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terça-feira, 19 de abril de 2016

«Recuerde que Dios la ama inmensamente». Estas palabras son para mí como una fulguración, fuego sobre el fuego. Como si Dios mismo me las dijese.

El abismo dentro de mí1 ¡La Trinidad dentro de mí! ¡El abismo dentro de mí! ¡La inmensidad dentro de mí! ¡La vorágine de amor dentro de mí! ¡El Padre, que Jesús nos ha anunciado, dentro de mí! ¡El Verbo! ¡El Espíritu Santo, que quiero poseer siempre para servir a la Obra, dentro de mí! No pido nada mejor. Quiero vivir en este abismo, perderme en ese sol, convivir con la Vida Eterna. ¿Entonces? Podar la vida exterior y vivir aquella interior. Tanto en cuanto corto las comunicaciones con el exterior, tanto más hablo con la Trinidad dentro de mí. Chiara Lubich
  El descubrimiento de Dios Amor. Para poder tratar este argumento –puesto que se trata de mi descubrimiento de Dios Amor- tendré que relataros algo de mi persona. Espero que sea de vuestro agrado. Como sabéis, cuando el Señor, en su divina sabiduría, ve necesario lanzar un llamamiento a la tierra, manifestar una voluntad suya, elige a una persona y le confía una tarea en beneficio de la humanidad. Normalmente escoge a una persona débil, pequeña, porque así se ve mejor de donde procede esa llamada. Y en este caso me escogió a mí. El don de luz (llamado «carisma») que después manda, no resulta útil tan solo para la persona elegida, sino para todos. Expongo, pues, algo de mi experiencia. Puesto que el Señor forma estos instrumentos suyos desde tierna edad, tengo que contaros algunos episodios que atañen a mi infancia y juventud. Habré tenido seis, siete años, cuando me llevaban, junto con otras compañeritas, a una iglesia de unas buenas religiosas para adorar a Jesús, que nosotros, los cristianos, creemos realmente presente en la SS. Eucaristía, bajo la forma de pan. Se le expone, para la adoración de los fieles, en un recipiente sagrado que se llama ostensorio. Arrodillada ante Él, sentía a menudo dentro de mí el deseo de mirarlo atenta y fijamente por largo rato diciéndole y repitiéndole: «Dame tu Luz, dame tu calor», como si la Luz y el Amor de Dios pudiesen entrar, a través de mis ojos, en mi corazón. Recuerdo que miraba con tal intensidad, que la Hostia blanca que le contenía se volvía negra y las...partes oscuras del ostensorio...blancas .Por tanto, desde pequeña, ya Alguien me había sugerido dentro que Dios es Luz, que Él es amor. De jovencita, cuando a los 18 años acabé la escuela superior, quería seguir estudiando en la universidad, sobre todo porque me dominaba un deseo: conocer a Dios. Por tal razón deseaba inscribirme en un ateneo cristiano, pero las precarias condiciones económicas de mi familia no me lo permitieron. Recuerdo que lloré desconsoladamente con mi madre. Pero en un momento dado, me pareció percibir en el fondo del corazón una frase que me serenó completamente: «Seré yo tu Maestro». Más adelante, cuando el Espíritu de Dios empezó a iluminarme con un preciso carisma suyo, comprendí aquella frase. Dios mismo iba a ser quien me explicara quien es Él. Pero vayamos a otro ulterior episodio. A la edad de 19 años fui a Loreto, ciudad del centro de Italia, mi patria, para participar en un curso para estudiantes. En aquella ciudad hay una gran iglesia que parece una fortaleza. En ella se encuentra la casa que acogió a la familia de Jesús y que fue trasladada allí, en su momento, desde Palestina. En aquel lugar sagrado me invadió nuevamente una honda emoción. Era como si algo divino me aplastase. Me imaginaba a las tres personas de aquella extraordinaria familia, unida por el amor más grande y ferviente, en aquel lugar tan pequeño: María, la madre de Jesús, José, el padre (considerado tal) de Jesús; y entre ellos a Jesús mismo, niño. Y advertía