Don Divo Barsotti

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sábado, 20 de março de 2010

La Conjuración Anticristiana - Mons. Delassus

VOLUMEN III

SOLUCIÓN DE LA CUESTIÓN
EL MUNDO
CIELO Y TIERRA
Y SU ENIGMA

I – LA OBRA DEL AMOR ETERNO Y LA CAIDA

CAPÍTULO LII

LA OBRA DEL AMOR ETERNO

A partir del siglo XVIII la conjuración anticristiana concentró su principal empeño en Francia, hija primogénita de la Iglesia. Es, pues, principalmente ahí que debemos observarla. Pero como esa conjuración se extiende a toda la tierra, debemos frecuentemente hacer incursiones en otras partes del mundo para seguir a sus agentes.
Sus últimos actos introdujeron en el escenario a un nuevo personaje al cual parece que le pertenece el primer papel. Los francmasones introdujeron a los judíos, en seguida, los judíos nos colocaron en la presencia de Satanás.
Si deseamos tener una idea completa y profunda de la conjuración anticristiana, es el judío al que ahora debemos estudiar. ¿Quién es él? ¿Qué es lo que quiere? ¿Cómo se pone en contacto con los hombres y con qué fin?
Una vez hecho este estudio, debemos averiguar si en oposición a la acción satánica no existe otra acción extra-natural para combatirla; y si hallamos que existe, debemos preguntarnos a quién debe pertenecer la victoria.
Esas preguntas nos conducen para las altas regiones de la filosofía y la teología. Que nuestros lectores no se asusten por pensar que no podrán comprender y no se salten estas páginas. Seremos lo suficientemente claros para que puedan acompañar sin esfuerzo y encontrar en este estudio un interés tanto más cautivante cuanto más elevado es el orden en que él se realiza.
La explicación de la presencia del demonio en nuestro mundo y la acción funesta que él ejerce hacen que nos volquemos a la cuestión preliminar del mal y a sus orígenes. La cuestión del mal no se puede resolver sino con el conocimiento del ser, del ser sobrenatural como del ser natural.
El ser existe, no puedo negarlo: tengo conciencia de mi existencia y tengo la visión y el contacto con miles y miles de objetos que me rodean, que actúan sobre mí y sobre los cuales ejerzo mi acción.
Existo, pero no existía hace cien años. Yo era menos que un grano de arena perdido en el fondo de los mares. ¿Cómo es que ahora existo? No puedo explicarlo sino a través de la acción de otro ser, anterior a mi existencia y que me produjo, al igual como yo produzco. Y así ocurre con todas las cosas que me rodean. El mismo cielo y la propia tierra tuvieron un comienzo, lo que conduce a que mi razón llegue a la conclusión de la necesidad de la existencia de un primer Ser, un Ser que existe por sí mismo, que no le debe la existencia a ningún otro, y por lo mismo, que ese Ser es eterno. Ese Ser puede, Él sólo, sacar todas las cosas de la “ausencia eterna”, para que existan con Él.
La razón, que no desea engañarse a sí misma, no puede impedirse a remontarse de esa forma, del ser contingente y limitado que es, y cuya presencia ella observa fuera de sí, al Ser necesario, que tiene en sí mismo la razón de su existencia.
Existiendo por sí mismo, teniendo en sí el principio del ser, Él puede ser la fuente eterna.
¿Por qué quiso Él que con Él existiéramos?
No podemos ofrecer otras razones sino estas: Él quiso ver imágenes de su esencia, porque eso es lo que somos: imágenes de su esencia. Él quiso transbordar las ideas que en Él existen y trasmitir su felicidad.
Bonnum est diffusivum sui, dice Santo Tomás de Aquino siguiendo a Aristóteles. El bien se complace en difundirse, en compartir lo que en él hay, su naturaleza es darse a sí mismo. Por consecuencia, el Bien infinito, el Ser infinito tiene un deseo infinito de comunicarse. El Apóstol San Juan, inspirado por Dios, dio una definición de Dios: Dios es amor, Deus charitas est. Es, por lo tanto, en el amor que existe en Dios, que es Dios, que se encuentra el motivo de la creación y el principio de todas las criaturas.
Dios se conoce infinitamente porque se ama infinitamente. El conocer y el amar está en la vida de las inteligencias. El conocerse y el amarse es, en el Ser infinito, la vida absoluta. Por eso Dios es llamado en la Sagrada Escritura: el Dios que vive[1]. La vida en Dios – lo sabemos porque Él mismo nos lo ha revelado – es la generación del Verbo y la inspiración del Amor, que es el Espíritu Santo; relaciones inefables donde las tres Personas constituyen la naturaleza divina.
