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terça-feira, 25 de março de 2014

“La oración” – Juan Taulero

Sermón 13: “La oración” – Juan Taulero

 

De acuerdo con www.domenicos.org
Presentamos un sermón o tratadito sobre la oración: su práctica, las condiciones que ella requiere para ser fecunda, y tres grados en la consiguiente elevación de espíritu.
El texto corresponde al sermón 13 de Juan Taulero, con levísimas modificaciones en la redacción castellana, y suprimiendo algún parrafito accidental. Dicho sermón se pronunció con ocasión de exponer un versículo de la Carta Primera de san Pedro que dice: Tened los mismos sentimientos de oración (I P 3,8).

Método de oración: Desplegar velas y elevarse a Dios

Tened los mismos sentimientos de oración (1 P 3,8)
“En la carta primera de San Pedro leemos: "Permaneced unánimes en la oración".
Al escribir estas palabras, san Pedro se refiere a lo más útil, más deleitable y más noble entre nuestras obras: Orar. No hay cosa más provechosa y amable que podamos hacer en el tiempo…
En esta consideración trataremos de fomentar la vida de oración. Para ello, sabiendo que … orar es esencialmente elevarse a Dios en el fondo del alma…, nos proponemos hablar brevemente, en tres párrafos, sobre el modo de disponernos para hacerla, el de comportarnos en su desarrollo, y el de avanzar en su intensidad o grados. “.
Esta primera consideración constará de cuatro puntos:
  • recogimiento,
  • oración de corazón,
  • oración mental,
  • unidad de acción y fruición

Recogimiento, como actitud adecuada para orar

“Todo hombre de bien que quiera orar y examinar el fondo de su alma para orientarse limpiamente hacia Dios, debe comenzar recogiendo sus sentidos y seguir un orden de tres grados -inferior, medio y superior- … para elevarse por el camino adecuado a la más sana y auténtica devoción….
  • Un verdadero orante debe comenzar con una firme actitud, la de volver la espalda a las cosas temporales, a todo lo que no sea divino: amigos y extraños, vanidad de atuendos, juguetes, y cualquiera otra cosa que no esté puramente motivada por Dios. Y, además, asumirá el deber de desechar, en palabras y conducta, todo desorden interior y exterior. Es así como el hombre debe prepararse a la verdadera oración.
  • San Pablo dijo que quien ora ha de tener el alma unificada. Quiso decir con ello que el corazón orante debe estar entera y exclusivamente unido a Dios; y que la mirada del hombre desde su fondo y corazón ha de estar orientada totalmente hacia Dios, y adherirse a El con afecto y generosa unión.
  • Mis amigos, recordemos que es de Dios de quien nos viene todo lo que poseemos. Por tanto, ¿no habremos de devolverle todo cuanto hemos recibido de El? Hagámoslo, con la mirada interior y con el corazón vuelto solamente hacia El, sin compartirlo con nada ni con nadie, siendo cada uno verdaderamente uno {indiviso}.
Así es como el hombre debe desplegar sus facultades interiores y exteriores y elevarlas todas a Dios. Este es el verdadero método de oración”.

Dispuestos a orar, hablen los labios, y vuele el corazón.

“No os imaginéis que es oración musitar preces exteriormente con la boca, recitar un número de salmos, y desgranar el rosario, si con ello dejamos que el corazón divague.
Mirad: cualquier fórmula de oración y cualquier obra que os impida rezar en vuestro corazón dejadlas decididamente a un lado, cualesquiera que sean esas prácticas piadosas, y de cualquier manera que las llaméis, por grandes y buenas que os parezcan, a menos que se trate de las "Horas canónicas" a las que estáis obligados por ley de la Iglesia. Fuera de este caso, dad de mano a las demás, si se convierten en obstáculo para la real y verdadera oración del corazón.
Imaginemos que, por cualquier causa, se impone a unas personas o comunidad una oración vocal larga y fatigante. ¿Cómo debe comportarse una persona a quien esa oración con sus actos exteriores le impide orar interiormente?
Debería, a la vez, hacer y no hacer esta oración. ¿Cómo así?
Debería, principalmente, recogerse en sí mismo, volverse sobre el fondo del alma, elevar su corazón, descubrir sus facultades superiores, contemplar interiormente la presencia de Dios, desear ante todo el cumplimiento de la amable y divina voluntad, desligarse de sí mismo y de todas las criaturas y sumergirse más profundamente en la gloriosa voluntad de Dios.
Y hecho eso, debería dedicarse a centrar allí todas las intenciones que le han sido recomendadas, deseando que Dios cumpla su gloria y alabanza para el provecho y consolación de las gentes que se le han encomendado.
Amigo mío, si oras de esta forma habrás orado mucho mejor que si hubieses recitado con tus labios millones de preces”.

