Don Divo Barsotti

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segunda-feira, 30 de novembro de 2009

¿Que es el progresismo?: Un largo enfado también eclesiólogico


La mayoría de los teólogos liberal-progresistas que desde hacía más de 30 años estaban preparando los caminos del Concilio enloquecieron de alegría cuando en la convocación del Concilio Vaticano II aquel 25 de enero de 1959, el papa Juan XXIII había unido la reforma pastoral a objetivos ecuménicos (L´Osservatore Romano 26-27 enero 1959: “El Concilio no sólo tiene como objetivo el bien del pueblo cristiano (…) quiere ser también una invitación a las comunidades separadas a buscar la unidad”).

Para un buen número de obispos y teólogos progresistas, la “monarquía papal”, identificada con los dogmas del Vaticano I, representaba un obstáculo pastoral y misionero y una piedra de tropiezo para el ecumenismo. La propuesta de Juan XXIII fue pues inmediatamente comprendida y acogida por el tenaz progresismo activista.

Las actas del Concilio Vaticano II y su sostén doctrinal a la colegialidad episcopal, representará un maravilloso y necesario equilibrio al Vaticano I, mejor dicho, será la cristalización de ese equilibrio eclesiológico.

Pero, a diferencia de la constitución “Sacrosanctum Concilium” sobre la liturgia que para garantizar su cumplimiento recurrió a 49 (¡!) prescripciones normativas, todos los otros documentos del Vaticano II no prestarán atención a la dimensión jurídica de las reformas que pretendía introducir. El método de todo el Concilio no dedicó ninguna sesión a la reforma del Códice. Criticó severamente a la Curia sin editar directivas para su reforma.

Según el progresismo esa será la gloria del Vaticano II y al mismo tiempo su ruina. Creen que los Padres estaban tan entusiasmados con el tratamiento no-jurídico de la eclesiología que no previeron que más tarde podía ser desvirtuado en las reformas posconciliares. Y en ello distinguen dos periodos de recepción de las reformas.

Un primer periodo protagonizado por Pablo VI en el que se revaloriza el episcopado y las Iglesias locales en fidelidad al Vaticano II (Motu proprio “Pastorale munus” 1963, “Ecclesiae Sanctae” 1966, “De episcoporum muneribus” 1966, Alocución de Pablo VI al Secretariado de la Unidad de 1967 ). Y un segundo periodo en cambio, a partir del Código de Derecho Canónico de 1983 que se aleja –según ellos- de las perspectivas pastorales y ecuménicas que los Padres habían deseado subrayar bajo el nombre de colegialidad. Otra vez el “espíritu del Concilio”.

Para ellos el nuevo Código ignora la revalorización de las Iglesias locales y hace difícil la comprensión de la Iglesia como “comunión de Iglesias”, subrayando de una manera intolerable “la autoridad de la Santa Sede sobre los obispos y sobre cada obispo” (Hervé Legrand, dominico de Le Saulchoir). La gota que colmará el vaso de la traición será la “Pastor Bonus” de 1988 por la que la reforma de la Curia confirma “sus prerrogativas de instrumento de la primacía papal”. A su entender, partir de ese momento todo irá de mal en peor.

El balance y el saldo que hacen de la situación de la Iglesia es muy peculiar: subrayan que la liturgia y la palabra de Dios son accesibles a todos, que el ecumenismo ha adquirido derecho de ciudadanía, que después de Asís el diálogo interreligioso ha sido legitimado, que sin duda alguna, un régimen de consultas se ha generalizado y que las mentalidades han cambiado mucho así como la imagen pública de la Iglesia. Pero la principal meta, que era no únicamente equilibrar sino corregir y, a ser posible, cancelar los efectos inducidos por el Vaticano I, ha sido abortada. Juzgan que las reformas introducidas no han podido remediar las inercias y letargos existentes.

Podemos imaginar el juicio que hacen sobre el “gran traidor”, el actual papa Benedicto XVI, que ya comenzó su “pretendida” felonía durante los años trascurridos al frente de la Congregación de la Doctrina de la Fe.

Más si cabe, después del Motu Propio “Summorum Pontificum Cura” en lo referente a la liturgia o tras la carta-prólogo del Papa al libro del senador italiano Marcello Pera referente al diálogo interreligioso.

¡El juicio negativo sobre el papa alemán se ha elevado a categorías astronómicas!

Y la pregunta que muchos deben hacerse a estas alturas es la siguiente: ¿tiene adeptos, con nombre y cargos, este progresismo en nuestras latitudes?

Prefiero dejarlo para un próximo capítulo, ¿o serán “capítulos” gracias a usted, Señor Cardenal Martínez?

Fonte: Germinans Germinabit