Don Divo Barsotti

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terça-feira, 14 de julho de 2009

EL DISCURSO INAUGURAL DO CONCILIO VATICANO II SEGUNDO O LIVRO IOTA UNUM DE ROMANO AMERIO


39. EL DISCURSO INAUGURAL. POLIGLOTISMO Y POLISEMIA TEXTUALES
El tercer punto del discurso papal se refiere al quicio mismo sobre el cual gira el Concilio: el modo en que la verdad católica pueda comunicarse al mundo contemporáneo «pura e íntegra sin atenuaciones» (n. 14).
Aquí el estudioso se enfrenta a un obstáculo imprevisto. En las alocuciones papales, texto oficial válido como expresión de su pensamiento es por norma sola-mente el texto latino. Ninguna traducción tiene tal autoridad, a no ser que sea reco-nocida como auténtica. Ésta es la razón por la que el «Osservatore Romano», cuando añade al texto latino original la versión italiana, advierte siempre que se trata de una traducción privada.
Ahora bien, como el texto latino es obra del colegio de traductores, los cua-les traducen el texto original redactado por el Papa en italiano, parecería legítimo referirse a las palabras originales, cuando sean conocidas, tomándolas como criterio interpretativo del latín. Se invertiría así la prioridad entre los dos textos, privilegian-do la traducción (que es en realidad el original) sobre el original latino (que es en realidad una traducción). Filológicamente la inversión es legítima, pero canónica-mente no lo es, pues es máxima de la Sede Apostólica que solamente el texto latino contiene su pensamiento.

Ahora bien, entre el texto latino y la versión italiana del discurso inaugural hay tales discrepancias que el sentido resulta trasmutado. Ha sucedido además que el desarrollo de la literatura teológica se ha guiado por la traducción más que por el original latino. La discrepancia es tan grande que parece tenerse a la vista una pa-ráfrasis, y no una traducción. Así, el original dice: «Oportet ut haec doctrina certa et immutabilis cui fidele obse. quium est praestandum, ea ratione pervestigetur et expo-natur quam tempora postulant» .
La traducción italiana del OR de 12 de octubre de 1962, reproducida des-pués en todas las ediciones italianas del Concilio, dice: «Anche questa peró studiata ed esposta attraverso le forme dell indagine e della formulazione letteraria del pen-siero moderno». Del mismo modo, la traducción francesa: «La doctrine doit étre étu-diée et exposée suivant les méthodes de recherche et de présentation dont use la pensée moderne». Y la española, similar a las anteriores: «estudiando ésta y ponién-dola en conformidad con los métodos de la investigación y con la expresión literaria que exigen los métodos actuales» (pág. 749, n. 14).
No puede disimularse la diferencia entre el original y las traducciones. Una cosa es que la reconsideración y la exposición de la perpetua doctrina católica se hagan de manera apropiada a los tiempos (concepto compresivo y amplio), y otra que se realicen siguiendo los métodos de pensamiento de la filosofía contemporá-nea. Por ejemplo: una cosa es presentar la doctrina católica de una manera apro-piada a la citerioridad propia de la mentalidad contemporánea, y otra que sea pen-sada y expuesta según esa misma mentalidad. Para que el acercamiento a la menta-lidad moderna sea correcto, no debe adoptar los métodos del análisis marxista o la fenomenología existencialista (por ejemplo), sino adaptar a esa mentalidad la oposi-ción polémica del catolicismo.

En suma, se trata del problema al que pasa el Pontífice en la sección si-guiente: «Forma de reprimir los errores». De esto trataremos en el epígrafe siguiente, pero no sin haber hecho antes como paso previo algunas observaciones.
Primera, que la polisemia nacida de la diversidad de las traducciones ates-tigua la pérdida de aquella precisión que fue en tiempos costumbre de la Curia en la redacción de sus documentos.
Segunda, que la multivocidad se introdujo después en sucesivas alocucio-nes del Papa en que citaba aquella perícopa del 11 de octubre, unas veces según el texto latino y otras según la traducción .
Tercero, que la diversidad de las traducciones, pronto difundidas en per-juicio del texto latino y tomadas como base de argumentación, contradice al origi-nal, pero las variantes coinciden entre sí unívocamente. Esta consonancia da motivo para conjeturar una conspiración espontánea u organizada con el objeto de propor-cionar al discurso un sentido modernizante tal vez ausente de la mente del Papa.

40. EL DISCURSO INAUGURAL: NUEVA ACTITUD ANTE EL ERROR
La misma incertidumbre genera el párrafo del discurso que distingue entre la inmutable sustancia de la enseñanza católica y la variabilidad de sus expresio-nes. El texto oficial suena así: «Est enim aliud ipsum depositum fidei, seu variantes, quae veneranda doctrina nostra continentur, aliud modus quo eaedem enuntiantur eodem tamen sensu eademque sententia. Huic quippe modo plurimum tribuendum est et patentia si opus fuerit in eo elaborandum, scilicet eae inducendae erunt rationes res exponendo, quae cum magisterio, cuius indoles praesertim pastoralis est, magis congruant» .