En los transportes de su amor natural, las tres Personas divinas llamaron de la nada nuevas personas para ver en ellas la repetición de su felicidad[2]. Ellas nos concedieron el don del ser, de la vida y de la inteligencia para que nos amaran y para ser amadas por nosotros, para obtener esa gloria accidental de derramar en nosotros algo de la felicidad de Ellas. Tal es el misterio de la creación: explosión del amor de Dios, como dice Saint-Bonnet, transborde del amor infinito. Dios es bueno, Él es impulsado por su naturaleza a darse. Tal es la evidencia que se coloca delante del hombre cuando él reflexiona sobre lo que él es, sobre lo que el universo es.
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[1] La palabra Dios, con la que se denomina lo infinito, deriva de un verbo griego que significa vivir.
[2] Solamente las inteligencias, solamente las personas son capaces de felicidad; pero si las criaturas materiales no fueron hechas para ser felices, ellas son para contribuir a la felicidad de los seres espirituales.
Blanc de Saint-Bonnet, comienza el libro póstumo editado por la piedad fraternal, con el título L’Amour et la Chute [El Amor y la caída] con estas palabras:
“El cristianismo se ha hecho hoy menos visible a las inteligencias en sus dos grandes nociones: el Amor, que es la vida de Dios, y la caída que compromete la vida del hombre. Ese olvido, que produce todos nuestros males amenaza con derrumbar la civilización. Si el pensamiento de la caída del hombre y del amor de Dios pudiesen entrar nuevamente en las inteligencias humanas todo mudaría de aspecto en Europa”. Todos los escritores que comprendieron la Revolución y que gustarían liberar de ella al mundo, se esfuerzan en restaurar el pensamiento de la caída. El divino Salvador Jesús se encargó por sí mismo de restaurar el pensamiento del amor, manifestando el abrazamiento de su Sagrado Corazón.
Dios no podía satisfacer su bondad en el don de la existencia de una única criatura, como no podía agotar su belleza en una única imagen de su esencia. Él entonces multiplicó sus criaturas y multiplicó las especies (species, image). Dios, dice Santo Tomás de Aquino, transportó las ideas al ser para comunicar a las criaturas su bondad y representarla en ellas.[1] Él produjo naturalezas múltiples y diversas a fin de que aquello que falta a una de ellas para representar su bondad divina sea suplido por otra. Y acrecienta: “Existe distinción formal para los seres que son de especie diferente; existe distinción material para aquellos que difieren apenas del punto de vista numérico. En las cosas incorruptibles (los espíritus puros o ángeles) existe solamente un individuo para cada especie”. La incontable multitud de ángeles representa, pues, grados infinitos de perfección siempre más alta, de belleza siempre más perfecta, de bondad siempre más comunicativa.
Los espíritus puros y los seres materiales no constituyen toda la creación. Dios también produjo los seres mixtos, que somos nosotros, animales racionales compuestos de cuerpo y alma. El conjunto de esos seres forma el mundo. “Aquél que vive eternamente, dice la Sagrada Escritura, creó todo al mismo tiempo”[2]. Los seres animados no pudieron aparecer sino cuando la materia llegó al punto de poder estar apta para formación de sus cuerpos. Ellos existieron inicialmente en el principio de sus especies, que se desarrolló en individuos a través de sucesivas generaciones.
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[1] Summa Theologica, parte I, q. XLVI. En las ediciones ordinarias esta cuestión contiene apenas tres artículos. En el manuscrito 138 de la Biblioteca de Monte Cassino se encuentra otro, que está reproducido en la edición de la obras de Santo Tomás, publicada por León XIII: De la subordinación de las cosas.
[2] Ecles. XVIII, 1. Deus simul ab initio temporis utrumque de nihilo condidit creaturam, spiritalem et corporalem, angelicam videlicet et mundanum et deinde humanam quasi comunem ex spiritu et corpore constitutam (IV Concílio de Letrán, cap. 1).