Cultivo de la oración mental.

“La oración mental sobrepasa todas las oraciones vocales, porque el Padre quiere hombres que le adoren así, y, por ello, todos los otros rezos no son sino medios para la oración del espíritu. Todo ha de estar al servicio de la oración y lo que no ayude a esto hay que dejarlo a un lado….
Suponed que más de cien obreros trabajan en la construcción de una catedral. Unos acarreando piedras, otros haciendo argamasa, cada cual realizará su tarea, pero todos los trabajos se encaminarán, unidos, ordenados, a la construcción del edificio: hacer una casa de oración. Pues la oración de corazón ha de ser también razón de todo el maravilloso trabajo que se dé en torno a ella.
Todos los métodos estarán encaminados a ella, a la oración, a la unión con Dios.
Si se ha hecho oración interior, que es la verdadera oración, todo lo conducente a ella habrá resultado provechoso, habrá conseguido su fin.
La oración interior es, pues, superior a la oración exterior, a no ser que hablemos de la oración en alguien que esté tan bien ejercitado en ella que pueda hermanar oración externa y oración interior sin el menor impedimento, actuando y disfrutando a la vez.
Este don es una propiedad de los perfectos, de los bien interiorizados y transfigurados.
En ellos van de la mano acción y gozo, sin que lo uno impida a lo otro, y una y otra oración están elevadas al más alto grado de intensidad sin interferencias”.

Miremos a Dios, pues en su perfección se unen acción y fruición

“En Dios la acción pertenece efectivamente a las personas, y el gozo se atribuye a la esencia en la simplicidad.
El Padre celestial, por su propiedad personal, es pura acción. Todo lo que hay en El es acción, porque, tomando conciencia de sí mismo, engendra a su amado Hijo y ambos en eterno abrazo exhalan el Espíritu Santo. Es la eterna y verdadera acción de las personas divinas. Pero en Dios hay, además, aseidad y simplicidad de esencia, y por ella posee también pacífico y simple gozo en fruición de la esencia divina.
En Dios acción y fruición son una misma cosa”.

El hombre, imagen de Dios, puede ser uno en el gozo

El hombre, criatura privilegiada, ha de actuar al modo del Creador.

“Amigos míos: Dios, de forma semejante a como Él es y actúa, ha dado a toda criatura alguna actividad. Se la ha dado al cielo, al sol, a las estrellas, y en grado más alto a los ángeles y hombres. A cada uno se la ha dado conforme a su naturaleza particular; y no hay nada -ni una florecilla, ni una hojita, ni una brizna de yerba- en la que no influyan el cielo inmenso, las estrellas, el sol y la luna. Y, sobre todo ello, está la acción divina.
¿Cómo, pues, el hombre, criatura noble y digna, hecha a imagen de Dios, no ha de ser activo, él, que ha sido formado en Dios, a su semejanza en cuanto a facultades, y que se le parece por esencia? Su actuación debe ser, sin duda, más noble que la de las criaturas irracionales,… ya que estas son inferiores al ser humano en semejanza con Dios… En cualquier clase de vida en que se encuentre el hombre, por sus facultades el hombre es activo; cada una de sus facultades tiene su propio objeto, y según que este objeto sea Dios o sean las criaturas, así se verán influenciadas …
Dado que tal es la condición humana, si el hombre actúa de suerte que los objetos de sus facultades sean divinos, irá dando la espalda a todas las cosas temporales, y verá cómo sus obras se van haciendo divinas.
Consideremos la noble y adorable alma de nuestro Señor Jesucristo. Ella tuvo siempre, desde el primer instante de su creación, sus facultades superiores objetivamente orientadas hacia la divinidad. Ella tuvo desde el principio la misma felicidad y el mismo gozo que ahora posee. En cambio, sus facultades inferiores estuvieron afectadas por otras influencias de emoción y sufrimientos. Así la suya era una vida mezclada de gozo, acción y pasión. Y cuando nuestro Señor sufrió en la cruz y murió, {aunque en sus facultades inferiores sufría} había en sus facultades superiores el mismo gozo de que ahora disfruta.
Mis amigos, quienes aquí imitan a Cristo con la mayor fidelidad en su aplicación a los temas divinos, forman una sola cosa la acción y el gozo, ésos son los que allí arriba se le parecerán más en felicidad eterna y esencial.
¡Qué daño más espantoso y mortífero se hacen cuantos menosprecian esta obra y no emplean bien sus nobles facultades! Viven en gran peligro… Como hombres vanos y extrovertidos no son capaces de ver que sólo los nobles e íntimos amigos de Dios habitarán eternamente en su gloria. ¡Pobres ellos, ociosos, que viven interna y externamente fuera de Dios y dan ocasión constante al enemigo para tener entrada en ellos!”