La traducción italiana es: «Altra é la sostanza dell'antica dottrina del deposi-tum fidei e altra é la formulazione del suo revestimento ed é di questo che devesi con pazienza tener gran tonto, tutto misurando nella forma e proporzione di un magistero a carattere prevalentemente pastorale». Y la española: «Una cosa es la sustancia del "depositum fidei", es decir, de las verdades que contiene nuestra venerada doctrina, y otra la manera como se expresa; y de ello ha de tenerse gran cuenta, con pacien-cia, si fuese necesario, ateniéndose a las normas y exigencias de un magisterio de carácter prevalentemente pastoral» (pág. 749, n. 14). .
La diferencia es tan grande que admite sólo dos suposiciones: o bien el tra-ductor italiano ha querido hacer una paráfrasis, o bien la traducción es en realidad el texto original. En este segundo caso, la redacción italiana habría parecido compli-cada e imprecisa (¿qué es eso de «la formulación de su revestimiento»?) y por consi-guiente el latinista habría intentado captar su sentido general, desprendiéndola (impregnado como estaba por conceptos tradicionales) de cuanto de novedad conte-nía la redacción original. Si no, resulta llamativa la omisión de las palabras «eodem tamen sensu eademque sententia», que citan implícitamente un texto clásico de San Vicente de Lehrins, y a las cuales está ligado el concepto católico de la relación en-tre la verdad que hay que creer y la fórmula con la que se expresa.
En el texto latino Juan XXIII recalca que la verdad dogmática admite multi-plicidad de expresiones, pero que la multiplicidad concierne al acto del significar y nunca a la verdad significada. El pensamiento papal es continuación (se dice expre-samente) de las enseñanzas que «aparecen en las actas de Trento y del Vaticano» (n. 14).
Es sin embargo una novedad, y como novedad en la Iglesia se anuncia abiertamente, la actitud que debe seguirse ante los errores. La Iglesia (dice el Papa) no abdica ni disminuye su oposición al error, pero «en nuestro tiempo prefiere usar de la medicina de la misericordia más que de la severidad>> se opone al error «mostrando la validez de su doctrina, más que condenando» (n. 15).

Esta proclamación del principio de la misericordia como contrapuesto al de la severidad no tiene en cuenta que en la mente de la Iglesia incluso la condena del error es una obra de misericordia, pues atacando al error se corrige a quien yerra y se preserva a otros del error. Además, hacia el error no puede haber propiamente misericordia o severidad, al ser éstas virtudes morales cuyo objeto es el prójimo, mientras que el intelecto repudia el error con un acto lógico que se opone a un jui-cio falso. Siendo la misericordia, según la Summa Theol. II, 11, q.30, a.l, un pesar por la miseria de los demás acompañado del deseo de socorrerles, el método de la misericordia no se puede usar hacia el error (ente lógico en el cual no puede haber miseria), sino sólo hacia el que yerra (a quien se ayuda proponiéndole la verdad y rebatiendo el error).
El Papa divide por la mitad dicha ayuda al restringir todo el oficio ejercitado por la Iglesia hacia el que yerra a la simple presentación de la verdad: ésta bastaría por sí misma, sin enfrentarse al error, para desbaratarlo. La operación lógica de la refutación se omitiría para dar lugar a una mera didascalia de la verdad, confiando en su eficacia para producir el asentimiento del hombre y destruir el error.
Esta doctrina del Pontífice constituye una variación relevante en la Iglesia católica y se aToya en una singular visión de la situación intelectual de nuestros contemporáneos. Estos estarían tan profundamente penetrados por opiniones fala-ces y funestas, máxime in re morali, que como dice paradójicamente el Papa «los hombres, por sí solos [es decir, sin refutación ni condena], hoy día parece que están por condenarlas, y en especial aquellas costumbres que desprecian a Dios y a su Ley».
Es sin duda admisible que el error puramente teórico pueda curarse a sí mismo cuando nace de causas exclusivamente lógicas; pero que se cure a sí mismo el error práctico en torno a las acciones de la vida, dependiente de un juicio en el que interviene la parte libre del pensamiento, es una proposición difícil de compren-der. Y aparte de ser difícil desde un punto de vista doctrinal, esa interpretación op-timista del error, que ahora se reconocería y corregiría por sí mismo, está cruda-mente desmentida por los hechos. En el momento en que hablaba el Papa estos hechos estaban madurando, pero en la década siguiente salieron totalmente a la luz.
Los hombres no se retractaron de esos errores, sino que más bien se con-firmaron en ellos y les dieron vigor de ley: la pública y universal adopción de estos errores morales se puso en evidencia con la aceptación del divorcio y del aborto; las costumbres de los pueblos cristianos fueron enteramente cambiadas y sus legisla-ciones civiles (hasta hacía poco modeladas sobre el derecho canónico) se tornaron en legislaciones puramente profanas, sin sombra de lo sagrado. Éste es un punto en el cual la clarividencia papal queda irrefutablemente comprometida.