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sexta-feira, 30 de abril de 2010

ANTEPRIMA DE "IL MISTERO DELLA CHIESA DI SAN PIO" SU PANORAMA!



Padre Pio Squadre da muratore, piramidi, gatti, strane conchiglie fossili... Nella chiesa dedicata al santo, a San Giovanni Rotondo, compaiono molti simboli che ricordano le logge. Solo un caso oppure...

di Pietrangelo Buttafuoco

Il santuario progettato da Renzo Piano e dedicato a Padre Pio, proclamato santo, non piace al popolo dei fedeli. La nuova tomba poi, carica d’oro come neppure un mausoleo da satrapo, stride con la testimonianza francescana del frate di Pietrelcina. Ma adesso si propone un mistero in più: al di là delle genuine intenzioni dei committenti, infatti, nel santuario appaiono numerose incrostazioni simboliche (aggiunte al disegno originale di Piano) che fanno ipotizzare una trama segreta intorno al tempio come neppure Dan Brown avrebbe saputo fare. Francesco Colafemmina, esperto di arte sacra, incuriosito dalle reazioni e dai giudizi dei pellegrini, ha lavorato a un saggio che risponde a un inquietante interrogativo: l’intera struttura architettonica, con il suo corredo iconografico, è un intrico di messaggi esoterici, alchemici e, in cruda sintesi, un edificio votato al culto massonico?Il mistero della Chiesa di San Pio, coincidenze e strategie esoteriche all’ombra del grande santo di Pietrelcina(edizioni Settecolori, 15 euro) sarà in libreria dal 5 maggio. Corredato di note e di un ricco apparato fotografico, il libro ripercorre anche i sentieri dell’antica avversione che oppone la Chiesa alla Libera muratoria. Così, nel 1913, San Pio scriveva: «Quanti disgraziati fratelli corrispondono all’amore di Gesù col buttarsi a braccia aperte nell’infame setta della massoneria! Preghiamo per costoro acciocché il Signore illumini le loro menti e tocchi il loro cuore».
 
fonte:fides et forma

Sobre a vida de São João Maria Vianney


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fonte:sucessão apostólica

Cardenal Ratzinger: la liturgia, el latín y el Misal de San Pío V


 


Que la orientación del sacerdote y de los fieles durante la celebración del Santo Sacrificio del Altar sea la misma es lo que caracteriza a la Misa Tradicional. Transcribimos, a este respecto, el prólogo íntegro que el Cardenal Ratzinger escribió para el libro del P. Uwe Michael Lang, “Vueltos al Señor. La orientación de la oración litúrgica” (los destaques son nuestros):

“Para el católico practicante normal son dos los resultados más evidentes de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II: la desaparición del latín y el altar orientado hacia el pueblo. Quien lee los textos conciliares puede constatar con asombro que ni lo uno ni lo otro se encuentran en dichos textos en esta forma.

"A la lengua vulgar, por supuesto, había que darle espacio, según las intenciones del Concilio (1) sobre todo en el ámbito de la liturgia de la Palabra pero, en el texto conciliar, la norma general inmediatamente anterior dice: «Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular» (2).

"El texto conciliar no habla de la orientación del altar hacia el pueblo. Se habla de esta cuestión en instrucciones posconciliares. La más importante de ellas es la Institutio generalis Missalis Romani, la Introducción general al nuevo Misal romano de 1969, donde en el número 262 se lee: «Constrúyase el altar mayor separado de la pared, de modo que se le pueda rodear fácilmente y la celebración se pueda hacer de cara al pueblo [versus populum]» .

La introducción a la nueva edición del Misal romano de 2002 ha tomado este texto a la letra, pero al final añade lo siguiente: «es deseable donde sea posible». Muchos ven en este añadido una lectura rígida del texto de 1969, en el sentido de que ahora existe la obligación general de construir «donde sea posible» los altares de cara al pueblo. Esta interpretación, sin embargo, fue rechazada por la competente Congregación para el Culto Divino el 25 de septiembre de 2000, cuando explicó que la palabra «expedit» [es deseable] no expresa una obligación, sino un consejo.

Hay que distinguir lo que dice la Congregación la orientación física de la espiritual. Cuando el sacerdote celebra versus populum, su orientación espiritual debe ser siempre versus Deum per Iesum Christum [hacia Dios por Jesucristo]. Dado que ritos, signos, símbolos y palabras no pueden nunca agotar la realidad última del misterio de la salvación, se han de evitar posturas unilaterales y absolutas al respecto.


"Es una aclaración importante porque evidencia el carácter relativo de las formas simbólicas exteriores, contraponiéndose de este modo a los fanatismos que por desgracia en los últimos cuarenta años han sido frecuentes en el debate en torno a la liturgia. Pero al mismo tiempo ilumina también la dirección última de la acción litúrgica, que no se expresa nunca completamente en las formas exteriores y que es la misma para el sacerdote y para el pueblo (hacia el Señor: hacia el Padre por Cristo en el Espíritu Santo).

La respuesta de la Congregación, pues, debería crear un clima más tranquilo para el debate; un clima en el que pueda buscarse la manera mejor para la actuación práctica del misterio de la salvación, sin condenas recíprocas, escuchando con atención a los demás, pero sobre todo escuchando las indicaciones últimas de la misma liturgia.

Tachar apresuradamente ciertas posturas como “preconciliares”, “reaccionarias”, “conservadoras”, o “progresistas” o “ajenas a la fe”, no debería admitirse en la confrontación, que debería dejar espacio a un nuevo y sincero compromiso común de cumplir la voluntad de Cristo del mejor modo posible.

"Este pequeño libro de Uwe Michael Lang, oratoriano residente en Inglaterra, analiza la cuestión de la orientación de la oración litúrgica desde el punto de vista histórico, teológico y pastoral. Y haciendo esto, vuelve a plantear en un momento oportuno creo yo un debate que, a pesar de las apariencias, no ha cesado nunca realmente, ni siquiera después del Concilio.

"El liturgista de Innsbruck Josef Andreas Jungmann, que fue uno de los arquitectos de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Vaticano II, se opuso firmemente desde el principio al polémico tópico según el cual el sacerdote, hasta ahora, había celebrado "dando la espalda al pueblo" . Jungmann subrayaba, en cambio, que no se trataba de dar la espalda al pueblo, sino de asumir la misma orientación que el pueblo.

La liturgia de la Palabra tiene carácter de proclamación y de diálogo: es dirigir la palabra y responder, y, por consiguiente, quien proclama se dirige a quien escucha y viceversa, la relación es recíproca. La oración eucarística, en cambio, es la oración en la que el sacerdote hace de guía, pero está orientado, con el pueblo y como el pueblo, hacia el Señor. Por esto, según Jungmann, la misma dirección del sacerdote y del pueblo pertenece a la esencia de la acción litúrgica.

Más tarde Louis Bouyer otro de los principales liturgistas del Concilio y Klaus Gamber, cada uno a su manera, retomaron la cuestión. Pese a su gran autoridad, tuvieron desde el principio algunos problemas para hacerse oír, pues era muy fuerte la tendencia a poner en evidencia el elemento comunitario de la celebración litúrgica y a considerar por eso que el sacerdote y el pueblo debían estar frente a frente para dirigirse recíprocamente el uno al otro.

"Es una aclaración importante porque evidencia el carácter relativo de las formas simbólicas exteriores, contraponiéndose de este modo a los fanatismos que por desgracia en los últimos cuarenta años han sido frecuentes en el debate en torno a la liturgia. Pero al mismo tiempo ilumina también la dirección última de la acción litúrgica, que no se expresa nunca completamente en las formas exteriores y que es la misma para el sacerdote y para el pueblo (hacia el Señor: hacia el Padre por Cristo en el Espíritu Santo).

La respuesta de la Congregación, pues, debería crear un clima más tranquilo para el debate; un clima en el que pueda buscarse la manera mejor para la actuación práctica del misterio de la salvación, sin condenas recíprocas, escuchando con atención a los demás, pero sobre todo escuchando las indicaciones últimas de la misma liturgia. Tachar apresuradamente ciertas posturas como "preconciliares","reaccionarias", "conservadoras", o "progresistas" o "ajenas a la fe", no debería admitirse en la confrontación, que debería dejar espacio a un nuevo y sincero compromiso común de cumplir la voluntad de Cristo del mejor modo posible.

"Sólo recientemente el clima se ha vuelto más tranquilo y así, quienes plantean cuestiones como las de Jungmann, Bouyer y Gamber ya no son sospechosos de sentimientos "anticonciliares". Los progresos de la investigación histórica han dado más objetividad al debate, y los fieles intuyen cada vez más lo discutible de una solución en la que a duras penas se advierte la apertura de la liturgia hacia lo que le espera y hacia lo que la transciende.

