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quarta-feira, 18 de maio de 2011

Card. Koch: “El motu proprio es sólo el comienzo de este nuevo movimiento litúrgico”

 

Card. Koch: “El motu proprio es sólo el comienzo de este nuevo movimiento litúrgico”


Presentamos nuestra traducción de la relación del Cardenal Kurt Koch en el congreso sobre el motu proprio Summorum Pontificum que se ha celebrado en los pasados días en Roma.


“La reforma de la liturgia no puede ser una revolución. Ella debe intentar tomar el verdadero sentido y la estructura fundamental de los ritos transmitidos por la tradición y, valorizando prudentemente lo que está ya presente, los debe desarrollar ulteriormente de manera orgánica, yendo al encuentro de las exigencias pastorales de una liturgia vital”. Con estas iluminadas palabras, el gran liturgista Josef Andreas Jungmann comentó el artículo 23 de la constitución sobre la sagrada liturgia del concilio Vaticano II, donde son indicados los ideales que “deben servir de criterio para toda reforma litúrgica” y de los que Jungmann dijo: “Son los mismos que han sido seguidos por todos aquellos que con perspicacia han pedido la renovación litúrgica”. Diversamente, el liturgista Emil Lengeling ha afirmado que la constitución del concilio Vaticano II marcó “el fin del medioevo en la liturgia” y llevó a cabo una revolución copernicana en la comprensión y en la praxis litúrgica.

He aquí mencionados los dos polos interpretativas opuestos, que constituyen el punto crucial de la controversia desarrollada en torno a la liturgia después del concilio Vaticano II: ¿la reforma litúrgica postconciliar debe ser tomada a la letra y entendida como “re-forma” en el sentido de una restauración de la forma originaria y, luego, como una ulterior fase dentro de un desarrollo orgánico de la liturgia, o bien esta reforma debe ser leída como una ruptura con la entera tradición de la liturgia católica e incluso la ruptura más evidente que el Concilio haya realizado, es decir, como la creación de una nueva forma?. El hecho de que los padres conciliares entendieran la reforma sólo en el sentido de la primera afirmación ha sido profundamente mostrado sobre todo por Alcuin Reid. Sin embargo, en amplios círculos dentro de la Iglesia católica se ha impuesto cada vez más la segunda interpretación, que ve en la reforma litúrgica una ruptura radical con la tradición e intenta incluso promoverla. Este desarrollo condujo, en la comprensión y en la praxis litúrgica, a nuevos dualismos.

Es cierto que el motu proprio podrá hacer realizar pasos adelante en el ecumenismo sólo si las dos formas del único rito romano en él mencionadas, es decir, la ordinaria de 1970 y la extraordinaria de 1962, no sean consideradas como una antítesis sino como un mutuo enriquecimiento. Ya que el problema ecuménico se encuentra en esta fundamental cuestión hermenéutica.

Un primer dualismo afirma que antes del Concilio la Santa Misa era entendida sobre todo como sacrificio y que después del Concilio ha sido redescubierta como cena común. En el pasado se ha hablado naturalmente de la Eucaristía como de un “sacrificio de la misa”. Hoy, sin embargo, este aspecto no sólo es menos conocido sino que ha sido incluso dejado de lado o sencillamente olvidado. Ninguna dimensión del misterio eucarístico se ha vuelto tan discutida después del concilio Vaticano II como la definición de la Eucaristía como sacrificio, sea como sacrificio de Jesucristo, sea como sacrifico de la Iglesia, al punto de que existe el peligro de que un contenido fundamental de la fe eucarística católica pueda terminar completamente en el olvido. Contra tal dualismo, el Catecismo de la Iglesia Católica mantiene unido lo que es inseparable: “La misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor”.

Un ulterior dualismo en torno al cual tiende a polarizarse la visión de una liturgia preconciliar y de una liturgia postconciliar sostiene que, antes del Concilio, era sólo el sacerdote el sujeto de la liturgia mientras que, después del Concilio, la asamblea ha sido elevada al rol de honor de sujeto de la celebración litúrgica. Ciertamente, es indiscutible que, en el curso de la historia, el rol originario de todos los fieles como co-sujetos de la liturgia ha ido poco a poco menguando y que el oficio divino comunitario de la Iglesia primitiva, en el sentido de una liturgia que veía partícipe a toda la comunidad, ha asumido cada vez más el carácter de una misa privada del clero. La existencia de una continuidad de fondo entre la antigua liturgia y la reforma litúrgica puesta en marcha por el concilio Vaticano II brilla por la visión amplia y profundizada por la constitución litúrgica, según la cual el culto público integral es ejercido “por el cuerpo místico de Jesucristo, es decir, por la cabeza y por sus miembros” y toda celebración litúrgica debe ser considerada, por tanto, como “obra de Cristo sacerdote y de su cuerpo, que es la Iglesia”. El Catecismo agrega luego: “algunos fieles son ordenados mediante el sacramento del Orden para representar a Cristo como Cabeza del Cuerpo”.

