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sábado, 14 de novembro de 2015

Vive desde tu corazón sensible y vulnerable

Vive desde tu corazón sensible y vulnerable
Vas haciendo la ruta del silencio para encontrar el lugar de tu propio corazón. Cuando llegues entrarás en él como en tu propia casa. Has de vivir con la convicción de que tú has de ser el primero en habitarla.
Has de aprender a “estar” en ti. Vivirte intensamente. Conocerte. Sentir conscientemente. No temas sufrir: vale más el sufrimiento de un corazón sensible, que la frialdad distante de un corazón de piedra.
Sorbe con auténtica sed el agua del manantial de Vida que Cristo hace nacer en ti. Acostúmbrate a escucharle. Sé sensible a su voz y a su presencia.
Vive con un corazón de “puertas abiertas”…, donde todos tienen su lugar. Porque también eres vulnerable a la presencia y a la necesidad del hermano.
No te arrepientas nunca de ser vulnerable. Desde tu opción por Cristo Jesús descubrirás que has de preferir ser vulnerable a ser insensible. Has de preferir llorar porque amas, a “estar solo en paz”.
Reconoce el verdadero rostro de tu corazón en el conjunto del bosque de tus sentimientos, sensaciones, reacciones e imaginaciones. Es tu vida, es tu interior: es tu corazón. Si tu corazón está despierto es inevitable que sienta. Y si siente de verdad, llegará a reconocer y encontrar los horizontes de un amor incondicional. Sí, un amor sin límites, el de la autoterapia que te cura del egoísmo y sacude la insensibilidad de quien vive ausente o siempre instalado en la pura superficialidad.
Aprende a interiorizar. Descubre dentro de ti la realidad más profunda de lo que eres. Y que el estar dentro de ti mismo te lleve a la armonía interior y a la unificación de toda tu vida.
Has intuido ya que lo más importante siempre estará en saber que en ti todo ha de nacer de dentro. La fuente de tu vida está siempre dentro. Las raíces de tu paz están profundamente fijadas en la tierra de tu corazón. Ni los vientos, ni las tempestades de fuera podrán apartarte de la seguridad del amor de Cristo Jesús que te habita, y te ama.
Vale la pena que te decidas a bajar al lugar del corazón. Tú no tengas miedo a entrar. Entra: es tu casa, reconócela como tal. Que te guste vivir dentro de ti mismo. No para encerrarte ni aislarte, sino para descubrir que en este “vivir dentro” está el manantial del amor. Y da a tu seguimiento de Cristo un sentido de mayor radicalidad desde la ternura. Descubre que esta casa tuya “de dentro” es el tesoro escondido en el campo del que habla Jesús.
Ama tu casa. Cuídala, mantenla en la transparencia imprescindible para poder ver a Dios, sin olvidar el amor a los hermanos. Llena tu casa del aire siempre nuevo del amor. No permitas que sea una cueva oscura donde anida el desamor, la frustración, la decepción o el desencanto.
La puerta abierta, la claridad de la luz de la mirada del Padre que reconoce lo más escondido de tu alma y de tu historia será para ti una invitación a no guardar nada que oscurezca tu casa. Tu casa interior ha de ser la mansión de la luz y de la transparencia, de la paz y de la confianza, de la alegría y el gozo del amar sin límites y del dejarte amar sin condiciones.
El perdón y el olvido de ti mismo te llevará a reencontrar en tu interior una fuente de paz y de amor. Ama…, ama…, crece en amor…, busca vivir sólo en el amor.
Que la convicción de que el Señor vive en tu propia casa te lleve a moverte siempre en la serenidad y la confianza, la ternura y la bondad, la misericordia y la cordialidad, la alegría y la comunión. Vete haciendo el camino hacia dentro de ti…, calla a todo lo exterior, lo superficial…
Serénate…, respira lentamente… Que tu pensamiento descienda al lugar del corazón. Allí estás tú, allí está Él, allí están los hermanos de “otra manera”… En este lugar íntimo vives y amas intensamente al Señor. Es Jesús el que dentro pronuncia las palabras siempre esperadas y siempre reconfortantes. Descubres que cuando sientes que El las proclama en ti suenan de otra manera:
“Sígueme. Vende todo lo que tienes. Niégate a ti mismo. He puesto mi mirada en ti y te amo. Sólo hay un amor grande: dar la vida por aquellos a los que se ama. Quien me ve a mi ve al Padre…, el Padre y yo somos uno. Tú sí que me verás, porque yo vivo y tú también vivirás. Pase lo que pase yo nunca te dejaré: siempre estaré contigo.Hagas lo que hagas nunca dejaré de pensar en ti. Tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Si alguien me ama y guarda mis Palabras vendré a él y me manifestaré. Yo te mostraré el rostro del Padre”.