En esta situación, el libro de Uwe Michael Lang, tan agradablemente objetivo y nada polémico, puede ser una ayuda preciosa. Sin la pretensión de presentar nuevos descubrimientos, ofrece los resultados de las investigaciones de los últimos decenios con gran esmero, dando la información necesaria para poder llegar a un juicio objetivo.

Es digno de mérito el hecho de que se evidencia al respecto no sólo la aportación, poco conocida en Alemania, de la Iglesia de Inglaterra, sino también el relativo debate, interno al Movimiento de Oxford en el siglo XIX, en cuyo contexto maduró la conversión de John Henry Newman. Sobre esta base se desarrollan luego las respuestas teológicas.

"Espero que este libro de un joven estudioso pueda ser una ayuda en el esfuerzo necesario para cada generación de comprender correctamente y de celebrar dignamente la liturgia. Le deseo que encuentre muchos lectores atentos” (3).


– El 18 de noviembre de 1992 en el prefacio del libro "Vueltos al Señor", edición en lengua francesa, del liturgista alemán Monseñor Klaus Gamber, sobre la orientación del sacerdote y los fieles, el Cardenal Ratzinger escribe:

“La orientación de la oración, común a sacerdotes y fieles, cuya forma simbólica era generalmente en dirección al este, es decir al sol que se eleva, era concebida como una mirada hacia el Señor, hacia el verdadero sol. Hay en la liturgia una anticipación de su regreso; sacerdotes y fieles van a su encuentro. Esta orientación de la oración expresa el carácter geocéntrico de la liturgia; obedece a la monición ‘Volvámonos hacia el Señor’ ” (4).


– En otro texto explica que:

“... hay algo que siempre estuvo claro en toda la cristiandad hasta bien entrado el segundo milenio: la orientación de la oración hacia el oriente es una tradición que se remonta a los orígenes y es la expresión fundamental de la síntesis cristiana de cosmos e historia, del arraigo en la unicidad de la historia de la salvación, de salir al encuentro del Señor que viene. En ella se expresa, tanto la fidelidad a lo que hemos recibido, como la dinámica de lo que hay que recorrer”.

“El hombre de hoy tiene poca sensibilidad para esta ‘orientación’. Mientras que para el judaísmo y el islam sigue siendo un hecho incuestionable el rezar en dirección al lugar central de la revelación –hacia Dios que se nos ha mostrado–...” (5)

“La orientación de todos hacia el oriente no era una 'celebración contra la pared', no significaba que el sacerdote ´diera la espalda al pueblo', en ella no se le daba tanta importancia al sacerdote. Al igual que en la sinagoga todos miraban a Jerusalén, aquí todos miran ´hacia el Señor´.

Usando la expresión de uno de los Padres de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II, J. A. Jungmann, se trataba más bien de una misma orientación del sacerdote y del pueblo, que sabían que caminaban juntos hacia el Señor. Pueblo y sacerdote no se encierran en un círculo, no se miran unos a otros, sino que, como pueblo de Dios en camino, se ponen en marcha hacia el oriente, hacia el Cristo que avanza y sale a nuestro encuentro” (6).

– Importancia en la liturgia de la postura de arrodillarse de sacerdote y fieles:

“Tal vez sea cierto que el arrodillarse constituya algo ajeno a la cultura moderna, precisamente en la medida en que se trata de una cultura que se ha alejado de la fe y que no conoce ya a Aquel ante el cual ponerse de hinojos es un gesto justo, mejor dicho, un gesto necesario interiormente. Quien aprende a creer aprende a arrodillarse; una fe o una liturgia que no conozcan ya el acto de arrodillarse están enfermas en un punto central. Allí donde se ha perdido este gesto es donde hay que aprenderlo de nuevo” (7).

– La autoridad del Papa no es ilimitada: está al servicio de la santa tradición:

“Tras el concilio Vaticano II se generó la impresión de que el Papa podía hacer cualquier cosa en materia de liturgia (...). Así fue como desapareció, en grandes zonas de la conciencia difusa de Occidente, la noción de liturgia como algo que nos precede y que no puede ser ‘hecho’ a nuestro antojo. Pero de hecho, el concilio Vaticano 1º no pretendió definir en absoluto al Papa como un monarca absoluto, sino, por el contrario, como el garante de la obediencia a la palabra transmitida: su potestad se liga a la tradición de la fe, lo que rige también en el campo litúrgico (...). La autoridad del Papa no es ilimitada: está al servicio de la santa tradición” (8).


– Ruptura en la historia de la liturgia: consecuencias trágicas (autobiografía):

“La promulgación por Pablo VI de la prohibición del Misal de San Pío V que se había desarrollado a lo largo de los siglos desde el tiempo de los sacramentales de la Iglesia antigua, comportó una ruptura en la historia de la liturgia cuyas consecuencias sólo podían ser trágicas” (9)

“… yo estaba perplejo ante la prohibición del Misal antiguo, porque algo semejante no había ocurrido jamás en la historia de la liturgia. Se suscitaba por cierto la impresión de que esto era completamente normal. El misal precedente había sido realizado por Pío V en el año 1570, a la conclusión del Concilio de Trento; era, por tanto, normal que, después de cuatrocientos años y un nuevo Concilio, un nuevo Papa publicase un nuevo misal.


Pero la verdad histórica era otra. Pío V se había limitado a hacer reelaborar el misal romano entonces en uso, como en el curso vivo de la historia había siempre ocurrido a lo largo de todos los siglos. Del mismo modo, muchos de sus sucesores reelaboraron de nuevo este misal, sin contraponer jamás un misal al otro. Se ha tratado siempre de un proceso continuado de crecimiento y de purificación en el cual sin embargo, nunca se destruía la continuidad. Un misal de Pío V creado por él, no existe realmente. Existe sólo la reelaboración por él ordenada como fase de un largo proceso de crecimiento histórico.

La novedad, tras el Concilio de Trento, fue de otra naturaleza: la irrupción de la reforma protestante había tenido lugar sobre todo en la modalidad de ‘reformas litúrgicas’. No existía simplemente una Iglesia católica junto a otra protestante; la división de la Iglesia tuvo lugar casi imperceptiblemente y encontró su manifestación más visible e históricamente más incisiva en el cambio de la liturgia que, a su vez, sufrió una gran diversificación en el plano local, tanto que los límites entre lo que todavía era católico y lo que ya no era se hacían con frecuencia difíciles de definir.

En esta situación de confusión, que había sido posible por la falta de una normativa litúrgica unitaria y del pluralismo litúrgico heredado de la Edad Media, el Papa decidió que el ‘Missale Romanum’, el texto litúrgico de la ciudad de Roma, católico sin ninguna duda, debía ser introducido allí donde no se pudiese recurrir a liturgias que tuviesen por lo menos doscientos años de antigüedad. Donde se podía demostrar esto último, se podía mantener la liturgia precedente, dado que su carácter católico podía ser considerado seguro. No se puede, por tanto, hablar de hecho de una prohibición de los anteriores y hasta entonces legítimamente válidos misales” (10).


– La crisis eclesial en la que nos encontramos depende en gran parte del hundimiento de la liturgia:

“(con la) reforma litúrgica de Pablo VI acaeció algo más que una simple ‘revisión’ del Misal anterior, pues se destruyó el edificio antiguo y se construyó otro, si bien con el material del cual estaba hecho el edificio antiguo y utilizando también los proyectos precedentes. (...) Para la vida de la Iglesia es dramáticamente urgente una renovación de la conciencia litúrgica, una reconciliación litúrgica. (…). Estoy convencido de que la crisis eclesial en la que nos encontramos depende en gran parte del hundimiento de la liturgia” (11).

– (Año 2002) Proscripción de la liturgia válida hasta 1970. Sus devotos, tratados como apestados.

“También es importante para la correcta concienciación en asuntos litúrgicos que concluya de una vez la proscripción de la liturgia válida hasta 1970. Quien hoy aboga por la perduración de esa liturgia o participa en ella es tratado como un apestado, aquí termina la tolerancia. A lo largo de la historia no ha habido nada igual, esto implica proscribir también todo el pasado de la Iglesia. Y de ser así ¿cómo confiar en su presente? Francamente, yo tampoco entiendo por qué muchos de mis hermanos obispos se someten a esta exigencia de intolerancia que, sin ningún motivo razonable, se opone a la necesaria reconciliación interna de la Iglesia” (12).