Prestancia del hombre interior: su vivir en conciencia

“Volvamos a nuestro propósito. Decimos: El hombre es semejante a Dios cuando puede unir al mismo tiempo acción y gozo. Pero ¿cuándo se alcanza esto? Esto tiene lugar cuando el hombre interior se une íntimamente a Dios, de manera inseparable, por su pureza e intención profunda.
Mas este deseo habitual de Dios no es lo que comúnmente se entiende por ello; difiere de ello como el correr del estar sentado. Ese deseo es un tomar conciencia de Dios presente en el fondo del alma y desearle vivamente. Es conciencia interior que causa gozo al hombre, y, si bajo el impulso de la buena voluntad se aplica a las obras exteriores, según sea necesario, no sale de la conciencia interior más que para volver a ella.
Es así como el hombre interior por la mano, muy sujeto, al hombre exterior. Algo así como el maestro cantero que tiene a sus órdenes a muchos aprendices y operarios; él no trabaja directamente, aparece rara vez por el taller, rápidamente pergeña el plan y la disposición de la obra, que cada cual luego ha de ejecutar. Esta dirección y maestría bastan para considerarle como el autor de todo…La obra se le atribuye por razón de sus órdenes e indicaciones y le es más personal que a cualquiera de los obreros que la han ejecutado.
Eso es exactamente lo que hace el hombre interior y transfigurado. Interiormente está en su gozo y, gracias a la luz de su prudencia, con un golpe de vista supervisa las facultades exteriores y asigna a cada una su tarea, de suerte que no quede ni un punto, por pequeño que fuere, sin concurrir al mismo fin….Así las obras más diversas convergen en la unidad”.

Unidad en la multiplicidad y cuerpo místico

“En la Santa Iglesia hay una unidad de orden que justifica el nombre de cuerpo místico. Es un cuerpo espiritual cuya cabeza es Jesucristo, con múltiples miembros. En él hay un ojo que ve el cuerpo, pero no se ve a sí mismo; hay una boca que come y bebe para el cuerpo, no para sí misma….Cada miembro tiene su función propia y todos pertenecen al solo y único cuerpo bajo una sola cabeza. Es así como en toda la cristiandad no hay obra, por modesta que sea, por ejemplo, el sonido de una campanilla o la llama de un cirio, que no esté vinculadas a la vida interior.
Mis buenos amigos, en este cuerpo místico, cuerpo espiritual, ha de reinar una gran solidaridad… Y si conocemos en el cuerpo místico que otro miembro posee más nobleza que nosotros, le debemos tener en mayor estima que a nosotros mismos, al modo como el brazo y la mano protegen la cabeza, el corazón y el ojo más que a sí mismos.
Pues de forma parecida debería reinar entre los miembros de Dios una caridad tan espontánea que nos alegrásemos con afecto de benevolencia del bien de cada uno de nuestros hermanos, como lo haríamos con la cabeza, el miembro más digno del cuerpo.
Todo lo que el Señor quiera, yo tengo que tomarlo a pecho, como mío propio.
Desde el momento que amo más el bien de mi hermano que el mío, ese bien es más verdaderamente mío que suyo. Si hay algo malo en él, eso le queda, pero el bien que yo amo en él es verdaderamente mío. Que san Pablo tuviera un arrobamiento, es Dios quien lo quiso para él y no para mí. Pero si yo gusto de la voluntad de Dios, ese arrobamiento me es más querido en San Pablo que en mí mismo y una vez que yo le amo verdaderamente en él, el rapto, todo cuanto Dios ha prodigado al Apóstol es también mío, desde el momento en que yo lo amo como si acaeciese en mí….”

