Don Divo Barsotti

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sexta-feira, 24 de dezembro de 2010

Ven. Pio XII : Tampoco se puede decir que este culto eucarístico provoca una errónea confusión entre el Cristo histórico, como algunos dicen, el que ha vivido en la tierra, y el Cristo presente en el Augusto Sacramento del Altar, y el Cristo triunfante en el Cielo y dispensador de gracias antes bien, se debe afirmar que con este culto los fieles testimonian solemnemente la fe de la Iglesia, con la cual se cree que uno e idéntico es el Verbo de Dios y el Hijo de María Virgen, que sufrió en la Cruz, que está presente oculto en la Eucaristía y que reina en el Cielo.

IV. La adoración de la Eucaristía
A) SUS FUNDAMENTOS
161. El alimento eucarístico contiene, como todos saben, «verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo» (20); no es, por tanto, extraño que la Iglesia, desde sus orígenes, haya adorado el Cuerpo de Cristo bajo las especies eucarísticas, como se ve en los mismos ritos del augusto Sacrificio, en los que se prescribe a los Sagrados Ministros que adoren al Santísimo Sacramento con genuflexiones o con inclinaciones profundas.
162. Los Sagrados Concilios enseñan que desde el comienzo de su vida ha sido transmitido a la Iglesia, que se debe honrar «con una única adoración al Verbo Dios Encarnado y a su propia Carne» 124(21), y San Agustín afirma: «Ninguno coma de esta Carne sin haberla antes adorado» 125(22), añadiendo que no sólo no pecamos adorando, sino que pecamos no adorando.
B) SU ORIGEN Y DESARROLLO
1. Origen histórico.
163. De estos principios doctrinales ha nacido y se ha venido poco a poco desarrollando el culto eucarístico de adoración, distinto del Santo Sacrificio. La conservación de las sagradas Especies para los enfermos y para todos aquellos que pudieran encontrarse en peligro de muerte, introdujo el loable uso de adorar este Pan celestial conservado en las Iglesias.
2. Motivo.
164. Este culto de adoración tiene un válido y sólido motivo. La Eucaristía, en efecto, es un Sacrificio y es también un Sacramento, y se distingue de los demás Sacramentos en que no sólo produce la gracia, sino que contiene de forma permanente al Autor mismo de la Gracia. Cuando por esto la Iglesia nos ordena adorar a Cristo escondido bajo los velos eucarísticos y pedirle a El los bienes sobrenaturales y terrenos de que siempre tenemos necesidad, manifiesta la fe viva con la cual se cree presente bajo aquellos velos a su Esposo divino, le manifiesta su reconocimiento y goza su familiaridad intima.
3. Desarrollo.
165. En el decurso de los tiempos, la Iglesia ha introducido en este culto varias formas, cada día ciertamente más bellas y saludables. Como, por ejemplo, las devotas visitas diarias a los Sagrarios del Señor; las bendiciones con el Santísimo Sacramento; las solemnes procesiones por campos y ciudades, especialmente con ocasión de los Congresos Eucarísticos, y adoración del Augusto Sacramento, públicamente expuesto. Adoraciones públicas que a veces duran un tiempo limitado y a veces, en cambio, son prolongadas durante horas enteras e incluso durante cuarenta horas; en algunos lugares son continuadas durante todo el año por turno en las distintas Iglesias; en otros se continúan tanto de día como de noche, por la vela de las Comunidades Religiosas, y a veces también los fieles toman parte en ellas.
166. Estos ejercicios de devoción contribuyeron de forma admirable a la Fe y a la Vida sobrenatural de la Iglesia militante en la tierra, la cual, al obrar así, se hace eco, en cierto modo, de la Iglesia triunfante, que eleva eternamente el himno de alabanza a Dios y al Cordero «que ha sido sacrificado». Por esto la Iglesia no sólo ha aprobado, sino que ha hecho suyo y ha confirmado con su autoridad estos devotos ejercicios, propagados por doquier en el transcurso de los siglos. Surgen del espíritu de la Sagrada Liturgia, y por esto, siempre que sean realizadas con el decoro, la fe y la devoción exigidos por los Sagrados Ritos y por las prescripciones de la Iglesia, ciertamente contribuyen en gran modo a vivir la vida litúrgica.
167. Tampoco se puede decir que este culto eucarístico provoca una errónea confusión entre el Cristo histórico, como algunos dicen, el que ha vivido en la tierra, y el Cristo presente en el Augusto Sacramento del Altar, y el Cristo triunfante en el Cielo y dispensador de gracias antes bien, se debe afirmar que con este culto los fieles testimonian solemnemente la fe de la Iglesia, con la cual se cree que uno e idéntico es el Verbo de Dios y el Hijo de María Virgen, que sufrió en la Cruz, que está presente oculto en la Eucaristía y que reina en el Cielo.
168. Así dice San Juan Crisóstomo : «Cuando lo veas ante ti (el Cuerpo de Cristo), di para ti mismo: Por este Cuerpo no soy ya tierra y cenizas, no soy ya esclavo, sino libre; por esto espero lograr el cielo y los bienes que en él se encuentran, la vida inmortal, la herencia de los Ángeles, la compañía de Cristo; este Cuerpo traspasado por los clavos, azotado por los látigos, no fue presa de la muerte... Este es aquel Cuerpo que fue ensangrentado, traspasado por la lanza, y del cual brotaron dos fuentes salvadoras: la una de Sangre, y la otra de agua... Este Cuerpo nos dio qué tener y qué comer, lo cual es consecuencia del intenso amor» (23).
169. De modo particular, pues, es muy de alabar la costumbre según la cual muchos ejercicios de piedad, incorporados a las costumbres del pueblo cristiano, concluyen con el rito de la Bendición Eucarística. Nada mejor ni más beneficioso que el gesto con que el Sacerdote, elevando al Cielo el Pan de los Ángeles, ante la multitud cristiana arrodillada, y moviéndolo en forma, de Cruz, invoca al Padre celestial para que se digne volver benignamente los ojos a su Hijo, crucificado por Amor nuestro, y que a causa de El quiso ser Nuestro Redentor y hermano, y para que por su medio difunda sus dones celestiales sobre los redimidos por la Sangre inmaculada del Cordero.
4. Exhortación.
170. Procurad, pues, Venerables Hermanos, con Vuestra suma diligencia habitual, que los templos edificados por la fe y por la piedad de las generaciones cristianas en el transcurso de los siglos, como un perenne himno de gloria a Dios y, como digna morada de Nuestro Redentor oculto bajo las especies eucarísticas, estén abiertos lo más posible a los fieles, cada vez más numerosos, a fin de que, reunidos a los pies de su Salvador, escuchen su dulcísima invitación «Venid a Mí todos los que andáis agobiados con trabajos y cargas, que Yo os aliviaré» (Mat. 11, 28). Que los templos sean verdaderamente la Casa de Dios, en la cual el que entre para pedir favores se alegre al conseguirlo todo y obtenga el consuelo celestial.
«Buen Pastor, Pan verdadero,
Jesús, ten misericordia de nosotros:
apaciéntanos Tú, guárdanos:
haz que veamos los bienes
en la tierra
de los vivos».