Don Divo Barsotti

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sexta-feira, 11 de setembro de 2009

Maranathá Italia dirige una carta al Papa Benedicto XVI en la que denuncia la actuación de algunos obispos y sacerdotes tras el Motu Proprio Summorum

El blog, SECTOR CATOLICO, informa que Maranathá, (www.maranatha.it) un conocido site católico en italiano, con más de 10.000 vistas diarias, ha hecho llegar una carta al Papa Benedicto XVI en la que sus responsables, los hermanos Paolo y Giovanni Gandolfo Lambruschini, denuncian la situación creada tras la promulgación del Motu Proprio Summorum Pontificum, cuya aplicación está siendo deliberadamente obstaculizada por muchos obispos y sacerdotes, dentro y fuera de su país. De hecho la situación no difiere en absoluto con lo ocurrido en España (UVC: y en otros lugares), donde los fieles que desean participar en la liturgia gregoriana son apartados de sus comunidades parroquiales para ser redireccionados, en el mejor de los casos, a otros templos o capillas dando lugar así a una especie de “guetos” tradicionalistas que en nada benefician al conjunto de la Iglesia.


Lettera aperta di
Maranatha.it a

S.S. BENEDETTO XVI

con filiale devozione

Versión en español, traducido por Mons. Dr. Gustavo Enrique Podestá
www.catecismo.com.ar


Beatísimo Padre.

Escribimos humildemente a Su Santidad con el deseo de hacerle conocer lo que estamos viviendo en lo hondo de nuestro corazón.

Antes que nada sentimos la necesidad de expresarle nuestro agradecimiento por las enseñanzas que Su Santidad ha prodigado en las Audiencias, Homilías, Cartas y Encíclicas que desde hace años acompañan nuestro crecimiento espiritual. Esto nos ha asegurado ‑y creemos que a toda la Iglesia‑ un enorme provecho, especialmente en estos tiempos de profunda crisis.

Las enseñanzas de S. S. representan verdaderamente una liberación del horror espiritual de los tiempos modernos, un refugio firme y un alimento seguro para el alma, después de haber sido adoctrinados con tanta engañosa sabiduría y tantas interpretaciones personales erigidas en falsos dogmas.

Gracias a Su Santidad está comenzando a encontrar remedio el malestar espiritual que venía anidándose, desde hace años, en la Iglesia. Malestar que hemos percibido con gran dolor. Malestar debido a la confusión entre lo verdadero y lo falso, lo justo y lo erróneo, cada vez más difíciles de distinguir y percibidos con menos nitidez, aún por los mismos pastores.

Desgraciadamente, empero, queremos comunicar a Su Santidad lo que en verdad nos preocupa, algo que hemos experimentado al día siguiente del 7 de Julio del 2007 en la sencillez de una cotidiana vida de parroquia.

En particular, queremos poner en conocimiento de Su Santidad lo que ha sido nuestra vida, como la de tantos otros, después del Motu Proprio ‘Summorum Pontificum’.

Gracias a este documento y a la sensibilidad litúrgica de Su Santidad, (cercana al corazón de quienes, como nosotros, no ve ningún “mal” en la expresión litúrgica de la fe que ha alimentado a tantos santos en tantos siglos de vida de la Iglesia) hemos obtenido, no sin muchos sacrificios, sufrimientos y humillaciones por parte de nuestro Obispo, la celebración de la Santa Misa de siempre en un oratorio externo a nuestra parroquia.

El gozo de descubrir la Santa Misa amada por nuestros padres ‑que la creían eliminada para siempre‑, se ha empañado con la gran desilusión de constatar que esta Santa Liturgia no ha encontrado lugar dentro de nuestra amadísima comunidad parroquial.

En el Art. 5 § 1 de Su Motu Proprio ‘Summorum Pontificum’, Usted, Su Santidad, ha hecho un gran don a toda la Iglesia, reafirmando la importancia y la centralidad de la parroquia y de la comunidad parroquial unida ‘en’ y ‘por medio de’ la liturgia. Algo que desde hace años, en justicia, se exigía que fuera aclarado.

Ha dicho, allí, claramente, que la tradición litúrgica de 20 siglos no ha sido “excomulgada”, sino que siempre ha sido válida, lícita, legítima y santificante. ‘Summorum Pontificum’ fue verdaderamente un gran acto de justicia.

La extraordinaria grandeza de este documento, creemos, reside en el hecho de que por fin la Misa de siempre ha querido ser devuelta a la vida parroquial de todos los días y no se ve más relegada sólo a las ‘manos’ privadas de asociaciones ‑que merecen ciertamente aplauso por haber conservado este tesoro‑.