dulcemente la invitación a iniciar una nueva forma de vida, inspirada justamente en la extraordinaria convivencia de ellos tres. Además, ¿no será ese el pródromo de la vocación a trabajar para que la humanidad sea una familia?, ¿casi un preludio de la fraternidad universal que ve a todos los hombres como una familia? Cuatro años más tarde, mientras hacía un acto de amor a mi madre -era una mañana gélida de invierno y me había ofrecido a ir (lejos) a comprar la leche, en lugar de mis hermanas-, sucedió algo un tanto singular: me pareció, casi, que el cielo se abriese y Dios me dijese: «Entrégate por completo a mí». Era la llamada explícita de Dios, a la cual respondí enseguida con todo el amor de mi joven corazón. Hablé de ello con el confesor quien me permitió darme a Dios para siempre. No podré describir nunca lo que sucedió en mi corazón ese día: ¡Había desposado a Dios! ¡Podía esperar (de él) lo más maravilloso! Resultado de imagem para Lubich, ChiaraResultado de imagem para Lubich, Chiara tanto, ya había conocido a algunas jóvenes a las cuales revelaba esas primeras ideas sobre lo que estaba por nacer, y también ellas hacían mi misma elección. Pero el Amor, mi amor se puso a prueba. Había estallado el periodo de la segunda guerra mundial que todo lo destruía y casi todas las personas huían de las ciudades. Un día de mayo, un bombardeo sobre Trento dejó mi casa inhabitable, por lo cual con mi familia tuve que protegerme en un bosque de las afueras de la ciudad. De aquella noche pasada a la intemperie, recuerdo dos cosas: estrellas y lágrimas. Estrellas, porque a lo largo de la noche las vi pasar todas por encima de mi cabeza; lágrimas, porque comprendía que no me podía alejar de la ciudad con mi familia en busca de refugio. Estaba consciente de que algo estaba naciendo y yo no podía abandonar a mis compañeras. En un momento dado me pareció que Dios, para hacerme entender su voluntad, me recordaba palabras que había estudiado en el colegio, como estas: «Todo lo vence el amor»1 . ¿El amor por Dios debía vencer incluso el separarme de mi familia? 1 Virgilio, Ecloghe, X, 69  Por la mañana lo hice con la bendición de mi padre. Y mientras mi familia se dirigía hacia la montaña, yo volví a la ciudad destruida. Busqué a mis compañeras entre las casas y las calles reducidas a escombros. Gracias a Dios estaban todas vivas. Nos hospedó un pequeño apartamento. Con la guerra y sus consecuencias, desaparecían aquellas cosas o personas que formaban casi el ideal de nuestra vida, de nosotras jóvenes. La lección que Dios nos proporcionaba a través de esas circunstancias, era clara: en el mundo todo pasa, todo es vanidad de vanidades. Contemporáneamente se abría paso en mi corazón una pregunta: ¿habrá un ideal que ninguna bomba pueda destruir y por el cual comprometernos de lleno? Sí -fue la respuesta-, existe. Es Dios, Dios que es Amor. Dice lo mismo este pasaje hindú: « ”El Señor es amor por naturaleza; (...) él reside en el amor, su suprema realidad (...)”. Los ignorantes piensan que el amor y Dios sean dos cosas diferentes; ellos no saben que el amor es Dios.»2 Y Dios Amor se volvió la razón de nuestra existencia. Dios: ¿hay acaso otro ideal que pueda ser más grande? Pero otro hecho sucesivo vino a subrayar esta -casi- revelación. Un sacerdote que estaba de paso, toca un día a la puerta de la clase donde yo enseñaba; me ruega que salga pues quiere decirme algo. Me pide que ofrezca a Dios una hora de mi jornada como una oración por sus intenciones. Considerando yo que el sacerdote es un hombre de Dios, le respondo: «¿Y por qué no todo el día?». Impactado por esta generosidad juvenil, me da la bendición y me dice: «Recuerde que Dios la ama inmensamente». Estas palabras son para mí como una fulguración, fuego sobre el fuego. Como si Dios mismo me las