Así nació el mundo. “El mundo fue hecho por Él”, dice San Juan[1]. Al colocar en singular la expresión “el mundo”, el apóstol señala que existe apenas un mundo, es decir, que no se encuentra en la creación ninguna parte que sea extraña a las otras.
Pero, en esa unidad, ¡qué multiplicidad y qué diversidad! Hablando apenas de los ángeles, Daniel[2] exclama: “Mil millares lo sirven y una miríada de miríadas lo asiste, el Señor de los ejércitos”, el Señor de toda la jerarquía de las diversas órdenes de seres.
Comentando esas palabras, dice Santo Tomás: “Los ángeles forman una multitud que ultrapasa toda la multitud material”. Él se apoya en lo que San Dionisio, el Areopagita, dice en el capítulo XIV de la “Jerarquía Celeste”: “Son numerosas las bienaventuradas falanges de los espíritus celestes; ellas ultrapasan la medida ínfima y restricta de nuestros números materiales”[3].
Ahora, formando una especie única para sí, cada uno de esos espíritus refleja, por así decir, un punto del infinito, constituye una imagen diferente de la perfección divina, un resplandor especial de la divina Bondad. ¿Qué imaginación podría representar el esplendor creciente de esos espejos de la divinidad que, partiendo de los confines del mundo humano, van, subiendo siempre en grupos graduados, hasta el trono del Eterno? ¡Quién podría ir de pensamiento en pensamiento hasta aquél que está en la cumbre de esa jerarquía y recibe la primera y la más resplandeciente irradiación de la gloria de Dios! “¡El abismo inagotable de la sabiduría y de la ciencia de Dios!, exclama San Pablo. ¡De Él, por Él y para Él son todas las cosas! ¡A Él la gloria por toda la eternidad!”[4]
Pero he aquí lo que es más aflictivo para nuestro espíritu y más conmovedor para nuestro corazón. ¡El Amor no encontró apaciguamiento en la creación, por inefable que fuese el don del ser, y la vida en el ser, y la inteligencia en la vida! Después de haber hecho de las criaturas imágenes de su perfección, Dios quiso hacer de las criaturas sus amigas a tal punto de elevarlas hasta Él. No nos admiremos. Dios es amor, y su caridad desciende como un torrente que derrumba todos los obstáculos, los que vienen del Infinito como los que vienen de la naturaleza de lo finito.
¡Aquí reside el misterio de los misterios del Amor: ese don de Dios para nosotros, elevándonos hasta Él para amarnos y ser amado por nosotros! ¿Cómo dar, a ese respecto, ya no digo el conocimiento adecuado, sino una idea suficiente para convidarnos al abandono amoroso de nuestra alma al Amigo divino?
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[1] Jo. I, 10.
[2] Dan. VII, 10.
[3] Quien considera los millones de estrellas que la mano de Dios lanzó en el espacio, ¿puede admirarse de la multitud de los espíritus celestes, los cuales pueden glorificarlo por si mismos?
[4] Rom. XI, 33-34.
¿Cómo Dios se da a nosotros? ¿Cómo lo poseemos? ¿Con qué amor somos llamados a amarlo?
Digamos inicialmente con Santo Tomás que Dios está en todas las criaturas como la causa está en su efecto. Él es, Él, la causa primera, la causa inicial y la causa persistente, la causa creadora y la causa conservadora de todo cuanto existe. Él está, además, en sus criaturas, a través de su esencia, es decir, a través de la idea que cada una de ellas realiza. Él está, en fin, a través de su poder que, después de haberlas creado, las mantiene en el ser que Él les dio y constituye el primer principio de la actividad de ellas.
En las inteligencias Dios está, o por lo menos puede estar, de otro modo: como el objeto conocido en aquel que conoce y el objeto amado en aquel que ama. Pero esto no constituye un modo especial de presencia distinta de modo general. Concediendo a la criatura racional que lo conozca y lo ame, Dios no hace sino moverla para su fin, según pide su naturaleza, como Él con las otras criaturas.
Un modo de presencia verdaderamente especial sería aquel que produjese un efecto de un orden externo, por encima el orden natural.
Ahora, ese modo existe. Dios, en su amor infinito, lo inventó, lo creó y nos reveló su existencia.
Digamos en qué consiste.
