Arquivo do blog

domingo, 2 de novembro de 2014

La Santa Misa es un verdadero sacrificio. Es una verdad de fe definida por el magisterio de la Iglesia


EL SACRIFICIO DE LA MISA


EL SACRIFICIO DE LA MISA.

¿Es la Santa Misa un sacrificio?

La Santa Misa es un verdadero sacrificio. Es una verdad de fe definida por el magisterio de la Iglesia:En la última Cena, la noche que era entregado, para dejar a su esposa amada la Iglesia un sacrificio visible, como exige la naturaleza de los hombres, por el que representara aquel suyo sangriento que había una sola vez de consumarse en la cruz, y su memoria permaneciera hasta el fin de los siglos, y su eficacia saludable se aplicara para la remisión de los pecados que diariamente cometemos… Jesús ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y vino, y bajo los símbolos de esas mismas cosas los entregó, para que los tomaran, a sus Apóstoles, a quienes entonces constituía sacerdotes del Nuevo Testamento, al mismo tiempo que les intimaba la orden, tanto a ellos como a sus sucesores en el sacerdocio, de que renovasen la oblación 26.
Ya hemos citado la definición de la Misa del Catecismo de San Pío X: La Santa Misa es el Sacrificio del Cuerpo y Sangre de Jesucristo, que se ofrece sobre nuestros altares bajo las especies de pan y de vino en memoria del sacrificio de la Cruz. (…) El Sacrificio de la Misa es sustancialmente el mismo de la Cruz (…)27.
El Papa Pío XII, en su magistral encíclica Mediator Dei del 20 de noviembre de 1947, precisa las palabras de su predecesor: El Augusto Sacrificio del altar no es, pues, una pura y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino que es un Sacrificio propio y verdadero, por el que el Sumo Sacerdote, mediante su inmolación incruenta, hace nuevamente lo que hizo en la Cruz, ofreciéndose al Padre como víctima por el ministerio del sacerdote (nº 67; de ahora en adelante, cuando citemos esta encíclica, sólo indicaremos el número).
A la luz de estas enseñanzas, podemos establecer un compendio de la doctrina católica sobre el Santo Sacrificio del altar. Comprenderla bien es de mucha importancia para el resto de nuestro estudio.

¿Qué es la Santa Misa?

