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Artigos Junho 2007



    domingo, 20 de dezembro de 2009

    Venerabilis Pie XII, ora pro nobis!






    Esta mañana el Santo Padre Benedicto XVI ha puesto su firma en varios decretos presentados por la Congregación romana para las Causas de los Santos. Entre ellos se encontraba el de heroicidad de virtudes de dos papas contemporáneos: Pío XII y Juan Pablo II. El decreto del primero llevaba ya dos años expedito para la confirmación papal después de haber sido aprobada por unanimidad en el seno de la comisión ordinaria de cardenales y obispos del citado dicasterio. Razones de prudencia dictaron en su momento la espera. El año pasado, con motivo de los cincuenta años del piadoso tránsito del papa Pacelli, su sucesor Benedicto XVI quiso realzar la efeméride mediante la celebración de una capilla papal en su memoria, el 9 de octubre. En su homilía, el Pontífice hizo el encomio de la persona, la obra y el pontificado de su “amado y venerado predecesor”, siguiendo en ello la tradición marcada por el beato Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II. Habiendo ello provocado nuevas controversias acerca de la oportunidad o no de la beatificación de Pío XII, la Santa Sede publicó, a través de su portavoz, el P. Lombardi, una nota en la cual se decía que la firma del decreto de heroicidad de virtudes por parte del papa Benedicto era “objeto, por parte suya, de profundización y reflexión, y en esta situación no es oportuno tratar de ejercer presiones sobre él, ya sea en un sentido o en otro”. Hoy podemos comprobar que esa profundización y reflexión han madurado y dado óptimo fruto. El Santo Padre felizmente reinante demuestra una vez más su inteligencia y sabiduría y hoy podemos ya invocar a Pío XII con el título de Venerable.

    Pero, como muy bien ha declarado el R.P. Peter Gumpel, S.I., relator de la causa de beatificación, “el camino aún es largo”. Falta, en efecto, la verificación y aprobación de un milagro atribuido a la intercesión de Pío XII para que pueda darse curso a aquélla. Y en eso somos ahora los fieles los que tenemos en gran parte la responsabilidad de que se avance en esta dirección. Desde este humilde blog invitamos a todos a encomendarse a Dios y pedirle gracias por mediación del nuevo Venerable. Es importante que difundamos la devoción a Pío XII ahora más que nunca. Con el decreto de heroicidad de virtudes ya nadie puede honradamente poner en duda la integridad moral del gran Eugenio Pacelli. Se trata de un mentís categórico a la infame campaña que se desatara en 1963 contra su augusta memoria por personas sin escrúpulos, que no temieron echar el lodo de la ignominia sobre quien un lustro atrás concitaba las expresiones de gran admiración y sincero duelo de personalidades de todo el mundo, incluso judías. Ahora debemos concentrarnos preferentemente en una labor positiva de divulgación de la vida, obra y pontificado del Venerable Pío XII, mostrando su grandeza humana y su profunda dimensión sobrenatural. Retomemos la oración que en su día compuso el vicario de la Ciudad del Vaticano, Mons. Petrus Canisius van Lierde, que vivió a su luz y bajo su sombra, y repitámosla cada día en nuestras plegarias para que Eugenio Pacelli suba pronto a los altares (véase al final).