– Libertad para usar el viejo misal – de San Pío V:

“He abogado desde el principio en pro de la libertad de continuar usando el viejo misal – el misal de San Pío V” (13).

– Inmanipulabilidad de la liturgia:

“Hoy, lo más importante es volver a respetar la liturgia y su inmanipulabilidad. Que aprendamos de nuevo a reconocerla como algo que crece, algo vivo y regalado, con lo que participamos en la liturgia celestial. Que no busquemos en ella la autorrealización, sino el don que nos corresponde” (14).

– Poner término al pisoteo de la liturgia con autoinventos:

“En mi opinión, esto debería ser ante todo y sobre todo un proceso educativo que ponga término al pisoteo de la liturgia con auto inventos” (15).

Palabras finales del Cardenal Ratzinger en la Conferencia pronunciada en Roma, el 24 de octubre de1998 al celebrarse el Xº aniversario de la “Comisión Pontificia Ecclesia Dei”:

“Por lo tanto queridos amigos, yo quiero alentaros a no perder la paciencia, a conservar la confianza y a que toméis de la liturgia la fuerza necesaria para dar vuestro testimonio por nuestro Señor en estos tiempos” (16).


Notas

(1) Cfr. Sacrosanctum Concilium, 36,2.
(2) Sacrosanctum Concilium 36,1.
(3) P. UWE MICHAEL LANG, Vueltos al Señor. La orientación de la oración litúrgica , Catagalli, Siena 2004, 150 págs.
(4) KLAUS GAMBER, ¡Vueltos hacia el Señor!, Ediciones ´Renovación´, Madrid 1996. pág. 7.
(5) JOSEPH RATZINGER, El Espíritu de la Liturgia, una introducción , Ediciones Cristiandad, Madrid 2001, pág. 97.
(6) Id., pág. 102.
(7) Id., pág. 190.
(8) JOSEPH RATZINGER, Introducción al Espíritu de la Liturgia , Ediciones San Pablo, pág. 162.
(9) JOSEPH RATZINGER, Mi Vida, Recuerdos (19271977) , Ed. Encuentro, Madrid 1997, pág 24.
(10) Id., págs. 123124.
(11) Id., pág. 124.
(12) (Joseph Ratzinger, "Dios y el mundo", editorial Sudamericana, mayo 2005, págs. 393-394. La traducción al francés dice "leprosos" en lugar de "apestados" - "Voici quel est notre Dieu", pág. 291. Publication: 3/5/2005. Editeur: Plon. Publication :3/5/2005. Paris. ISBN : 2259202985 324 pages).
(13) JOSEPH RATZINGER, Balance y Perspectivas, en Autor de la cuestión litúrgica ... , págs. 177178.
(14) JOSEPH RATZINGER, "Dios y el mundo", ver nota 12.
15) Id., pág. 393.
(16) JOSEPH RATZINGER - "¿Existe contradicción entre el Nuevo y el Antiguo rito de la Misa?" - Ediciones “Renovación”, Madrid 1998, pág. 9.
fonte:congregación obispo alois hudal

San Juan María Vianney: Sermón sobre el pensamiento de la muerte









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visto em:devoción católica

First Solemn Pontifical Mass by a ruling Filipino bishop in his diocese since 1970 .On April 27, 2010, feast of St. Peter Canisius, His Excellency Antonio Tobias, Bishop of Novaliches, offered Solemn Pontifical Mass in the convent chapel of the Franciscan Sisters of the Immaculate in his diocese

He was assisted by priests and brothers belonging to the Franciscan Friars of the Immaculate.

This Mass is only the second Solemn Pontifical Mass to be celebrated by a Filipino bishop since September 14, 2007 (the first one had been offered by Bishop Camilo Gregorio of the Prelature of Batanes on September 14, 2008 -- see this for a report on that Mass), and the first to be offered by a Filipino Ordinary in his own diocese since 1970.

Bishop Tobias had offered Solemn Pontifical Mass for the 2003 international colloquium of the Centre International d'Etudes Liturgiques in France, and a "Low Mass with Solemnity" last year, also in the convent of the Franciscan Sisters of the Immaculate.










fonte:rorate caeli

ENTREVISTA A MONSEÑOR NICOLA BUX: ES NECESARIA UNA CELEBRACIÓN REGULAR DE LA MISA TRADICIONAL EN CADA CATEDRAL Y PARROQUIA DEL MUNDO (2ª PARTE)


Más allá de ciertos utópicos que, con escaso sentido pastoral, quisieran una restauración de todo e inmediatamente, debemos preguntarnos cómo se puede actuar suave, pero firmemente, para mejorar gradualmente ciertos aspectos de la liturgia. ¿Cómo actuar en este proceso tan necesario como largo? ¿Cómo adaptarse a la realidad sin compromisos?


Es necesario tener en cuenta el momento histórico que vivimos, en el que se registra una crisis general de la autoridad, sea del padre, del Estado, de la Iglesia (y en la Iglesia); como decíamos, se corre el riesgo de terminar en una concepción “hecha por ti”. Actualmente nos encontramos en una generalizada anomia (ausencia de ley), si bien todos recurren a la ley cuando los propios derechos son conculcados.
De los derechos de Dios en cambio nos olvidamos siempre. ¿Cómo se puede pedir la observancia de las normas litúrgicas si antes no se explica qué es el “ius divinum” de la liturgia? Hoy ya nadie lo sabe. En primer lugar es necesario hacer entender el sentido de las normas. Es un poco como en moral, la determinación de una ley se funda primero en la comprensión de sus principios, y se sabe que, cuando se habla de liturgia y de sacramentos, hay implicaciones morales. Primero, decía, es necesario entender que el sentido de las normas deriva de la convicción de que la “primera norma” es adorar a Dios – Adorarás al Señor, tu Dios, y no tendrás otro Dios fuera de Mí -, no se puede hacer un culto a imagen propia, de lo contrario, se deforma a Dios. Hoy no sólo nos imaginamos un dios y luego inventamos el culto a él, sino que incluso imaginamos un culto sobre el cual nos inventamos el dios. La idolatría significa una “idea distorsionada de Dios”. Esta es la realidad que nos rodea.
El Papa Benedicto XVI, en la carta a los Obispos en la que explica el sentido del levantamiento de las excomuniones a los Obispos consagrados por Mons. Lefebvre, quería hacer entender a quien le reprochaba el ocuparse de problemas secundarios como los relativos a la liturgia, que en un momento en que el sentido de la fe y de lo sagrado se está extinguiendo por todos lados, es necesario que propiamente en la liturgia se halle la forma privilegiada de encontrar a Dios. La liturgia es y sigue siendo el lugar más idóneo para encontrar a Dios y por eso el Papa, ocupándose de ella, no está tratando problemas secundarios sino cuestiones primarias. Si la liturgia habla de cosas mundanas, ¿cómo se hace para ayudar al hombre?
A los "utopistas", hay que recordarles que se requiere lo que Benedicto XVI llama “la paciencia del Amor”.

El ofertorio antiguo hablaba al hombre de Dios con la elocuencia de expresiones profundas sobre el valor sacrificial, sobre la naturaleza de la Misa como sacrificio ofrecido a Dios. ¿Se podría pensar en una corrección, en este sentido, del nuevo rito?


Es importante que sea conocida la Misa antigua, llamada también tridentina, pero que es más oportuno llamar “de San Gregorio Magno”, como ha dicho recientemente Martin Mosebach. Esta ha tomado forma ya bajo el Papa Dámaso y luego bajo Gregorio, no con san Pío V, el cual trató de reordenar y codificar, teniendo en cuenta los enriquecimientos de los siglos precedentes y dejando lo obsoleto. Con esta premisa debe ser conocida sobre todo esta Misa, de la que el ofertorio es parte integrante. Hay muchos trabajos de grandes estudiosos en este sentido y muchos se han interrogado sobre la oportunidad de reintroducir el antiguo ofertorio, al que usted se refiere. Sin embargo, sólo la Sede Apostólica tiene autoridad para obrar en este sentido.

Es verdad que la lógica que ha seguido la reordenación de la liturgia después del Concilio Vaticano II ha llevado a simplificar el ofertorio porque se consideraba que hubiera más fórmulas de oraciones ofertoriales; así, se introdujeron las dos fórmulas de bendición de sabor judío, permaneció la secreta convertida en oración “sobre las ofrendas” y el orate fratres, y se consideraron más que suficientes. A decir verdad, esta sencillez, vista como un retorno a la pureza antigua, entra en conflicto con la tradición litúrgica romana, con la bizantina y con otras liturgias orientales y occidentales. La estructura del ofertorio era vista por los grandes comentadores y teólogos de la Edad Media como la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, que va a inmolarse en ofrenda sacrificial. Por eso, las ofrendas eran ya llamadas “santas”, y el ofertorio tenía una gran importancia. La posterior simplificación de la que he hablado ha hecho que hoy muchos pidan el retorno de las ricas y bellas oraciones del “suscipe sancte Pater” y del “suscipe Sancta Trinitas”, sólo por citar algunas.