A. En la Santa Misa, Jesús hace nuevamente la oblación que hizo de Sí mismo en la Cruz. El Sacrificio de la Misa es sustancialmente el mismo que el Sacrificio de la Cruz, -representa- el Sacrificio  sangriento que se consumó en la Cruz; en los altares, Jesús hace nuevamente lo que hizo en la Cruz, ofreciéndose al Padre como víctima. ¿Para qué esta nueva oblación? ¿Por qué razones quiso Jesús instituir el Sacrificio del Altar?
Además de la necesidad natural que tiene el hombre de manifestar su dependencia para con Dios por medio del sacrificio, son dos las principales razones de la institución del Sacrificio de la Misa por el Salvador:
- Perpetuar el recuerdo de nuestra Redención. Se puede decir que, sin la Misa, el recuerdo del Sacrificio de Cristo en el Calvario se hubiera perdido. El Redentor quiso que el hombre jamás pu- diera  olvidarse de que así amó Dios al mundo: hasta dar su Hijo único, para que todo aquél que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna28. La Misa es el gran memorial de la Pasión.
- Aplicarnos diariamente la salvación merecida por Jesucristo sobre la Cruz. Es el aspecto más esencial del Sacrificio de la Misa, que vamos a detallar en el párrafo siguiente.
B. Destinatario y fines de la Santa Misa. Siendo un sacrificio propio y verdadero, la Santa Misa se dirige necesariamente a Dios. Alcanza perfectamente los cuatro fines del sacrificio:
La adoración: El (fin) primero es la glorificación del Padre Celestial. Desde su nacimiento hasta su muerte, Jesucristo ardió en el celo de la gloria divina; y desde la Cruz, la inmolación de su Sangre subió al cielo en olor de suavidad. Y para que este himno jamás termine, los miembros se unen en el Sacrificio Eucarístico a su Cabeza divina, y con Él, con los Ángeles y Arcángeles, cantan a Dios alabanzas perennes, dando al Padre Omnipotente todo honor y gloria (Mediator Dei, nº 70).
La acción de gracias: El segundo fin es dar gracias a Dios. El Divino Redentor, como Hijo predilecto del Eterno Padre, cuyo inmenso amor conocía, pudo dedicarle un digno himno de acción de gracias. Esto es lo que  pretendió y deseó,  dando gracias en la última Cena, y no cesó de hacerlo en la Cruz, ni cesa jamás en el augusto Sacrificio del Altar, que precisamente significa acción de gracias o acción eucarística (nº 71).
El pedido: El hombre, hijo pródigo, ha malgastado y disipado todos los bienes recibidos del Padre Celestial, y así se ve reducido a la mayor miseria y degradación; pero desde la Cruz, Jesucristo ofreciendo plegarías y súplicas con potente clamor y lágrimas… fue escuchado en vista de su actitud reverente. De igual manera en los sagrados altares ejerce la misma eficaz mediación, a fin de que seamos colmados de toda clase de gracias y bendiciones (nº 73).
La expiación, propiciación y reconciliación: Nadie, en realidad, sino Cristo, podía ofrecer a Dios Omnipotente una satisfacción adecuada por los pecados de la humanidad. Por eso quiso Él inmolarse en la Cruz, víctima de propiciación por nuestros pecados, y no tan sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo. Asimismo se ofrece todos los días sobre los altares por nuestra redención, para que, libres de la condenación eterna, seamos acogidos en la grey de los elegidos. Y esto no solamente para nosotros, los que vivimos aún en esta vida mortal, sino también para todos los que descansan en Cristo (nº 72). Detallemos un poco más este aspecto del Sacrificio del Altar.
C. La Santa Misa aplica diariamente los méritos de Jesús durante su Pasión. El Viernes Santo, elevado entre el cielo y la tierra, (Jesús) ofreció su vida en sacrificio para salvarnos, y de su pecho atravesado hizo brotar en cierto modo los Sacramentos que distribuyen a las almas los tesoros de la Redención (nº 18). El augusto Sacrificio del Altar es un insigne instrumento para distribuir a los creyentes los méritos que brotan de la Cruz del Divino Redentor (nº 78). Mediante este sacrificio, se nos aplica la eficacia saludable de la Cruz, para remisión de nuestros pecados cotidianos (nº 74).
Con Santo Tomás de Aquino, la Iglesia siempre creyó que en este sacramento se recuerda la Pasión de Cristo en cuanto que su efecto se comunica a los fieles 29. Por este sacramento nos hacemos partícipes de los frutos de la Pasión del Señor 30. Por eso en una oración secreta dominical se dice: Siempre que se celebra la memoria de esta víctima, se consigue el fruto de nuestra redención 31. Para resumir, se puede decir que el sacrificio de la Cruz lo merece todo y no aplica nada; el Sacrificio de la Misa no merece nada sino que lo aplica todo.
