acción del Espíritu Santo, el cual quiere inflamar nuestros corazones de caridad divina para que progrese cada día en la virtud con mayor empeño y así nos santifiquemos, de la misma forma que Cristo Nuestro Señor y su Padre celestial son Santos.
b) Es, pues, un himno que requiere atención e interés.