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quarta-feira, 8 de abril de 2015

Semana Santa de 2015: En Kenia y por todo el mundo, mártires, mártires y más mártires

Los nombres de algunas de las casi 150 víctimas de la masacre de la Universidad Garissa: Desde Fe hasta Jacinta, toda una constelación de nombres cristianos
Los nombres de algunas de las casi 150 víctimas de la masacre de la Universidad Garissa: Desde Fe hasta Jacinta, toda una constelación de nombres cristianos
  

Semana Santa de 2015: En Kenia y por todo el mundo, mártires, mártires y más mártires

En el firmamento de la Iglesia resplandecen las estrellas de 148 nuevos mártires. No hay que sentir compasión de los jóvenes cristianos víctimas del islam masacrados el pasado jueves santo en Kenia, porque han recibido la gracia inmensa del martirio.
Son mártires porque soldados de Alá los han matado por ser cristianos. No se es mártir por sufrir una muerte violenta, sino porque dicha muerte se causa por odio a la fe cristiana. Dice San Agustín que lo que hace al mártir no es la muerte, sino que su sufrimiento y su muerte estén ordenados a la verdad. No todas las víctimas de una persecución se pueden considerar mártires. Sólo las que han sido muertas por el odio de sus verdugos a la fe.
Los mártires de la Universidad de Garissa se suman a la innumerable legión de testigos de la fe masacrados en los últimos dos siglos por los perseguidores de la Iglesia. El primer genocidio de los tiempos modernos fue el causado por la Revolución Francesa. Nada menos que 438 religiosos y seglares de ambos sexos son ya venerados como beatos, y para otros 591 se ha incoado el proceso de reconocimiento de su martirio “in odium fidei”. A este holocausto es preciso añadir el de la guerra de España de 1936 a 1939, con 1512 mártires beatificados y 11 canonizados hasta ahora, si bien el número de víctimas de los anarquistas y comunistas asciende a muchas decenas de millares.
El 13 de octubre de 2013 pasado se beatificaron en Tarragona 522 personas asesinadas por odio a la fe tanto antes como durante la guerra religiosa de España. Ha sido la ceremonia de beatificación más multitudinaria, con un total de 522 nuevos beatos, superando la celebrada el 27 de octubre de 2007 en Roma. Sus nombres se suman a los incontables mártires del comunismo, el laicismo y el islam en todos los países del mundo.
Que no nos falte valor para pronunciar el nombre de los asesinos. Siguen tratando de silenciar que de un tiempo a esta parte se está llevando a cabo a nivel planetario una persecución sistemática de los cristianos. A raíz de los sucesos de Kenia, el papa Francisco ha leído esta hermosa oración: “En tu rostro abofeteado, Cristo, vemos nuestro pecado. En Ti vemos a nuestros hermanos perseguidos, decapitados y crucificados por su fe en Ti ante nuestra vista, y con frecuencia también ante nuestro silencio cómplice”. Antonio Socci, que con frecuencia ha denunciado el silencio cómplice de las altas autoridades eclesiásticas, escribió en Libero el pasado 5 de abril: “Esperamos que, asomado a esa ventana, el papa Bergoglio, con todo el prestigio de que disfruta en los medios de difusión, despierte a todos los poderosos de la Tierra, movilice su diplomacia, haga escuchar a todos el grito de dolor de los cristianos perseguidos, pida oraciones a toda la Iglesia y ponga en marcha una gran iniciativa humanitaria en pro de los cristianos perseguidos”.
Ernesto Galli della Loggia se ha hecho al parecer eco de este llamamiento en Il Corriere della Sera del pasado 5 de abril, donde ha propuesto al gobierno italiano que se realice una suscripción entre todos los italianos, todas las instituciones públicas y privadas de la nación, con vistas a recaudar los fondos necesarios para un envío considerable de ayuda a los cristianos perseguidos. Sin embargo, no basta con todo eso cuando se libra una guerra. Hay que reconocer que hay una guerra de religión contra Jesucristo y contra su Iglesia. Una guerra que se libra en nombre de aquella sura del Corán que dice: “Matadlos (a los infieles) doquiera que los halléis. Tal es la recompensa de los infieles” (2, 191). Esta guerra no ha sido declarada por los cristianos; la han emprendido contra ellos. ¿Por qué no intervienen los gobiernos occidentales? Porque Occidente comparte el mismo odio de los perseguidores hacia sus propias raíces cristianas.