dijese. Y me convencí: ¿Dios me ama inmensamente? ¡Sí, Dios me ama inmensamente! Lo repito, además que a mí misma, también a mis compañeras: ¡Dios nos ama inmensamente! ¡Dios te ama inmensamente! ¡Dios os mama inmensamente! A partir de aquel momento, hemos descubierto el amor de Dios presente en todas partes: en los acontecimientos gozosos y reconfortantes, pero también en las situaciones tristes, problemáticas, difíciles, como en las indiferentes. Estábamos convencidas de que su amor envolvía a las personas, el mundo, el universo. Habiendo descubierto a Dios como ideal, nos preguntamos como ponerlo en práctica. Y pronto lo entendimos: teníamos que responder a su amor amándolo también nosotras. Pero ¿con qué amor? En el cristianismo se cree que para poder amar, el Espíritu Santo siembra en los corazones de los fieles un amor llamado «caridad», que es una participación del mismo amor de Dios. Con la «caridad se ama a Dios y al prójimo». Pero esta caridad ¿de qué modo nos lleva a amar a Dios y al prójimo? No obstante que en nuestro corazón haya una sola caridad, es muy diversa la forma de manifestarse hacia Dios y hacia el prójimo. A Dios puedo decirle lo que no puedo decirle al prójimo. Por ejemplo: «Te adoro». De él puedo esperarlo todo, puedo abandonarme en él, puedo creer ciegamente en él; puedo agradecerle por haberme creado2 Tirumular (místico del X secolo d.C.), en M. Dhavamonyecesita puedo pedirle el perdón de mis pecados y obtenerlo; puedo esperar que me dé el paraíso, etc.Dios, además, no necesita pan, instrucción..., para sentirse amado. Quiere nuestro corazón, nuestra mente, nuestras fuerzas, todo nuestro ser. Con Dios se establece, pues, en nuestra vida espiritual, una relación de caridad que podríamos decir pura, y que en los santos ha culminado a menudo en la profunda unión con Dios, en la vida mística. En cambio, la caridad hacia el prójimo tiene necesidad de manifestarse concretamente, esta es una característica suya. Por ejemplo, dar de comer a los hambrientos, dar de beber a los sedientos; vestir a los desnudos; hospedar a los peregrinos; visitar a los enfermos, a los encarcelados; sepultar a los muertos. O también enseñar a los ignorantes, aconsejar a los dudosos; consolar a los afligidos; perdonar las ofensas; soportar con paciencia a las personas molestas. Además, es importantísimo ver qué características tiene esta caridad hacia el prójimo, cuales son sus exigencias. La primera, sin duda, es la universalidad: la caridad demanda y promueve el amar a todos. No se fija si el prójimo es simpático o antipático, guapo o feo, paisano o extranjero, de tu religión o de otra diferente, amigo o enemigo; si pertenece a tu Movimiento o a otro... La cariad va dirigida a todos. Porque así ama Dios Padre, que manda el sol y la lluvia sobre buenos y malos, sobre los justos y los injustos (cf. Mt 5, 45). Y este amor hacia todos es, además, muy fecundo. La experiencia de muchos es que bastaría vivir tan solo este aspecto de la caridad, para suscitar a nuestro alrededor un cambio total de la sociedad en la que se vive, porque «el amor –dice Gandhi- es la fuerza más potente que el mundo posee y al mismo tiempo la más humilde que se pueda imaginar»3 Una segunda exigencia del amor cristiano es que tomemos en primera persona la iniciativa, que seamos los primeros en amar. También en ello se manifiesta su originalidad. Normalmente se ama porque se es amado. ¿Quién piensa en ser el primero en amar a todos los demás? Sin embargo en esto radica la caridad. Exige que se ame como Dios. Pongo un ejemplo que tenemos en el cristianismo: cuando hombres y mujeres todavía eran pecadores, por tanto para nada dignos de ser amados, el Padre envió a su Hijo Jesús a dar la vida por ellos. Por consiguiente, amó primero. Esta caridad además –y este es su tercer