Pero, será a través de una más amplia difusión de la Misa antigua que este “contagio” del antiguo sobre el nuevo será posible. Por eso, reintroducir la Misa “clásica”, permítaseme la expresión, puede constituir un factor de gran enriquecimiento. Es necesario facilitar una celebración festiva regular de la Misa tradicional al menos en cada Catedral del mundo, pero también en cada parroquia: esto ayudará a los fieles a conocer el latín y a sentirse parte de la Iglesia Católica, y en la práctica los ayudará a participar en las Misas en las reuniones en los santuarios internacionales. Al mismo tiempo, es necesario también evitar reintroducciones descontextualizadas; quiero decir que hay una ritualidad ligada a los significados expresados que no puede ser reintroducida simplemente insertando una oración, se trata de un trabajo más complejo.

La gestualidad y la orientación tienen ciertamente una gran importancia, lo que el fiel ve es reflejo de una realidad invisible. ¿La cruz en el centro del altar puede ser el modo para recordar qué es la Misa?


La cruz en el centro del altar es el modo para recordar qué es la Misa. No hablo de una cruz “mínima” sino de una cruz tal que pueda ser vista, la cruz debe ser de dimensiones proporcionadas al espacio eclesial. Ella debe volver al centro, en eje con el altar, debe poder ser vista por todos. Debe ser el punto en el que se crucen la mirada de los fieles y la mirada del sacerdote, dice Joseph Ratzinger en “Introducción al espíritu de la liturgia”. Debe estar en el centro, independientemente de la celebración, aún si ésta se desarrolla “hacia el pueblo”. Insisto en una cruz bien visible, de otro modo, ¿de qué sirve una imagen que no es adecuadamente útil? Las imágenes hacen referencia al prototipo.


Todos sabemos que ha habido también una posición anicónica, por ejemplo, Epifanio de Salamina, como también los cistercienses, pero la iconodulía ha prevalecido luego con el Niceno II de 787, en base a lo que decía San Juan Damasceno: la imagen refiere al prototipo. Esto vale todavía más actualmente en la llamada civilización de la imagen. En un momento en que la visión se ha convertido en instrumento privilegiado para nuestros contemporáneos, no se puede exponer lateralmente una pequeña cruz o un esbozo ilegible de ella, sino que es necesario que la cruz, con el Crucificado, sea bien visible sobre el altar, desde cualquier ángulo donde se lo mire.

Frente al redescubrimiento de las exigencias de las que nos ha hablado, hay, de todos modos, un paso difícil que es el de las decisiones prácticas. ¿Cómo moverse?


En mi humilde opinión, la prioridad es hacer comprender el sentido de lo divino. El hombre busca a Dios, busca lo sagrado y lo que es signo de ello, en la exigencia natural de dirigirse a Dios y de venerarlo, se busca el encuentro con Dios en las formas sagradas del rito. Cuando se pierde la verdadera sacralidad del culto cristiano, el hombre continúa yendo a tientas, pero de modo distorsionado, ya que se encuentra como desorientado. ¿Cómo puede entonces el hombre responder concretamente a esta exigencia? En primer lugar, debe poder encontrar en la Iglesia lo que es la definición por excelencia de lo sagrado: Jesús eucarístico. El Tabernáculo debe volver al centro. Es cierto históricamente que, en las grandes basílicas o en las catedrales el tabernáculo estaba en capillas laterales. Sabemos bien que con la reforma tridentina se prefirió poner en el centro el tabernáculo, también para contrastar los errores protestantes sobre la presencia verdadera, real y sustancial del Señor. Pero también es cierto que actualmente la mentalidad que nos circunda, no contesta sólo la presencia real sino que contesta la presencia de lo divino.

En la religión naturalmente el hombre busca el encuentro con lo divino, pero esta presencia de lo divino no puede ser reducida a algo puramente espiritual. Esta presencia debe ser “tocada” y esto no se hace con un libro, no se puede hablar de presencia de lo divino sólo en los términos relativos a la lectura de las Sagradas Escrituras. Ciertamente, cuando la Palabra de Dios es proclamada, se puede justamente hablar de presencia divina pero es una presencia espiritual, no es la presencia verdadera, real y sustancial de la Eucaristía. De aquí la importancia del retorno a la centralidad del tabernáculo y, con él, a la centralidad del Cuerpo de Cristo presente. El puesto central no puede ser la sede del celebrante, no es un hombre quien está al centro de nuestra fe sino que es Jesús en la Eucaristía. De lo contrario, se termina comparando la iglesia a un aula, a un tribunal de este mundo, en cuyo centro se sienta un hombre.


El sacerdote es ministro, no puede estar en el centro. En el centro está Cristo-eucaristía, está el tabernáculo, está la cruz. De allí se debe recomenzar. De lo contrario, se pierde el sentido de lo divino. El tabernáculo es lo que debe atraer como centro en una iglesia.

El Cardenal Castrillón, en la homilía del 24 de septiembre de 2007 en Saint Eloi, decía que la Iglesia tiene necesidad de institutos “especializados” en la liturgia tradicional. ¿Considera también usted que los institutos hoy ligados a Ecclesia Dei pueden tener un rol en la formación de los sacerdotes o en el redescubrimiento de las riquezas de la Tradición?


¡Ciertamente! Estos institutos ejercen un carisma, y un carisma es algo que está en la Iglesia al servicio de la Iglesia. Una diócesis puede sacar gran beneficio del hecho de servirse de su ayuda. ¿Qué habría sido el Franciscanismo si el Papa no lo hubiera reconocido y puesto a disposición para el bien de toda la Iglesia?

quinta-feira, 29 de abril de 2010

Bento XVI: Estamos nos aproximando da conclusão do Ano Sacerdotal e, nesta última quarta-feira de abril, eu gostaria de falar de dois grandes santos sacerdotes, exemplares em sua doação a Deus e no testemunho de caridade, vivida na Igreja e para a Igreja, com os irmãos mais necessitados: São Leonardo Murialdo e São José Benedito Cottolengo.


