Don Divo Barsotti

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quinta-feira, 9 de julho de 2009

LAS PREVISIONES DEL CARD. MONTINI. SU MINIMALISMO segundo a obra de Romano Amerio" Iota Unum"









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36. LAS PREVISIONES DEL CARD. MONTINI. SU MINIMALISMO

Conviene hacer una mención particular de las previsiones del card. Giovanni Battista Montini, arzobispo de Milán, en una publicación dedicada por la Universidad Católica al futuro Concilio. El documento es peculiar si se lo examina en sí mismo, pero más aún si se lo toma como luz para reconocer la continuidad y discontinuidad del pensamiento del Papa: me refiero a la continuidad innegable de ciertas directrices y la abierta discontinuidad entre el optimismo y el pesimismo final de aquel Pontificado.

El texto es el siguiente: «El Concilio debe indicar la línea del relativismo cristiano, de hasta dónde la religión católica debe ser férrea custodia de valores absolutos, y hasta dónde puede y debe ceder a una aproximación y a una connaturalidad de la vida humana tal como se presenta históricamente» (OR, 8-9 de octubre de 1962) [1].

Algunos defectos de expresión, como «ceder a la connaturalidad», pueden hacer un poco difícil la hermenéutica de esta declaración, pero su fondo es evidente. El Concilio (parece) no prepara una expansión del catolicismo, pero la produce en la medida en que sea reducida al mínimo su parte sobrenatural y se consiga una máxima coincidencia de la religión con el mundo, considerado connatural a ella, si se deben tomar los términos tal como aparecen.

La Iglesia no puede entonces, según la imagen vulgar, ser levadura que suba la masa, ni revestir al hombre transformando su fundamento; antes bien, se intentará que se empape del mundo, porque así impregnada, lo impregnará a su vez.

Una declaración como ésta supone que la Iglesia se encuentra actualmente en la necesidad de transigir con el mundo, en un estado de necesidad análogo a aquél en el cual le pareció a Clemente XIV que se encontraba en el siglo XVIII, conduciéndole a suprimir la Compañía de Jesús. Es una valoración proveniente de una prudencia cauta, pero no de una prudencia valiente. Delinea además un proyecto de acción conciliar derivado de un supuesto difícilmente aceptable por la religión, según el cual el hombre debe ser aceptado tal como es; muy al contrario, la religión lo atrae hacia sí tal como es, pero no lo acepta así, porque está corrompido: la religión tiene siempre como punto de mira el deber ser, precisamente para curarle de la corrupción y salvarlo.

Pero la declaración de 1962 es importante si, yendo más allá de los pronósticos de reflorecimiento tan familiares al Montini Papa, se la mira conjuntamente con aquélla, ciertamente paradójica, pronunciada el 18 de febrero de 1976: «No debemos temer, un día, constituir quizás una minoría, si somos fieles; no nos avergonzaremos de la impopularidad, si somos coherentes; no haremos caso de ser unos vencidos, si somos testigos de la verdad y de la libertad de los hijos de Dios».

Y esa perspectiva de miseria y casi de inanición abierta a la Iglesia en 1968 se anuncia aún más en el gemido de la trágica invocación en las exequias de Aldo Moro: «Un sentimiento de pesimismo viene a anular tantas serenas esperanzas y a sacudir nuestra confianza en la bondad del género humano». Aquí gime el hombre (pero más aún el Pontífice, próximo a su muerte) sobre el proyecto, que yace destruido, de todo su Pontificado[2].

37. LAS PREVISIONES CATASTROFISTAS

Este término no está usado aquí en un sentido de amenaza, sino en el sentido neutral de una transformación radical: corresponde a las expectativas de quienes presagiaban y perseguían una mutación radical del catolicismo. Mons. Schmitt, obispo de Metz, lo profesa abiertamente: «La situación de civilización que vivimos supone cambios no solamente en nuestro comportamiento exterior, sino en la idea misma que nos hacemos tanto de la creación como de la salvación realizadas por Jesucristo»[3].

La doctrina subyacente a tal pronóstico fue después acogida confusamente, ya fuese bajo la forma de su difusión popular, ya bajo la de una firme acción de grupos organizados que imprimieron al Concilio impulsos poderosos.

Son los partidarios de una dirección catastrófica quienes se atreven a atribuir a Juan XXIII el proyecto de «hacer explotar desde dentro el monolitismo de la Iglesia Católica» («Corriere della Sera», 21 de abril de 1967). Son los discípulos del teocosmologismo confuso y poético de Teilhard de Chardin: «Creo que el gran acontecimiento religioso de la actualidad es el despertar de una Religión nueva, que poco a poco hace adorar al Mundo y que es indispensable a la Humanidad para que ésta pueda continuar trabajando. Por tanto es fundamental que mostremos al Cristianismo como capaz de divinizar el nisus y el opus humanos naturales» (Diario, p. 220).

El monitum del Santo Oficio contra las doctrinas teilhardianas había de facto caído en desuso con Juan XXIII [4]. Persuadidos justamente de la irreformabilidad esencial de la Iglesia, los innovadores se proponen lanzar a esta Iglesia fuera de sí misma, a la búsqueda de un meta-cristianismo (por adoptar el término teilhardiano), puesto que una religión renovada es una nueva religión.

Para no morir, el cristianismo debería sufrir una mutación en el sentido genético y teilhardiano. Pero si para no morir la religión debe salir fuera de sí misma, tal expresión envuelve una contradicción, viniendo a decir que debe morir para no morir. Ya en el catolicismo francés de antes de la guerra se manifestaron doctrinas defendiendo tal revolución radical en la Iglesia, y el card. Saliége escribía: «Ha habido cambios biológicos improvisados que han hecho aparecer nuevas especies. ¿No asistimos quizá ahora a una especie de cambios que modificará profundamente la estructura humana (quiero decir la estructura mental y psicológica del hombre)? A esta pregunta, que los filósofos juzgarían impertinente, se podrá responder dentro de quinientos años»,[5]



[1] Todos los subrayados en los textos citados son siempre nuestros, y se hacen a fin que destaquen las partes del texto que son objeto del comentario.

[2] C. ANDREOTI, Diario 1976-1979, Roma 1981, p. 224, dice que parecía como si el Papa hablase «casi reprochándole al Señor todo lo que había sucedido».

[3] Cit. en «Irinéraires», n. 160, p. 106.

[4] Una prueba de la desarticulación interna de la Curia romana, que olvida a menudo toda apariencia de coherencia, tuvo lugar en 1981. Con ocasión de la celebración del centenario del nacimiento de Teilhard de Chardin en el Institru Catholique de París, el Secretario de Estado card. Casaroli envió a mons. Poupard, presidente del Instituto, un mensaje en el que se alababan los méritos contraídos ante la Iglesia por dicho jesuita. Puesto que Teilhard había sido objeto de un Monitum del Santo Oficio que en 1962 denunciaba en sus obras «ambigüedades y errores graves», el homenaje prestado por la Santa Sede suscitó escándalo y fue necesario, como suele decirse, un «redimensionamiento» (en realidad una retractación) de aquellas alabanzas.

[5] Cit. en J. GUITTON, Scrivere come si ricorda, Alba 1975, p. 31).