aspecto– no debe consistir sólo en un sentimiento o en simples palabras. Exige que se llegue a los hechos. Esto es posible si nos hacemos todo a todos. Es decir, alegres con los que están alegres; preocupados, ansiosos, hambrientos, pobres con quien lo es; y sintiendo en nosotros lo que sienten los demás, ser consecuentes. La cuarta exigencia de la caridad es, según el cristianismo, ver en todos los prójimos a bien o el mal). Pero en un texto hindú encontré un modo semejante de concebir el amor: «No es por amor al esposo por lo que se le quiere; es por amor al Atman (esto es, el divino en nosotros, nuestro yo verdadero) por lo que se quiere al marido. No es ciertamente por amor a la esposa por lo que se la quiere; es por amor al Atman por lo que se quiere a la esposa. No es ciertamente por amor a los hijos, por lo que se les quiere; es por amor al Atman por lo que se les quiere. (…) En realidad es al Atman a quien hay que ver (…), en él hay que pensar»4 . La última exigencia es ésta: que el amor se vuelva recíproco. Y una de las cualidades de amor, que subraya san Pablo para poder tener la caridad recíproca, es soportar. 3 Mahatma Gandhi, Antiche come le montagne, Milán 1963, p. 129. 4 Brihadaranyaka Upanishad (texto sagrado), en M. Dhavamony, op. cit., p. 57.  Si la hemos practicado, hemos visto que soportar es un amor que se doblega con tal de no romper, porque es mejor el menos perfecto pero en unidad con los demás, que el más perfecto en desunión con los demás. El amor recíproco conlleva, además, una cierta comunión de bienes materiales y espirituales. Los primeros cristianos llegaban a sentirse simples administradores de sus bienes. La caridad, con sus exigencias, es también una ley para todos. Incluso los niños la pueden vivir. Los de nuestro Movimiento han hecho de ella la norma de su vida. Cada uno se ha fabricado un dado de papel rígido que lleva escrito en cada cara una exigencia de la caridad. Cada mañana tiran el dado y a lo largo del día viven lo que aparece. Pero también es una ley para quien está más avanzado no sólo en la edad, sino en el camino de perfección. Con el amor que hasta aquí hemos descrito se puede trabajar realmente en favor de la fraternidad universal. «¿Fraternidad universal? ¡Es una utopía!», podría objetar alguno. Pero no es así. Ésta no es solamente una idea nuestra. Decía, por ejemplo, el Mahatma Gandhi hablando de sí mismo: «Mi misión no es simplemente la fraternidad de la humanidad india. (…) Sino que, a través de la libertad de India, espero actuar y desarrollar la misión de la fraternidad de los hombres»5 . Sin embargo, el que ha traído la fraternidad como don esencial para la humanidad, ha sido Jesús que ha rezado así antes de morir: «Padre, que todos sean uno». Él, al revelarnos que Dios es Padre y por tanto los hombres son todos hermanos, introduce la idea de la humanidad como familia, la idea de la «familia humana». Con ello derriba los muros que separan a los «iguales» de los «diferentes», a los amigos de los enemigos. Y libera a cada hombre de los vínculos que lo aprisionan; de las miles de formas de subordinación y de esclavitud; de cada relación injusta, realizando así una auténtica mutación existencial, cultural y política. Hoy el mundo tiende a la unidad y por consiguiente a la fraternidad universal. La unidad es un signo de los tiempos: muchos factores religiosos, como el fenómeno del ecumenismo entre las varias iglesias cristianas; o factores sociales y políticos, lo están demostrando. Un ejemplo de ello son la naciones europeas que se están uniendo; igualmente otras en América del Sur y en África. No sólo eso, sino que el mundo tiende a una unidad universal, a una unidad global. Y ello no obstante los actuales enormes peligros para la humanidad, como el terrorismo. Los medios de comunicación hacen