    No podemos dejar de recordar aquí por deber de gratitud a las personas que han trabajado y siguen trabajando denodadamente en la causa de beatificación de Pío XII, incoada en 1965 por disposición del papa Pablo VI (que pasó treinta años a su lado y vivió de cerca su pontificado). En primer lugar, el R.P. Paolo Molinari y el R.P. Peter Gumpel, jesuitas, respectivamente postulador y relator de la causa, que tanto han contribuido a que ésta no quedara empantanada por las intrigas de los enemigos de Pío XII. El P. Gumpel se ha mostrado siempre como un intrépido defensor de este gran Pontífice Romano. Ha concedido entrevistas, ha pronunciado conferencias y ha hecho públicas aclaraciones con energía y decisión, pero también con serenidad y con solvencia intelectual y, sobre todo, un gran amor a la verdad de los hechos, a fuer de buen historiador. Por lo que al SIPA respecta, siempre hemos tenido la puerta del P. Gumpel abierta, habiendo animado nuestros humildes comienzos y primeras actividades. También queremos mencionar al R.P. Pierre Blet, S.I., que, junto con otros tres sacerdotes de la Compañía (los RR.PP. Angelo Martini, Burkhart Schneider y Robert A. Graham), se encargó de la titánica labor –que les fuera encomendada por Pablo VI- de publicar la documentación de los archivos secretos vaticanos relativos al paríodo de la Segunda Guerra Mundial. El P. Blet también apoyó al SIPA desde sus inicios y fue siempre un benévolo amigo. Hace tres semanas nos dejó después de una larga y fecunda vida y estamos seguros de que algo habrá intervenido en el cielo para el feliz desenlace de hoy. ¡Bendita sea su memoria! Tampoco podemos olvidar a sor Margarita Marchione, la religiosa ítalo-americana de la congregación de Maestras Pías Filippini, que ha hecho de la defensa de Pío XII la razón de sus esfuerzos y desvelos, mostrándose como una incansable estudiosa e investigadora, una amena conferenciante y una proficua escritora. También tenemos el honor de gozar de su apoyo. Precisamente de ella publicamos el artículo –en su traducción castellana– que ha tenido a bien enviarnos nada más conocer la noticia de la firma del decreto de heroicidad de virtudes por el papa Benedicto XVI y que tenemos el honor de publicar a continuación.


    HEROICIDAD DE VIRTUDES DE PÍO XII

    Por: Sor Margherita Marchione, Ph.D.




    Los católicos de todo el mundo están de plácemes por el acto en virtud del cual Su Santidad Benedicto XVI ha dado vía libre al proceso de beatificación del Siervo de Dios Pío XII, al firmar la mañana de hoy, 19 de diciembre de 2009, el decreto de la heroicidad de sus virtudes. El anuncio fue hecho después de la audiencia concedida al cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos. Ahora se espera de los fieles que envíen informaciones para ver si algún milagro puede ser atribuido a la intercesión del nuevo Venerable. La causa de beatificación de Pío XII fue inicialmente introducida por Pablo VI a petición de la Conferencia Episcopal Norteamericana, seguida por otras, así como de cientos de miles de fieles alrededor del mundo.

    En el 50º aniversario de la muerte de Pío XII, el 9 de octubre de 2009, el Santo Padre Benedicto XVI exhortó a los fieles a rezar para que tenga lugar su beatificación. Hoy, al cabo de catorce meses, después de un cuidadoso y laborioso examen por la Congregación para las Causas de los Santos y tras dos años desde que la positio fuera unánimemente aprobada por la comisión de cardenales y obispos, el anuncio oficial de la firma del decreto correspondiente por el Papa hace avanzar el proceso hacia sus etapas finales.

    Poco después de la muerte de Pío XII el 9 de octubre de 1958, su sucesor el beato Juan XXIII se refirió a él en su primer mensaje de Navidad como “Padre y Pontífice nuestro, al que queremos ya contemplar como asociado a los Santos de Dios en las regiones celestiales”. Extraoficialmente “canonizó” a Pío XII y declaró que “bien conviene a su memoria bendita el triple título de doctor optimus, Ecclesiae sanctae lumen, divinae legis amator (Michael Chinigo: The Teachings of John XXIII, 1967). El Venerable Pío XII es, en verdad, digno de estos apelativos: “Doctor óptimo, Luz de la Santa Iglesia, “Amante de la Ley Divina”. Pío XII trabajó con gran dedicación por la causa de la paz, condenó al nazismo antes y durante las hostilidades, alivió los sufrimientos y salvó las vidas de muchos judíos y cristianos víctimas de la guerra. Su vida virtuosa habla por ella misma y está respaldada por abundantes e incontestables pruebas documentales. La verdad acerca de su servicio a la Iglesia y al mundo –primero como diplomático y más tarde como Sumo Pontífice– en momentos particularmente difíciles para la Humanidad está asimismo históricamente establecida.