El uso normal de la razón nos hace llegar al conocimiento de Dios y ese conocimiento produce en nosotros amor. Es un conocimiento abstracto, a través del raciocinio, de la visión de los seres y de su contingencia. Ese conocimiento nos hace desear otro conocimiento: la visión directa del propio Ser Supremo. Como explicamos en las primeras páginas de este libro[1], esa visión no es naturalmente posible a ninguna criatura que existe o venga a existir. Pero la concebimos posible si, en la naturaleza creada, Dios injertase, por así decir, una participación de la naturaleza divina. Participando de esa naturaleza, el hombre, el ángel, podrían producir actos de ella: ver a Dios y amar a Dios, como Dios se ve y se ama.
Dios se dignó manifestarnos de que su amor llegó hasta ese punto. Por el don de la gracia santificante Él nos hizo partícipes de la naturaleza divina. “Dios, por Jesucristo Nuestro Señor, dice el apóstol San Pedro, nos concedió los mayores y más preciosos dones que nos había prometido; por ellos nos hizo participantes de su naturaleza divina”[2].
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[1] Tomo I, p. 18.
[2] II Ped. I, 4.
¿Cuál es la obra propia de la naturaleza divina? Es engendrar el Verbo y emanar el Amor. Esa obra es tan absoluta, que sus resultados son las Personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Si verdaderamente nos hacemos participantes de la naturaleza divina, esa participación, que es la gracia santificante, debe traer para nuestra alma como que un eco de la generación del Verbo y de la procesión del Espíritu Santo. Que esto es y será así es cosa que se nos ha revelado: “Ved, nos dice el apóstol San Juan de parte de Dios, ved qué amor el Padre tiene por nosotros, en querer que seamos llamados hijos de Dios, y en efecto lo somos… Sí, mis queridos, nosotros somos, desde ahora, los hijos de Dios. Pero aquello que seremos un día aun no nos fue revelado. Sabemos que cuando Él venga en su gloria, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es. Y todo aquel que tiene esa esperanza en Él se hace santo como Dios”[1].
Veremos a Dios tal como Él es, y esto porque seremos, porque somos semejantes a Él, y siendo semejantes a Él, somos legítimamente llamados sus hijos, somos verdaderamente sus hijos. Nosotros lo somos desde ahora, porque ya poseemos la gracia santificante que nos hace participar de la naturaleza divina. Esa naturaleza participada ya produce en nosotros sus actos, los actos de las virtudes teologales, la fe, la esperanza y la caridad, que nos hacen alcanzar a Dios en Él mismo y que, después del tiempo de la prueba, se transformará en visión, posesión, amor beatífico.
La producción de esos actos, así en la tierra como en el cielo, es y será, lo dijimos arriba, como un eco en nosotros de la generación del Verbo y de la procesión del Espíritu. Santo Tomás lo hace comprender en los ocho artículos de la sexagésima tercera cuestión de la primera parte de su Suma, parte ésta intitulada: De la misión de las Personas divinas.
Hubo una misión visible de la segunda Persona de la Santísima Trinidad a través del Padre en la Encarnación.
Hubo una misión visible de la tercera Persona a través de las otras dos en diversas circunstancias.
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[1] I Jo. III, 2.
Además de esas misiones visibles, están las invisibles en cada uno de nosotros en todos los instantes de la vida cristiana. Y es por ellas que Dios está en nosotros de forma diferente de que a título de causa y de ejemplar, como él está en todas sus criaturas, según la diversidad de sus naturalezas. La misión lo hace habitar en nosotros de otra manera. De la misma manera que en Dios el Hijo es engendrado por el Padre y en que el Espíritu procede del Padre y del Hijo, en nosotros, cristianos, y en general en todas las criaturas inteligentes ornadas de la gracia santificante, y por eso hechas participantes de la naturaleza divina, el Padre, del cual procede el Hijo, envía al Hijo; el Padre y el Hijo, de los cuales procede el Espíritu, envían el Espíritu Santo, y esto no una vez, sino en todos los actos de la vida sobrenatural que son la fe y la caridad; misión del Hijo en el acto de fe, misión del Espíritu Santo en el acto de caridad, como en el cielo, la visión intuitiva será producida por la misión del Verbo, y el amor beatífico por la misión del Amor divino.