 Intervenção na audiência geral de hoje

CIDADE DO VATICANO, quarta-feira, 28 de abril de 2010 (ZENIT.org).- Apresentamos, a seguir, a catequese dirigida pelo Papa aos grupos de peregrinos do mundo inteiro, reunidos na Praça de São Pedro para a audiência geral.
***
Queridos irmãos e irmãs:
Estamos nos aproximando da conclusão do Ano Sacerdotal e, nesta última quarta-feira de abril, eu gostaria de falar de dois grandes santos sacerdotes, exemplares em sua doação a Deus e no testemunho de caridade, vivida na Igreja e para a Igreja, com os irmãos mais necessitados: São Leonardo Murialdo e São José Benedito Cottolengo. Do primeiro, recordamos os 110 anos de morte e os 40 de sua canonização; do segundo, começaram as celebrações do 2º centenário de sua ordenação sacerdotal.
Murialdo nasceu em Turim, no dia 26 de outubro de 1828: é a Turim de São João Bosco, do próprio Cottolengo, terra fecundada por muitos exemplos de santidade de fiéis leigos e sacerdotes. Leonardo é o oitavo filho de uma família simples. Quando criança, junto com seu irmão, entrou no colégio dos Padres Escolápios de Savona para o Ensino Fundamental, Médio e Superior; lá encontrou educadores preparados, em um clima de religiosidade fundado em uma séria catequese, com práticas de piedade regulares.
Durante a adolescência, viveu, no entanto, uma profunda crise existencial e espiritual que o levou a antecipar a volta à família e a concluir seus estudos em Turim, matriculando-se no biênio de filosofia. A "volta à luz" aconteceu - como ele relata - após alguns meses, com a graça de uma confissão geral, na qual redescobriu a imensa misericórdia de Deus; amadureceu, então, aos seus 17 anos, a decisão de tornar-se sacerdote, como resposta de amor a Deus, que o havia seduzido com seu amor.
Ele foi ordenado no dia 20 de setembro de 1851. Precisamente naquele período, como catequista do Oratório do Anjo da Guarda, foi conhecido e estimado por Dom Bosco, que o convenceu a aceitar a direção do novo Oratório de São Luiz em Porta Nuova, exercida até 1865. Lá, entrou em contato também com os graves problemas dos mais pobres, visitou suas casas, amadurecendo uma profunda sensibilidade social, educativa e apostólica que o levou a dedicar-se de forma autônoma a múltiplas iniciativas a favor da juventude. Catequese, escola, atividades recreativas foram os fundamentos do seu método educativo no Oratório. Dom Bosco o quis junto a ele por ocasião da audiência que lhe foi concedida pelo beato Pio IX em 1858.
Em 1873, fundou a Congregação de São José, cujo fim apostólico foi, desde o começo, a formação da juventude, especialmente a mais pobre e abandonada. O ambiente de Turim nessa época foi marcado pelo intenso florescimento de obras e atividades caritativas promovidas por Murialdo até sua morte, ocorrida no dia 30 de março de 1900.
Quero sublinhar que o núcleo central da espiritualidade de Murialdo é a convicção do amor misericordioso de Deus: um Pai sempre bom, paciente e generoso, que revela a grandeza e imensidade da sua misericórdia com o perdão. Esta realidade foi experimentada por São Leonardo não no âmbito intelectual, mas existencial, mediante o encontro vivo com o Senhor.
Ele sempre se considerou um homem agraciado por Deus misericordioso: por isso viveu o sentido alegre da gratuidade ao Senhor, a serena consciência dos seus próprios limites, o desejo ardente de penitência, o compromisso constante e generoso de conversão.Ele via toda a sua existência na infinita misericórdia de Deus. Escreveu em seu Testamento Espiritual: "Tua misericórdia me cerca, ó Senhor (...). Como Deus está sempre e em todos os lugares, assim é amor sempre e em todos os lugares, é misericórdia sempre e em todos os lugares".
Recordando o momento de crise que teve em sua juventude, anotava: "Eis aqui que o bom Deus queria fazer resplandecer mais uma vez sua bondade e generosidade de forma totalmente singular. Não só me admitiu novamente à sua amizade, mas me chamou para uma escolha de predileção: chamou-me ao sacerdócio, e isso apenas poucos meses depois da minha volta a Ele".
São Leonardo viveu, por isso, a vocação sacerdotal como dom gratuito da misericórdia de Deus, com senso de reconhecimento, alegria e amor. Escreveu também: "Deus me escolheu! Ele me chamou, inclusive me obrigou à honra, à glória, à felicidade inefável de ser seu ministro, de ser ‘outro Cristo'... E onde estava eu quando me buscavas, meu Deus? No fundo do abismo! Eu estava lá, e até lá foi Deus para me buscar; lá, Ele me fez compreender sua voz..."
Sublinhando a grandeza da missão do sacerdote, que deve "continuar a obra da redenção, a grande obra de Jesus Cristo, a obra do Salvador do mundo", isto é, a de "salvar as almas", São Leonardo recordava sempre, a si mesmo e aos irmãos, a responsabilidade de uma vida coerente com o sacramento recebido. Amor de Deus e amor a Deus: foi esta a força do seu caminho de santidade, a lei do seu sacerdócio, o significado mais profundo do seu apostolado entre os jovens pobres e a fonte da sua oração.
São Leonardo Murialdo se abandonou com confiança nas mãos da Providência, realizando generosamente a vontade divina, no contato com Deus e dedicando-se aos jovens pobres. Dessa forma, ele uniu o silêncio contemplativo ao ardor incansável da ação; a fidelidade aos deveres de cada dia à genialidade das iniciativas; a força nas dificuldades à serenidade do espírito. Este é o seu caminho de santidade para viver o mandamento do amor a Deus e ao próximo.
Com o mesmo espírito de caridade, viveu - 40 anos antes de Murialdo - São José Benedito Cottolengo, fundador da obra chamada por ele mesmo de "Pequena Casa da Divina Providência", conhecida hoje também como "Cottolengo". No próximo domingo, em minha visita pastoral a Turim, venerarei as relíquias deste santo e visitarei os hóspedes da "Pequena Casa".
José Benedito Cottolengo nasceu em Bra, pequena cidade da província de Cuneo, no dia 3 de maio de 1786. Primogênito de 12 filhos, dos quais 6 morreram na infância, mostrou desde pequeno grande sensibilidade pelos pobres. Abraçou o caminho do sacerdócio, imitado também por dois dos seus irmãos.
Os anos da sua juventude foram os da aventura napoleônica e dos conseguintes mal-estares no campo religioso e social. Cottolengo se converteu em um bom sacerdote, procurado por muitos penitentes e, na Turim dessa época, pregador de exercícios espirituais e conferências entre os estudantes universitários, onde colhia sempre um êxito notável.
Aos 32 anos, foi nomeado cônego da Santíssima Trindade, uma congregação de sacerdotes que tinha a tarefa de celebrar na igreja do Corpus Domini e de dar decoro às celebrações religiosas da cidade, mas naquele cargo ele se sentia inquieto. Deus o estava preparando para uma missão particular e, precisamente com um encontro inesperado e decisivo, deu-lhe a entender qual seria seu futuro destino no exercício do seu ministério.
O Senhor sempre coloca sinais em nosso caminho para guiar-nos, segundo sua vontade, ao verdadeiro bem. Para Cottolengo, isso aconteceu de forma dramática, na manhã de domingo do dia 2 de setembro de 1827. Chegou a Turim, procedente de Milão, a diligência, cheia como nunca de gente, na qual se apertava uma família francesa inteira, na qual a mulher, com cinco filhos, estava no final de uma gravidez e com febre alta. Após ter vagado por vários hospitais, essa família encontrou alojamento em um dormitório público, mas a situação da mulher continuou agravando-se e alguns começaram a procurar uma cura.
Por um misterioso desígnio, cruzaram com Cottolengo e foi precisamente ele, com o coração angustiado, quem acompanhou a morte dessa jovem mãe, em meio à dor de toda a família. Após ter concluído este doloroso dever, com o sofrimento no coração, inclinou-se diante do Santíssimo Sacramento e rezou: "Meu Deus, por quê? Por que me escolheste como testemunha? O que queres de mim? Preciso fazer alguma coisa!".
Levantando-se, tocou todos os sinos, acendeu as velas e, acolhendo os curiosos na igreja, disse: "A graça aconteceu! A graça aconteceu!". A partir daquele momento, Cottolengo se transformou: todas as suas capacidades, especialmente sua habilidade econômica e organizativa, foram utilizadas para dar vida a iniciativas de apoio aos mais necessitados.
Ele soube envolver em sua empresa dezenas e dezenas de colaboradores e voluntários. Mudando-se para a periferia de Turim para expandir sua obra, criou uma espécie de povoado, no qual cada edifício que conseguiu construir recebeu um nome significativo: "casa da fé", "casa da esperança", "casa da caridade". Pôs em andamento o estilo das "famílias", constituindo verdadeiras e próprias comunidades de pessoas, voluntários e voluntárias, homens e mulheres, religiosos e leigos, unidos para enfrentar e superar juntos as dificuldades que se apresentavam.
Cada um, nessa Pequena Casa da Divina Providência, tinha uma tarefa específica: uns trabalhavam, outros rezavam, uns serviam, outros lecionavam, alguns administravam. Sãos e doentes compartilhavam juntos o mesmo peso do dia a dia.
Também a vida religiosa se especificou no tempo, segundo as necessidades e exigências particulares. Ele pensou inclusive em um seminário próprio, para uma formação específica dos sacerdotes da Obra. Esteve sempre disposto a seguir a Divina Providência, nunca a questioná-la. Dizia: "Eu não sou bom em nada e nem sequer sei o que estou fazendo. A Divina Providência, no entanto, sabe certamente o que quer. Cabe a mim apenas segui-la. Adiante, in Domino". Para os seus pobres e os mais necessitados, ele foi definido sempre como "o ajudante da Divina Providência".
Junto às pequenas cidades, ele quis fundar também 5 mosteiros de religiosas contemplativas e um de eremitas, e os considerou entre as realizações mais importantes: uma espécie de "coração" que deveria bater para sustentar toda a Obra.
Cottolengo morreu no dia 30 de abril de 1842, pronunciando estas palavras: "Misericordia, Domine; Misericordia, Domine. Boa e Santa Providência (...). Virgem Santa, agora é a sua vez". Sua vida, como escreveu um jornal da sua época, foi "uma intensa jornada de amor".
Queridos amigos, estes dois santos sacerdotes, dos quais apresentei algumas características, viveram seu ministério em um dom total da vida aos mais pobres, aos mais necessitados, aos últimos, encontrando sempre a raiz profunda, a fonte inextinguível da sua ação na relação com Deus, bebendo do seu amor, na convicção profunda de que não é possível exercer a caridade sem viver em Cristo e na Igreja.
Que sua intercessão e seu exemplo continuem iluminando o ministério de tantos sacerdotes que se consomem com generosidade por Deus e pelo rebanho a eles confiado, e que ajudem cada um a entregar-se com alegria e generosidade a Deus e ao próximo.
[No final da audiência, o Papa cumprimentou os peregrinos em vários idiomas. Em português, disse:]
Queridos irmãos e irmãs:
Houve dois santos sacerdotes no século XIX que viveram o seu ministério na dedicação total aos mais pobres. A raiz profunda e a fonte inexaurível da sua atividade estavam na sua relação com Deus, conscientes de que não existe caridade sem viver em Cristo e na Igreja. O primeiro, São Leonardo Murialdo, experimentou a Misericórdia de Deus após uma crise existencial e espiritual na adolescência, e sentiu-se chamado ao sacerdócio, dedicando-se à juventude mais abandonada. Sabendo que a missão do sacerdote é "continuar a obra da redenção, a grande obra de Jesus", não cessava de recordar a si mesmo e aos seus confrades a coerência com o sacramento recebido. O segundo, São José Cottolengo, foi chamado para dar os últimos sacramentos a uma jovem mulher grávida que morria por falta de cuidados adequados. Foi um sinal de Deus no seu caminho que o transformou: doravante será "o ajudante da divina Providência" ao serviço dos mais necessitados. Nascia, assim, a Pequena Casa da Divina Providência, cujo coração pulsante eram os mosteiros de religiosas contemplativas que ele fundara.
Uma saudação cordial aos peregrinos vindos do Brasil e demais países de língua portuguesa, contando com as vossas orações por todos os sacerdotes para que se dediquem sempre com mais generosidade a Deus e ao rebanho a eles confiado. E que Deus vos abençoe a vós e as vossas famílias. Ide em paz!
[Tradução: Aline Banchieri
©Libreria Editrice Vaticana]

