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Artigos Junho 2007



    quarta-feira, 12 de março de 2014

    Vivir la Santa Misa, Mons. Javier Echevarría


    Hace cinco años, con ocasión del Gran Jubileo promulgado por Juan Pablo II, reuní

    algunas consideraciones sobre diversos aspectos del ser y del quehacer de los cristianos, de

    la vida espiritual y apostólica que el Maestro vino a traer a la tierra.

    Los itinerarios de vida cristiana, que entonces trazaba, ponían de relieve –no podía

    ser de otro modo– que cabe resumir el cristianismo en el encuentro de cada uno con Jesús,

    que culmina en la plena adhesión al Hijo de Dios consubstancial al Padre. Es un encuentro

    personal, singularmente profundo y totalizante, que implica acogerle y saberse acogido por

    Él; creer en Él y sentir a la vez toda la confianza que el Señor deposita en cada uno de sus

    discípulos; amarle de manera absoluta, sin condición alguna, porque así es el amor de

    Quien ha dado su vida en la Cruz por todos y por cada uno de nosotros. Bien se comprende

    que se trata de una realidad por encima de las dimensiones habituales de nuestra

    existencia, única por su trascendencia y radicalidad; una realidad que la reflexión humana

    no conseguirá nunca entender en toda su riqueza de sentido y belleza. Es, propiamente

    hablando, un misterio.

    La noción de misterio nos resulta familiar a los humanos, porque son muchas las

    cosas que no sabemos, que no acertamos a desentrañar. El progreso científico ha

    desvelado tantas y tantas incógnitas sobre las dinámicas presentes en el mundo que

    observamos; sin embargo, los interrogantes, paradójicamente, no han disminuido; han

    aumentado. No me refiero a las crisis de certeza palpitantes en muchos ambientes

    intelectuales, que –décadas atrás– se creyeron capaces de hacerse con la llave infalible de

    la verdad. Pienso más bien en situaciones patentes a todos, porque exponen distintos

    reflejos del gran misterio que es el hombre. En definitiva, si hemos de afrontar

    sinceramente nuestra situación, debemos concluir que nuestra vida se nos muestra como

    un camino a la luz de un día que está envuelto en misterios.

    Uno de esos arcanos, especialmente luminoso, se concreta en nuestra condición de

    hijos de Dios en Cristo y en consecuencia, en el misterio de la Eucaristía. Misterios

    estrechamente ligados, que atraen la atención de los fieles cristianos en este Año que el

    amadísimo Juan Pablo II quiso declarar eucarístico. Toda esta atractiva realidad me

    induce ahora a detenerme en la consideración del augusto sacramento, que es Sacrificio,

    Comunión y Presencia, para intentar adentrarnos con mayor hondura en la actualidad de

    la Encarnación, en ese pasar de Jesús por la tierra para conversar con los hombres.

    También es una invitación a profundizar con agradecimiento en la maravillosa realidad de

    nuestro ser hijos de Dios.

    Hay, en efecto, un vínculo muy estrecho entre el sentido de la filiación divina y el

    sentido de la presencia eucarística del Señor. En último análisis, se podría explicar ese

    íntimo enlace porque las dos realidades constituyen expresiones inequívocas del sensus

    fidei, de la fe viva. Pero revelan también razones más específicas que los entrelazan, en

    particular ésta: la devoción eucarística robustece y acrecienta en el cristiano el sentido de

    su filiación divina. La Iglesia nos lo propone de modo diáfano en el primer Prefacio de

    Cuaresma, cuando pide a Dios que "por la celebración de los misterios que nos dieron

    nueva vida, lleguemos a la plenitud de hijos de Dios" {1}.

    Necesitamos contemplar a Jesús sacramentado, acompañarle, "comerle", para

    aprender dócilmente a ser hijos y también para crecer como hijos y conducirnos como

    hijos fieles. "Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis

    vida en vosotros", la vida nueva, la vida de los hijos de Dios; en cambio, "el que come mi

    carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y Yo le resucitaré en el último día" (Jn 6, 53-54):

    tiene la Vida de Dios y no morirá para siempre

    Estas consideraciones versarán especialmente sobre el trato con Jesús eucarístico,

    que edifica y da firmeza a nuestro ser y a nuestro sabernos hijos de Dios en Cristo. En las

    páginas que siguen, se tratarán algunos aspectos de la vida de los hijos de Dios que aman y

    trabajan en este mundo; que se relacionan con los demás y construyen con ellos la

    sociedad en la que se desenvuelven; que sufren y gozan codo a codo con sus vecinos,

    colegas y parientes. Procuraré ver cómo en la Sagrada Eucaristía –Sacrificio, Comunión,