Porque la verdadera Tradición no reside tan solo en palabras y gestos codificados en la antigüedad y transmitidos por la Iglesia durante siglos.

La tradición es también el vínculo de la propia sangre con el propio suelo. Las raíces que se hunden en la propia comunidad. Es allí donde se experimenta verdaderamente el sentido místico de la tradición. No una ley o un rito, sino una comunidad de espíritus, unidos y vivientes, que ni siquiera la muerte ha tenido el poder de separar.

En la parroquia nuestros antepasados, nuestros padres y nuestros descendientes, todos, están unidos espiritualmente a nosotros, como un solo pueblo, vivo y reunido frente al Sacrificio de Cristo. Éste es el sentido de la así llamada “Iglesia local” que hacemos nuestro.

Pero ¡qué tristeza constatar que se nos ha impuesto una opción trágica: elegir si mantener nuestras raíces, pero humillar nuestra sensibilidad litúrgica o, por el contrario, alimentar esta sensibilidad, pero erradicando nuestro vínculo con la parroquia, obligándonos a transformarnos en fugitivos, exiliados, relegados a una capilla, sin párroco, sin una verdadera y propia cura de almas!

Frecuentemente estas capillas son ‘centros de Misa’ que reúnen personas de todas partes. Todos en fuga de sus respectivas parroquias y que no tienen manera de santificarse, así, del mismo modo que lo harían accediendo a la fuente de la Tradición en el lugar donde tiene más sentido que ella se manifieste.

Esta exclusión de la vida comunitaria y parroquial es una verdadera ‘guetización’ y es la auténtica causa de esta división no querida, sino padecida.

Casi como si la Tradición fuera una enfermedad infecciosa que debiera mantenerse a distancia para evitar el contagio de los católicos aún indemnes. ¡Cuánto querríamos poder participar de la Santa Misa de siempre celebrada por nuestro párroco, en nuestra parroquia, del mismo modo en que escuchamos la Santa Misa en su sacrosanta Forma Ordinaria!

¡Y sin embargo ha sido arrinconada lejos, cual si se tratara de un subproducto de la liturgia católica, de dignidad inferior, y merecedora de ser frecuentada sólo por católicos de inferior dignidad!

Sin hablar de los muchos problemas que han comenzado a precipitarse sobre nosotros desde que pusimos a disposición de los sacerdotes de todo el mundo el ‘Misal Romano’ del Beato Papa Juan XXIII con las explicaciones y comentarios espirituales ligados a los ritos de la Santa Misa. Inconvenientes de toda índole y padecimientos, tanto en la comunidad parroquial como en nuestra Diócesis.

Son incontables los agravios que día a día nos toca sufrir, las burlas antes desconocidas, las hostilidades y reacciones ‑a veces destempladas y de auténtica mala educación‑ por parte de sacerdotes. Sea por estar definitivamente en contra de celebrar la Santa Misa en lo que, según ellos, –y menospreciando el parecer de Su Santidad– es una forma obsoleta y anticuada, o porque en la Diócesis no hay nadie que esté dispuesto en lo más mínimo a enseñarles este ‘ars celebrandi’.

En la práctica, como si nuestro amor por la Sacrosanta Liturgia de siempre (que ha acompañado en todo momento de modo armónico y nunca polémico a la Sacrosanta Liturgia conciliar) y nuestra obediencia a Su Motu Proprio invitándonos a aprovechar los tesoros del culto tradicional, en lugar de ser apreciada por el clero como una manifestación de espíritu cristiano, representara algo vil, sucio, impuro.

¡Nos sentimos, por nuestra fidelidad a Su Santidad y a Cristo, como si fuésemos apestados, mantenidos a prudente distancia y maltratados!

Hay momentos en que los pastores nos hacen sentir fuera de la comunidad parroquial ‑y, aún más, fuera de la Iglesia‑ con sus continuas acusaciones, críticas y agravios. Si no participásemos de la Misa de siempre, estas personas se cuidarían bien de señalarnos con tanta maldad.

El resultado es que ‘ahora’, gracias a estas continuas y sutiles persecuciones, somos nosotros quienes nos sentimos, a pesar nuestro, lejos de la Iglesia. Sentimos con vivo dolor que nuestra Madre Iglesia nos ha echado de casa, dado la espalda, humillado. ¡El vacío que experimentamos es terrible!