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EX DECRETO SS. CONCILII TRIDENTINI
RESTITUTUM
AUCTORITATE S. PII Pp. V PROMULGATUM
B. JOANNIS Pp. XXIII CURA RECOGNITUM




Romano Amerio :Ese optimismo espurio con que se contemplan la decadencia de la fe, la apostasía social, la deserción del culto y la depravación moral, nace de una falsa teodicea. Se dice que la crisis es un bien porque obliga a la Iglesia a una toma de conciencia y a la búsqueda de una solución. En estas afirmaciones late implícita la pelagiana negación del mal. Si bien es verdad que los males ocasionan bienes, éstos siguen siendo sin embargo reduplica tales males, y en cuanto tales no causan ningún bien. La curación es indudablemente un bien en relación a la enfermedad y condicionado por ella, pero no es un bien que le sea inherente ni tiene su causa en la enfermedad.


    A crise na Igreja, segundo Romano Amerio no seu livro " Iota unum"







    “Porque en verdad os digo:
    antes pasarán el cielo y la tierra
    que pase una sola iota (iota unum)
    o una tilde de la ley,
    sin que todo se verifique” (Mateo 5,18)


    Extracto libro Iota Unum
    Romano Amerio


    CAPITULO I

    LA CRISIS


    2. NEGACION DE LA CRISIS

    Algunos autores niegan la existencia o la singularidad de la actual desorientación de la Iglesia, aduciendo la dualidad y antagonismo existentes entre la Iglesia y el mundo o entre el reino de Dios y el reino del hombre, antagonismo inherente a la naturaleza del mundo y de la Iglesia. Pero tal negación no nos parece correcta, porque la oposición verdaderamente esencial no tiene lugar entre el Evangelio y el mundo entendido como totalidad de las criaturas (a quienes Cristo viene a salvar), sino entre el Evangelio y el mundo en cuanto in maligno positus (I Juan 5, 19), marcado por el pecado y orientado hacia el pecado, y por el cual Cristo no reza (Juan 17, 9).


    Dicha oposición esencial podrá ampliarse o reducirse según que el mundo como totalidad coincida más o menos con el mundo del Maligno, pero jamás debe olvidarse esa distinción ni creer esencial una oposición que, con extensión e intensidad diversas, es solamente accidental.

    3. ERROR DEL CRISTIANISMO SECUNDARIO

    A causa de dicha diversidad de intensidad y extensión queda excluída la opinión de quienes niegan haber existido un tiempo en el cual la Iglesia haya penetrado el mundo mejor que en otros, y el Cristianismo tenido más éxito (es decir, actualizado mejor las potencialidades que le son propias).[1] Tales habrían sido los tiempos de la Cristiandad medieval, precisamente en relación a los de la era moderna.

    Quienes niegan la existencia de esos siglos privilegiados se apoyan principalmente en la persistencia, tanto entonces como ahora, de guerras, servidumbres, opresión de los pobres, hambre e ignorancia, consideradas incompatibles con la religión y de cuya ineficacia constituirían incluso una prueba. Como dichas miserias han existido y siguen existiendo en el género humano, parecería no haber sido éste redimido ni ser redimible por el Cristianismo.


    Ahora bien, posiblemente esta opinión cae en ese error que llamamos Cristianismo secundario: se juzga a la religión por sus efectos secundarios y subordinados en orden a la civilización, haciéndolos prevalecer y sobreponiéndolos a los sobrenaturales que la caracterizan. Subyacen aquí los conceptos mismos de civilización y progreso, tratados más adelante (§§ 207-208 y §§ 218-220).

    4. LA CRISIS COMO INADAPTACION

    Más común es la opinión según la cual la crisis de la Iglesia es una crisis de inadaptación a los avances de la civilización moderna, consistiendo su superación en una apertura o, según el lema de Juan XXIII, un aggiornamento del espíritu de la religión para hacerlo converger con el espíritu del siglo.

    A este propósito conviene observar cómo la penetración del mundo por obra de la Iglesia es connatural a la Iglesia, levadura del mundo (Luc. 13, 21), y puede comprobarse históricamente que procedió a ocupar todos los órdenes de la vida temporal: ¿no regía incluso el calendario y los alimentos?

    A tal extremo llegó dicha ocupación, que contra ella se levanta la acusación de haber usurpado lo temporal, y se exige su separación y su purgación. En realidad la acomodación de la Iglesia al mundo es una ley de la religión (que proclama a un Dios hecho hombre por condescendencia) y de la historia (que muestra una constante mescolanza, unas veces progresiva y otras regresiva, de la Iglesia con las cosas del mundo).

    Sin embargo, la acomodación esencial de la Iglesia no consiste en conformarse al mundo («nolite conformari huic seculo [no os acomodéis a este siglo]», Rom. 12, 2), sino en modelar su propia contraposición al mundo según las diversas circunstancias históricas, así como en ir modificando, y no suprimiendo, esa contraposición esencial.


    De este modo, frente al Paganismo, el Cristianismo sacó a relucir una virtud opuesta, rechazando el politeísmo, la idolatría, la esclavitud de los sentidos, o la pasión de gloria y de grandeza: en suma, sublimando todo lo terrestre bajo una mirada teotrópica, ni tan siquiera barruntada por los antiguos. No obstante, al practicar tal antagonismo hacia el mundo, los cristianos vivían en el mundo como si en él estuviese su destino. En la Epístola a Diognete aparecen como indistinguibles de los paganos en todas las costumbres de la vida [2].

    5. ADAPTACIONES DE LA OPOSICIÓN DE LA IGLESIA AL MUNDO

    De modo similar, ante los bárbaros la Iglesia no asumió la barbarie, sino que se revistió de civilización; y en el siglo XIII, contra el espíritu de violencia y de avaricia, asumió el espíritu de mansedumbre y de pobreza con el gran movimiento franciscano; y no aceptó el renaciente aristotelismo, sino que rechazó con energía la mortalidad del alma, la eternidad del mundo, la creatividad de la criatura y la negación de la Providencia, contraponiéndose así a todo lo esencial de los errores de los Gentiles.

    Y siendo aquéllos los artículos principales de la filosofía de Aristóteles, puede decirse que la Escolástica consistió en un aristotelismo «desaristotelizante». Esta operación la ve Campanella alegóricamente simbolizada en el cortar la cabellera y las uñas a la bella mujer a la que se hace prisionera (Deut. 21, 12). Y más tarde no se acomodó al subjetivismo luterano subjetivizando la Escritura y la religión, sino reformando, es decir, dando nueva forma, a su principio de autoridad. Finalmente, no se amilanó ante la tempestad racionalista y cientificista del siglo XIX diluyendo o cercenando el dato de fe, sino que, al contrario, condenó el principio de la independencia de la razón. Tampoco acogió el impulso subjetivista renacido en el modernismo, antes bien lo contuvo y lo castigó.