    El papa Pacelli ha sido víctima de una injusta campaña de calumnias durante casi cincuenta años. Ahora, sin embargo, existen pruebas aplastantes que demuestran más allá de toda duda que trabajó sin descanso por la paz, que no buscó otra cosa que ayudar a las víctimas de la guerra en todos los modos posibles (especialmente a los judíos, centenares de miles de los cuales se vieron librados a través de sus esfuerzos) y que advirtió al mundo constantemente acerca de los horrores del nazismo y del comunismo.

    El 2 de marzo de 1939, Eugenio Pacelli era elegido al solio de Pedro, tomó el nombre de su predecesor y como Pío XII dirigió al Papado en una incesante búsqueda de la paz en un período de violencia y trastornos sin precedentes (1939-1958). Realzó el prestigio de la Iglesia y ejerció un indisutible liderazgo no sólo sobre los católicos, sino sobre el mundo. Obtuvo mayor admiración y elogio que cualquiera de sus predecesores. La Iglesia no había conseguido, desde los tiempos de la Reforma, tan gran respeto. Buen samaritano y hombre cuya fe en Dios dio esperanza y coraje a millones de personas durante la Segunda Guerra Mundial, salvó más víctimas judías de los nazis que cualquier otra persona, ejército u organización. El cargo del que se le ha llegado a acusar, de haberse mostrado indiferente al destino de las víctimas del holocausto es injusto y se contradice con el testimonio de un vasto número de esas mismas víctimas, que se beneficiaron de su ayuda.

    El célebre santo de Pietrelcina, el Padre Pío, fue una de las más carismáticas figuras del siglo XX. En su Diario (p. 225) el místico dejó escrito que cuando murió el papa Pío XII, el 9 de octubre de 1958, fue consolado “por la visión de este pontífice en el hogar celestial”. El 22 de febrero de 2001 Bernard Tiffany citó el siguiente testimonio del P. Dominic Meyer, O.F.M.Cap., secretario del santo fraile: “El Padre Pío me dijo haber visto al Papa durante su misa. Y muchos Milagros en varias partes del mundo fueron atribuidos a su intercesión. El 8 de diciembre de 1958 se publicaron las primeras estampas del difunto papa con una oración [en italiano] por su beatificación, pero hasta ahora no he visto ninguna con la oración en inglés” (30 de junio de 1959). En efecto, inmediatamente después del fallecimiento de Pío XII el mundo en general lo proclamó digno de la santidad. El estadounidense Michael Bobrow, corresponsal de prensa extranjera en Tierra Santa a finales de los Sesenta, es uno de los muchos judíos contemporáneos que están a favor de la canonización de Pío XII. Hace unos años declaró que un primo suyo “fue escondido por monjas católicas y se salvó gracias a las directivas de Pío XII, cuya canonización sería un acto de suprema justicia, caridad y verdad” (Carta a sor Margherita Marchione del 26 de diciembre de 1998).