Es decir, sufrimos dolor al constatar que muchos sacerdotes y muchos obispos interpretan la Fe Católica (la nuestra) y la Divina Liturgia (la nuestra) que es la expresión final de esa Fe, no en ‘continuidad’ con su bimilenaria Tradición (como Su Santidad ha explicado más de una vez), sino en abierta e incurable ‘ruptura’ con ella, haciendo de esto, incluso, una bandera que ha de mostrarse audazmente al mundo.

Resulta tremendo experimentar todos los días, tangiblemente, que en la mismísima Iglesia es imposible tener la libertad de adherir plenamente a todo cuanto el Magisterio enseña, sin sufrir motetes y sarcasmos.

Esto es sencillamente absurdo. Somos simplemente católicos, hijos de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, obedientes al Vicario de Cristo y a sus leyes, fieles a su enseñanza y deseosos de participar en el mismo Sacrificio de Cristo, que tiene lugar tanto bajo la Forma Ordinaria y moderna como bajo la Extraordinaria y más antigua de la única Misa Católica.

Sentimos que nos han dejado solos, a merced de gente que nos detesta, puesto que, desde que el Motu Proprio fue promulgado, su aplicación ha sido obstaculizada constantemente y en todas partes. En algunos casos, incluso, arbitrariamente impedida con amenazas, prepotencia, injurias, venganzas, sea para con nosotros los laicos, sea, sobre todo, contra aquellos sacerdotes dispuestos a ofrecer esta Misa al pueblo de Dios.

No se han tomado medidas realmente eficaces para que, en nuestra Iglesia Católica, sea permitida la pacífica convivencia de las dos formas del mismo Sacrificio, con el consiguiente enriquecimiento mutuo.

Antes que recibir esta avalancha de insultos y humillaciones de parte de cristianos e, inclusive, de parte de los mismos pastores que deberían precedernos en la obediencia a Su Santidad, preferiríamos, casi, retornar a las catacumbas, donde, sin embargo, los cristianos eran verdaderamente hermanos y los enemigos tenían rasgos fácilmente identificables. Aquella Iglesia humilde y oculta aparecía más unida y fiel que la de hoy, desgarrada en su interior por corrientes, facciones, interpretaciones contrastantes, religiosas o no, independiente y malévolamente fantasiosas.

De los continuos testimonios que el sitio web registra desde hace meses, podemos afirmar que estamos seguros de que esta experiencia que vivimos no es un caso aislado.

Hemos optado por hacer pública nuestra sentida carta, que humildemente hemos decidido presentar a Su Santidad, para reunir también espiritualmente las invocaciones y sufrimientos de muchos otros católicos que se hallan en nuestra misma condición y han sufrido los mismos vejámenes y humillaciones.

Queremos que Su Santidad esté al tanto de esta realidad. Asimismo queremos que los fieles que no conocen la Tradición Litúrgica de la Iglesia, se den cuenta de que, en el estado actual, existen graves problemas para la coexistencia pacífica en el interior de la catolicidad. Y no, ciertamente, por culpa de aquellos que aman la Tradición.

Imploramos a Su Santidad, de todo corazón, tomar las medidas adecuadas que solo Vd. es capaz de implementar, para que el Motu Proprio ‘Summorum Pontificum’ sea aplicado en las parroquias.

Que Su Santidad nos ayude a poder alcanzar esos frutos de santificación en nuestra comunidad parroquial, con naturalidad y sencillez, sin indebidas discriminaciones. Permita a los fieles poder elegir de verdad, sin tener que afrontar consecuencias negativas, humillaciones y costos gravosos.

Estamos seguros de que a esta súplica se unen las de tantos hermanos que, en Italia y en el mundo, experimentan el mismo dolor, pero que muchas veces no tienen voz para poder expresar su malestar. Lo suplicamos a Su Santidad en nombre de la Historia y también en nombre de las futuras generaciones y en nombre de la verdadera unidad de la Iglesia.

Le suplicamos, Santo Padre: ¡no nos deje solos! Rezaremos al Espíritu Santo, mediante la intercesión de la Santísima e Inmaculada Virgen María, para que conserve siempre a Su Santidad en salud, y le de fuerzas y coraje para guiar siempre de modo eficaz a la Iglesia, ayudándonos a celebrar la Liturgia Tradicional en nuestras parroquias.

Primero de Julio de 2009, en la Fiesta de la Preciosísima Sangre de Cristo, con la expresión de nuestra alta estima y respeto, permaneciendo de Su Santidad devotísimos en Cristo


Paolo y Giovanni

Gandolfo Lambruschini


Muchas gracias por la traducción al Mons. Dr. Gustavo Enrique Podestá
www.catecismo.com.ar