D. Objeción protestante: Si se necesita la Misa para aplicarnos los méritos de la Pasión de Cristo, entonces ¿habrá que decir que el Sacrificio de la Cruz fue imperfecto? ¡Blasfema abominable! –dice Lutero–, que contradice a San Pablo cuando afirma la perfección del Sacrificio del Calvario. Escuchemos a Pío XII responder al heresiarca: El Apóstol de los Gentiles, al proclamar la superabundante plenitud y perfección del Sacrificio de la Cruz, declara que Cristo, con una sola ofrenda, hizo perfectos para siempre a los que ha santificado32. En efecto, los méritos de este Sacrificio, como infinitos e inmensos que son, no tienen límites, y se extienden a todos los hombres en cualquier lugar y tiempo, porque en él el Sacerdote y la Víctima es el Dios Hombre (…) Sin embargo (…) es menester que Cristo, después de haber rescatado al mundo al precio valiosísimo de Sí mismo, entre en la posesión real y efectiva de las almas. De aquí que, para que se lleve a cabo y sea grata a Dios la redención y salvación de todos los individuos y de las generaciones venideras hasta el fin de los siglos, es de necesidad absoluta que entren todos en contacto vital con el Sacrificio de la Cruz y así les sean transmitidos los méritos que de él se derivan. Se puede decir que Cristo ha construido en el Calvario una piscina de expiación y salvación que elevó con la Sangre por Él derramada; pero si los hombres no se sumergen en sus aguas y no lavan en ellas las manchas de sus culpas, no pueden ser purificados ni salvados (nº 75). Lejos de disminuir la dignidad del Sacrificio cruento, hace resaltar, como afirma el Concilio de Trento, su grandeza y pregona su necesidad. Al ser renovado cada día, nos advierte que no hay salvación fuera de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo (nº 78).
E. Quien ofrece el Sacrificio de la Misa es el mismo Jesús, por el ministerio del sacerdote. Entre el sacrificio del Calvario y el Sacrificio de la Misa idéntico, pues, es el Sacerdote, Jesucristo, cuya sagrada Persona es representada por su ministro. Éste, en virtud de la consagración sacerdotal que ha recibido, se asemeja al Sumo Sacerdote, y tiene el poder de obrar en virtud y en la persona del mismo Cristo 33; por eso, con su acción sacerdotal, en cierto modo, presta a Cristo su lengua y le ofrece su mano (nº 68). En la Misa el sacerdote es el instrumento que el Salvador utiliza para renovar su propio sacrificio.
F. La acción sacrificial. Consiste en una inmolación incruenta con la que Jesús ofrece su Cuerpo y su Sangreen memoria de su Sacrificio en la Cruz, el Viernes Santo. Dicha inmolación es incruenta a causa del estado actual de inmortalidad de Jesús, presente realmente bajo las sagradas especies. La consagración separada del pan y del vino significa la separación del cuerpo y de la sangre de Jesús el Viernes Santo. Es importante recordar que Jesús se ofrece real y actualmente en cada Misa. Lo hace de dos maneras:
- Comunicando a su ministro la virtud de operar la transubstanciación, que convierte la sustancia del pan en su Cuerpo y la del vino en su Sangre.
- Ofreciéndose actualmente desde la gloria del cielo, como lo recuerda el Papa Pío XI en la encíclica Quas Primas: Cristo, como Sacerdote, se ofreció y sigue ofreciéndose diariamente como víctima por nuestros pecados.
G. Cuál es la víctima: el mismo Jesús, presente realmente, por transubstanciación, bajo las especies del pan y del vino. Entre el Sacrificio de la Cruz y el del altar, idéntica es la víctima, es a saber, el Redentor Divino, según su naturaleza humana y en la verdad de su Cuerpo y su Sangre (nº 69). Durante la Santa Misa, por el ministerio del sacerdote, Jesús se hace realmente presente, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Esta presencia real, y no solamente simbólica o espiritual, se opera por transubstanciación: cuando el sacerdote pronuncia las palabras consagratorias, toda la sustancia del pan se convierte en el Cuerpo de Jesús, y toda la sustancia del vino se convierte en su Sangre, de manera que después de la consagración sólo subsisten los accidentes del pan y vino: gusto, color, olor, apariencias, etc.
H. Diferencias entre el Sacrificio de la Cruz y el del altar: El Sacrificio de la Misa es sustancialmente el mismo que el Sacrificio de la Cruz: el mismo sacerdote (Jesús) ofrece la misma Víctima (el mismo Jesús) al Padre eterno por los mismos fines de adoración, acción de gracias, pedido y expiación. Sólo difieren en 3 aspectos:
En cuanto al modo de oblación: El Viernes Santo, la oblación fue cruenta, con efusión de sangre; en la Misa la oblación es incruenta.
En cuanto al ministro: Durante la Pasión, Jesús se ofreció personalmente, sin intermediario ni instrumento. En la Misa, actúa y se ofrece por el ministerio del Sacerdote.
En cuanto al fruto del Sacrificio: La oblación de Jesús durante la Pasión mereció todas las gracias de salvación para todos los hombres de todas las épocas. El Sacrificio de la Misa aplica a cada alma en particular el tesoro de méritos de la Pasión.
R. P. Jean-Michel Gomis
NOTAS:
26 Concilio de Trento, Ses. XXII, cap. 1º.
27 Catecismo Mayor de San Pío X, pregunta nº 655-656.
28 Jn. 3, 16.
29 IIIª c.83 a.2 ad 1um.
30 IIIª c.83 a.1.
31 Secreta del IXº Domingo después de Pentecostés.
32 Heb. 10, 14.
33 IIIa, c. 22, art. 4.