    Pío XII era una persona piadosa, serena y pacífica; hombre moderno, dotado de una memoria extraordinaria. Amigo del físico Guglielmo Marconi, fue de los primeros en usar los modernos medios de comunicación. Su inteligencia superior nunca intimidó a sus colaboradores. Su candor revelaba su alma, que se transparentaba a través de su amable sonrisa. Fue un realista lúcido y especial, con un sentido místico de la existencia humana, siempre en contacto con los más poderosos líderes el mundo. Fue un entendido en las más diversas disciplinas y sus discursos y escritos llenan una veintena de gruesos volúmenes. Siempre se preparaba concienzudamente para cada discurso. Pero a veces, sin tomar notas, improvisaba y se abandonaba a la inspiración del momento. Protegió a la Iglesia del peligro de los errores modernos, pero la preparó, trabajando diligentemente con la asistencia de hombres capaces, para el Concilio Vaticano II. Aunque muy humilde no fue un timorato y estuvo siempre dispuesto a hablar claramente. En todas sus palabras y acciones estuvo guiado por su amor a Dios, su devoción a la Virgen y su concepto de la dignidad del Papado.

    Millones de peregrinos y visitantes que afluyeron al Vaticano, edificados por la paternal solicitud de Pío XII, su rostro sonriente y sus inspiradas palabras, experimentaron una fe, una esperanza y un amor a Dios y al prójimo intensos. No tenía miedo a la muerte y estuvo dispuesto a sacrificar su vida en defensa de los derechos de la Iglesia y en el cumplimiento de sus deberes pastorales. Cuando se corrió la voz de que los Nazis pretendían capturarlo y deportarlo y supo de los planes que se estaban haciendo los Aliados para asegurar su incolumidad en el extranjero, el Papa declaró firmemente que no abandonaría el Vaticano y que sólo se lo podrían llevar por la fuerza física. También se rehusó a ir a refugios antiaéreos. En lugar de eso, prefirió la protección de la oración en su capilla del Palacio Apostólico. Durante los dos bombardeos de Roma, dejó el Vaticano para ir al encuentro de los heridos y damnificados, a los que consoló y asistió tanto espiritual como materialmente. Nunca temió por su vida y, abandonándose a la voluntad de Dios, aceptó el sufrimiento al faltarle la salud con cristiana conformidad y fortaleza hasta su muerte en Castelgandolfo tras una larga agonía.

    Un telegrama del 9 de marzo de 1944 (nº. 2341) confirma el hecho de que numerosos judíos y otros refugiados se hallaban ocultos en la villa pontificia de Castelgandolfo cuando los Aliados bombardearon la localidad. Soldados nazis con pesado equipamiento military estaban estacionados allí e intercambiaron fuego, de resultas de lo cual, según Allen Dulles, secretario de Estado norteamericano, “1000 personas resultaron heridas y 300 murieron. La Santa Sede protestó por el bombardeo de su territorio” (Hitler’s Doorstep: The Wartime Intelligence Reports of Allen Dulles, 1942-1945).

    En todas partes la Iglesia denunció las deportaciones y el trato infligido a los judíos. Hombres de Iglesia valientes desafiaron a Hitler. El 16 de julio de 1942, cuando la policía de ocupación hizo una redada de 13.000 judíos en París, los Obispos franceses publicaron una protesta conjunta: “Nuestra conciencia cristiana clama por el horror. En nombre de la humanidad y de los principios cristianos reivindicamos los derechos inalienables de las personas”. Volúmenes de testimonios confirman las acciones heroicas del papa Pío XII y del clero católico en el mundo convulsionado por la guerra.

    Gary Krupp, empresario judío y creador de la fundación Pave the Way para el entendimiento religioso, escribió: “No voy a hacer comentarios sobre un procedimiento católico como es una beatificación. No es algo de mi competencia. Sin embargo, creo que el papa Pío XII debería ser reconocido por el pueblo judío como Justo entre las Naciones en el Yad Vashem de Jerusalén. Gracias a la investigación de pruebas documentales por la Pave the Way Foundation, hemos descubierto que salvó secretamente a más judíos que todos los líderes religiosos y políticos juntos. Y esto lo hizo anónimamente. Nadie supo todo lo que llevó a cabo para salvarlos. En el judaísmo es ésta la más alta forma de caridad según nuestra tradición”.

    New Jersey, 19 de diciembre de 2009.
    fonte:sodalitium internationale Pastor Angelicus

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