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terça-feira, 1 de dezembro de 2015

Nuevas sendas en la montaña. Fr. Alberto E. Justo O.P.


PREFACIO

Lector: Tienes en tus manos los testimonios de una lucha singular: esa que se desarrolla en lo alto o, quizá, en lo bajo y que no aparece manifiesta a la mirada indiscreta de nadie. Es el misterio admirable de las montañas del Desierto. Es el “Desierto Vertical”, que no tiene zona ni lugar preciso sobre este planeta y sobre ningún otro. Porque lo esencial esta velado a los ojos de la carne y sólo se deja descubrir de los “despojados” en el espíritu...

Pues bien, de todo ello trataremos de susurrar aquí alguna cosa para animarte en ese andar de peregrino en el que te descubres todos los días. Sabemos cuán grandes son tus deseos y con cuánta frecuencia los dejas frustrados a la vera del camino... Y no es cuestión de dejarlos caer así nomás. Es preciso, ahora y siempre, aprender algo de la transformación y de la realidad escondida, oculta por las apariencias que atraen y engañan.

No sé si hallarás consuelo en estos garabatos. No es mi pretensión resolver problemas insolubles ni dar con secretos mágicos. Lo que pretendo es leer más hondo, ver, sobre todo ver más profundo, con ese tercer ojo que nos ha sido regalado y del cual disponemos y nunca empleamos...

Aventúrate conmigo. No es el caso quedarse a la puerta sin decidirse. Emprendamos nuestro viaje en el Nombre de Dios.



JORNADA PRIMERA

No comenzamos por ningún principio sino por el mismo paraje donde nos hallamos en cualquier momento. Ese lugar y ese tiempo tienen siempre una raíz. Porque hemos de remontarnos, de algún modo, a la fuente permanente, al brotar primero del sol y del agua.

No desesperes pensando que falta mucho. Nunca falta mucho. Lo más probable es que llegues a tu destino en un santiamén. De un solo golpe.

Para ello hay que comenzar por callar e inmediatamente atender y escuchar...  Luego, levantarse con presteza y sin titubeos ni dudas...

Hermano, no temas el dolor. Es preciso que ahora te arrojes sin mirar atrás ni a los costados. Muchas son las falacias y manifestaciones del enemigo. Sí, en verdad son muchas. Y, aparentemente, él tiene un gigantesco poder. Pero no es así, en realidad. Simplemente no ahorrará medios para disuadirte de tu partida y para asustarte no sé con cuáles fantasmas.

El arrojo comporta la liberación. Desde luego, lo repito, sin desviar la mirada. Ese arrojo es contemporáneo al olvido. Al olvido de cuitas y de planes, de ambiciones y de propósitos y, aún, de la “estatura moral personal”. ¿Sabes lo que es esto? Pues que no andarás más detenido en lo que tienes ni en lo que eres. Que te habrás liberado de ti en la medida en que no sepas otra cosa que lo que amas. O mejor: que no quieras a otro que no sea Aquél a quien amas y que te regaló su Amor. Sólo así llegarás a juntarte a Él hasta el punto que tú vivirás en Él y Él en ti, sin parecer que haya distinción o fisura o separación alguna. Y así es, más de lo que yo digo o pueda expresar en vocablos humanos.

Como nace el sol desde el oriente e ilumina toda la vastedad de un paisaje, así, a un tiempo, te introduces en el Misterio inefable cuyas manifestaciones no se han de detallar ni de explicar. Allí surge el sufrimiento que es, ante todo, comunión. En efecto, pasas en un instante, sin darte cuenta, al Corazón de JesuCristo. En las mismas alas del Espíritu eres portado y entrañado... Es esto, sí, no lo olvides, lo que efectivamente acontece...¡Cuánto habría que decir y nada, absolutamente nada, ninguna palabra puede pronunciarse acerca de esta realidad!

Ahora el “abandono” ha de ser total. Ahora nos descubrimos en el mismo Huerto para velar con Él. Sin condiciones. Por ello es preciso atender y no dormirse.

¡El Huerto! Un “jardín” del alma que pocos frecuentan... Es muy posible que la oscuridad lo cubra con su manto... Nadie ve, nadie sospecha... Todo es secreto. Las horas transcurren en silencio, en soledad: “sin modo ni manera” acertaríamos de decir. Aunque se desplome un mundo por fuera permanece este ámbito muy dentro. No tiene tiempo ni espacio. Se trata de “otro tiempo” y no hay camino alguno para llegar a él.

En el Huerto nos hallamos en silencio y en Él... En el Huerto podemos estar siempre, porque hemos de aceptar –cada vez, en libertad- la invitación y la vocación a velar con Él “una hora”. Y sin embargo descubrimos la connaturalidad admirable con tan noble situación. Pareciera (y es así nomás) que toda nuestra vida y nuestro respiro adquieren en esa y esta Noche su sentido y su lugar propios.

Es, pues, en Él y allí. Dígase como quiera decirse. Vamos acercándonos cuando comenzamos a caer en la cuenta de algo muy nuevo y sorprendente. El dolor ha llamado a nuestras puertas. Ha llegado precedido por la sinrazón, por lo inesperado..., hasta por lo escandaloso... Porque ¡hay escándalos! Aunque no es cuestión de que nos escandalicemos.

Estamos en nuestro lugar que es el mismo, que es el Suyo. Nos hacemos cargo de una incomprensión infinita que vela la realidad más profunda. Porque ya no hay espectáculos. Éstos, como se dijo hace mucho tiempo, han pasado a la zona de la Bestia. Lo nuestro no es espectacular, no es notable pero es nobilísimo. Y no acabaríamos de tejer su elogio.

Sí, es en la hora del dolor, de la incomprensión, de la humillación... El “hombre noble” ha de saber que lo más alto es abandonar, es decir: descender. Se decía en un tiempo que “cuanto más se es, más hay que dejar de ser”. En efecto, la capacidad mayor ábrese a algo aún más grande que sólo se manifiesta en el descenso y, mejor aún, en la muerte.

Aquí está el secreto de la vida. ¿Cómo revelar la luz escondida, cuya magnitud –tantas veces- se torna oscuridad?

La única respuesta que conozco es abrazar el Misterio de la Cruz. En efecto: se trata de la aparente derrota, del abandono de todo poder engañoso y de la total consignación en la Providencia y Voluntad divinas. Desde luego que semejante paso comporta la continuación de una lucha y de una obra que es aún más fecunda porque se halla enraizada en el sufrimiento. Pero, entiéndase bien, en un sufrimiento que no es “propio” sino de Dios. Otra vez se manifiesta la luz de la hora en vela, de la hora en la oración de la Agonía... Es la hora “escondida” que se revela por sí sola, por la sola virtud de la Gracia de Dios.

La severidad de los tiempos halla su pleno significado y sentido en este abandono nuevo y en la aceptación de un verdadero martirio. En efecto, se trata de un testimonio luminoso y velado a un mismo tiempo. ¿Quién pudiera apreciarlo en verdad? ¿Quién descubrirlo? La grandeza de estas jornadas consiste, precisamente, en pasar por el silencio y en manifestarse en la soledad.

JORNADA SEGUNDA leer...