    Por tanto puede decirse en general que el antagonismo del catolicismo con el mundo es invariable, variando solamente sus modalidades, y haciéndose expresa la oposición en aquellos artículos y en aquellos momentos en los cuales el estado del mundo exige que el antagonismo sea declarado y profesado. De hecho la Iglesia proclama la pobreza cuando el mundo (y ella misma) se prosterna ante la riqueza, la mortificación cuando el mundo sigue los engañosos halagos de las tres concupiscencias, la razón cuando el mundo se dirige al ilogicismo y al sentimentalismo, la fe cuando el mundo se extasía ante la ciencia.

    La Iglesia contemporánea, por contra, va buscando «algunos puntos de convergencia entre el pensamiento de la Iglesia y la mentalidad característica de nuestro tiempo» (OR, 25 julio 1974).


    6. MÁS SOBRE LA NEGACIÓN DE LA CRISIS

    No faltan, aunque a decir verdad son poco frecuentes, quienes niegan la actual desorientación de la Iglesia, e incluso quienes contemplan este artículos temporum como renovación y florecimiento.

    Esta negación de la crisis podría apoyarse en algunas alocuciones de Pablo VI, pero éstas se encuentran compensadas y sobradamente superadas por tantas o más en sentido contrario. Un testimonio singular del pensamiento papal es el discurso de 22 de febrero de 1970 [3]. Después de haber admitido que la religión está retrocediendo, el Papa sostiene sin embargo que «es un error detenerse en el aspecto humano y sociológico, porque el encuentro con Dios puede nacer de procesos alejados de cálculos puramente científicos: el futuro se escapa a nuestras previsiones».


    Aquí parece confundirse aquello que Dios puede mediante potencia absoluta, como dicen los teólogos, con lo que puede mediante potencia ordenada, o sea, dentro del orden de naturaleza y de salvación instituido por Él mediante libre decisión y único realmente existente.[4]

    A causa de tal confusión, el problema de la crisis resulta eludido. En realidad, introduciendo el concepto de una acción que Dios realizaría fuera del orden querido de facto por Él, aquello que se deplora en la religión considerada históricamente (la crisis) resulta imposible de deplorar. Es muy cierto que «el encuentro con Dios puede producirse a pesar de una actitud hostil hacia la religión», pero nihil ad rem.


    Si se contempla lo que Dios puede hacer mediante su potencia absoluta se desemboca en la taumaturgia, y entonces puede llegarse hasta obviar la contradicción y sostener, como hace el Papa en otra alocución, que «cuanto más indispuesto está el hombre moderno hacia lo sobrenatural, más dispuesto está». ¿Por qué no habría de estarlo, considerando la potencia absoluta de Dios?

    7. EL PAPA RECONOCE EL DESASTRE

    En muchos momentos en los cuales su espíritu recusaba el loquimini nobis placentia»[5] (' (Is. 30, 10), Pablo VI definió con fórmulas dramáticas el declive de la religión.

    En el discurso al Seminario lombardo en Roma del 7 de diciembre de 1968 dijo que «la Iglesia se encuentra en una hora inquieta de autocrítica o, mejor dicho, de auto demolición. Es como una inversión aguda y compleja que nadie se habría esperado después del Concilio. La Iglesia está prácticamente golpeándose a sí misma».


    No insistiré en el famoso discurso del 30 de junio de 1972, en el cual el Papa afirma tener la sensación de que «por alguna rendija se ha introducido el humo de Satanás en el templo de Dios». Y proseguía: «También en la Iglesia reina este estado de incertidumbre. Se creyó que después del Concilio vendría una jornada de sol para la historia de la Iglesia. Ha llegado, sin embargo, una jornada de nubes, de tempestad, de oscuridad».

    Y en un pasaje posterior igualmente célebre, el Papa encontraba la causa del desastre general en la acción del Diablo (de la fuerza del mal, que es persona de perdición), refiriendo así todo su análisis histórico a una línea etiológica ortodoxa, para la cual el princeps huius mundi (aquí mundus se refiere a la oposición auténtica mencionada en 4 2) no es una metáfora del pecado puramente humano y del kantiano radikal Bóse, sino una persona realmente actuante y coadyuvante con la voluntad humana. En el discurso del 18 de tulio de 1975 el Papa pasaba del diagnóstico y la etiología a la terapia del mal histórico de la Iglesia, demostrando comprender bien cómo en mayor medida que un asalto exterior, aflige a la Iglesia una disolución interior. Con vehemente y afectuosa conmoción exhortaba: «¡Basta con la disensión dentro de la Iglesia! ¡Basta con una disgregadora interpretación del pluralismo! ¡Basta con la lesión que los mismos católicos infligen a su indispensable cohesión! ¡Basta con la desobediencia calificada de libertad!».


    Esta desorientación continúa siendo atestiguada por sus sucesores. Juan Pablo II, con ocasión de un congreso para las Misiones populares, describió en estos términos la situación de la Iglesia (OR, 7 febrero 1981): «Es necesario admitir con realismo, y con profunda y atormentada sensibilidad, que los cristianos hoy, en gran parte, se sienten extraviados, confusos, perplejos, e incluso desilusionados; se han esparcido a manos llenas ideas contrastantes con la verdad revelada y enseñada desde siempre; se han propalado verdaderas y propias herejías en el campo dogmático y moral, creando dudas, confusiones, rebeliones; se ha manipulado incluso la liturgia; inmersos en el relativismo intelectual y moral, y por esto en el permisivismo, los cristianos se ven tentados por el ateísmo, el agnosticismo, el iluminismo vagamente moralista, por un cristianismo sociológico, sin dogmas definidos y sin moral objetiva».

    8. PSEUDO-POSITIVIDAD DE LA CRISIS. FALSA TEODICEA

    Algunos llegan mucho más allá de la negación de la crisis, intentando configurarla como un fenómeno positivo. Se basan para este fin sobre analogías biológicas, hablando de fermento y de crisis de crecimiento. Son circiterismos [6] y metáforas que no pueden formar parte de un discurso lógico ni de un análisis histórico.

    En cuanto a los fermentos (convertidos en lugar común de la literatura postconciliar por quienes pretenden «vestir a la mona de seda»), aunque puede adoptarse la analogía biológica, es necesario distinguir entre fermentos productores de vida y fermentos productores de muerte: no se confunda, por ejemplo, el saccaromycetes aceti con el saccaromycetes vini.

    No toda sustancia que fermenta da origen a un plus, o a algo mejor.

    También la putrefacción cadavérica consiste en un vigoroso pulular de vida, pero supone la descomposición de una sustancia superior.

    Y en cuanto a decir que es una crisis de crecimiento, se olvida que también las fiebres de crecimiento son un hecho patológico contra el cual se combate, pues el crecimiento natural de un organismo no conoce tales crisis ni en el reino animal ni en el reino vegetal. Además, quien abusa de esas analogías biológicas gira en un círculo vicioso, al no estar en disposición de probar que a la crisis vaya a seguir el crecimiento (como mucho, eso se sabrá en el futuro) y no la corrupción.


    En el OR de 23 julio 1972, introduciendo otra analogía poética, se escribe que los actuales gemidos de la Iglesia no son los gemidos de una agonía, sino los de un parto, mediante el cual está llegando al mundo un nuevo ser: es decir, una nueva Iglesia.

    Pero, ¿puede nacer una Iglesia nueva? Tras una envoltura de metáforas poéticas y un batiburrillo de conceptos, se oculta aquí la idea de algo que según el sistema católico no puede suceder: que el devenir histórico de la Iglesia pueda ser un devenir de fondo, una mutación sustancial, una conversión de una cosa en su contraria. Al contrario, según el sistema católico el devenir de la Iglesia tiene lugar a través de unas vicisitudes en las cuales cambian las formas accidentales y las coyunturas históricas, pero se conserva idéntica y sin innovación la sustancia de la religión.

    La única renovación admitida por una eclesiología ortodoxa es la renovación escatológica, con una nueva tierra y un nuevo cielo; o dicho de otra manera, la final y eterna reordenación del universo creado, liberado en la vida eterna de la imperfección (no de la inherente a su limitación, sino de la del pecado) mediante la justicia de las justicias.