De donde resulta que las tres Personas divinas habitan en nosotros como en ellas mismas, actúan en nosotros como en ellas mismas. Es lo que Nuestro Señor prometiera: “Si alguien me ama, corresponde a las propuestas de mi amor, Nosotros vendremos a él y en él haremos nuestra morada”[1]. Y no solamente Ellas ahí habitan, sino además Ellas tienen ahí sus relaciones y esas relaciones tienen repercusión en nuestras almas, en nuestras inteligencias y en nuestros corazones sobrenaturalizados por la gracia. “Hablamos de misión a respecto del Hijo, dice San Agustín[2], en razón de los dones que tocan la inteligencia”. Podemos decir la misma cosa a respecto del Espíritu Santo, en razón de los dones del corazón: él abrasa las facultades afectivas de un amor sobrenatural, como el Hijo ilumina la inteligencia con las luces de la fe.
Ahí está en nosotros el comienzo de una vida divina que desabotonará en los cielos; ahí, la fe será visión y el amor beatitud, por la misma manera, por la resonancia de la vida divina en nosotros.
Toda la vida adquiere su origen en un nacimiento. Una vida nueva no puede salir sino de una nueva generación. Fue lo que realizó en nosotros el santo bautismo. Él nos hizo entrar en esa vida superior, específicamente y genéricamente distinta de la vida natural. Es la necesidad que Nuestro Señor expresó en estos términos: “En verdad, en verdad os digo, quien no renaciere del agua y del Espíritu Santo no entrará en el reino de Dios”[3], donde Dios es visto y amado como Él se ve y se ama. El primer nacimiento nos hizo partícipes de la naturaleza humana, el segundo, de la naturaleza divina.
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[1] Jo. XIV, 23.
[2] De Trinit., IV, cap. XX.
[3] Jo. III, 5.
La creación se explica por el deseo de Dios que es inducido, si así podemos decir, por el esplendor de su Verbo, a querer que su brillo reaparezca en los espíritu creados a su imagen. El don de lo sobrenatural encuentra su explicación en la santidad de Dios. Ella hace la unión divina, ella llama a las criaturas a una unión participativa: Sanctus sanctus, sanctus, Dominus Deus Sabaoth. Santo, santo, santo es el Dios de los ejércitos. Él es tres veces santo en Él mismo por la Trinidad de sus Personas; y Él es santo en la multitud de los espíritus ordenados, jerarquizados como un ejército, que Él convida a la unión santificante, a unirse a Él sobrenaturalmente. Esa unión exige una generación en Él, Él es suficientemente poderoso para producirla, no obstante pida una virtud más alta de que la exigida para la creación. Así, la Santísima Virgen, llena de gracia divina, manifestó su admiración y su alegría con estas palabra: “Fecit mihi magna qui POTENS est et SANCTUM nomen ejus”. Él hizo en mi grandes cosas, Aquel que es poderoso y cuyo nombre es santo. Por la santidad entramos en el infinito sin confundirnos, penetramos en el seno de Dios sin perdernos, conservando nuestra individualidad, nuestra personalidad, estando unidos a la Divinidad, de tal manera que ella produce en nosotros lo que ella produce en Ella misma. He ahí la gran cosa que maravillaba a la Santísima Virgen y la hacía lanzar esta exclamación: “Magnificat anima mea Dominun et exultavir spiritus meo in Deo salutari meo”.
La unión sobrenatural con Dios, tanto entre los ángeles como entre nosotros, tiene dos grados: la preparación y la fruición, la gracia y la gloria. Por la gracia somos dados en garantía de dote que es entregada solamente en el feliz final de la prueba a la cual la preparación nos somete.
Porque Dios quiere respetar la libertad de sus criaturas, y esa voluntad obliga a no hacer definitivo el don de lo sobrenatural sino después de la aceptación reconocida y amorosa por parte nuestra.
Las Personas divinas que quieren habitar en nosotros, baten, primeramente, a través de los llamados de la gracia, a la puerta de nuestro corazón. Ellas quieren ser acogidas como amigas antes de producir en nosotros las grandes cosas de que hablamos. Ellas nos ofrecen su amistad, Vos amici mei estis[1]; es necesario que les demos la nuestra, que entremos en comercio con Ellas, en un comercio de amor. Esa oferta debe ser aceptada, puede ser rechazada, si es rechazada será una ofensa y una ofensa de una culpabilidad infinita, el límite de la injuria, tratándose de Dios.
¿Fue esa la injuria a la infinita Bondad?
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[1] Jo. XV, 14

fonte:La denuncia Profetica