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sexta-feira, 13 de novembro de 2015

¡Besemos las manos consagradas!


Al tratar sobre el saludo cristiano, nos referimos a la laudable costumbre –desgraciadamente en vías de caer en desuso– de besar las manos consagradas de los sacerdotes. Hoy queremos abundar en este tema y referirnos a los ósculos como signos de reverencia y respeto.

El beso u ósculo es el acto de rozar algo con los labios. La palabra latina “osculum” significa “boquita” (de "os": “boca” y “culum”: sufijo diminutivo) y alude a que para besar se hace la boca pequeña contrayendo los labios. De la misma raíz proviene la palabra “adorar”, es decir llevar “ad os”, a la boca algo para besar. Éste es el sentido de la “adoración” del Papa que hacían los cardenales después de su elección. Cada purpurado se acercaba al nuevo pontífice sentado sobre su trono en la Capilla Sixtina y “lo adoraba”, es decir le besaba sucesivamente la mula, la rodilla y el anillo, lo que no significaba en modo alguno un acto de culto de latría.

El beso ha sido siempre y en todas partes un signo de afecto y respeto. Por afecto, se besa filialmente a los padres, paternalmente a los hijos, cariñosamente a familiares y amigos, tierna o pasionalmente a la persona amada, benévolamente a los animales domésticos… También se besa sus retratos u objetos que los representan o les pertenecen. Por respeto, se besa la mano de las señoras (antiguamente también la orla de sus vestidos) y, en los pueblos de cultura patriarcal, la mano del paterfamilias.

Una hermosa costumbre se refería al pan que se desechaba por haber caído en lugar sucio o por haberse endurecido. Antes de arrojarlo a la basura se lo besaba y la persona se persignaba como pidiendo perdón por tirar “el pan de Dios”, el que Él nos da respondiendo a nuestra petición del Padrenuestro. En tiempos hodiernos las madres ya no enseñan a sus hijos esta señal de delicadeza, que encerraba un hondo significado de solidaridad para con los hambrientos.

En la Iglesia Católica existen dos clases de besos u ósculos: los litúrgicos y los reverenciales. Los besos litúrgicos se dan a las personas y objetos sagrados durante los actos del culto: la Santa Misa, la celebración de los sacramentos, bendiciones, procesiones, etc. Normalmente, se besa la mano del celebrante cuando se le entrega o se recibe algo de él y el objeto entregado y recibido. También se besan las cosas bendecidas (palmas, candelas, pan bendito, etc.).

Los ósculos reverenciales se dan a las sagradas imágenes y a las estampas de Dios, la Virgen, los ángeles y los bienaventurados y a las reliquias de estos últimos; a los objetos piadosos y de devoción (cruces, rosarios, escapularios, agnusdei, etc.). También a las personas sagradas, empezando por el Papa, objeto de la adoratio (según se ha explicado antes) y cuyo annulum piscatoris (el anillo del Pescador) se ha de besar en audiencia. Los prelados consagrados con el orden episcopal –ya sean cardenales, patriarcas, arzobispos y obispos– son acreedores del ósculo a su anillo pastoral, acto que en el pasado se hallaba indulgenciado. El beso tanto al anillo papal como al episcopal debe hacerse haciendo genuflexión.

A los prelados no constituidos en el orden episcopal y los sacerdotes, tanto seculares como regulares, se les besa la mano por razón de las unciones con que ésta ha sido consagrada para tocar el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo. Y se hace en la mano derecha porque ella es el vehículo de las bendiciones del buen Dios. El gesto se ha de acompañar con una inclinación. ¿Por qué al Papa y a los obispos se les besa el anillo y no la mano como a los demás sacerdotes? Porque el anillo es el signo externo de su autoridad apostólica y de su unión con la iglesia que presiden.

En el protocolo epistolar eran sólitas las siguientes fórmula de despedida del remitente de la carta: “que besa la sagrada púrpura de Vuestra Eminencia” (en el caso de dirigirse a un cardenal) y “que besa el pastoral anillo de Vuestra Excelencia” (tratándose de un arzobispo u obispo). El ósculo a la púrpura de un Príncipe de la Iglesia es hoy meramente retórico, pero debió practicarse en el pasado besando la orla de la cauda cardenalicia, como se besaban las de las vestiduras de ciertos potentados y dignatarios civiles y religiosos y de las señoras.

El ósculo depositado en una mano consagrada es un acto a la vez de humildad, de piedad y de religión. Es un acto de humildad porque indica el reconocimiento de una subordinación, aunque no a la persona sino a la dignidad (de ahí que nunca hay que substraerse a besar la mano de algún sacerdote aunque se lo considere indigno); es la subordinación del laico al clérigo, que está constituido en un orden superior. Es un acto de piedad porque el hijo rinde homenaje a su padre espiritual y también porque se reconoce y se muestra visiblemente respeto a lo sagrado. Es, en fin, un acto de religión, porque se honra a Dios honrando a sus ministros. En estos tiempos de descreimiento y de galopante apostasía también es de modo especial un elocuente acto de fe, por el cual se reverencia la mano que ha sido consagrada para ofrecer el santo sacrificio de la Misa.

Es una pena que se vaya perdiendo la costumbre del besamano a los sacerdotes, pero da aún más pena el que ellos mismos en muchos casos la retiren, rehusando esta muestra de respeto de parte de los fieles. A veces se debe a una actitud de humildad mal entendida porque no se comprende lo que se ha dicho antes: que el homenaje no es a la persona sino a la dignidad que ésta ostenta y representa. Escamotear el honor debido a su dignidad no hace más humilde a la persona del sacerdote ciertamente, pero sí puede llegar a humillar al fiel que se ve retirar la mano que quiere besar, lo cual puede ser tomado como un rechazo. Otras veces esta actitud puede deberse –y esto sí es grave– a una concepción errónea sobre la identidad sacerdotal y sobre la naturaleza de lo sagrado.

Pensemos en un san Pío X o en un beato Juan XXIII: han sido reconocidos como modelos de modestia y humildad y, sin embargo, mantuvieron íntegra la etiqueta de la antigua corte pontificia, que hacía de la persona del Papa un objeto de constante pleitesía. ¿Puede dudarse de la sinceridad o la virtud de estos papas? Lo que pasa es que eran perfectamente conscientes de su altísima dignidad y estaban convencidos de que su honra redundaba en el esplendor de la fe católica y en la gloria de Dios.

¡Besemos las manos consagradas!