A la luz del primado cristológico debería ser evidente que la liturgia cristiana encuentra su sentido más profundo en la glorificación y en la adoración del Dios trino y, por lo tanto, en la santificación de los hombres. También esta dimensión fundamental de la liturgia se ha vuelto víctima de un ulterior dualismo en el período postconciliar, es decir, ha sido cada vez más absorbida por el concepto de participación. Aquí se trata, sin embargo, de una falsa contraposición. Nosotros podemos y debemos consumir el alimento eucarístico también con los ojos y penetrar así en el misterio eucarístico, para que luego se nos revele plenamente al comer el Cuerpo del Señor y beber su Sangre. El mismo Agustín amaba subrayar que nadie debe comer “de esta carne” si antes no lo ha adorado: “Nemo autem illam carnem manducat, nisi prius adoravit”.

Entre la liturgia antigua y la reforma litúrgica postconciliar no hay una ruptura radical sino una continuidad de fondo. Sólo a la luz de esta convicción se puede comprender el motu proprio Summorum Pontificum del Papa Benedicto XVI. El Santo Padre, de hecho, no entiende la historia litúrgica como una serie de quiebres sino como un proceso orgánico de crecimiento, de maduración y de auto-purificación, en el cual naturalmente pueden verificarse desarrollos y progresos, sin que continuidad e identidad sean destruidas. Para el Papa no puede haber, por lo tanto, una contraposición entre la liturgia de 1962 y la liturgia reformada postconciliar. En contraste con esta clara visión de desarrollo orgánico, la reforma litúrgica postconciliar es considerada en amplios círculos de la Iglesia católica como un ruptura con la tradición y como una nueva creación; ésta ha generado una controversia sobre la liturgia que, vivida de manera emocional, continúa haciéndose sentir hasta el día de hoy. Con el motu proprio Summorum Pontificum, el Papa Benedicto XVI ha querido contribuir a la resolución de tal disputa y a la reconciliación dentro de la Iglesia. El motu proprio promueve, de hecho, si se puede decir así, un “ecumenismo intra-católico”. Pero esto presupone que la liturgia antigua sea entendida como “puente ecuménico”. De hecho, si el ecumenismo intra-católico fracasara, la controversia católica sobre la liturgia se extendería también al ecumenismo y la liturgia antigua no podría desarrollar su función ecuménica de constructora de puentes.

Aún si el motu proprio quiere favorecer la paz intra-eclesial, no sería justo ver en él sólo una concesión hecha a los católicos que prefieren la liturgia antigua, como la Fraternidad Sacerdotal San Pedro o los seguidores del arzobispo Marcel Lefebvre. El Papa Benedicto XVI está convencido, más bien, de que la forma extraordinaria del rito romano es un patrimonio precioso que no debe ser relegado al pasado sino que se debe acudir a él también en el presente y en el futuro, como ha subrayado en la carta que acompañaba el motu proprio: “Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser improvisamente totalmente prohibido o incluso perjudicial. Nos hace bien a todos conservar las riquezas que han crecido en la fe y en la oración de la Iglesia y de darles el justo puesto”.

Esto revela claramente cuál es la intención que anima el motu proprio. El Papa considera que actualmente es indispensable un nuevo movimiento litúrgico, que en el pasado él definió como “reforma de la reforma” de la liturgia. El Santo Padre sabe, de hecho, que la reforma litúrgica postconciliar ha traído muchos frutos positivos, pero que los desarrollos litúrgicos del post-Concilio presentan también muchas zonas de sombra, debidas en gran parte al hecho de que “el concepto de misterio pascual del Concilio no se ha tenido presente suficientemente”: “Nos hemos detenido demasiado en los aspectos puramente prácticos, corriendo el riesgo de perder de vista lo esencial”. He aquí por qué es lícito preguntarse, de manera crítica, si en la reforma litúrgica postconciliar se han realizado realmente todos los deseos de los padres conciliares o si, bajo diversos aspectos, las afirmaciones fundamentales de la constitución sobre la sagrada liturgia han quedado incompletas, o incluso, si en los desarrollos litúrgicos del post-Concilio se ha ido intencionalmente más allá de tales afirmaciones. Que sea no sólo legítimo sino también apropiado hacer una distinción entre la constitución sobre la sagrada liturgia, la reforma litúrgica postconciliar y los sucesivos desarrollos litúrgicos, está ya probado por el hecho de que precisamente los teólogos que estaban comprometidos o que habían participado en los trabajos del Concilio se convirtieron pronto en serios críticos de los desarrollos litúrgicos postconciliares.