El laicismo occidental no sólo pone pleito, persigue y ridiculiza a quienes defienden el orden natural y cristiano, sino que además lleva a cabo genocidios masivos. Monseñor Luc Ravel, obispo castrense francés, ha afirmado: «Descubrimos que es preciso tomar partido; que debemos armarnos contra el mal manifiesto y no tomamos partido contra el que actúa solapadamente. El cristiano se siente entre dos fuegos, acorralado entre dos ideologías: por una parte, la que caricaturiza a Dios hasta despreciar al hombre; por otra, la que manipula al hombre hasta despreciar a Dios. Por un lado, los adversarios declarados: los terroristas de las bombas, los reivindicadores del profeta; por otro, adversarios no declarados pero bien notorios: los terroristas del pensamiento, los promotores del laicismo, los adoradores de la república. ¿A qué bando debemos afiliarnos los cristianos? No queremos ser rehenes de los islamistas. Pero tampoco queremos serlo de los políticamente correctos. La ideología islámica ha causado 17 víctimas en Francia. Pero la ideología políticamente correcta causa cada año 200 000 víctimas en el vientre de su madre. El aborto, entendido como “derecho fundamental”, es un arma de destrucción masiva».
El odio que profesa Occidente hacia la Iglesia y la civilización cristiana es un odio a su propia alma e identidad. “Un odio a sí mismo de Occidente –ha escrito Benedicto XVI– que sólo puede tener una explicación patológica”; Occidente se abre lleno de comprensión a valores foráneos, “pero ya no se ama a sí mismo; ya sólo ve en su historia lo despreciable y destructivo, y es incapaz de percibir lo grande y lo santo.”
Hoy en día, Occidente rechaza los valores en torno a los que ha edificado su identidad y y sólo acepta la herencia destructiva del iluminismo, el marxismo y el freudismo. La teoría de género representa la última etapa intelectual de esta disociación entre la inteligencia y la realidad que se convierte en odio patológico a la propia naturaleza humana. El gesto de Andreas Lubitz, que ha querido estrellar contra los Alpes su Airbus con 150 pasajeros a bordo, es la expresión de ese espíritu de autodestrucción. El suicidio es una expresión extrema pero coherente de la depresión occidental: un estado de ánimo en el que alma se sume en la nada tras haber perdido toda razón para vivir. Cuando se profesa el relativismo absoluto sólo se encuentra realización en la muerte.
La matanza de Garissa no es una brutalidad sin sentido, como tampoco el suicidio del piloto alemán es un acto de locura sin más. Estos gestos destructivos y autodestructivos tienen una lógica aberrante. A la exaltación de los fanáticos de Alá corresponde la depresión de los apóstatas del Cristianismo: El equilibrio del mundo se deshace cuando se vuelve la espalda a los principios cristianos. Y un mismo impulso preternatural mueve al furor homicida islámico y al nihilismo suicida de Occidente. El príncipe de las tinieblas, impotente para hacerse Dios, quiere destruir todo lo que tenga rastro de Dios y de la civilización cristiana. Sin tener en cuenta esta infestación diabólica es difícil comprender todo lo que está sucediendo en el mundo. Y sin una intervención angélica es imposible librar la batalla que se inició en el momento de la creación, cuando los ángeles se dividieron en dos bandos perennemente contrapuestos en la historia del universo creado.
El mensaje de Fátima presenta a Nuestra Señora precedida y acompañada de los ángeles. Y quien ha leído el Tercer Secreto recuerda la trágica visión de una enorme cruz al pie de la cual es asesinado el Papa: “Bajo los brazos de la cruz había dos ángeles, cada uno de los cuales tenía en la mano una regadera de cristal en la que recogía la sangre de los mártires y regaba con ella las almas que se acercaban a Dios”.
Como en los comienzos del Cristianismo, la sangre de los mártires es la semilla de la que renace la historia y de la que sale la victoria en la eternidad.
Roberto de Mattei