He de despojarme de mi forma y revestirme de la de Cristo

“Todo el bien que pertenece a la cabeza y a los miembros del cuerpo,… todo eso se daría real y esencialmente en mí, si yo, bajo la noble cabeza, por el amor, me identificase con la voluntad de Dios y con los otros miembros del cuerpo espiritual…
Si tomamos esa actitud por medida, nos será fácil reconocer si amamos a Dios y su voluntad o nos amamos más bien a nosotros mismos, y en qué medida amamos lo nuestro. Lo que parece oro muchas veces ¿no es escasamente cobre con frecuencia?
Sólo aquellos que han renunciado verdaderamente, como conviene, a su beneficio personal son verdaderos pobres en espíritu, aunque posean todas las cosas.
¡Oh mis amigos! Un amor siempre constante en medio de la alegría o de los sufrimientos se halla rara vez entre la gente”.

Grados de vida interior espiritual

Sois dioses e hijos del Altísimo…
“Mis buenos amigos, hablemos de tres grados de la vida interior: inferior, medio y superior.
El primer grado de la vida interior y virtuosa, que nos conduce derechamente hasta Dios, consiste en que el hombre se entregue por completo a las obras maravillosas en que se manifiestan los inefables dones de Dios, donde El se expande en bondad misteriosa. De ahí nace un estado de alma que llamamos júbilo.
El segundo es tránsito por una pobreza del alma y alejamiento de Dios que dejan al espíritu en doloroso despojo.
El tercero nos eleva al modo de ser deiformes, en la unión del espíritu creado con el espíritu subsistente de Dios. Es lo que se puede llamar una verdadera conversión, y es increíble que quienes lleguen realmente a este punto puedan separarse de Dios”.

Primer grado, incipiente, inferior: de júbilo.

Se llega al primer grado, el júbilo, considerando atentamente los deliciosos testimonios de amor que Dios nos ha prodigado en las maravillas del cielo y de la tierra. Al considerar la abundancia de beneficios que El ha prodigado a nosotros y a todas las criaturas, vemos:
  • cómo todo florece y reverdece, y cómo todo está lleno de Dios,
  • cómo la inconcebible liberalidad de Dios ha expandido sus riquezas sobre toda criatura,
  • cómo Dios ha buscado, soportado y dotado al hombre,
  • cómo El le ha invitado y llamado y con cuánta benignidad le espera,
  • cómo por amor del hombre se ha hecho hombre El mismo, y ha sufrido y ofrecido por nosotros su vida, su alma y todo su ser,
  • cómo nos ha invitado a inefable intimidad con El mismo y cómo la Santísima Trinidad, con gran largueza, espera a este hombre para darse a él en gozo eterno.
El hombre, cuya amorosa mirada penetra en todas estas cosas, siente nacer en el alma grande y viva alegría. La clara visión de amor de estas maravillas hace desbordar su corazón con tales delicias que su cuerpo débil no puede contener la alegría estallante en fenómenos visibles.
Sin ellos, la sangre le saldría por la boca, como ha ocurrido en ocasiones, o bien este hombre se sentiría reventar bajo pesada opresión. Nuestro Señor le llena así de sus dulzuras y en abrazo íntimo, El se le ha unido de modo único. Es así cómo Dios atrae desde un principio al hombre hasta El, invitándole a que salga de sí mismo y despojarse de todo lo que le es disemejante.
Que nadie, pues, se atreva a distraer a los hijos de Dios forzándolos al vértigo del activismo o metiéndolos en la multiplicidad con sobrecarga de prácticas vulgares y obras externas. Podrían extraviarlos…

Segundo grado: asumir con buen espíritu el pan del sufrimiento.

