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sábado, 30 de setembro de 2017

El P. Divo no compra y no crea falsas vocaciones.


     
En el mes de noviembre de 1981, una pareja de jóvenes boloñeses fue a Casa San Sergio para un breve retiro de tres días. Eran los hermanos Marco y Matteo Tognetti. El primero tenía 24 años, el segundo 21. Marco había  conocido ya al P. Divo Barsotti anteriormente, y también había estado ya en Casa San Sergio, mientras que para Matteo se trataba del primer encuentro con el P. Divo. Ciertamente nadie, en aquel día de noviembre, podía imaginar que Matteo, entonces estudiante universitario de Agronomía, se habría vuelto, un día, el primer sucesor del P. Barsotti[1] .
En una entrevista sobre la génesis de su vocación, fue hecha al P. Tognetti (hoy P. Serafino) la siguiente pregunta: "Cuando has entrado en la Comunidad de Bolonia la mayoría de los consagrados eran bastante ancianos. ¿Cómo te has hallado?". Así respondió el P. Serafino: "Muy bien. Para mí, no tenía ninguna importancia la edad, porque cuando nos encontrábamos se hablaba de Dios o con Dios y, por lo tanto, la edad no tenía nada que ver; al contrario, me favorecía el hecho de que allí estuvieran ancianos, porque yo usufructuaba de su experiencia de vida"[2].
Sucesivamente, la entrevistadora volvió sobre el mismo tema, haciendo una vez más casi la idéntica pregunta: "En septiembre de 1985 has entrado en Casa San Sergio, donde has encontrado al P. Barsotti y al hermano Sergio, uno de 71 años y el otro de 50, una notable diferencia de edad contigo que tenías 25 años. ¿Cuál ha sido el impacto, para ti, con esta nueva realidad?". Y el P. Serafino dio la idéntica respuesta: "Repito que no me importaba nada de la diferencia de edad, porque yo estaba totalmentecautivado por el encuentro con Cristo"[3].
Encontramos, en este breve y simple diálogo, el auténtico secreto de una vocación.
Es Dios quien llama
La vocación cristiana es una llamada que no pertenece al hombre, a ningún hombre. Es Dios quien pone, todavía antes del momento de la concepción, su sello en el corazón del hombre a quien ha llamado: "Antes de formarte en  el seno de tu madre, ya te conocía; antes de que tú nacieras, yo te consagré, y te destiné a ser profeta de las naciones" (Jer 1, 5). 
Frente a las crisis vocacionales, nos acongojamos por proponer las recetas más diferentes, que llegan hasta superar el punto límite de una verdadera mutación genética.
A Dios, quien es el único al que le pertenece la llamada, se sustituye el hombre, quien, con los más varios artificios, recorre el mar y la tierra para ganar a un solo prosélito y hacerlo, luego, digno de la gehena dos veces más de quien lo ha buscado (cf. Mt 23, 15).
Nos encontramos aquí frente a la evangélica condena del proselitismo, que el Papa Francisco no se cansa de repetir, y que, en el surco del Magisterio del Papa Benedicto XVI, así ha sintetizado en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium: "Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de presentarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción" (n.° 14).
Y si se crece por atracción, no podemos olvidar nunca, en un correcto discurso vocacional, las palabras de Jesús: "Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió" (Jn 6, 44). 
Y es aquí donde se inserta el discurso sobre la vocación del P. Serafino. El P. Divo Barsotti no lo llama, no hace obra de proselitismo, aunque viendo que se está envejeciendo y es estéril.
El P. Divo no compra y no crea falsas vocaciones. Menos aún amortigua la exigencia de su discurso para atraer a sí al joven Matteo, haciendo, de esta manera, obra de proselitismo.
A Matteo que estaba "totalmente cautivado por el encuentro con Cristo", el P. Divo no le hace sino abrir su corazón.
Si es Dios quien atrae a sí y es Él quien llama, es verdad también que esta llamada ocurre siempre en un contexto histórico y dialógico: Dios tiene necesidad del hombre... de Dios.
Si Matteo está "totalmente cautivado por el encuentro con Cristo" y es fiel a su vocación, reconoce al hombre de Dios.
El P. Barsotti, y como él cada uno de nosotros, no tiene que hacer nada para atraer a Matteo: tiene solo que ser fiel a su vocación, ser fiel a sí mismo.
El resto, todo el resto, no es cuestión que le atañe a él.
El resto, todo el resto, pertenece no al juego de las búsquedas de los medios para atraer y encapsular la presa por medio de varios escamoteos, sino solo al misterio del encuentro entre la gracia de Dios y la libertad del hombre.
El Otro que te sobrepasa 
El joven Matteo supo reconocer que allí, al lado de aquel hombre, había encontrado lo que buscaba. Para él, "no tenía ninguna importancia la edad" de quien vivía en aquel lugar. Allí "nos encontrábamos y se hablaba de Dios o con Dios".
En el mercado de las religiones, él se había detenido en aquella tienda donde le ofrecían lo que él buscaba.
Algunos años después de la muerte del P. Divo, el P. Serafino Tognetti, escribiendo una amplia y documentada biografía del que se había vuelto su Padre en la fe, dejaba transparentar –en un bellísimo testimonio del P. Divo sobre el cardenal de Florencia, Elia Dalla Costa el secreto del Padre, que no era sino aquel tesoro escondido que el joven Matteo había buscado y que, una vez encontrado, lo había llevado a vender todo lo que tenía, con tal de que no lo perdiera.
El Barsotti que habla del cardinal Dalla Costa no es, para quien sabe leer una Historia, sino el P. Serafino que habla del P. Divo Barsotti, su Padre en la fe. 
"La persona que más me ha dado el sentido de Dios ha sido el cardenal Dalla Costa; nunca me he acercado a él sin sentir algo más grande que él y que todo; era un sentido de Dios, de un Dios personal, que se imponía a mi  espíritu. Para mí, mi Dios es el Dios del cardenal Dalla Costa. Lo que me ha dado él con su ejemplo, con su vida, tal vez no me lo ha dado ningún otro. No era un hombre de gobierno, no era un hombre de gran cultura, pero era un santo. ¿Por qué ha incidido tan profundamente en sus sacerdotes y en la Diócesis? Porque era santo, independientemente de lo que hacía. Lo que nos hace percibir que estamos en la presencia de un santo es el hecho de que nos sentimos llamados de vuelta a la realidad de la Presencia divina, de esta presencia de paz, de pureza y de alegría, de luz interior. ... El card. Dalla Costa estaba como envuelto de silencio. En su presencia no se percibía al card. Dalla Costa, sino al Otro que sobrepasaba a él y a nosotros: Dios estaba presente. Se tenía la impresión de estar frente a un segundo Elías: ¡Viva Dios, en cuya presencia yo estoy!; ¡la presencia de Dios lo era todo para él, ninguna cosa tenía importancia!"[4].
Es en esta cadena de transmisión de encuentros en que la vocación encuentra el lugar histórico donde se puede manifestar, y las condiciones de posibilidad para alcanzar una trascendencia, que no es un permanecer cerrados en sí mismos.