    Existieron en el pasado otros esquemas que consideraban esta reordenación como un acontecimiento propio de la historia terrena y una instauración del reino del Espíritu Santo, pero tales esquemas pertenecen a las desviaciones heréticas. La Iglesia deviene, pero no muta. No se da en ella ninguna novedad radical.


    El cielo nuevo y la tierra nueva, la nueva Jerusalén, el cántico nuevo, el mismo nuevo nombre de Dios, no son realidades de la historia de este mundo, sino del otro. La tentativa de impulsar al Cristianismo más allá de sí mismo hasta «una forma desconocida de religión, una religión que nadie hasta hoy ha podido imaginar ni describir», como no se recata en escribir Teilhard de Chardins,[7] es un paralogismo y un error religioso: un paralogismo, porque si la religión cristiana debe transmutarse en algo totalmente distinto resulta imposible dar a las proposiciones del discurso idéntico sujeto, y desaparece la continuidad entre la Iglesia actual y la futura; un error religioso, porque el reino que no es de este mundo conoce mutaciones en el tiempo (que es una categoría accidental), pero no en la sustancia.

    De esta sustancia, «iota unum non praeteribit»: ni siquiera un ápice cambiará. Teilhard no podría preconizar un caminar del Cristianismo hasta más allá de sí mismo si no fuese porque olvida que caminar hasta fuera de sí mismo, o dicho de otra forma, traspasar la frontera (ultima linea mors)[8], significa morir: y así, el Cristianismo debería morir, o más bien morir para no morir.


    9. NUEVAS CONFESIONES DE LA CRISIS
    La entidad de cada ente coincide con su unidad interna, tanto en un indivi-duo físico como en un individuo social y moral. Si se desmiembra y escinde el or-ganismo, el individuo muere y se transforma en otro distinto. Si las intenciones y las voluntades de las mentes asociadas divergen o están divididas, concluye enton-ces la convergencia in unum de las partes y desaparece la comunidad. Por tanto también en la Iglesia, que indudablemente es una sociedad, la disolución interna produce una ruptura de la unidad y consiguientemente de su ser.


    Esa ruptura de la unidad está ampliamente reconocida en el discurso de Pablo VI del 30 de agosto de 1973, lamentando «la división, la disgregación que, por desgracia, se encuentra ahora en no pocos sectores de la Iglesia», y proclama inme-diatamente que «la recomposición de la unidad, espiritual y real, en el interior mismo de la Iglesia, es hoy uno de los más graves y de los más urgentes problemas de la Iglesia».

    Y en el discurso del 23, de noviembre de 1973 el Papa se refiere también a la etiología de semejante desorientación y reconoce el error, admitiendo que «la aper-tura al mundo fue una verdadera invasión del pensamiento mundano en la Iglesia». Esta invasión arrebata a la Iglesia su fuerza de oposición y anula en ella toda espe-cificidad. Y es dramático en este discurso el uso equívoco del pronombre de la pri-mera persona del plural. «Tal vez hemos sido demasiado débiles e imprudentes», dice. ¿Cuál es el sujeto de esta frase? ¿Nosotros o Nos?


    10. INTERPRETACIONES POSITIVAS DE LA CRISIS. FALSA TEODICEA.

    Ese optimismo espurio con que se contemplan la decadencia de la fe, la apostasía social, la deserción del culto y la depravación moral, nace de una falsa teodicea. Se dice que la crisis es un bien porque obliga a la Iglesia a una toma de conciencia y a la búsqueda de una solución. En estas afirmaciones late implícita la pelagiana negación del mal. Si bien es verdad que los males ocasionan bienes, és-tos siguen siendo sin embargo reduplica tales males, y en cuanto tales no causan ningún bien. La curación es indudablemente un bien en relación a la enfermedad y condicionado por ella, pero no es un bien que le sea inherente ni tiene su causa en la enfermedad.

    La filosofía católica no ha caído jamás en tal confusión, y Santo Tomás (Summa theol I, II; q.20, a.5) enseña que «eventus sequens non facit actum malum, qui erat bonus, nec bonum, qui erat malus» .


    Solamente por el hábito mental del circiterismo propio de nuestro siglo puede estimarse positiva la crisis considerando las cosas buenas que se seguirán de ella. Las cuales, por cierto, como expresa avisadamente Santo Tomás, no son efectos del mal (al cual sólo pertenecen defectos) sino puramente sucesos. Éstos son efectos de otras causas, y no del mal. Las causas de eventuales consecuencias buenas de la crisis no pertenecen a la línea causal de la crisis, sino a otra línea de causalidad.


    Aquí está obviamente implicada toda la metafísica del mal, en la cual no nos compete internarnos; pero es importante dejar claro contra dicho optimismo espu-rio que aunque la crisis estén ligados sucesos venturosos (como a la persecución el martirio, al sufrimiento la educación -según Esquilo-, a la prueba el aumento del mérito, o a la herejía la clarificación de la verdad), éstos no son efectos, sino un plus de bien del cual el mal es por si mismo incapaz .


    Atribuir a la crisis el bien, que es extrínseco a la crisis y proviene de un, fuente distinta, supone un concepto imperfecto del orden de la Providencia. En és-te, e bien y el mal conservan cada uno su intrínseca esencia (ser y no ser, eficien-cia y deficiencia), aunque confluyen en un sistema bueno; pero lo bueno es el sis-tema, no los males que, lo conforman, si bien se pueda entonces mediante una ca-tacresis denominarlos males buenos, como hace Niccolo Tommasseo.

    Esta visión del orden providencial permite ver cómo «el mundo de arriba al bajo torna» (Par. IX, 108): es decir, cómo también la desviación de la criatura res-pecto al orden (e incluso la condenación) es insertada por la Providencia en el or-den final, que constituye el fin último del universo: la gloria de Dios y de los elegi-dos



    11. MÁS SOBRE LA FALSA TEODICEA
    Las cosas buenas subsiguientes a la crisis de la Iglesia son por tanto algo a posteriori, no cambian su carácter negativo ni mucho menos la hacen deseable, como algunos atreven a afirmar. Dicho optimismo espurio está equivocado, porque atribuye al mal una fecundidad solamente propia del bien. San Agustín ha dado un expresión felicísima c esta doctrina en De continentia VI, 15 (PL. 40, 358): «Tan-ta quippe est omnipotent eius ut etiam de malis possit facere bona, sive parcendo, sive sanando, sive ad utilitatel coaptando atque vertendo, sive etiam vindicando: omnia namque ista bona sunt» .

    No es el mal quien, en un momento posterior, genera a partir de sí mismo el bien: solamente una entidad positiva y distinta (en última instancia, Dios) tiene esta potencialidad.
    Es evidente además, en el último de los casos mencionados por San Agustín (la justicia vindicativa), que aunque ordenados por la Providencia los males no pueden transformarse en bienes. Es un bien que los pecados sean castigados con la condenación, pero no por ello son buenos los pecados castigados con la conde-nación.


    Por eso, según la teología católica, los santos gozan del orden de justicia en el cual la Providencia ha colocado a los pecadores, pero no de sus pecados en sí mismos, que siguen siendo males. La dependencia de ciertos bienes con respecto a ciertos males es una relación sobre la cual se fundan algunas virtudes, precisa-mente condicionadas a la existencia de defectos.
    Así, la penitencia supone el pecado, la misericordia supone la miseria, y el perdón supone la culpa. Lo cual, sin embargo, no hace que el pecado, la miseria y la culpa sean buenos, como sí lo es la virtud condicionada por ellos.



    [1] (N. del T.) El autor juega con el significado de los verbos riuscire (tener éxito») y uscire («salir», en este caso con el sentido metafísico de pasar de la potencia al acto).

    [2] ROUET DE JOURNEL, Enchiridion patristicum, 97. Ed. Herder. Barcelona-Friburgo-Roma, 1959.

    [3] Los discursos papales serán citados siempre con la fecha con la que aparecieron en el OR.

    [4] Summa theol., I, q. 25, a. 5 ad primum.

    [5] «Habladnos de cosas agradables».

    [6] Me parece necesario este término para dar cuenta de una característica del mundo contemporáneo dentro y fuera de la Iglesia. Deriva del adverbio latino circiter (que significa «aproximadamente>,, «más o menos,». Dicho término fue abundantemente utilizado por GIORDANO BRUNO en los Diálogos. De él lo retomamos como perfectamente adecuado a nuestro objeto.

    [7] Ver la edición de sus obras completas, vol. VII, p. 405. Expresiones como surhumaniser le Christ, métachristianisme, Dieu transchrétien y similares, demuestran tanto la aptitud del ilustre jesuita para el neologismo como su debilidad de pensamiento.

    [8] «La muerte es la última meta» (Horacio).