“Viene ahora el segundo grado, al que se accede cuando Dios ha llevado ya al hombre lejos de todas las cosas creadas, y éste ya ha dejado de ser espiritualmente niño.
Dios, después de haber confortado al hombre con el alivio de la dulzura, le da a comer pan de centeno bien duro, porque ha llegado a la madurez. A un adulto la comida sólida y fuerte le es más útil. No tiene más necesidad de leche ni pan blanco.
Se le abre un camino desierto y solitario sobre el cual Dios le despoja de cuanto le había regalado. El hombre entonces queda tan abandonado a sí mismo que ya no sabe nada, absolutamente nada de Dios. Llega a tal angustia que duda de si ha estado alguna vez en el camino recto, si hay Dios para él o le ignora en sus profundos sufrimientos. Tan apremiante es su dolor que la misma amplitud del espacio parece apretarle en asfixia. No hay ningún otro sentimiento de Dios, no sabe ya nada de El, y todas las cosas le disgustan. Es como si estuviese metido entre dos muros con una espada detrás y una lanza acerada por delante.
¿Qué le queda por hacer? No puede ni recular ni avanzar. Que se siente y diga: "Oh Dios, yo te saludo, amarga amargura, llena de todas las gracias".
Amar hasta el extremo y verse privado del bien que se ama le parece una prueba más dolorosa que el infierno, si éste fuese posible en la tierra. Todo lo que se le puede decir a este hombre entonces le consuela como una piedra. Toda conversación sobre criaturas le molesta. La amargura y dolor en tal despojo son tanto más insoportables cuanto su conciencia y sentimiento de Dios habían sido más grandes y profundos.
Vamos. ¡Buen ánimo! El Señor está seguramente muy cerca. Apóyate sobre el tronco de una fe muy viva. Todo irá muy bien enseguida.
Pero en la tortura la pobre alma no puede creer que estas tinieblas insoportables puedan jamás cambiarse en luz.

Tercer grado: Deificación.

“Cuando Nuestro Señor ha preparado a fondo a este hombre con opresión insoportable, por un camino mejor que todas las prácticas que pudieran tener todos los hombres, el Señor viene y conduce a esta alma al tercer grado. Allí le levanta el velo de los ojos y le descubre la verdad. Es el momento en que estalla un sol resplandeciente que ahuyenta su pena por completo. Angustias, miserias, calamidades se disipan, y le parece pasar de la muerte a la vida.
El Señor entonces hace salir al alma de sí misma y la levanta hacia El. Allí la alivia de toda su miseria y cura sus heridas. Dios hace entonces que el hombre transforme del modo humano al modo divino de vivir, y pase de la más grande desolación al gozo incomparable de Dios mismo. En este grado, el hombre queda tan divinizado que todo su ser y actividad es Dios quien lo opera en él.
De tal manera está sobreelevado por encima de sus modos naturales que viene a ser por gracia lo que Dios es esencialmente por su naturaleza. Aquí el hombre tiene la impresión y sentimientos de andar perdido. No sabe, no gusta, no siente más de sí mismo, no tiene conciencia más que de un ser sin división.
Mis amigos, haber llegado hasta aquí es realmente haber tocado las honduras más profundas de un verdadero abajamiento, aniquilación, que ni los sentidos ni la inteligencia pueden alcanzar a comprender. Porque es aquí donde se tiene conciencia, la más verdadera, de la propia nada. Y es aquí donde se ahonda lo más profundamente en el fondo de humildad, porque cuanto más se ha descendido más alto se levanta. Altura y profundidad son aquí la misma realidad.
Si sucediese entonces que el hombre, de un modo y otro, cayese de esa altura por un sentimiento de arrogancia, por cierta usurpación del bien divino, sería ciertamente caída igual a Lucifer. Por esta unión del alma en oración de que nos habla la carta de San Pedro venimos en realidad a hacemos como Dios.
Que tal a todos nos suceda y Dios a ello nos ayude”