Don Divo Barsotti

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terça-feira, 30 de junho de 2009

El Padre Pío, el Arzobispo Lefebvre y el Cardenal Ratzinger



*Padre Pío y Arzobispo Lefebvre

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Una puntualización respecto a la foto del Padre Pío con Lefebvre: la foto fue tomada durante el brevísimo encuentro entre los dos que ocurrió después de la Pascua de 1967. Citamos las palabras del mismo Mons. Lefebvre en una carta del 8 de agosto de 1990: “el encuentro tuvo lugar después de la Pascua de 1967 y duró dos minutos. Estaba acompañado por el Padre Barbara, un hermano del Espíritu Santo, el hermano Felin. He encontrado al Padre Pío en un pasillo, mientras se dirigía hacia el confesionario acompañado por dos capuchinos. Le dije, en pocas palabras, el objetivo de mi visita: que él bendiga a la Congregación del Espíritu Santo que debía desarrollar un capítulo general extraordinario, como todas las sociedades religiosas, para un aggiornamento, encuentro que yo temía que condujera a problemas. Entonces Padre Pío exclamó: “¿Bendecir yo a un Arzobispo? No, no, es usted quien debería bendecirme a mí”. Y se inclinó para recibir la bendición. Yo lo bendije, él besó mi anillo y continuó su camino hacia el confesionario…. Esto ha sido todo el encuentro, ni más ni menos. Para inventar una historia como la que me han enviado, se requiere una fantasía satánica y mentirosa. ¡El autor es un hijo del padre de la mentira!”.


Lefebvre se refería a la historia en base a la cual Padre Pío habría amonestado al Arzobispo para que permaneciera en obediencia al Papa y a la Iglesia y para que no tomara iniciativas que rompieran la obediencia. Esta leyenda, nacida- evidentemente – en una fecha sucesiva a 1967, ha sido utilizada para representar, por un lado, al habitual Lefebvre rebelde y cismático y, por otro, a un Padre Pío “conciliar” y contrariado por el acto de indisciplina de Lefebvre.


El juicio sobre Lefebvre no se ve afectado o modificado por la presencia del Padre Pío. De hecho, el Santo Padre Juan Pablo II lo ha excomulgado por el poco respeto tributado a la obediencia y específicamente por la ilícita ordenación episcopal de cuatro obispos. Una actitud que no puede conciliarse con la silenciosa resistencia que ha caracterizado toda la atribulada existencia de San Pío.


En cambio, no del mismo modo se puede afirmar que San Pío estuvo en grado de testimoniar con su existencia y su esencia cristina una Iglesia cristiana renovada por el Concilio Vaticano II. Más aún, también los recientes intentos desenmascarados por nosotros, de recuperar un Padre Pío conciliar y devoto del Novus Ordo, forman parte de una suerte de “angustia anti-tradicional” que persiste en la Iglesia y que últimamente se manifiesta aún más rabiosa y preocupada a raíz del lento “renacimiento litúrgico” promovido por el Papa Benedicto. Todo nos parece ligado a un aspecto literalmente vivido por San Pío en la liturgia eucarística: la dimensión sacrificial de la Eucaristía. Este gran tabú de la liturgia postconciliar – aunque no es extraño al “espíritu del Concilio” – sigue siendo un tremendo escollo en el que tropiezan todos aquellos que buscan conciliar la “idea” comunitaria del Novus Ordo con la praxis litúrgica del gran Santo de Pietrelcina. En el ámbito de la hermenéutica de la continuidad y de la positiva discusión sobre el tema, me agrada citar lo afirmado por un gran hombre convertido en Papa: Joseph Ratzinger en su intervención del 2001 en el Congreso de Fontgombault. Este extracto de su ensayo explica claramente porque todavía es considerado “escandaloso” y “manipulable” el hecho de que el Padre Pío celebrase la Santa Misa según en Misal de 1962:


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«Volviendo al Vaticano II, encontramos la siguiente descripción de estas relaciones: “La Liturgia, por cuyo medio se ejerce la obra de nuestra Redención, sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía, contribuye en sumo grado a que los fieles expresen en su vida, y manifiesten a los demás, el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia” (Sacrosanctum Concilium, n.2). Todo esto se ha hecho extraño para el pensamiento moderno y también treinta años después del Concilio, incluso entre los liturgistas católicos, es objeto de interrogantes. ¿Quién habla, actualmente, del sacrificio divino de la Eucaristía? Ciertamente, las discusiones en torno a la noción de sacrificio han vuelto a estar sorprendentemente vivas, tanto de parte católica como de parte protestante. Se advierte que en una idea que ha ocupado siempre, bajo muchas formas, no sólo la historia de la Iglesia sino toda la historia de la humanidad, debe encontrarse la expresión de algo esencial que nos concierne también a nosotros.


Pero, al mismo tiempo, siguen todavía vivas en todas partes las viejas posiciones del iluminismo: acusación a priori de magia y de paganismo, sistemáticas oposiciones entre rito y ethos, concepción de un cristianismo que se libera del culto y entra en el mundo profano; teólogos católicos que no tienen ningún deseo, de hecho, de verse tildados de anti-modernidad.


Incluso si se tiene, de un modo u otro, el deseo de reencontrar el concepto de sacrificio, lo que finalmente queda es la perplejidad y la crítica. Recientemente Stephan Orth, en un vasto panorama de la bibliografía reciente consagrada al tema del sacrificio, ha creído reasumir toda su investigación con las siguientes constataciones: hoy, incluso muchos católicos, ratifican el veredicto y las conclusiones de Martín Lutero, para el cual hablar de sacrificio es el más grande y espantoso error, es una terrible impiedad. Por este motivo, queremos abstenernos de todo lo que huele a sacrificio, incluido todo el canon, y considerar solamente todo lo que es santo y puro. Luego Orth agrega: “después del Concilio Vaticano II, esta máxima fue seguida en la Iglesia Católica, por lo menos como tendencia, y condujo a pensar principalmente el culto divino a partir de la fiesta de la Pascua, citada en la narración de la Cena”. Haciendo referencia a una obra sobre el sacrificio editada por dos liturgistas católicos de vanguardia, afirma luego en términos un poco más moderados, que parece claro que la noción de sacrificio de la Misa, incluso más que la de sacrificio de la Cruz, es en el mejor de los casos una noción que se presta muy fácilmente a malentendidos.


No es necesario que diga que yo no formo parte de los “muchos católicos” que consideran con Lutero como el más espantoso error y una terrible impiedad el hecho de hablar de sacrificio de la Misa. Se comprende igualmente que el redactor haya renunciado a mencionar mi libro sobre el espíritu de la Liturgia que analiza detalladamente la noción de sacrificio. Su diagnóstico consterna. ¿Es también cierto? Yo no conozco a estos muchos católicos que consideran como una terrible impiedad el hecho de comprender la Eucaristía como un sacrificio. El segundo diagnóstico, más cauto, según el cual se considera la noción de sacrificio de la Misa como concepto altamente expuesto a malentendidos, puede ser verificado fácilmente. Pero, si se deja de lado la primera afirmación del redactor considerándola una exageración retórica, sigue habiendo un enorme problema que es necesario resolver. Una parte no desdeñable de liturgistas católicos parece haber llegado prácticamente a la conclusión de que es necesario dar sustancialmente la razón a Lutero en contra de Trento en el debate del siglo XVI; se puede constatar ampliamente la misma posición en las discusiones post-conciliares sobre el sacerdocio.


El gran historiador del Concilio de Trento, Hubert Jedin, indicaba este hecho en 1975, en el prefacio al último volumen de su Historia del Concilio de Trento: “el lector atento… no se encontrará, leyendo esto, menos consternado que el autor cuando se dé cuenta del numero de cosas, a decir verdad casi todas, que habiendo sido agitadas alguna vez por los hombres, son propuestas nuevamente hoy”. Sólo desde aquí, desde la descalificación práctica de Trento, se puede comprender la exasperación que acompaña la lucha contra la posibilidad de celebrar todavía, después de la reforma litúrgica, la Misa según el misal de 1962.»


Cardenal Joseph Ratzinger, Fonthombault, 22-24 de julio de 2001.

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Fuente: Fides et Forma

(texto de Francesco Colafemmina)


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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