presentes, a unos y a otros, personas y pueblos materialmente lejísimos. Además, la globalización económica y financiera ha entrelazado todos nuestros intereses. Aún más, existen problemas que tocan a la humanidad en su conjunto. Baste pensar en la cuestión ambiental y, en especial, en la ecología humana, en el desarrollo y la alimentación, en las problemáticas relacionadas con el patrimonio genético de los diversos grupos humanos. Vivimos en un mundo que realmente se ha vuelto una aldea: compleja y nueva, pero una aldea. La humanidad vive hoy como si de un pequeño grupo se tratase. Y si es así, podría vivir verdaderamente en fraternidad. Pero ¿en qué modo hacerla florecer? Lo sabemos: con el amor. Y existe una razón. Porque el amor permite el diálogo con todos, especialmente hoy, cuando en muchos lugares del mundo, debido a las oleadas migratorias, es obligatorio abrirlo con todos: musulmanes, judíos, budistas, hindúes, sikhs, cristianos, presentes un poco por doquier. 5 Mahatma Gandhi, Antichi come le montagne, cit., p. 162. Centro Chiara Lubich Movimiento de los Focolares www.centrochiaralubich.org 6 Ese diálogo que permite vivir en paz, como una familia. Diálogo posible por la llamada “regla de oro”, que tienen en común las principales religiones de la tierra, y que reza así: «No hagas a los demás lo que no quisieras que te hiciesen a ti». Regla de oro que al fin y al cabo pide que se ame a cada prójimo de tal modo que, si nosotros, siendo cristianos, amamos; y otros, siendo hindúes, musulmanes, judíos, budistas, aman, entonces se da el amor recíproco del cual florece la fraternidad. Este diálogo, por ejemplo en nuestro Movimiento, ya ha dado como fruto una fraternidad plena y sentida, y no sólo entre fieles de numerosas Iglesias cristianas, sino también con un Movimiento budista moderno de Tokio, que cuenta con seis millones de miembros. También con otro Movimiento musulmán afro-americano de dos millones de miembros, el cual, por ese intercambio de dones que propicia el diálogo, nos ha abierto cuarenta mezquitas en Estados Unidos donde podemos compartir nuestras experiencias de vida, que tanto anhelan; mientras que nosotros les abrimos amistosamente nuestras Ciudadelas. Diálogo que desarrollamos también con nuestros hermanos que no profesan una fe religiosa y que sin embargo llevan grabado también ellos, en el ADN de su alma, el impulso a amar. Y tal vez sean la mayoría. Actuando así podemos dar, también, nuestra aportación al gran ideal de un mundo unido, que ve a la humanidad como un solo cuerpo, como una sola cosa. Juan Pablo II, hablando a nuestros jóvenes, decía: «(Vosotros) queréis indagar el camino que hay que recorrer para alcanzar un “mundo unido”, conscientes de que dicho “ideal” se va haciendo “historia”. Realmente ésta parece ser la perspectiva que emerge de múltiples signos de nuestro tiempo: la perspectiva de un mundo unido. Es la gran tarea de los hombre de hoy (...) A todos se nos pide que eduquemos nuestra conciencia a los sentimientos de respetuosa convivencia, de concordia, de fraternidad, puesto que sin ellos no es posible conducir un verdadero camino de unidad y de paz»6 . El Papa dijo esto antes del 11 de septiembre de 2001. Ahora su idea se refuerza sin duda por el grave peligro del terrorismo, que exige una unidad no sólo entre los hombres y mujeres de nuestro planeta, sino entre los pueblos como tales y los grandes que los gobiernan. Que el Señor nos vea a todos comprometidos en la edificación de la fraternidad universal. Pero para que ello sea posible, empecemos a vivir enseguida el arte de amar, amando a todos, amando primero, amando concretamente por amor a Dios, y amándonos mutuamente. 6 Juan Pablo II, Con el Movimiento de los Focolares en el Palacio de los Deportes, 31 de marzo de 1990, en «La Traccia», 3