    Presencia– Jesucristo es, para todos ellos y siempre, el Maestro que sale al encuentro, que

    explica, que comprende, que anima y sostiene, que devuelve la salud. No pretendo recoger

    de modo sistemático los variados aspectos –tan ricos– de la doctrina de la Iglesia sobre el

    Misterio eucarístico, que el Catecismo de Iglesia Católica ha expuesto con autoridad {2}.

    Mi propósito consiste sencillamente en ayudar a los lectores a trasladar a la existencia

    cotidiana, a la vida práctica, algunas de las consecuencias que dimanan de la Sagrada

    Eucaristía. Sólo consideraré unos aspectos de esa maravillosa cercanía que Dios desea

    tener con las mujeres y los hombres en ese misterio inefable

    Parece aquí conveniente una observación previa: la distinción de varios niveles u

    órdenes en este Sacramento. Primero, el de las especies o apariencias –los "accidentes"-

    del pan y del vino, que caen inmediatamente bajo nuestra percepción sensible: después, el

    de la realidad substancial que esconden, no perceptible por los sentidos ni por la razón,

    accesible sólo con la fe: el cuerpo y sangre de Cristo en su actual condición gloriosa, unidos

    al alma humana de Jesús y la divinidad de su Persona; a continuación, el de la realidad

    sacramental, que presenta separados, bajo las especies distintas del pan y del vino, el

    cuerpo y la sangre de Jesús, que es signo de su pasión y muerte; en fin, el de su efecto en

    los fieles, que lleva a la participación en la vida de Cristo y a la identificación con Él, a la

    participación en su sacrificio, la implantación del reino de Dios y a la edificación de la

    Iglesia, etc. Estos diversos niveles se entrelazan y a la vez explican por qué la Santa Misa es

    el centro y la raíz de la vida cristiana, como insistentemente enseñó el Fundador del Opus

    Dei {3}.

    Hoy, como hace dos mil años, Jesús sale al encuentro de cada hombre y de cada

    mujer; se le revela al partir el Pan, como aquella tarde a los dos que iban camino de Emaús

    (cfr. Lc 24, 13-35). Quiera Dios que estas consideraciones contribuyan a reafirmarnos en la

    convicción de que podemos seguir a Cristo –como gráficamente enseñaba también san

    Josemaría– "tan de cerca como Santa María, su Madre, como los primeros doce, como las

    santas mujeres, como aquellas muchedumbres que se agolpaban a su alrededor"; y que, "si

    obramos así, si no ponemos obstáculos, sus palabras entrarán hasta el fondo del alma y

    nos transformarán" {4}.

    Estas páginas recogen reflexiones nacidas de la fe, y dirigidas ante todo al creyente.

    Sin embargo, podrán resultar útiles también a quien no posea la fe cristiana: le ayudarán a

    comprender algo del porqué de la vida y de la esperanza de los cristianos; de nuestros

    esfuerzos por ser mejores y por ayudar a los demás a alcanzar esa meta; de nuestra ilusión

    y alegría para recomenzar después de los errores –pequeños o no tan pequeños–, que

    jalonan la existencia humana. Ese porqué se encuentra justamente en la Eucaristía.

    No escondo que me invade una alegría especial, al presentar estas consideraciones,

    pues se cumple el 50° aniversario de mi ordenación sacerdotal, que recibí con otros que

    me acompañaban –a quienes recuerdo con gran afecto– el 7 de agosto de 1955. Con el

    alma llena de agradecimiento, y con contrición por mis deficiencias, renuevo el afán de

    aprender a amar más a la Trinidad Santísima, que me ha concedido el don inmerecido de

    ser ministro del Señor, para hacer presente en el altar el Sacrificio del Calvario, ya que,

    como escribió Juan Pablo II, la celebración de la Eucaristía es para el sacerdote "no sólo el

    deber más sagrado, sino sobre todo la necesidad más profunda del alma" {5}: una

    necesidad vital, me atrevo a apostillar.

    [PDF]

    Vivir La Santa Misa Mons. Javier Echevarría

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