Aquí resplandece también el sentido más profundo de la reforma de la reforma puesta en marcha por el Papa Benedicto XVI con el motu proprio: así como el concilio Vaticano II ha sido precedido por un movimiento litúrgico, cuyos frutos maduros fueron llevados dentro de la constitución sobre la sagrada liturgia, también hoy existe la necesidad de un nuevo movimiento litúrgico, que se ponga como objetivo el de hacer fructificar el verdadero patrimonio del concilio Vaticano II en la actual situación de la Iglesia, consolidando al mismo tiempo los fundamentos teológicos de la liturgia. Para hacer esto, se necesita no sólo la revitalización del primado cristológico, de la dimensión cósmica y del carácter latréutico de la liturgia, sino también y sobre todo el redescubrimiento del significado basilar del misterio pascual en la celebración de la liturgia cristiana.

El motu proprio constituye sólo el comienzo de este nuevo movimiento litúrgico. Benedicto XVI, de hecho, sabe bien que, a largo plazo, no podemos quedarnos en una coexistencia entre la forma ordinaria y la forma extraordinaria del rito romano, sino que la Iglesia tendrá nuevamente necesidad en el futuro de un rito común. Sin embargo, dado que una nueva reforma litúrgica no puede ser decidida en un escritorio, sino que requiere un proceso de crecimiento y de purificación, el Papa por el momento subraya sobre todo que las dos formas del uso del rito romano pueden y deben enriquecerse mutuamente. Él indica también que “en la celebración de la Misa según el Misal de Pablo VI se podrá manifestar, en un modo más intenso de cuanto se ha hecho a menudo hasta ahora, aquella sacralidad que atrae a muchos hacia el uso antiguo. La garantía más segura para que el Misal de Pablo VI pueda unir a las comunidades parroquiales y sea amado por ellas consiste en celebrar con gran reverencia de acuerdo con las prescripciones; esto hace visible la riqueza espiritual y la profundidad teológica de este Misal”.

Aquellos que, por el contrario, rechazan el postulado de un nuevo movimiento litúrgico y ven en el motu proprio un paso atrás respecto al Vaticano II, probablemente entienden la reforma litúrgica postconciliar como un punto de llegada, que debe ser defendido con todas las fuerzas, según el rígido conservadurismo de muchos progresistas. Ellos no sólo no consideran los desarrollos históricos de la liturgia como un proceso orgánico de crecimiento y de maduración, sino que rechazan también la hermenéutica de la reforma solicitada por Benedicto XVI para la interpretación del Vaticano II. Prefieren, de hecho, sostener la hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura, considerada inadecuada por el Papa, aplicándola sobre todo al campo de la liturgia y del ecumenismo. También el decreto sobre el ecumenismo ha marcado, de hecho, un nuevo inicio en las relaciones entre la Iglesia católica y las Iglesias y Comunidades eclesiales no católicas. Pero tampoco este nuevo giro ecuménico ha comportado una ruptura con la tradición; se inscribe, más bien, en una continuidad de fondo con la tradición, como muestra el sencillo hecho de que no habría sido nunca posible si en el período conciliar no hubiesen estado ya presentes impulsos ecuménicos, al menos en su estado embrionario, también dentro de la Iglesia católica.

Aparece así la real importancia ecuménica del motu proprio Summorum Pontificum. Ya que Benedicto XVI no ha aplicado simplemente la hermenéutica de la reforma al campo de la liturgia pero ha solicitado esta hermenéutica, en primer lugar, precisamente para la constitución sobre la sagrada liturgia. Es precisamente en este campo que aparecen con claridad los dos diversos tipos de hermenéutica que pueden ser seguidos: la hermenéutica de la reforma, que ciertamente tiene en cuenta desarrollos y progresos pero que ve una continuidad de fondo con la tradición; o bien, la hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura, que contrapone liturgia y, por lo tanto, también Iglesia preconciliar, a liturgia e Iglesia postconciliar, y corta el vínculo con la tradición. Precisamente en esta alternativa reside la cuestión fundamental para el futuro de la Iglesia católica y, al mismo tiempo, para la credibilidad de su ecumenismo. También en este sentido el motu proprio se revela importante a nivel ecuménico. O mejor: el motu proprio puede convertirse en un puente ecuménico verdaderamente sólido sólo si es percibido y recibido como “una esperanza para toda la Iglesia”.