Acepta que Jesús te muestre el rostro del Padre
La experiencia interior de Jesús y el deseo de seguirlo te conducirá a experimentar en el hondón de tu alma como un nuevo Pentecostés. Un don personal del Espíritu que te hace Jesús.
Jesús te habla del amor del Padre. Te invita a contemplarlo. Es el sello de su amor, la marca que te consagra y que te mueve a entrar de verdad en el corazón del Padre, como quien se sumerge en un mar de amor. Sólo puedes reconocer el verdadero rostro del Padre que te muestra Jesús cuando vives en esta experiencia desde el interior de tu propio corazón. Y, desde dentro, te lanzas a ese mar de amor que es Dios.
Muchas veces te he hablado del abandono en las manos del Padre. Éste es el corazón del abandono: Entrar a sumergirte en el mar del amor del corazón del Padre.
La Trinidad Santa está en tu corazón…, tú estás en el corazón de la Trinidad. Todo se hace nuevo desde esta hermosa perspectiva del amor.
Te lo expresaré por medio de un sencillo poema que nació en un corazón de mujer contemplativa. Muy llena de Dios. Sabiendo mucho de su ternura. Óralo, y verás que no es cuestión de vivir de sentimientos, sino vivir desde un corazón que se ha sumergido y abandonado en Dios. Todo cambia…, todo es nuevo…, todo es de dentro. Es una nueva transformación de tu vida.
MI MAR Sumergida en el abismo silencioso de tu inmensidad, envuelta en la infinita calma de tu Misterio,sorbiendo la fascinante Noticia de tu Belleza., mecida por la suave ternura de tu mano…: ¡Tú, MI MAR! Yo sólo soy una gota perdida en tu grandeza. Soy barca solitaria, sin remos, sin timón… Soy la hoja llevada a merced de tus olas… Soy la brisa despierta al soplo de tu Viento, mecida por canciones, palpando soledades de abismos insondables…: ¡MI MAR! La nave ya está rota de tantos oleajes, de anhelos y de amores, vuela ansiosa hacia el Puerto, y en playas ignoradas va dejando los restos que impiden la arribada…: ¡MI MAR! Llegar hasta Ti descalza y desnuda, pobre de verdad. Despojo padecido, que cada hora hería un poco… dejar todo el equipaje, soltar amarras… sin más peso que el amor de mi Mar. Tu abismal seno infinito recogerá mi vida, y tu aliento cercanoserá como caricia. Amor que enamoraste mi pobreza… beso que quema mis labios e impacienta mi espera…: ¡MI MAR! ¡Ahógame! Deja en mí sólo ojos para mirarte. Deja sólo un aliento para quererte… Eterniza mi tiempo para admirarte… Rompe mis moldes y dame alas para alcanzarte…: ¡MI MAR! Infinita calma que desborda los límites del tiempo…: ¡MI MAR! Tómame…, Abrázame…, Ya…, para siempre… Eternidad…: ¡MI MAR!

Escucha su voz que resuena en el silencio de tu corazón
Deja al Espíritu actuar libremente en tu alma. Permite que su viento te lleve a las altas cumbres de la entrega y a la humilde y entrañable casa interior de tu corazón. No te detengas en pequeñeces, camina, carga con tu cruz de cada día y vete avanzando en el camino de la mayor entrega y con el mayor amor. Vive en la humildad tu opción de vida por Cristo Jesús. Que el Espíritu te enseñe a vivirla desde dentro. Acostúmbrate a “escuchar” su voz y a dejarte llevar por la fuerza de su viento.
No pongas límite a tu amor, y para ello atiende y secunda siempre las inspiraciones del Espíritu en tu alma. Vive siempre en la presencia de amor, haciendo de cada paso un gesto de amor, de cada instante un tiempo para el amor, de cada latido de tu corazón un gesto de amor a Él…, y por Él, un gesto de amor a los hermanos, y una ofrenda por y para la Iglesia.
Vivirás siempre con la imprescindible paz del alma, la paz que tienes al saber que sólo te mueve el amor, que todo lo haces sólo por Amor, que en todo te dejas amar por el Amor. Renuncia a cualquier otra motivación en tu vida que no sea el amor. El amor te da la paz Y desde esta paz vivirás en la delicadeza de la ternura expresada en los más pequeños detalles con tus hermanos. Nunca caerás en el escrúpulo sino en la delicadeza de un amor hecho detalle o de un amor hecho ternura. Esta paz de alma tendrá que convertirse para ti en una invitación al silencio, como camino de interioridad.
Desde tu “casa de dentro” vive en una fidelidad especial a la oración, como camino de encuentro con la raíz de la paz del alma: el amor de Dios, la presencia de la Trinidad en ti, la necesidad de acoger el eco de su presencia y de escuchar su voz y su Palabra. Es la oración en la que renuevas tu ofrenda de amor.
Camina decidido hacia una mayor entrega. Que tu único deseo sea ser de Él y desde este “ser de Él “, entregarte amorosamente a los hermanos, y a todos aquellos necesitados de amor que llamen a tu puerta. Ora por los elegidos del Señor. Que el horizonte de tu ofrenda no tenga límites. No cuentes sólo con tus fuerzas, tienes siempre la fuerza del Señor. Levanta tus manos orantes hacia el cielo, pero que sepas que sólo serán “manos que se levantan con amor” cuando sepan descender al servicio más humilde, más oscuro, más abnegado a tus hermanos. Para ello aprende a descubrir el valor de una vida siempre escondida en Cristo, una vida anónima, fiel a la sombra y al silencio de la noche.
Serás siempre el hermano que aprendió el arte de no hacerse notar. Eres el hermano que no busca destacar. Cuanto más escondido más feliz. Es el camino humilde que has elegido. En la vida y en el trabajo silencioso, como elemento esencial de tu entrega al Señor.
Vive siempre en la presencia… El Espíritu Santo te conducirá a “ver” al Señor siempre presente en ti. A la Trinidad morando en tu templo. Déjate conducir por los caminos de la confianza. Fíate de Él, confía en su amor. Después el Espíritu te conducirá a desear hacer la pequeña ofrenda de tus cosas con un gran amor, hasta que el Espíritu, poniendo ante tu mirada interior el mismo rostro de Jesús, te lleve al abandono amoroso en las manos del Padre.
Por ello, con una gran insistencia no puedo menos que decirte: ¡Abandónate!, ¡abandónate!, ¡abandónate! ¡Sumérgete en el Mar…! ¡Sí, el mar del corazón de Dios!


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